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En medio de la crisis económica, las potencias se preparan para la guerra. La imposición del neoliberalismo en todo el mundo, que impulsan Estados Unidos y algunas naciones de Europa Occidental, ha generado niveles de violencia que empiezan a padecer las propias naciones líderes del mundo. Antes de fracasar en su proyecto hegemónico, podrían dejar al planeta envuelto en miseria, desastre ecológico y guerra

Alberto Rabilotta/Prensa Latina

Las economías del capitalismo avanzado no logran salir del atascadero en que cayeron a partir de la crisis financiera y económica de 2008-2009. Los gobiernos de esos países, sometidos al poder de la plutocracia que controla los monopolios financieros, industriales, comerciales y demás sectores, muestran una total incapacidad y confirman, con la terquedad con que aplican las políticas de austeridad, como es tan claro en la Unión Europea y otros países, el fin del sistema político que caracterizó la “civilización industrial”.

En Estados Unidos, después de un frenazo en el primer trimestre, cuando el producto interno bruto (PIB) tuvo una contracción real de 2.1 por ciento (en términos anuales), la Oficina de Análisis Económico (BEA, por su sigla en inglés) reporta un primer estimado del PIB en el segundo trimestre con una tasa anual de crecimiento de 4 por ciento. Este estimado no es creíble y será probablemente revisado a la baja, según Shadow Government Statistics, portal en internet especializado en revelar la falsificación de las estadísticas oficiales.

Aunque los analistas al servicio de Wall Street dicen que esperan que en Estados Unidos el crecimiento del PIB se mantenga por encima del 3 por ciento en los próximos trimestres, con cierto realismo el vicepresidente de la Reserva Federal, Stanley Fischer, advirtió que el empeoramiento de la situación mundial afectó en el pasado las exportaciones y los ingresos de las empresas, deprimió los valores bursátiles e incidió en la toma de decisiones financieras de los negocios y las familias, y que “año tras año hemos tenido que explicar a partir de mediados del año por qué la tasa de crecimiento global fue más baja que la prevista apenas 2 trimestres pasados”.

No hay dudas de que la “nueva normalidad” en las economías del capitalismo avanzado es la japonización, es decir, tasas de crecimiento prácticamente nulas o bajas, como el 1.7 por ciento para Estados Unidos en 2014, según la previsión del Fondo Monetario Internacional (FMI); y en el contexto de un desempleo crónico y elevado, sobre todo cuando se cuenta el creciente número de desempleados de largo plazo, los excluidos y el crecimiento de la población en edad y condiciones de trabajar que no tienen empleos. Y con empleos creados a tiempo parcial, muy mal pagados y con horarios que convierten en un infierno la vida cotidiana de millones de personas, como reporta el diario The New York Times.

En cuanto a la economía de Japón, que desde la década de 1990 sufre un crecimiento bajo, después de un primer trimestre positivo por las ventas domésticas –que subieron en anticipación del aumento de 10 por ciento en el impuesto al consumo (tasa al valor agregado)–, todo indica que en los próximos trimestres volverá a la tendencia de un crecimiento bajo (1.6 por ciento, según el FMI), o un crecimiento prácticamente nulo si la situación mundial se ensombrece un poco más.

En el plano europeo uno puede repetir casi lo mismo que hace 2 o 3 años: las políticas de austeridad y el desempleo masivo están minando las economías reales. Los países de la Zona Euro tuvieron un crecimiento nulo (0 por ciento) en el segundo trimestre, lo que significa que algunos sufrieron contracciones, entre ellos Italia, Francia y Alemania, y que el resto están estancados o con muy bajo crecimiento.

Todo esto en el contexto de las sanciones económicas, comerciales y financieras contra Rusia, tomadas por Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para agravar las tensiones en torno al dramático caso de la bombardeada población rusoparlante en el Este de Ucrania, y la decisión de Moscú de aplicar la reciprocidad en definidos sectores del comercio agroindustrial e inversiones, que afectarán con particular intensidad a un número importante de países de la Unión Europea.

