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Kosovo es otro frente de disputa entre la OTAN y Rusia. Hoy menos estridente que conflictos como los que se viven en Crimea y Siria, la separación de Kosovo fue impulsada por Estados Unidos con la oposición de Rusia y de Serbia, que vio violada su integridad territorial. La andanada mediática y militar de los estadunidenses para concretar el nacimiento de una nueva nación se ha agotado y la viabilidad de imponer gobiernos e intereses en la región les cuesta cada vez más caro

Luis Antonio Gómez Pérez/Prensa Latina/Ilustraciones: Manrique

A casi 25 años del fin del campo socialista en Europa del Este y la desintegración de la Unión Soviética, gobiernos en esa región del planeta consolidan posturas que constituyen verdaderos desafíos a Occidente.

Tal es el caso de las posiciones políticas sostenidas por Belgrado y apoyadas categóricamente por Moscú sobre el estatus de Kosovo, región serbia de mayoría étnica albanesa que proclamó su independencia de modo unilateral en 2008.

Después de la declaración, 16 países de la Unión Europea y otros 10 del resto del mundo se apresuraron a reconocer a Kosovo, lo cual generó el firme rechazo de Serbia.

Como indica Slobodan S Pajovic, investigador y profesor de historia política de la Universidad Megatrend (Belgrado), en ese momento la comunidad albanokosovar contaba con derechos y competencias especiales que significaban una amplia autonomía para la región, considerada por Serbia como una provincia.

Tras el anuncio de la separación, la Unión Europea exigió a Belgrado un cambio de actitud hacia Pristina, como requisito indispensable para su proceso de ingreso en el grupo comunitario.

Serbia subrayó que preservaría su integridad y soberanía mediante métodos democráticos, argumentos legales y diplomacia, pero no descartó una posible intervención en caso de acciones violentas contra la minoría serbia en el territorio.

La postura de Belgrado encontró el apoyo de Rusia, cuyas autoridades denunciaron las presiones ejercidas y emplazaron a Occidente a respetar el derecho exclusivo de serbios y kosovares a decidir el futuro del territorio.

Moscú consideró la proclamación de la independencia de Kosovo como una actitud invasiva, pues esa decisión estuvo motivada por la influencia de agentes foráneos, explica Francesc Serra, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Barcelona.

El Kremlin alertó, además, que conceder la independencia a Kosovo alentaría a los separatistas de toda Europa.

También argumentó que el reconocimiento de la soberanía, que no contaba con el respaldo del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), dividiría a la Unión Europea.

Las diferencias entre Moscú y el bloque europeo en cuanto a Kosovo persisten desde 2008 hasta la fecha.

La posición de Rusia

A inicios de la década de 1990, la influencia de Moscú en los Balcanes disminuyó; sin embargo, los conflictos en la región permitieron a Rusia prolongar y luego fortalecer su presencia.

Los rusos lograron restablecer cierto influjo internacional en esa península en un momento en que las discrepancias políticas y económicas internas redujeron la fuerza del país euroasiático.

Un punto clave en cuanto a la relación con Belgrado fue el rechazo del Kremlin a los bombardeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sobre territorios de la entonces Yugoslavia, en 1999, que buscaban la retirada de las fuerzas serbias de Kosovo.

Igor Ivanov, entonces ministro ruso de Asuntos Exteriores, aseveró que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial un Estado soberano de Europa estaba bajo agresión.

El diplomático denunció que el verdadero objetivo del bombardeo era imponer una dictadura política, económica y militar en la cual el destino de las personas se decidiría en Washington.

De acuerdo con un cable de ITAR-Tass (Agencia de Información Telegráfica de Rusia) de 1999, Serguéi Lavrov, embajador ruso ante la ONU en aquel momento, apuntó que la excusa del bloque trasatlántico de impedir una catástrofe humanitaria en Kosovo propiciada por la mayoría serbia de Yugoslavia carecía de validez.

Destacó que la acción era claramente violatoria del derecho internacional y desconocía por completo sus normas y principios básicos.

Lavrov introdujo, además, el argumento de que se extendería la inestabilidad y la secesión a otras regiones y la carrera armamentista cobraría nuevos impulsos.

También hubo declaraciones del entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, de que podría ocurrir una guerra de grandes proporciones si Occidente intentaba liberar la provincia de Kosovo. Paralelamente, sondeos de opinión en Rusia revelaron que la población reaccionó fuertemente contra Estados Unidos y sus aliados occidentales.

El 98 por ciento de los ciudadanos rechazó la operación militar de la OTAN y el 72 por ciento consideró que el ataque constituía una amenaza directa para la seguridad rusa, según las encuestas.

