Autor:

José Carlos García Fajardo*/Centro de Colaboraciones Solidarias

Mientras Europa organizaba sus intereses por medio del Tratado de Roma y acuerdos que derivaron en la Unión Europea, la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se desintegraba deshaciendo el Consejo de Ayuda Mutua Económica y el Pacto de Varsovia. Contra toda lógica y acuerdos, los occidentales fortalecían la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y presionaban a los antiguos miembros de la URSS. Demostraron que no aceptaban una Rusia integrada en las democracias occidentales; preferían unos pueblos humillados y sometidos para poder explotar sus inmensas riquezas y abrir nuevos mercados.

Los depredadores al servicio de una plutocracia sin entrañas utilizaron la OTAN para controlar a países de la antigua URSS, organizando sus comunicaciones, vendiéndoles armas y nuevas tecnologías mediante la creación de una “deuda externa” como la de los países empobrecidos del Sur. Así los hicieron miembros de la OTAN, creada para defenderse de la URSS y, desparecida ésta, la Organización se convirtió en el sheriff del mundo para “defensa de los derechos humanos”, al modificar el objeto de la OTAN una vez desaparecida la causa que la motivó en 1949: la “amenaza comunista”.

La mayoría de los países europeos habían diversificado sus fuentes de combustibles. No así los países del Este, que pretendían seguir enganchados a la ubre de Rusia, con precios de favor sólo comprensibles en el ámbito de las lealtades. Pero la integración en la OTAN de varios países del Este, como paso previo a su asociación a la Unión Europea, supuso un desprecio de aurora boreal.

Fue el exvicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, quien, en su locura por controlar las reservas de petróleo de Oriente Medio y de las antiguas repúblicas soviéticas, proclamó en Kiev el derecho de este país a incorporarse a la OTAN, “lo quiera o no Moscú”.

Cheney retó a Moscú desde Kiev: “Creemos en el derecho de hombres y mujeres a vivir sin la amenaza de la tiranía, del chantaje económico, la invasión o la intimidación”, y advirtió a Moscú que “ningún país” fuera de la Alianza puede vetar la membresía de Kiev.

Cheney se reunió con la primera ministra Yulia Timoshenko, que no reconoció la deuda de miles de millones a Rusia en pago de los combustibles que habían recibido al precio de país amigo. Se abasteció a tope de combustible no pagado, y pretextó que los millones de toneladas que desvió de los gaseoductos eran en pago de los derechos de tránsito.

Pero la jugada les falló: Bruselas bajó el tono y reconoció que está ante una potencia soberana y en expansión, Rusia, que controla sus productos y los negocia como le enseñaron a hacer los mercaderes occidentales.

Moscú es responsable de las riquezas naturales de su inmenso país, a quien algunos se empeñan en ningunear cuando Rusia es europea, pero con un territorio hasta el extremo de Asia en el Pacífico que conformaría Eurasia. Es una locura forzar a su gobierno a orientarse hacia India, China y el Sureste asiático. Los rusos se saben y se sienten europeos.

Es admirable seguir la peripecia de esos pueblos que, mucho antes de que existiera Rusia, habían hecho de los enclaves de Kiev y de Nóvgorod hitos en el camino hacia Moscú, la tercera Roma, heredera de Constantinopla. La URSS prosiguió el imperialismo de los zares en busca de las aguas calientes. Tenía que dominar el Mar Negro, como se había expansionado hasta el Pacífico por Vladivostok y enfrentarse al imperio británico por el control de las tierras afganas para ganar el Océano Índico.

Con el auge del petróleo y del gas no había nada que inventar desde los zares Iván, Pedro o a la gran Catalina.

La implicación de Rusia en el conflicto con Ucrania inquieta a la OTAN, que ha decidido reforzarse en el flanco más vulnerable a la amenaza rusa: Europa del Este. Los líderes de los países miembros discutieron sobre las que consideran grandes amenazas para la seguridad mundial: “Rusia está atacando a Ucrania”, en palabras de Rasmussen; y el imparable avance de la organización radical islámica en Oriente Próximo.

Los expertos de la OTAN preparan una fuerza especial que pueda desplegarse en cualquier lugar donde surja una amenaza. La organización de unos 4 mil a 10 mil soldados que puedan desplazarse en 48 horas.

La organización dispondrá de uno o varios cuarteles para que esa unidad de tierra, mar y aire pueda funcionar. Con ese apoyo, la OTAN podrá paliar una de sus carencias desde que se expandió al antiguo bloque comunista sin violar, sobre el papel, el pacto alcanzado con Rusia en 1997, que excluía el establecimiento de bases permanentes en la región.

Y algunos dirigentes al servicio de las plutocracias neoconservadoras en su delirio pretenden que la nueva dimensión de la OTAN va a ser “humanitaria”.

José Carlos García Fajardo*/Centro de Colaboraciones Solidarias

*Profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid; director del Centro de Colaboraciones Solidarias

 

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