Por el momento nada permite pensar en una baja de las tensiones, al menos si se ve que en momentos en que Finlandia trata de convertirse en interlocutor para encaminar negociaciones que reduzcan las tensiones, un diario “respetable” como el británico The Guardian, se prestó a una nueva provocación con la fabricación de una grotesca mentira, como fue el caso del “convoy militar ruso que penetró en Ucrania”, lo que le dio la oportunidad al rey del chocolate que preside el régimen golpista ucraniano, Petró Poroshenko, para caer nuevamente en ridículo al afirmar que su Ejército había aniquilado esa columna “invasora”.

Triste de ver que ningún “medio respetable” del mundo occidental se preguntó, antes de publicar tamaña fabricación, cómo era posible que, si esa columna militar iba a invadir Ucrania, una operación sin duda de carácter secreto, los militares rusos permitieron que autos con periodistas la fotografiaran y la siguieran hasta la frontera, o por qué la OTAN, con sus satélites espías que controlan cada milímetro de esa zona, no lanzó una acusación inmediata con pruebas al apoyo.

Quien con perros se echa, con pulgas se levanta

La burda fabricación del golpe de Estado en Ucrania a partir de una coalición entre oligarcas mafiosos, neonazis, ultranacionalistas y despistados no podía dar otro resultado que la criminal política de bombardear a la población civil que no apoyó el golpe ni las pantomimas cotidianas Arseniy Yatsenyuk Petrovych, el Yats, que la subsecretaria de Estado estadunidense, Victoria Nuland, impuso como primer ministro, de los ministros y funcionarios que responden a una u otra fracción de esta siniestra coalición, y que con sus amenazas han convertido al parlamento en la caja de resonancia de las contradicciones entre las mafias que se reparten y disputan el poder.

Cada día trae una sarta de incongruencias y provocaciones de parte de los integrantes del régimen de Kiev: el 16 de agosto pasado el movimiento neonazi Sector Derecho intimó a Poroshenko para que en 48 horas purgase el Ministerio del Interior y eliminara todas las acusaciones criminales contra los miembros del Sector Derecho, so pena de que sus tropas de choque abandonaran el frente de combate en el Este del país para dirigirse a Kiev. Y el gobierno cedió sin chistar.

El lunes 18 el presidente del Parlamento, Olexandr Turchínov, declaró a la Agencia de Prensa del Báltico que “estamos sentando el objetivo de unirnos a la Unión Europea dentro de 5 años. Ucrania deberá convertirse en miembro de la Unión Europea y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte”.

La coalición de neonazis y mafias de oligarcas no es una base como para “estabilizar” el régimen nacido del golpe de Estado. Ninguna de las facciones que se reparten las cuotas de poder está realmente gobernando para el bien de la población, que es la que ya está pagando –con las alzas de impuestos y de precios, con el aumento del desempleo, la pérdida de salarios y pensiones, con la eliminación de los ya reducidos servicios públicos– la factura de esta aventura golpista.

La resistencia organizada por los rusoparlantes en el Este y el Sur de Ucrania es por el momento la única fuerza política y militar que cuenta en tanto que oposición al régimen de Kiev.

Algunos observadores piensan que si esta fuerza dura unos meses más, hasta la llegada del general invierno que despertará a la terrible realidad a una gran parte de los ucranianos del resto del país que dieron un apoyo activo o pasivo al golpe de Estado, el régimen de Poroshenko será políticamente más inestable y proclive a mayores locuras, como hacer avanzar el calendario para la llegada de fuerzas militares de la OTAN y a tener que apoyarse cada vez más en los sectores extremistas, en los neonazis, para reprimir salvajemente a la población.

Washington puede vivir con esta realidad y sacar beneficios. No es Ucrania el primer país, y desgraciadamente no será el último, que Estados Unidos destruye y desmoderniza para crear zonas de caos que sirven a sus intereses. Por su parte, la Unión Europea no tendrá más remedio que convivir cotidianamente, en su patio trasero, con esa caótica realidad que muy probablemente contaminará a los países vecinos.