La respuesta diplomática de Belgrado

Como resultado de los bombardeos de 1999, la administración de Kosovo pasó a manos de la ONU, lo cual fue indispensable para la posterior proclamación unilateral de la soberanía de esa región.

Ocho años después, en 2007, el mediador de la ONU sobre el futuro estatuto de Kosovo, Martti Ahtisaari (expresidente finlandés), presentó un plan que preveía la independencia de facto del territorio, bajo la supervisión internacional.

En esa estrategia, las minorías serbias kosovares y otros grupos étnicos tendrían garantizados escaños en el Parlamento. Además, las iglesias, monasterios y otros sitios serbios de carácter religioso o cultural contarían con protección.

Belgrado rechazó el plan de inmediato, pues, aunque Serbia estaba dispuesta a darle más autonomía a ese territorio, jamás permitiría la secesión.

Un antecedente importante a tener en cuenta es el descubrimiento de la presión ejercida por el Departamento de Estado estadunidense sobre algunos países de la Unión Europea para reconocer lo antes posible la independencia de Kosovo.

El diario Politika, de Belgrado, reveló un documento del ministerio de Exteriores de Eslovenia en cuyos extractos se apreciaba que la representante del Departamento de Estado, Rosemary Di Carlo, aconsejó a los líderes albaneses de Kosovo cómo y cuándo proclamar la separación.

Ante la nueva intrusión, una de las alternativas manejadas por las autoridades en Belgrado fue imprimirle nuevos bríos a los vínculos con Rusia, pues ésta siempre se opuso a la escisión y manifestó que vetaría la entrada de Kosovo en la ONU.

Para los serbios, demostrar que cuentan con el apoyo ruso –así como el de otras naciones influyentes como China e India– representa una carta importante en la defensa de su integridad territorial.

Sin embargo, es poco probable que Serbia afecte significativamente sus relaciones con cada Estado que reconoció a Kosovo, pues sería una medida drástica, costosa y poco práctica en términos económicos, como indican las cifras aportadas por la Oficina de Estadísticas nacional.

De acuerdo con esa entidad, el 54.2 por ciento de las exportaciones y el 52.9 de las importaciones de Serbia corresponden al comercio con la Unión Europea.

Para muchos, el reto actual de la diplomacia serbia es mostrar de modo cauteloso que esos vínculos no serán los mismos.

En cualquier caso, Belgrado aprovecha la situación para consolidar los lazos estratégicos con Rusia, lo cual conviene también a esta última de cara al reforzamiento de su influencia política y económica en los Balcanes.

Moscú destina a esa área geográfica unos 73 mil millones de metros cúbicos de gas y 59 millones de toneladas de petróleo, alrededor de la mitad del total de exportaciones rusas correspondiente al mercado europeo en el sector energético.

Otro aspecto ventajoso para los serbios es que Rusia nunca propuso elegir entre ella y la Unión Europea, apunta el historiador y analista de relaciones internacionales español Antonio Rubio.

Beneficios de Moscú

Por la parte rusa, la oposición a la soberanía kosovar responde también a dos de los objetivos principales de la presidencia de Vladímir Putin: reforzar el Estado y debilitar el separatismo regional.

A mediados de octubre de este año, el mandatario ruso reiteró, en un encuentro en Belgrado con el presidente Tomislav Nikolic, el respeto de su país a la integridad territorial de Serbia.

Putin subrayó que Moscú no reconocerá la independencia de Kosovo, pues su proclamación unilateral violó las leyes internacionales.

Durante esa visita, ambos países firmaron varios documentos para garantizar la cooperación bilateral.

Los convenios incluyeron las áreas de la asistencia técnica y militar, protección mutua de información clasificada, inmigración, aduana, transporte ferroviario, eficiencia energética y energía renovable.

El primer ministro serbio, Aleksandar Vucic, recordó en diálogo con Putin que, a pesar de las presiones, Belgrado no secundará las sanciones económicas aplicadas por Occidente a Moscú.

Serbia sostiene que uno de sus objetivos estratégicos es ingresar en la Unión Europea, pero no piensa arrojar a la basura millones de euros procedentes del comercio con Rusia para probarlo. Además, subrayó que varios de los miembros del grupo europeo mantienen importantes vínculos económicos con la nación sancionada.

Con su política respecto a Kosovo, el Kremlin puede obtener muchos beneficios sin la necesidad de comprometer tropas ni invertir sumas considerables.

Uno de los principales resultados es que mediante gestos relativamente pequeños se enfrenta de manera convincente a la intención de las potencias occidentales de campar por el mundo a sus anchas.

Luis Antonio Gómez Pérez/Prensa Latina/Ilustraciones: Manrique

 

 

 Contralínea 419 / del 12 al 18 de Enero de 2015

 

 

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