Autor:

Oscar Howell*

Pocos meses después de aquella Primavera Árabe, Malcom Gladwell publicaba en la revista New Yorker un artículo sobre activismo en las redes sociales, que se convertiría en todo un clásico de lectura obligada.

En él argumentaba que las revoluciones nunca serían tuiteadas, que el cambio por medio de la red sólo es pequeño y timorato, sin la fuerza que requiere una auténtica sublevación. Allí los lazos sociales serían débiles, sólo información en línea, poca cosa, poca monta. Corrían las semanas a finales de 2010 y muchos pensaban que con un puñado de cuentas de Twitter y acceso a internet se podría expulsar a cualquier dictador; y que las multitudes conectadas eran la nueva democracia tecnológica que nos acercaría un mundo fukuyamesco de inobjetable justicia social. Los eventos han tomado derroteros que ni Gladwell imaginó.

En aquel tiempo la compañía Twitter, Inc, fue propuesta para ser nominada al Premio Nóbel de la Paz. Una idea que no prosperó, por muchas y obvias razones. Hoy la euforia ha amainado. La Primavera Árabe demostró que si bien el acceso a internet hace posibles algunas protestas, también pone al Estado, y a las grandes empresas de tecnología, en una posición de control casi completo sobre un medio de comunicación crítico y la información personal que llega a contener.

Basta con bajar un interruptor para dejar a un país completo aislado y con la fibra óptica a oscuras. O bien se retiran las cuentas de usuario, tan fácil como se cancela un contrato de adhesión para prestación de servicios comerciales. Las empresas privadas ya facilitan los datos personales a las agencias de inteligencia.

Así, 2010 fue el año pico para las revoluciones organizadas a causa de Twitter y plataformas similares. Es decir, el de las revoluciones que se construyen como una versión política de la Wikipedia, por medio de muchas y muchas pequeñas contribuciones hechas por desconocidos.

El cambio estaba sólo a un click de distancia. Los cibernautas acogieron el clicktivismo como una forma de protesta y de mensaje social globalizado. En cierta forma, fue sólo un espejismo. Hoy ya casi nadie cree en las revoluciones retuiteadas. Ni en lo democratizante de las redes sociales. Pero el impacto en cómo se conducen los negocios en línea y la innovación ha sido crítico.

¿No será que el uso de plataformas sociales nos resta libertad en lugar de sumarla?

Nuestra actividad y activismo en línea han ido en aumento, las redes sociales cubren ya casi todos los aspectos de la vida. Lo que parecía una nueva forma de libertad ha devenido en un estilo de vida urbano y posmoderno de desapego a la privacidad, de reducción del espacio social propio.

Ante el cambio social la infoética, la disciplina que debe estudiar los aspectos éticos de la obtención, conservación y uso de la información personal y social, no se ha desarrollado de manera que sirva de guía para dirigir las actividades de negocios y gobiernos que operan como los orquestantes de la actividad en línea.

Lo que sucede cada vez que damos un click a un enlace, a la función de una app o a un elemento en línea, cada vez que publicamos un mensaje o comentamos o decimos que algo nos gusta, es comunicación, pero no activismo político o social.

Pensamos que puede ser una protesta o una expresión de nuestra libertad personal. Pero en realidad es un encadenamiento constante de entrega de información voluntaria que se almacena con los proveedores de servicios y los gobiernos. Es la construcción, migaja a migaja, de una imagen de nuestra vida y de nuestra sociedad, que se deposita en repositorios cuyos dueños son organizaciones con fines de lucro.

Y esto sucede a una velocidad desconcertante. La cantidad de información que se produce y almacena hoy en 1 año es más que la que se obtenía en varias décadas antes de las redes sociales y el internet. Somos habitantes de algo como un gigantesco nido de termitas, que vamos construyendo con nuestros deshechos digitales, y con el resultado de nuestra actividad de digestión mental. A esto se llama hoy, no sin cierta ironía, el Big Data. ¿Qué uso se le podría dar?

Hace unos meses nos venimos a enterar de que Facebook ha estado conduciendo experimentos sociales con la actividad de algunos de sus usuarios, sin siquiera notificar o solicitar permiso. Han descubierto que pueden influir la decisión de voto de los usuarios por medio del tipo de información que se les presenta el día de la votación (en concreto, información sobre si sus amigos han votado). Su intención era probablemente la de investigar cómo usar la plataforma para ofrecer mejores servicios a sus grandes clientes. Pero el experimento ha demostrado lo que puede suceder con la innovación cuando se lleva a cabo con principios éticos cuestionables.

¿Está una empresa autorizada a revelar información de voto de personas conocidas, con el agravante de que la finalidad es influir la intención de voto, aún cuando esta información haya sido entregada voluntariamente a la red social?

Se piensa que en algunos años habrá muchos más elementos no humanos conectados a la red que lo que hay personas en todo el mundo, y todos ellos creando y almacenando información sobre nuestra vida, nuestras actividades, hábitats personales y nuestra sociedad.

En un futuro cercano crearemos más información en 1 día que la que se crea hoy en 1 año. Pero el clicktivismo, esa frenética verborrea que sucede en el mundo digital, ha creado no sólo un megauniverso completo vertebrado por la información; nos ha expuesto a los designios de los poderes que controlan esa información, o que buscan hacerse con la propiedad o los derechos de explotación de ella.

El activismo político y social en red y la representación de la sociedad en los datos masivos es una oportunidad de oro para nuevos negocios, que serán organizados en función del dato y de las maneras en que se puedan explotar para crear valor asociado a la mayoría de productos y actividades cotidianas. Los gobiernos tienen un interés estratégico en que estas empresas desarrollen sus negocios sin trabas. Es un mundo con grandes posibilidades para la innovación, pero con un profundo conflicto ético que no se resuelve aún de manera satisfactoria. Ya se ha acumulado alguna experiencia en industrias con problemas similares, como la ingeniería genética o las armas biológicas.

En 2011 se publicaron los principios que rigen la observación de los derechos humanos por las empresas privadas, que fue ratificado por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. Es el momento de aplicar las ideas nuevas de la infoética a las industrias de los datos y redes sociales y así permitir innovación y desarrollo ordenados, coherentes y profundamente humanos.

Oscar Howell*

*Escritor y empresario; cofundador de BuzonE, T48Media y de Brechas.org; tiene estudios en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y Harvard

 

 

 

Contralínea 402 / Domingo 07 al Sábado 13 Septiembre de 2014

 

 

 

 

 

Comments

comments