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Todas las predicciones son erradas; es una de las pocas certezas de las que goza la humanidad

Milan Kundera

Como operador político, el trabajo de Luis Videgaray puede calificarse como aceptable. Logró que el Congreso de la Unión aprobara todas las reformas neoliberales promovidas por Enrique Peña Nieto hasta el momento, con la inestimable ayuda de los alfiles Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones. Su habilidad quedó de manifiesto si se considera que algunos cambios introducidos por la oposición en el texto de las nuevas leyes constitucionales les fueron conculcados con las normas secundarias, gracia atribuible a la aplanadora mayoritaria de los sumisos congresistas. Hasta peones belicosos como Carlos Romero Deschamps, de quien algunos pensaban que montaría una revuelta para defender con uñas y dientes su cacicazgo sindical, la base de su poder familiar y de su fortuna nada despreciable, entregó pacíficamente la plaza petrolera, con lastimosa pena y sin gloria, y se sumó a la neoporfirista contrarreforma energética. Acaso porque el todavía fresco y aterrador fantasma de Elba Esther Gordillo revoloteaba amenazadoramente ante sus ojos y francamente los ajustes de cuentas provenientes desde las catacumbas del poder le alteran el sueño a cualquiera.

Nada importó. Al final quedaron las aberrantes contradicciones entre las letras constitucionales y secundarias. Ni el obsceno espectáculo de un Congreso servilmente sometido por el Ejecutivo, como en los viejos tiempos del sistema político del partido único, ni la evidencia de la inutilidad del sistema de partidos como opción de cambio “civilizado”. Hasta la oposición terminó cuadrándose ante el príncipe y el suspirante a heredar el puesto.

No sería mala idea que Enrique Peña Nieto pensara en la eventual posibilidad de sacrificar a su dama de compañía para tratar de rescatar a su gobierno del naufragio económico, además atrapado en la ciénaga del descrédito y las turbias sombras de la presunta corrupción familiar; o a los agraciados empresarios Emilio Azcárraga y Juan Armando Hinojosa, del grupo Higa. Al cabo, nadie es imprescindible.

Pero será inútil la sustitución de un tecnócrata por otro neoliberal y sin un viraje estratégico en la política económica, porque el resultado será el mismo. Así como también lo será el desplazamiento del ineficaz titular de Gobernación por otro tallado por la misma hacha autoritaria, como sería el caso de Fabio Beltrones. El priísmo restaurado simplemente carece de figuras de recambio, capaces de ofrecer un tanque de oxígeno de legitimidad.

Con ajustes o no en el establo, el escenario del gobierno peñista es más complicado que en diciembre de 2012. Externamente, 2015 estará condicionado y afectado por variables sobre las cuales no tiene el más mínimo control:

1. El desplome y los bajos precios internacionales del petróleo, situación que se mantendrá en 2016, al menos. Esto debido a la sobreproducción de crudo, la endeble demanda de hidrocarburos (asociada al mediocre crecimiento internacional) y la guerra de precios llevada a cabo por algunos oferentes convencionales de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), con altas reservas y bajos costos de producción como Arabia Saudita, para tratar de sacar del mercado a los nuevos productores, sobre todo estadunidenses, que emplean las tecnologías de fracturación hidráulica.

De acuerdo con la OPEP y la Agencia Internacional de Energía estadunidense, los costos del crudo no convencional es de 50-80 dólares por barril, por lo que para que su extracción sea rentable el precio de venta debe de ser de al menos 100 dólares. Su producción fue estimulada por el ascenso de las cotizaciones, en especial desde la segunda mitad de la década pasada. Sin embargo, esa tendencia se revirtió violentamente desde marzo de 2012. Las cotizaciones de los crudos marcadores como la canasta de referencia de la OPEP, el Brent o el West Texas Intermediate se han desplomado en 45 por ciento, 43 por ciento y 36 por ciento, respectivamente, hasta principios de diciembre. En cada caso cayeron de 122.97 dólares por barril a 67.31 dólares; de 124.93 dólares a 70.85 dólares; y de 106.15 dólares a 67.85 dólares.