Alemania, el único país de la Zona Euro que tiene capacidad (pero aún no la voluntad) de tomar decisiones políticas, no podrá seguir escondiéndose y tendrá dentro de muy poco tiempo que decidir si anula su futuro aceptando ser la punta de lanza de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia, o si mete su fuerza de potencia económica en Europa del Este al servicio de la estabilidad regional, lo que implica terminar la política de agresión contra Rusia.

Pero, por el momento, nada de todo esto parece ni siquiera preocupar a Bruselas o a la mayoría de gobiernos de los países de la Unión Europea, que se supone se unieron no hace mucho para poner fin a siglos de guerras, de matanzas y brutalidades entre vecinos. Como que no conocen el refrán de que quien con perros se echa, con pulgas se levanta.

La respuesta rusa, calmada pero radical

Uno puede concluir en que el imperio neoliberal lanzó una grave provocación contra Rusia y los países que están buscando retornar a un sistema multipolar para crear opciones socioeconómicas regionales fuera del neoliberalismo, pero que la mesurada y calculada respuesta rusa los está, por así decirlo, haciendo que se cocinen en sus propias contradicciones, las que existen en el interior del gobierno en Kiev, entre los países de la Unión Europea y las que provienen de todos los intereses económicos afectados. Por ello es posible anticipar graves problemas para las economías reales de los países del imperio a partir del segundo semestre de este año.

La demencial política del imperialismo neoliberal para mantener el orden unipolar en las relaciones internacionales y poder así implantar su hegemonía en todo el mundo tiene muchos aspectos negativos, como los conflictos militares que directamente o por medio de aliados están causando decenas de miles de muertes en varias regiones del mundo, y provocando un retorno a la peor época de la Guerra Fría, al “equilibrio del terror”, en las relaciones con Rusia.

Nada hay de racional en esta política, que parece escrita por un pésimo guionista de Hollywood. En realidad, como dijo el primer ministro húngaro Víctor Orbán, la consecuencia de “la política de sanciones proseguida por los occidentales, esto es, nosotros mismos [contra Rusia], nos causa más daño a nosotros que a Rusia. En política eso se llama pegarse uno mismo un tiro en el pie” (Gergely Szakacs, Reuters, 15 de agosto 2014).

Algo similar había dicho el día anterior el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, cuando expresó que las sanciones contra Rusia no tenían sentido alguno, pero que sí amenazaban el crecimiento económico del bloque de 28 países de la Unión Europea.

Sin caer en el simplismo, cualquier observador más o menos objetivo puede concluir que en términos estratégicos, por una política basada en principios, entre ellos el de la soberanía de las naciones y de un mundo multipolar, y aplicada de manera calma pero firme por el gobierno de Vladimir Putin, Rusia sale ganadora en esta confrontación creada en Ucrania por el imperialismo estadunidense y sus aliados de la Unión Europea.

Hace poco más de 2 décadas el imperialismo estadunidense había logrado destruir a su principal enemigo, la entonces Unión Soviética y el campo socialista del Este de Europa, pero la desmedida ambición de convertir a esos países en “territorios vírgenes” para la expansión del neoliberalismo no tuvo contrapartidas. Ninguna de las promesas de Washington fueron cumplidas –incluyendo aquella de que la OTAN no entraría en los países limítrofes con Rusia–, ninguna ventaja les fue acordada a esos países, cuyo destino fue marcado como el de ser subordinados del orden neoliberal. Lo único que se realizó de manera planificada fue la desmodernización, es decir, la destrucción de las economías y las sociedades.

Si Washington y sus aliados detestan y satanizan a Putin es porque éste aprendió la lección y desde hace unos años comenzó la difícil tarea de reconstruir el Estado en la Federación Rusa para que ejerciera un papel gestor en la recuperación de la economía, dominada por los oligarcas locales y sus socios extranjeros, y de una sociedad que no sólo había perdido prácticamente todo lo conquistado bajo más de 70 años de socialismo, sino retrotraída a la desolación y las penurias de la época prerrevolucionaria.

