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Enrique Peña Nieto “retomó un comentario de alguien” y lo externó en su discurso del 4 de diciembre del año pasado en Coyuca de Benítez, Guerrero. Ahora yo lo retomo e igual que él no tengo duda: “Son más, pero muchos más, los guerrerenses que quieren paz, que quieren tranquilidad y que quieren orden en su estado”, y no sólo ellos, somos más, pero muchos más, los mexicanos que queremos paz, tranquilidad y orden en el país.

También dijo que son muchos más los que están en favor del respeto a las instituciones democráticas. Por supuesto que somos más, pero muchos más, los que estamos a favor de respetar las instituciones ¿Pero qué instituciones son democráticas en México? ¿Quiénes van a respetar instituciones que no respetan al ciudadano? Esas son instancias de las que esos “muchos más mexicanos” hemos esperado mucho más por largo tiempo, instituciones de las cuales la mayoría no cumplen con su función, y en el caso de las dependencias que en teoría deben proveer seguridad a los ciudadanos, contradictoriamente a su razón de ser, son los mismos órganos del Estado (en los que la corrupción se ha enquistado profundamente) donde se propicia, se genera y desde donde se distribuye la violencia en Guerrero y en todo el territorio nacional. Instituciones que van desde el orden municipal hasta el federal y en las que no sólo se cuentan corporaciones policiacas y militares, sino también dependencias administrativas de gobierno. Son más, pero muchos más, los guerrerenses, y somos más, pero muchos más, los mexicanos que hemos dejado de esperar –no digamos mucho– casi nada de las instituciones. Asimismo somos más, pero muchos más, los que hemos aprendido a temerles a esas instituciones, y lo que esperamos de éstas, sobre todo de aquellas que manejan las corporaciones policiacas y militares, es que al menos no nos maten o desaparezcan físicamente hasta reducirnos a polvo, como hicieron con los 43 estudiantes de Ayotzinapa; esperamos que no nos echen en una fosa común, que no pongan a nuestros seres queridos, a nadie, en una fosa común, clandestina, de las que abundan por cientos en nuestro país con miles de mexicanos en ellas.

Por supuesto que somos más, pero muchos más, los mexicanos que no queremos discursos huecos y ofensivos, y que, en cambio, deseamos resultados inmediatos, a mediano y largo plazo; y entre esos muchos más mexicanos se encuentran los padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, para quienes ningún resultado que les dé el gobierno será satisfactorio (salvo que regresen vivos), pues para todo padre es inaceptable perder a un hijo. Por ello no lo podrán superar, no lo quieren superar y no lo deben superar. Eso no se supera nunca, eso no lo supera nadie, pero no son sólo ellos los que no van a superar la pérdida de sus seres queridos, pérdida que propició el Estado (de lo que hablaré más adelante). Son más, pero muchos más guerrerenses, y muchos más los mexicanos que no van a superar la pérdida de sus hijos, de sus hermanos y hermanas, esposos, esposas, padres, familiares, amigos. Estoy seguro que son más, pero muchos más, aquellos que perdieron a un ser querido en la escandalosa cifra de más de 34 mil desaparecidos que este gobierno y el anterior y el anterior han acumulado; son más, pero muchos más, los mexicanos que perdieron a un ser querido dentro de la aterradora cifra de más de 100 mil muertos que ha causado el crimen organizado y el “combate” a éste. Estoy seguro que somos más, pero muchos más, los mexicanos que no vamos a superar el crimen de Estado en Ayotzinapa, que no vamos a superar lo que gobierno tras gobierno nos han hecho, porque somos más, pero muchos más mexicanos las víctimas, no sólo de la muerte y la barbarie física y sicológica (represión, secuestros, extorsiones, explotación sexual y esclavitud), también somos más, pero muchos más mexicanos víctimas de la injusticia, la pobreza, la entrega de nuestros recursos naturales a grandes corporaciones, el engaño electoral; víctimas por sobrevivir con miedo en una sociedad desigual y descompuesta en muchas de sus partes; víctimas de la cancelación de nuestro derecho a ser felices.

Somos más, pero muchos más, los guerrerenses y los mexicanos que queremos orden en nuestros estados y en nuestro país. ¿Pero quién o quiénes van a poner orden? Los mexicanos hemos aprendido a desconfiar de las autoridades en todos los niveles de gobierno, y aunque se dice que es en el ámbito municipal donde está el problema, somos más, pero muchos más, los guerrerenses y los mexicanos que pensamos que es en toda la estructura gubernamental. Sólo baste recordar los casos de los exgobernadores Tomás Yarrington, Humberto Moreira, Fidel Herrera Beltrán, Arturo Montiel o Andrés Granier, o de los líderes sindicales Elba Esther Gordillo y Carlos Romero Deschamps, y no sólo son personajes alineados al Partido Revolucionario Institucional, también los hay cercanos o del Partido Acción Nacional, como Genaro García Luna o Alejandra Sota, y por supuesto del Partido de la Revolución Democrática, del que José Luis Abarca es el caso más notorio recientemente, pero como todos sabemos no es el único.

Porque es el Estado el que propició la desaparición de los estudiantes y ha propiciado la desaparición o la muerte de miles de ciudadanos, y no me refiero a ese funcionario corrupto y cooptado por las organizaciones criminales que dio la orden, o a aquel policía o militar que disparó su arma o levantó al ciudadano. Es el Estado el que propicia los crímenes al no proveer al ciudadano de los mínimos requerimientos para una vida digna: salud, educación, empleo; pues un ciudadano desprotegido socialmente será fácilmente reclutado por las organizaciones criminales, ya que la necesidad en muchos casos genera el crimen, el crimen genera corrupción y violencia, y la violencia genera muerte y desapariciones, todo dentro de un sistema político en el que la justicia dejó de ser una prioridad hace mucho tiempo. Mientras la situación socioeconómica en México no sea mejorada sustancialmente, no sea superada con creces, seremos más, pero muchos más, los mexicanos que no superaremos los innumerables crímenes de toda índole cometidos en nuestra contra, y superarlos jamás significará olvidarlos. Superarlos significará en su momento restablecer relaciones cordiales entre una sociedad que ya no sea agraviada y un Estado que cumpla su función.

Roberto E Galindo Domínguez*

*Maestro en ciencias en exploración y geofísica marina, licenciado en arqueología especializado en contextos sumergidos y buzo profesional; licenciado en letras hispánicas; licenciado en diseño gráfico

 

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 Contralínea 419 / del 12 al 18 de Enero de 2015