Según los organismos citados, esas tarifas deprimidas podrían mantenerse al menos durante la primera mitad de 2016, en caso que se reduzca la oferta y aumente la demanda con el crecimiento internacional, el cual es incierto. Dada la tendencia actual, ya no se descarta que los precios bajen de los 50 dólares por barril.

2. El fin de la política monetaria flexible instrumentada por la Reserva Federal estadunidense después del colapso de 2008. Ese cambio, anunciado en la postrimería de octubre pasado, implica el término del programa mensual de compras de bonos gubernamentales. Aunque la Reserva señala que probablemente se mantendrán cerca de casi 0 por ciento, su tasa de referencia por un “tiempo considerable”, los rendimientos de los bonos referenciales del Tesoro a 10 años tienden a elevarse.

3. La persistencia de la debilidad de la economía internacional. El crecimiento de Estados Unidos fue mediocre en 2014 y su comportamiento en 2015 no será muy diferente. La Unión Europea y la eurozona permanecerán agobiadas por la deflación (estancamiento con baja de los precios) que resienten desde la hecatombe de 2008. Las economías del bloque conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica tienden a declinar: Brasil, Rusia y Sudáfrica están en recesión o al borde de ella; China e India se ralentizan. En 2014 América Latina registra su peor expansión desde 2009 y su tasa esperada para 2015 será igualmente modesta.

Algunas de las secuelas de ese sombrío escenario ya se resienten en el país y otras se manifestarán con más violencia en 2015 y, posiblemente hasta 2016.

Globalmente el país ya rebasó el umbral de la crisis económica debido a:

1. La caída del volumen de extracción del crudo, de los precios de exportación y de las divisas e ingresos del Estado aportados por el petróleo.

2. El eventual retraso de los capitales privados esperados con la contrarreforma petrolera, destinados hacia las zonas de exploración y explotación que requieren altas inversiones y tecnologías complejas (gas de esquisto, la fracturación hidráulica o fracking), debido a la caída de los precios del crudo. La cotización promedio de la mezcla mexicana cayó de 112.82 dólares por barril a 60.67 dólares, en 46 por ciento, entre marzo de 2012 y el 3 de diciembre de 2014.

3. Los apremios fiscales del Estado y la desviación del comportamiento de algunas variables claves con relación a las metas de política económica y presupuestales estimadas para 2014 y 2015, que ha obligado a los poderes Ejecutivo y Legislativo a modificarlas en el tiempo para ajustarlas a la nueva y cambiante realidad.

4. El inminente fin del acceso al crédito internacional cuasi regalado en 2015 con el cambio de la política monetaria de la Reserva Federal. Esa medida encarecerá el precio del endeudamiento externo y estimulará la inestabilidad especulativa de los mercados financieros internacionales (bursátil, de dinero y de divisas).

5. Las presiones sobre las paridades cambiarias debido a la volatilidad de los capitales y la restricción en el ingreso de divisas. Monedas como el peso mexicano y argentino, el real brasileño o el rublo ruso, por citar algunas, se han depreciado temporalmente frente al dólar estadunidense y el euro. Esa situación ha generado un ambiente de incertidumbre. El alza del dólar frente al peso generará presiones sobre el componente importado de la inflación, el déficit de las cuentas externas o las tasas de interés. La salida o el menor ingreso de capitales de los llamados “mercados emergentes”, como el nuestro, y su reorientación hacia los “maduros”, como el estadunidense, complicará las cosas e inevitablemente afectará el nivel del crecimiento económico.

6. La pérdida de dinamismo de una economía internacional que no termina de superar la recesión que siguió al colapso mundial de 2008 y que, inevitablemente, afectará al aparato productivo nacional. De por sí éste se mantiene estancado desde 2013 pese a la supuesta política económica anticíclica instrumentada por Videgaray y Agustín Carstens.

La ampliación del gasto público en 2014, paradójicamente financiado con mayores impuestos directos e indirectos, lo que restó fuerza a la demanda interna, y más deuda externa, así como el recorte de la tasa de referencia del banco central (negativa, en términos reales si se descuenta la inflación), simplemente han sido inútiles para sacar a la economía de su estancamiento.

