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El más de 2 mil años que el conflicto militar en las disputas de poder está presente en la sociedad humana y en los conflictos entre ella, lo que no significa que la historia o historiografía militar equivalga a la historia social. Hablamos de una presencia permanente como parte de la trama social. Pero lo que sí se puede afirmar, sin ambages, es que a menudo la guerra ha modificado el curso precedente seguido por una sociedad humana, por una región o por los habitantes del planeta, para bien y para mal.

Un estudioso académico como Mark van Vugt, sicólogo especializado en aspectos evolutivos, perteneciente a la Universidad de Kent, Reino Unido, durante unas conferencias dictadas en la Universidad de Oregón, Estados Unidos, afirmaba que el “arte de la guerra” ya formaba parte del intelecto del ancestro común que compartimos con los chimpancés. De hecho, varios fósiles de los primeros seres humanos tienen heridas atribuibles a alguna batalla. Los estudios sugieren que la guerra representa el 10 por ciento (o más) de todas las muertes ocurridas desde la época en que éramos un puñado de tíos peludos que juntábamos bayas o cazábamos roedores para comer”, entonces, “la violencia letal organizada es moneda común entre los grupos de chimpancés, nuestros parientes evolutivos más cercanos” (“La guerra cambió la evolución humana, www.neoteo.com/l ).

El objeto específico de las disputas varía en cada conflicto, las distintas épocas, etcétera, pero en esencia podemos afirmar que se trata de dos grandes objetivos en lo fundamental: la riqueza y la capacidad de dominio sobre los demás. Lo que ha variado, conforme al desarrollo de las ciencias sociales y las ciencias exactas apropiadas ambas por el aparato industrial-estatal-militar, es el desarrollo tecnológico aplicado, la concepción de la organización de los ejércitos, el conocimiento técnico-científico y el adiestramiento de los hombres y mujeres combatientes que participan en las disputas y choques militares, la estructura de las jerarquías, la variedad y la capacidad destructiva de las armas, así como, la humanización o no del propio conflicto militar, y por tanto, de la normatividad jurídica internacional a la que pueden someterse el conflicto en sí mismo y sus actores y acciones. Las “guerras irregulares” tienen elementos heterodoxos y similares también.

Todo lo anterior queda comprendido en la ciencia militar o bien, para otros, en los esfuerzos de todos los conocimientos relativos al conflicto armado por llegar a un nivel de sistematización, formulación teórico-metodológica y comprobación que le permita convertirse en un sistema científico. Hoy se usa comúnmente el concepto “ciencia militar” como categoría de análisis para discernir todo lo relacionado con el estudio de la técnica, sicología, práctica, armas y otros fenómenos y procesos más que son parte constitutiva de la guerra y el conflicto social armado, cuya finalidad primera y última es la de incrementar permanentemente la capacidad y habilidad para prevalecer en un conflicto con un adversario determinado, hoy o en el futuro. Porque se parte del supuesto teórico y empíricamente comprobado, de que cualquier adversario que presente combate armado, conoce y aplica, en alguna medida, la ciencia militar.

Esta última, se desdobla en siete ramas mayores integrantes: la organización militar, la educación militar y el entrenamiento, la historia militar, la geografía militar, la estadística militar, la tecnología militar y el equipamiento, así como, la estrategia militar y la doctrina. No está dentro de nuestro objetivo temático central entrar a un desglose de cada una, las enunciamos sólo con propósitos de clarificación del punto y volveremos a alguna de sus particularidades, de ser el caso.

En la actualidad, para nuestro completo asombro, las guerras, los enfrentamientos militares actuales entre enemigos, o los posibles en el futuro, pueden apoyarse o asumir formas y contenidos inimaginables hace apenas pocas décadas atrás: guerras cibernéticas, guerras climatológicas y hasta guerras tectónicas. Es decir, los ejércitos actualmente deben tener un muy elevado componente de conocimientos científico-técnicos, en la estructura organizativa, en los mandos superiores, en el tipo de instrumentos, herramientas y armas de guerra utilizables, en la capacidad de sus combatientes, quienes procesarán toda la información en el campo de batalla (físico, virtual, etcétera) y aplicarán sus conclusiones, conforme a las directivas de los mandos castrenses si se deciden a trabar y desarrollar algún tipo de guerra moderna, científica, cuya finalidad sea la destrucción o completa neutralización del enemigo en combate.

En nuestros días, y lo será mayormente décadas después, la guerra es y será el combate armado desde el más completo dominio de la ciencia militar y una serie de disciplinas científicas incorporadas a la misma, las cuales son imprescindibles para ella. Seguirán siendo en lo fundamental seres humanos quienes dirijan y combatan, no hablo de la robotización de la guerra, como sugiere la fantasía.

Las “guerras mentales” de Estados Unidos.

