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Acapulco, Guerrero. A 45 días de la desaparición forzada de 43 alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, el movimiento social agrupado en torno a la demanda de presentación con vida de los estudiantes, logró realizar un bloqueo simbólico en el Aeropuerto Internacional General Juan N Álvarez, ubicado en esta ciudad. “Un bloqueo nunca antes logrado”, refieren integrantes de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG).

Cientos de normalistas se apostaron en los principales accesos, impidiendo el arribo y la salida de las instalaciones áreas. En tanto, los despegues y llegadas de aviones siguieron su curso.

Ese fue el acuerdo alcanzado entre autoridades federales y una comisión integrada por padres de familia y estudiantes de Ayotzinapa, quienes sostuvieron un breve encuentro al interior del aeropuerto. Un bloqueo simbólico y pacífico con duración de 3 horas (de las 12 a las 15 horas), sin destrozos de la infraestructura ni del inmueble.

Sin embargo, el arribo al lugar no fue sencillo. En el camino, los manifestantes sortearon diversos obstáculos. El primer intento gubernamental por contener su andar se hizo presente cuando la caravana conformada por 38 autobuses fue alcanzada por 13 camionetas de la Policía Federal repletas de uniformados. La intimidación no logró su objetivo. Resueltos, tres estudiantes de Ayotzinapa con el rostro cubierto, que se trasladaban en una camioneta blanca tipo pickup, les cerraron el paso.

A la altura del centro comercial La Isla, vino la segunda provocación. Una valla de unos 100 policías estatales se desplegó sobre los dos carriles que conforman el Boulevard de las Naciones. La avanzada alertó al resto de manifestantes. De inmediato, el grueso del contingente salió de los autobuses para abrirse camino. Una vez más, lograron avanzar. Estrellaron tubos, palos y piedras sobre los cascos y toletes de los uniformados, quienes no tuvieron otra opción que replegarse hacia el lado derecho del carril. “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”, “Ayotzi vive, la lucha sigue”, el coro detrás de la acción.

En este choque, resultaron heridos una veintena de normalistas e integrantes de las organizaciones sociales que los acompañaban. Además, cuando menos dos policías: un hombre y una mujer. Ambos fueron auxiliados por los manifestantes. Ella se dolía de una pierna. Su rostro reflejaba sufrimiento pero también angustia, que al final explotaron en llanto. Padres y madres de familia le sirvieron de sostén, incluso pretendieron encaminarla hasta la valla de policías. Abandonaron su propósito cuando éstos se preparaba para embestirlos.

Unos pasos más adelante, a la altura de la plaza Mundo Imperial, un cerco policial mucho más numeroso, de al menos unos 500 uniformados, aguardaba la protesta. Hurgando detrás de las primeras líneas, podían observarse policías armados con balas de goma, proyectiles tradicionalmente utilizados como antidisturbios.

En este punto la gestión fue fundamental. A Felipe de la Cruz, representante de los padres de familia de los 43 estudiantes detenidos-desaparecidos, lo abordó un comandante de la policía federal quien se negó a identificarse. Acto seguido, se comunicó con él, vía telefónica, Enrique Miranda, subsecretario de Gobierno de la Secretaría de Gobernación.

Felipe iba y venía consultando a estudiantes y a padres de familia. Al final, después de unos 30 minutos de diálogo intermitente con autoridades federales, la formación policial se quebró. La orden vino de Gobernación, tras el compromiso de que la protesta sería pacífica. A pesar de ello, el comandante de la Policía Federal que no quiso decir su nombre intentó condicionar el paso: “Denme sus molotov y sus machetes, aquí se los cuidamos y de regreso los recogen”. Los manifestantes optaron por no iniciar una discusión con el funcionario. Simplemente dieron la media vuelta y continuaron su camino. Un helicóptero de la Secretaría de Marina sobrevolaba la zona.

Alrededor de las 11 horas, la marcha hizo parada a unos 100 metros del aeropuerto. El camino estaba libre. Tan sólo tres militares vigilaban a lo lejos, apostados en la entrada principal del aeropuerto. Los contingentes nutridos por profesores de la CETEG y del magisterio democrático chiapaneco y por integrantes del Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero, de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México y del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a La Parota, se reorganizaron y con paso firme se encaminaron hacia su objetivo.

Un empleado del aeropuerto, uniforme en dos tintes de azul, opinó al respecto. Pidió hacerlo de forma anónima para no ser objeto de represalias laborales. Para él resulta injustificable la desaparición de los normalistas. “Son cosas que no deben ocurrir”, dice. Aunque el trabajador se pronuncia en contra de los actos violentos en las protestas, externa su comprensión hacia el dolor que inunda a los padres de los muchachos detenidos-desaparecidos. “Todo se solucionaría si aparecieran”, comenta.

Consultado respecto de las afectaciones a la actividad productiva de Acapulco –cuidad puerto de atractivos destinos turísticos– a raíz de la masacre y desaparición de normalistas en Iguala, crímenes que datan del 26 y 27 de septiembre pasados, el trabajador confirma que, efectivamente, se ha mermado la presencia turística en la zona.

Es 10 de noviembre. Un día nublado pero húmedo. Se cumplen 45 días de dolor, angustia y rabia. Los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa llevados a la fuerza por policías municipales continúan desaparecidos. No hay certeza de ellos, de su paradero y su destino. Se ha dicho que fueron ejecutados, calcinados, asfixiados; sus restos consumidos y arrojados a un río. Suposiciones. Nunca certezas de pruebas irrefutables.

El tiempo transcurre inevitable y, con ello, escalan las protestas para exigir su pronta presentación en vida. La incertidumbre que genera la ausencia y la incógnita tras la desaparición, invaden las conciencias.

Ayer un Palacio de Gobierno en llamas; la ocupación de un ayuntamiento. Hoy, el bloqueo histórico de un aeropuerto de intensa actividad.

 

 

 

 

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