Hacia un nuevo perfil de legislador

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Cada vez se hace más frecuente el cuestionamiento social hacia cierta clase o agrupación política, y algunas veces pagan justos por pecadores. A muchos ciudadanos les parece vergonzoso aspirar a ser diputado o senador en razón de los pocos ejemplos de integridad que existen en el país.

El prestigio de la administración pública y de la procuración e impartición de justicia continúa demeritándose, y es que los hechos hablan por sí solos; en una nación donde el acceso a la educación y a la salud es limitado, la discriminación es patente y los procesos y procedimientos previstos para reclamar justicia son complejos y anquilosados.

Tal parece que los candidatos a servidor público son los que generalmente guardan una imagen de hábiles o abusivos, aquellos a los que siempre se les dijo “tú sí serás buen político” o “tú sí serías buen político”…

Sin embargo, en un estado constitucional de derecho el perfil de servidor público o político de carrera no sólo se basa en su experiencia y conocimientos técnicos del momento, sino en valores laicos inherentes a su educación y calidad de persona.

Cualquier gobierno o sociedad requiere de sujetos sensibles, leales, perceptivos, empáticos, congruentes, transparentes, solidarios y comprometidos con su entorno, es decir, con principios estables, auténticos, independientes y de contacto social.

La simetría nacional necesita amantes de los retos y los cambios positivos. La sociedad reclama personas que descubran y generen alternativas de progreso, en pocas palabras: gente con amor y pasión a la región, al continente, al planeta.

Lo obvio, como hablar el idioma oficial del territorio en que ejercen, será la preparación e idoneidad para el cargo asignado o al que aspiran, debiéndose descartar al experto pero enfermo de poder, al impostor o a quien públicamente no goza de buena reputación, salvo que la sociedad lo aclame para determinado cargo público, lo cual será difícil… Pero en una democracia nada es impensable sino controlable.

Así, nuestra atención debe estar en la vocación al servicio público y en la aptitud de cumplir con los valores que ello demanda. Los ambiciosos y retóricos siempre han existido y nunca faltarán: más ello no legítima un asalto a la humanidad.

La gente está harta de los usurpadores de principios y de la cara amable de la ayuda aparente. De los fervientes buscadores del vivir a expensas del Estado y los negocios que se pueden hacer con el abuso de su potestad.

Nuestro contexto reclama un ser humano preparado para superar los problemas sociales y del planeta, siendo necesario aportar y reforzar la educación de nuestra juventud y de los interesados en cargos públicos.

Quien creyó que la función política o de servicio público era mantener un escritorio limpio y perfumado se equivocó de época o se resiste al cambio.

El perfil de quien se dice político o se interesa en la política –cuyo aceptar está al descubierto– consiste en ser honesto y ejercer con base en la verdad y distinguir entre temas que se resuelven mediante leyes de aquellos donde la emisión de normas no resuelve la problemática.

De nada sirven las caretas. Tarde o temprano el falaz se delata y de ganar un buen salario pasará a devengar el desprecio de los sectores perjudicados por la corrupción, la doble moral o el desvío de poder.

Seamos realistas. La humanidad requiere echar mano de su voluntad y carácter en el ejercicio y defensa de sus derechos y libertades; pero ante todo, de un nuevo perfil de político o servidor público, basado en valores y principios seculares, donde la preparación es obvia pero los valores son indispensables.

 

Enrique Carpizo*

*Doctor en derecho. Presidente del Instituto para la Protección de los Derechos Humanos

 

 

 

 

  Contralínea 398 / 10 agosto de 2014