Una especie de “estadio intermedio” (entre los modelos desarrollados, por ejemplo, en la guerra franco-prusiana de 1871, la Primera y Segunda Guerra Mundial, que difieren bastante entre sí, pero que las mencionamos en bloque por su carácter de “guerras convencionales” para diferenciarlas de las “guerras mentales” y las “guerras científicas”) lo ocupa la visualización del posible control de la mente humana desde una fuerza externa a ella, y de la utilización de las capacidades cognitivas del subconsciente, ambas, con fines de guerra, concretamente, en la etapa preparativa de la misma o en el curso del conflicto armado. Es el estudio concreto que presentamos, desde la perspectiva político militar de Estados Unidos, aunque también dichos modelos fueron objeto de estudio y aplicaciones desde otras perspectivas, por ejemplo, de los ejércitos de la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Lo anterior nos permitirá establecer la reconstrucción breve y parcial, pero suficientemente ilustrativa, de los procesos a que aludimos y las conexiones con los hechos y procesos también de la historia más reciente, e incluso, de la actualidad. Por ejemplo, el modelo de interrogatorio practicado durante el proyecto MK-Ultra (en adelante, MK-U) podemos verlo transfigurado y escalado exponencialmente con aquellos propios de la “guerra global contra el terrorismo”, luego de septiembre de 2001, en los campos de concentración de prisioneros acusados de terrorismo, de Guantánamo, Cuba (la cual, pese a sus promesas, Barack Obama no ha podido cerrar, y que el Ejército estadunidense llama Camp Delta) y de Abu Ghraib, Irak. En esta última, construida y usada por Sadam Husein y reusada por el Ejército de ocupación estadunidense, hay capacidad para albergar entre 12 mil y 13 mil prisioneros. Es decir, también, pretendemos dejar establecidas líneas de continuidad histórica y político-militar, más allá de las coyunturas históricas, de los gobernantes y partidos específicos en el poder en Estados Unidos. Son aspectos muy cercanos a lo que podríamos llamar hoy parte integrante de una “política de Estado”. Terrorismo de Estado y ejercicio extrajudicial del poder.

1. El Modelo MK-U (que podemos traducir como “ultra control mental”, cuyo antecedente fue otro proyecto llamado Bluebird) creado formalmente en abril de 1953 por orden directa de Allen Dulles, entonces director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) estadunidense (1953-1961) y tuvo como esencia uno de los programas más ambiciosos de Estados Unidos. El objetivo o la meta final que se había planteado fue encontrar una o varias formas de poder controlar la mente de un ser humano, y por tanto, su voluntad, alterando su percepción sensorial para lograr así extraer información totalmente fidedigna sobre aspectos nodales relativos al Ejército enemigo, sobre sus planes y operaciones, o sobre los temas involucrados en un conflicto militar, presente o futuro, con sesiones de interrogatorios aplicadas a presos de guerra, especialmente, para facilitar y hacer más eficaces aquellos con individuos que ofrecían mayor resistencia, porque habían sido entrenados para no delatar nada ante el enemigo en plena Guerra Fría. O bien, usarlos como sospechosos de “ayudar al enemigo” o presuntos espías.

Por ello, una de las características sustanciales del programa fue la extrema crueldad de sus experimentos y prácticas, en lo individual y en lo colectivo, y la segunda, su amalgamiento en tiempo real con la “guerra bacteriológica” (uso de la peste de ántrax, fiebre de Malta, cólera y otros males como armas de guerra), cuyos primeros experimentos (aunque de baja intensidad) se desarrollaron en algunas ciudades estadunidenses como San Francisco. Todo, a cargo del Departamento de Ciencia y Tecnología de la CIA, bajo la conducción y responsabilidad del doctor Sidney Milton Gottlieb (hijo de inmigrantes judíos de Hungría), gran “patriota” contra el “comunismo”. Por ello, muchas de sus iniciativas y acciones fueron seguidas con participación directa del M-16, organismo par de la CIA en el Reino Unido de la Gran Bretaña. El MK-U amparó más de 100 subproyectos.

Las instituciones de salud de estadunidenses, a finales de la década de 1950, entendían por “guerra biológica” el uso intencionado de organismos vivos o productos tóxicos para causar muerte, invalidez o lesiones graves en el ser humano, ya sea causando su muerte o enfermedad o a través de la limitación de sus fuentes de alimentación u otros recursos agrícolas. Dado que el ser humano tiene como prioridad la vida, la convivencia y la defensa frente a las amenazas a ello, así como la defensa de sus animales y plantas, en competencia contra todo tipo de agentes minúsculos destructivos (insectos, microbios, etcétera), la “guerra biológica” defenestra aquellos objetivos mediante la distribución deliberada de los mismos, haciendo uso de los medios más efectivos de diseminación y utilizando medios de entrada inusuales. En suma, es lo opuesto, la antítesis de la salud pública (“Historia del uso de las armas químicas en la guerra”, www.portalplanetasedna.com.ar).