Si Enrique Peña Nieto decide mantener y proteger a su delfín –y en su caso hundirse con él en el mismo barco– dentro de su estrecho círculo palaciego, al menos debería recomendarle que cambie su bola de cristal económica, porque ella está empañada y no le permite entrever la realidad.

El fracaso del astrólogo

El caso de Luis Videgaray es extraño y similar al de Peña Nieto.

Al entregarle el premio Estadista mundial 2014, el 23 septiembre, el rabino Arthur Schneier le dijo a Peña Nieto: “A veces tengo profecías, y usted me oyó decir antes acerca de que usted va a asumir un papel de liderazgo en la escena mundial”.

El 24 de ese mismo mes la revista neoliberal Euromoney nombraba a Videgaray como “ministro de finanzas del año”, en virtud de su papel jugado en la aprobación de las reformas estructurales. En noviembre Foreign Policy lo incluía en su lista de los “100 pensadores globales” (“100 global thinkers”), en la categoría de “tomadores de decisiones” (“decision makers”), ya que “demostró que su reputación como el cerebro del gobierno mexicano no es exageración”. Como recompensa por “reenergizar a México”, la nación será premiada por la inversión extranjera con 20 mil millones de dólares anuales destinados al sector petrolero.

Es el humor negro ante una insolente realidad.

Al rabino le falló la profecía. Tres días después, el “estadista” se convirtió en uno de los gobernantes más desprestigiados globalmente, después de los criminales sucesos de Iguala, Guerrero, y de su actuación ante los mismos.

Euromoney y Foreign Policy también fallaron con las virtudes que creyeron atisbar en su galardonado.

Poco después de terminar la conferencia de Bretton Woods, Keynes dijo: “Hemos tenido que ejecutar […] las tareas del economista, del financiero, del político, del periodista, del propagandista, del abogado, del estadista […] incluso, creo, que de profeta y adivino”.

Los atributos del reputado “cerebro del gobierno mexicano” son otros. No es arquitecto que contribuya a la creación de un nuevo orden, como fue el caso de Keynes, aun cuando el inglés no logró que se adaptaran sus propuestas que, quizá, pudieron modelar un mundo diferente que el que permitió a Estados Unidos convertirse en la nación hegemónica del capitalismo de posguerra.

Videgaray es un zapador, cuya tarea es demoler lo que queda de los escombros del viejo edificio nacionalista construido por el añejo partido autoritario que lo arropa, el cual estatizó los energéticos y otros sectores estratégicos con el objeto de modelar un capitalismo meridianamente autónomo para la oligarquía que ellos mismos inventaron.

Al mismo tiempo, su misión es reconstruir las ruinas del modelo neoliberal criollo que dicho partido autoritario erigió a partir de 1983, bajo los dictados del Consenso de Washington, y que implosionó en diciembre de 1994. De darle oxígeno a la nueva oligarquía depredadora que construyeron en sustitución de la anterior. De velar y nutrir los negocios de la elite política de la alternancia. De cultivar a esa nueva forma de acumulación que estalló internacionalmente en 2008 y que convirtió a la nación en una nueva colonia estadunidense; y en 2014, con la furia social que se pasea por las calles mexicanas.

El papel de Videgaray es tragicómico y lo acepta porque supone que gracias a él heredará el sangriento trono autoritario.

Como político, publicista y demás, Videgaray es un aprendiz. El éxito en la aprobación de las reformas no se debe a que posea atributos de estadista. Es producto del uso abusivo de las estructuras autoritarias del Estado. Del sometimiento de los poderes Legislativo y Judicial ante el Ejecutivo. Del plácido retozo en el tálamo del poder entre el gobierno, la oligarquía y los dueños de los medios de comunicación que, gracias a éstos magnifica su imagen huera de político magnánimo que se han tragado ingenuamente algunos conductores de noticieros que aparecen públicamente como críticos del sistema. O quizá se deba a sus escasas luces. O por los compromisos de los medios que los patrocinan. O por la soberbia de su vedetismo y de sus particulares intereses.

