Autor:

José Carlos García Fajardo*/Centro de Colaboraciones Solidarias

 “El dogmatismo, el dominio sectario sobre los espíritus, el afán de proselitismo doctrinal, y tantas otras formas de opresión y de coacción muestran cómo esa tutela se corrompe, y en vez de disponer gradualmente al hombre para su emancipación, procura disponerlo para perpetuar su servidumbre”. Esto escribió Francisco Giner de los Ríos, de la Institución Libre de Enseñanza, que puede ayudarnos ante la obsesión por privatizarlo todo, hasta las mentes.

Otro maestro de nuestros días, Emilio Lledó, reflexionó con clarividencia y sabiduría sobre el auténtico sentido de una convivencia social basada en la justicia y en la solidaridad. La democracia, que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de justicia y verdad, no puede rendirse a las privatizaciones mentales de supuestos libertadores. Pero no se insiste en el hecho de que la crisis que padecemos es una crisis que tantos competentes expertos, siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido evitar, ni tampoco las propias burbujas mentales que les han permitido construir sin que nadie les pida responsabilidades por sus liberadas y productivas ganancias.

Desde hace años se habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el cual educar a sus hijos, en detrimento de la enseñanza pública y de sus profesores. Esa defensa libertaria no tiene que ver con el deseo de que se practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir, enfatiza Lledó. Una libertad que enseñase algo más que la obsesión por el dinero y por el descarado cultivo de la codicia. A lo mejor, esa educación responsable haría imposible que se dieran algunos personajes de la vida pública, por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan.

¿Pueden gozar de esa libertad todos los padres? ¿También los de los barrios más modestos de las grandes ciudades? ¿Pueden ser libres para mandar a sus hijos a esos colegios privados?, se pregunta el profesor. Centros que proliferan por España y que apenas pueden compararse con cualquier colegio o instituto público de Francia o Alemania. En ese mismo derrotero andan algunas universidades, que anuncian sus excelencias pregonando que “los alumnos encontrarán las profesiones que les permitirán colocarse rápidamente en la empresa”. ¡Magnífico ideario para fomentar la vida universitaria, la pasión por el saber, el crear, el innovar!, exclama Lledó. En el fondo, toda esa propaganda libertaria es fruto de planteamientos políticos ideologizados, de prejuicios clasistas, que con doble y torticera moral predican libertad cuando lo que les importa, aunque quieran engañarse y engañarnos, es el dinero. Sólo por medio de una concepción de la decencia, de la justicia, de la lucha por la igualdad equitativa puede alzarse el sistema educativo de los países.

Por eso es imprescindible que la sociedad descubra las razones ocultas de las privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas brota también de la educación, de los ideales que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra manera de ver e interpretar el mundo.

Podemos intuir, apunta el profesor, que la degeneración intelectual de buena parte de la clase política, y de los llamados emprendedores –los que, por ejemplo, emprendieron la destrucción de nuestras costas–, procede de esos conglomerados ideológicos en los que se mezclan, con la indecencia, algunos de los males a que se ha aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro, la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando?

Porque el verdadero sustento de la sociedad, de la vida en común tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral y material. Y no la privatización de todo y de todos manipulándonos hasta hacer desertar a muchos del inalienable derecho a pensar, a ponderar, a elegir y atreverse a tomar decisiones. Sapere audiam, era la clave de la bóveda de todo renacimiento. Atrevernos a saber y a actuar.

 

José Carlos García Fajardo*/Centro de Colaboraciones Solidarias

*Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid; director del Centro de Colaboraciones Solidarias

 

 

 

 Contralínea 408 / del 20 al 26 de Octubre 2014

 

 

 

 

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