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Acapulco, Guerrero. Cuando los alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, bajaron de los camiones, el resto de los manifestantes ya estaban plantados ahí, en la costera de esta ciudad-puerto. Los jóvenes apretaron el paso para apostarse al frente de los contingentes; se colaron, discretos, por el lado izquierdo de la multitud, aún sin las consignas de protesta entre los labios.
 
Pero las miradas se les clavaron. “¿Son ustedes de Ayotzinapa?”, les preguntaban a su paso. Muy pocos llevaban alguna playera o chamarra distintiva de su escuela; las mantas aún estaban dobladas en sus mochilas.
 
 
 
Los muchachos asentían con la cabeza y los presentes respondían con aplausos, con palmadas en la espalda, con muestras de afecto. “¿Aún no se sabe nada de sus compañeros? ¿Y sus maestros dónde están? ¿Los apoyan..?”, les preguntaban.
 
La marcha comenzó su andar pasado el medio día del 17 de octubre. Ésta es la primera que se realiza en Acapulco luego de los hechos ocurrido la noche del pasado 26 de septiembre en la ciudad de Iguala, en los que policías municipales arremetieron contra los normalistas, arrebatando la vida a tres de ellos y despareciendo a 43, de los cuales aún no hay rastros. La actividad fue acordada dos días antes en Asamblea Nacional Popular.
 
El cálculo de los asistentes a la manifestación más conservador es el de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Guerrero. A sus ojos sólo participaron en la movilización 5 mil personas. No obstante, los profesores de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG), quienes conformaron el contingente más numeroso, reportaron la asistencia de 50 mil.
 
En la vanguardia se colocaron los padres de familia de los jóvenes desparecidos desde hace ya 21 días, quienes tuvieron que ser blindados por una valla de normalistas con el rostro cubierto, debido a la gran cantidad de medios de comunicación que se congregaron y que se disputaban el mejor retrato.
 
Un clima bochornoso en el que el agua jamás escaseó. Dueños y empleados de comercios ubicados en la zona dorada de Acapulco, que colinda con la playa Papagayo, repartieron bolas y botellas de este líquido entre los caminantes: los restaurantes 100% Natural, Barra Vieja 520 y El Fogón. “Ese apoyo sí se ve; ese apoyo sí se ve”, fue el coro que recibieron como agradecimiento.
 
El pueblo de Acapulco también hizo lo propio. Personas mostrando cartulinas con mensajes de ánimo y apoyo: “Faltan morsas para callarnos. Faltan cadenas para atarnos”; otras proveyendo agua y naranjas.
 
Acabada la repartición, vino la lluvia. A eso de las 14 horas ya todos estaban empapados; no hubo necesidad de entrar a la playa.
 
 
La lucha es por la presentación con vida de los 43 estudiantes desaparecidos y por la defensa de la educación pública y del normalismo. Es además en contra de las reformas estructurales, entre ellas la educativa, enfatizó Rubén Núñez Ginez, secretario de la sección 22 del magisterio oaxaqueño, concluido el recorrido. Cerca de 800 profesores oaxaqueños habrían arribado a Guerrero un día antes en lo que denominaron la caravana motorizada en apoyo a la normal de Ayotzinapa.
 
La de esta tarde fue una marcha pacífica y de mucha solidaridad, cuyos únicos rastros quedaron grabados en los vidrios de las tiendas Oxxo, en donde los manifestantes plasmaron sus mejores consignas de aerosol.
 
Estudiantes de la normal de Ayotzinapa, padres de familia, representantes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, maestros de la CETEG y de la sección 22 del Sindicato de Trabajadores de la Educación, de Oaxaca, integrantes del Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero, del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a la Presa La Parota, de la Policía Comunitaria de Olinalá, destacan entre los manifestantes.
 
La caminata culminó en el Centro de Convenciones. Enfrente, empleados de La Casa de los Abuelos convidaron pan dulce y café al por mayor.
 
 

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