Cuando estalló el vendaval del movimiento social, el virtuoso Videgaray se desvaneció entre las sombras protectoras del sistema y sólo abre la boca para hablar de un futuro luminoso que sólo existe en sus laberintos cerebrales.

Como economista, Videgaray no es un Keynes ni un keynesiano. Es apenas un melancólico Chicago Boy, devoto de los desacreditados diáconos como Milton Friedman, enemigo a muerte de Keynes.

Tampoco es profeta en su propia tierra, ni un adivino.

Como astrólogo económico es un fraude. En justicia, empero, debe reconocérsele un raro mérito, nada envidiable, por cierto: todo lo que planea, en caso que lo haga, es un desastre.

A menos que el problema sea la atolondrada realidad, que desborda y desmadra –como dicen coloquialmente los argentinos– la programación para dejar en ridículo al “ministro del año” y “pensador global”.

El papel de Nostradamus es ingrato. No es un disfraz que le quede particularmente bien a los economistas. La historia de los desatinos en los pronósticos es casi tan antigua como la economía misma.

Como se sabe, el ejercicio de proyección económica, como una representación simplificada de la realidad, es un instrumento que se emplea para analizar, interpretar y, en la medida de lo posible, hacer conjeturas sobre el comportamiento y la posible evolución de los fenómenos económicos, sobre los dilemas y los desafíos que se enfrentan en la toma de decisiones. También es conocido que por muy refinados que sean los modelos econométricos, estos tienen importantes limitaciones y son susceptibles de inducir a errores significativos, sobre todo en su percepción del largo plazo. Las razones son diversas. Su eficacia dependerá, entre otros factores, de la confiabilidad de los supuestos teóricos y de los intereses que los sustentan; del marco, la coherencia y la consistencia de los parámetros y las variables económicas empleadas para la modelación; de la interpretación de sus resultados; de la versatilidad para ajustarse ante fenómenos contingentes; de la incertidumbre económica en que se llevan a cabo dichos ejercicios.

Como dijera el economista argentino Roberto Bouzas: “Hacer predicciones sobre el futuro tiene una validez equivalente a la lectura de las líneas de la palma de la mano”.

La lectura de Videgaray de la palma de la mano económica ha sido lastimosa.

Técnicamente es difícil esperar que los resultados alcanzados se ajusten a los objetivos de política económica planeados. Ello explica en parte que el Banco de México haya decidido emplear un criterio más flexible en su meta de inflación, al definir un intervalo de variación de más/menos 1 punto porcentual. Lo normal es que los resultados muestren una desviación razonable en la trayectoria prevista. Lo ideal es que ellos sean mejores a las metas proyectadas. Pero otra cosa es que avancen por senderos encontrados, como ha sucedido, por ejemplo, con el crecimiento económico.

En junio pasado Videgaray dijo en Madrid que el reto para México es “lograr un crecimiento mayor al promedio de los últimos 30 años” (2.4 por ciento), y que “al final de este gobierno”, con las reformas estructurales, se “tiene la oportunidad de elevar su tasa, que debería estar en 5 por ciento anual, el doble del incremento que hemos tenido en promedio en los últimos años”, lo que ayudará a “vencer la pobreza”. Las reformas, un mayor gasto público y “un entorno internacional mejor perfilado permitirá un crecimiento sostenido en los próximos años y décadas”.

Lo que le sobra a Videgaray es el optimismo.

De alguna manera tiene que tratar de ocultarse que todo ha salido mal desde el principio.

Desde que asumió la cartera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, cada año las cosas van de mal en peor. El desfasamiento entre el crecimiento económico programado y el alcanzado es ostensible. El supuesto sueño por alcanzar el crecimiento alto y sostenido y vencer a la pobreza se vuelve cada vez más difuso y, como sucede cada sexenio, es dejado a la posteridad.

Para 2013 Videgaray programó un crecimiento de 3.5 por ciento, tasa que, por cierto, más que apostar a una actividad más dinámica, refrenda el proceso de desaceleración a partir del pico de 2010 (5.1 por ciento; en 2011 y 2012 fue de 4 por ciento ). Sin embargo, la meta es ajustada cuatro veces y cierra el año en 1.4 por ciento, la variación más baja desde la recesión de 2009 (-4.7 por ciento).

