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La tercera semana de diciembre, luego de que el rublo sufriera su peor caída desde la crisis cambiaria de 1998, el gobierno de China manifestó de inmediato su solidaridad con el Kremlin: “Si la parte rusa lo necesita, proporcionaremos la asistencia necesaria dentro de nuestras capacidades”, anunció el ministro chino de Relaciones Exteriores, Wang Yi (Reuters, 21 de diciembre de 2014). El espaldarazo es producto en buena medida de que China es hoy el primer socio comercial y el cuarto mayor inversionista en Moscú. Es evidente que hay cierta angustia en las elites de Pekín en torno a un eventual agravamiento de la realidad económica rusa.

Durante el último año, el rublo se ha venido abajo en un 41 por ciento con relación al dólar, y en un 34 por ciento frente al euro, básicamente como consecuencia de la caída sostenida del precio del petróleo en los últimos 7 meses y las sanciones aplicadas (a Rusia) por la Unión Europea y Estados Unidos después de los acontecimientos de Crimea. A lo largo de 2014, las salidas de inversiones de cartera alcanzaron los 130 mil millones de dólares. El banco central de Rusia ha gastado aproximadamente 100 mil millones de dólares en la defensa de la moneda y ese monto constituye una cuarta parte de las reservas acumuladas.

Por otro lado, la decisión de aumentar al 17 por ciento la tasa de interés de referencia para frenar las desestabilizaciones de la moneda podría allanar el camino a una abrupta disminución del crédito y la inversión en el plano interno, e incrementar con ello los riesgos de caer en una recesión prolongada. Las propias autoridades rusas advierten ya una situación económica preocupante toda vez que el producto interno bruto (PIB) se contrajo en un 0.50 por ciento el pasado mes de noviembre, la primera caída desde octubre de 2009. Alertado sobre los riesgos de nuevas corridas bancarias por parte de analistas de Sberbank (el mayor banco de préstamos de origen ruso), el gobierno de Vladimir Putin anunció que contempla una inyección de liquidez por un monto de 1 billón de rublos (18 mil 600 millones de dólares) y establecer de manera inmediata un depósito de seguridad a fin de garantizar el ahorro.

Los líderes de China son perfectamente conscientes de la grave amenaza que representaría no poder contar con las capacidades de Moscú en un ciento por ciento en momentos decisivos. A diferencia de los nexos establecidos entre Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la relación entre China y Rusia no incluye únicamente posicionamientos geopolíticos comunes en diversos temas de la agenda internacional, sino también una mayor vinculación en el plano económico y una emergente cooperación financiera, componentes primordiales que aceleran la construcción de un sistema monetario multipolar.

Y es que si bien es cierto que el dólar mantiene su posición como la divisa dominante del sistema monetario internacional, a 6 años de distancia de la propagación global de la crisis, actualmente salta a la vista el creciente protagonismo de China en el proceso de desdolarización de la economía mundial a través de acuerdos bilaterales que promueven el uso de monedas nacionales en las transacciones comerciales (Financial Times, 9 de diciembre de 2014).

La relación de China con la Federación Rusa se inscribe en esa misma dinámica. El swap cambiario (permuta de cobertura de divisas) con vencimiento a 3 años aprobado en octubre, entró finalmente en operación desde el lunes 29 de diciembre de 2014 por un monto equivalente a 25 mil millones de dólares, equivalente a 150 mil millones de yuanes (Russia Today, 29 de diciembre de 2014). De cara al fortalecimiento del dólar con relación a las monedas de las economías emergentes en los últimos meses, en medio de una mayor incertidumbre en los mercados financieros, el acuerdo swap está enfocado a disminuir el riesgo cambiario sobre los flujos de comercio e inversión de carácter bilateral. Toda vez que los intercambios entre la Unión Europea y Rusia disminuirán en los años venideros, el comercio entre China y Rusia aumentará y, al mismo tiempo, el abandono del dólar cobrará un mayor impulso.

Los pagos en yuanes entre los dos países se incrementaron en más del 800 por ciento entre enero y septiembre de 2014. De acuerdo con Lin Zhi, el funcionario a cargo del Departamento de Europa y Asia central de la Secretaría de Desarrollo Económico de China, “cerca de 100 bancos comerciales rusos están abriendo las cuentas correspondientes para hacer transacciones en yuanes […] la lista de los bancos en los que los depositantes comunes pueden abrir una cuenta en yuanes también está creciendo” (Russia Today, 21 de noviembre de 2014).

En cuanto a los instrumentos del mercado de capitales, las operaciones denominadas en la “moneda del pueblo” (renminbi) en la bolsa de valores de Moscú se multiplicaron por 10 en términos interanuales. Adicionalmente, y en detrimento de la hegemonía del dólar, empresas rusas como la petrolera Gazprom examinan la posibilidad de emitir bonos bajo denominación del yuan desde Hong Kong y así disminuir sus costos de financiamiento (The BRICS Post, 26 de diciembre de 2014).

A todas luces es incuestionable que la mancuerna económica y geopolítica entre China y Rusia es cada vez más estrecha y continuará fortaleciéndose a medida que ambas potencias consoliden una nueva correlación de fuerzas en el escenario internacional. Hasta cierto punto de manera no oficial, ambas naciones persiguen la consolidación de un ambicioso plan de defensa en diversos frentes de cara a la ofensiva imperial de la OTAN y el unilateralismo del Sistema de la Reserva Federal (Fed) estadunidense.

Según una nota editorial del diario Global Times publicada el 22 de diciembre de 2014, “como vecino cercano, Rusia desempeña un papel indispensable como socio estratégico de China en la comunidad internacional”. La participación mayoritaria de China en el nuevo banco de desarrollo del BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB, por su sigla en inglés), así como los préstamos otorgados en el Continente Asiático, los países del Norte de África, Oriente Medio y América Latina, revelan por una parte su intención de complementar las competencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) como “prestamista de última instancia”.

Por otra parte, el sostén financiero a la República Argentina en su batalla contra los fondos buitres (NML Capital, Aurelius, etcétera) y la renovación de una línea de crédito en condiciones flexibles a Venezuela por 4 mil millones de dólares en julio de 2014 son muestra de que, más allá de consideraciones económicas, existe por parte de China un interés a largo plazo en robustecer las relaciones con sus aliados de mayor envergadura. Ahora, precisamente, la coyuntura crítica de la economía rusa constituye un enorme desafío con vistas a demostrar la efectividad de China como salvavidas.

.Ariel Noyola Rodríguez*

*Economista egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México

 

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