Es posible, y para quien sabe hasta probable, que la intolerancia del imperialismo demostrada en esta aventurada ofensiva en Ucrania y en la avalancha de sanciones económicas, financieras y comerciales, y por otra parte la existencia en Moscú de una dirigencia política y estatal a la altura del reto, permitirá finalmente que Rusia emprenda la necesaria reconstrucción de la economía. Los pasos dados por el gobierno de Putin son claros en cuanto a la necesidad de crear o reconstruir los instrumentos estatales para intervenir en las industrias claves, en ramas o sectores económicos, como la agricultura, de manera que respondan a las necesidades socioeconómicas y a la seguridad nacional e internacional.

La prensa occidental no resaltó lo que Putin dijo al reunirse en Yalta, Crimea, con los legisladores del Parlamento ruso, pero que si se las lee atentamente son muy reveladoras: “Debemos calmamente, efectivamente y con dignidad, mejorar nuestro país sin aislarlo del mundo exterior, sin romper los lazos con nuestros socios, pero también sin permitirnos que nos traten de manera insolente y tutorial”.

Subrayando que el objetivo de estas sanciones “es asegurar el dominio global de Estados Unidos. Ésta es la verdad…”, Putin se dijo confiado en que la sociedad rusa necesita consolidarse y movilizarse, pero no para guerras o conflictos, sino para el persistente trabajo en pos de Rusia y en nombre de Rusia, y que la respuesta de su gobierno a las sanciones económicas, financieras, políticas y comerciales de Estados Unidos y los países de la OTAN era “legal y válida. Ayudará y no dañará a nuestra economía interna”.

En esas reuniones Putin no descartó que Moscú pueda retirarse de la Corte Europea de Derechos Humanos, e incluso de retirarse unilateralmente de tratados internacionales “si este paso es necesario por los intereses domésticos”, recordando que Estados Unidos se retiró unilateralmente del Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas Ofensivas.

La reciprocidad a las sanciones de los países de la OTAN “no es solamente represalia [sino] primariamente una medida de apoyo a nuestros manufactureros, así como una apertura a productores de países que quieren y están dispuestos a cooperar con Rusia”, enfatizando que las autoridades rusas deben focalizarse en “la solución de los problemas nacionales”.

Y en una frase cuyo alcance recuerda la del expresidente estadunidense Franklin D Roosevelt en 1933, cuando comenzó a tomar importantes y radicales decisiones políticas para buscar salir de la Gran Depresión, de que “de lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo”, Putin enfatizó que “nuestro futuro está en nuestras propias manos”.

Lo que nos dice la ley empírica del ingeniero estadunidense Edward A Murphy, formulada en la breve frase: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”, es que todo aquello que no ha sido pensado y repensado hasta en sus más mínimos detalles y consecuencias, sea un proyecto de ingeniería, un plan económico, una política exterior o la manera de portar un arma, entre muchos etcéteras, corre el riesgo de terminar mal.

La soberbia de este imperialismo neoliberal no le agudiza la inteligencia y ni siquiera la astucia de saber hasta dónde se puede mentir y engañar. No le permite pensar y repensar sus ambiciones desmedidas. Al contrario, la soberbia lo enceguece y cada vez más lo conduce a usar lo único que tiene, la fuerza militar para amenazar y golpear a diestra y siniestra, como lo estamos viendo.

Que todo terminará mal para el imperialismo es una certitud, pero por lo que hay que luchar es por impedir que termine mal para todo el mundo, para este pequeño y amenazado planeta, el único que jamás tendremos. Los progresos en la creación de un mundo multipolar, que pasan por la vía de cambios políticos y económicos nacionales y regionales, son la única vía de frenar esta demencial búsqueda por la hegemonía total.

 

Alberto Rabilotta/Prensa Latina

 

 Contralínea 400 / 24 agosto de 2014

 

 

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