Para 2014 se propone una política fiscal y monetaria más ambiciosa para tratar de alcanzar un crecimiento real de 3.9 por ciento. A diferencia de 2013, cuando el gasto programable real del sector público aumentó 3 por ciento y la inversión estatal directa cayó 3 por ciento, en enero-octubre de 2014 el primero se elevó en 9.3 por ciento, comparado con el mismo lapso del año anterior, y el otro en 24.7 por ciento. Asimismo, se acepta que el déficit fiscal real se incrementa en 93 por ciento (pasa de 218 mil millones de pesos a 437 mil millones).

Desde la segunda mitad de 2014 el Banco de México (Banxico) redujo su tasa objetivo nominal de 3.5 por ciento a 3 por ciento. Eliminándose la inflación, la tasa es negativa en 1 punto porcentual.

Pero la meta de crecimiento es reducida dos veces, hasta 2.1 por ciento. Diversos analistas suponen que podría ser menor de ese nivel (véanse el cuadro y la gráfica anexos).

El intento por superar la mediocridad neoliberal de los últimos 30 años tendrá que esperar mejores tiempos.

El promedio del primer bienio peñista fue aún más trivial: 1.8 por ciento.

Si se extiende el lapso a 32 años, el peñismo baja la media a 2 por ciento.

En los criterios de política económica de 2014 la Secretaría de Hacienda estimaba que para 2015, sin las reformas estructurales, la economía crecería 3.8 por ciento, y con ellas 4.7 por ciento.

En los criterios de 2015 la meta se torna más humilde: 3.7 por ciento. Cada vez es menor. Aunque se plantea que el crecimiento pasará de 4.9 por ciento en 2016 a 5.3 en 2018.

¿Cuánto se crecerá en 2015? El Banxico cree que será de 3-4 por ciento. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe 3.2 por ciento.

El problema es que en el paquete económico que lo sustenta la tasa de 2015 feneció dos veces antes de ser parido, y el que se aprobó será un muerto simbólico.

La primera vez que doblaron las campanas por el crecimiento apenas se negociaba en el Congreso, debido a la caída de los precios del crudo de exportación, por abajo del estimado por Hacienda (82 dólares por barril con un volumen de producción de 2.4 millones de barriles diarios y una plataforma de exportación de 1.09 millones diarios).

Cuando Hacienda envió el paquete económico al Congreso, en septiembre, el precio medio del crudo era de 89.10 dólares por barril.

La segunda muerte corresponde al programa sustituto, remendado e improvisado por los legisladores y Hacienda, que, en octubre, redujeron el precio del crudo a 81 dólares y luego a 79 dólares, con una baja esperada de casi 12 mil millones en los ingresos fiscales. Ese mes la tarifa de crudo cerró en 79.93 dólares.

El 3 de diciembre la cotización se ubicó en 60.67 dólares por barril; 18 dólares menos que el presupuestado. Y podría declinar aún más, incluso antes de que se inicie el 2015, aunque Videgaray todavía tiene la esperanza –¿o tenía?– que la tarifa se ubique en 65-66 dólares en el año.

La caída de los precios no es súbita. Con diferentes ritmos, su tendencia declinante se inició a mediados de 2008, lapso en que alcanzaron sus máximos históricos. Lo curioso es que el responsable económico no supo leer a tiempo esa situación. Desde luego, lo anterior no es extraño. Por ejemplo, en 2013, ni se dio cuenta que la economía empezó a declinar desde el segundo trimestre de 2010 hasta llegar al receso en el primer año peñista.

Ahora todo es (otra vez) incierto, y lo será más mientras llega la inestabilidad monetaria y financiera internacional esperada.

En sentido estricto, no hay plan económico para 2015.

El país avanzará a ciegas.

En 2013 y parte de 2014, cuando cosas las parecían relativamente tranquilas, México estuvo estancado y hundiéndose lentamente. En la incertidumbre y con el tiempo tempestuoso, no sería extraño que naufrague más rápido.

Marcos Chávez M*

*Economista

 

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 Contralínea 417 / del 22 al 27 de Diciembre 2014

 

 

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