Uno de los usos primigenios de este tipo de ataques más antiguos refiere su utilización desde las guerras en Esparta, más de 400 años antes de Cristo, mediante la saturación de la madera con pez y azufre quemando ambos elementos para asfixiar al enemigo. No obstante, se produjo históricamente en un conflicto armado significativo –probablemente por primera vez en el Continente Americano– durante la Guerra Civil en Estados Unidos, en la cual se emplearon los humos del azufre quemado para que el viento los llevara en la dirección del bando enemigo.

Se trata de “gases” (en realidad, sustancias líquidas o sólidas) que causan grave daño cuando se mezclan con el aire y se les da una dirección y localización determinada, los que además pueden encerrarse dentro de granadas, bombas o cilindros, recipientes que al romperse volatilizan su contenido al influjo de su propia explosión.

Según Gordon Thomas, el origen del proyecto de la CIA se produjo en respuesta al hecho de que durante la Guerra de Corea (1951-1953) el Ejército coreano, apoyado por la URSS y China, hizo prisioneros a un grupo de soldados estadunidenses que, cuando fueron presentados ante la prensa internacional, declararon sin vacilaciones que la guerra de Corea era una “guerra injustificada” en la participación de Estados Unidos y que ellos repudiaban haber estado involucrados en ella, palabras más o menos. No sólo la opinión pública internacional, sino los generales estadunidenses se quedaron atónitos viendo cómo sus soldados repudiaban la incursión militar estadunidense en la Península de Corea, además de admitir que algunos pilotos aceptaron haber arrojado “bombas de gérmenes”, lo que obligó a preguntarse sobre la efectividad de los medios usados por el Ejército norcoreano asesorado por potencias, al provocar tales confesiones-denuncias.

Estados Unidos contraatacó: hizo miles de prisioneros coreanos, los concentró en un campo en la isla de Koje, en Corea del Sur, y desarrolló –con el doctor Gottlieb al frente– una serie de experimentos con cepas de bacterias en unos 20 mil prisioneros, cuyo resultado fue que todos se infectaron por una disentería amébica que mató a unos 2 mil de ellos, lo cual fue denunciado por varios medios de prensa internacionales (Thomas: 2007; 59-60).

Así, la Guerra de Corea fue el laboratorio para probar el armamento bacteriológico con fines militares y la incubación del programa MK-U, cuyo gran objetivo, en suma, era crear “asesinos, espías y delatores inconscientes”. Les llamaban “candidatos de Manchuria”. Se buscaba también activar el organismo humano a control remoto; para ello, buscaron crear una técnica completa de “lavado de cerebro”.

Estas armas fueron usadas por destacamentos del Ejército de Estados Unidos, que utilizó para este fin muchos y variados métodos, algunos de los cuales son continuación de los métodos utilizados por el Ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial. Se produjo un informe de 700 páginas, presentado ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en octubre de 1952, citando el uso de moscas, piojos, mosquitos, roedores, conejos y otros animales pequeños infectados con gérmenes de cólera, ántrax, peste bubónica y fiebre amarilla.

Para comprobar estas denuncias se formó la Comisión Científica Internacional para la investigación de los hechos concernientes a la guerra bacteriológica en Corea y en China, integrada por científicos de renombre de varios países. Esta comisión concluyó, tras una larga investigación, que “los pueblos de Corea y China han servido de blanco para las armas bacteriológicas” (www.portalplanetasedna.com.ar/armas_quimicas1.htm).

Estados Unidos refutó los cargos y la ONU nunca se pronunció. Sobre todo, no hubo sostenimiento jurídico de los cargos y aplicación de sanciones conforme a la Carta de la ONU por tan brutales experimentos. Fue la etapa de la “hegemonía de posguerra”, imposible que sucediera. El derecho internacional, una pieza de ornato.

Sin embargo, el proyecto creado para someter la mente humana mediante el uso de drogas sicoactivas y empleo de los medios para causar dolor extremo y pérdida del estado de conciencia, fueron los insumos constantes usados en dicho proyecto para arrebatar la supuesta ventaja al “Ejército enemigo” durante la Guerra Fría. Hoy, mediante fórmulas más sofisticadas, se siguen usando en distintos países, especialmente, contra los yihadistas islámicos (luchadores políticos y militares radicales contra el poder occidental, desde una perspectiva interpretativa particular –por lo tanto polémica– de los principios religiosos del Islam).

Es necesario recordar que una de las más fuertes acusaciones de Estados Unidos –en este caso, verdadera– contra el régimen de Sadam Husein para combatirlo hasta derrocarlo y ejecutarlo, fue que su régimen bárbaro había usado la guerra química-biológica contra las minorías kurdas (el kurdo es un pueblo indoeuropeo que habita en la región montañosa del Kurdistán, al Suroeste de Asia, repartida, sobre todo, entre los Estados soberanos de Siria, Irak, Turquía e Irán. Es la minoría étnica más grande de Oriente Medio, son más de 40 millones de personas, sin establecimiento dentro de un territorio como Estado-Nación) que luchaban por su separación de Irak y la formación de un Estado independiente. Al régimen sirio de Hafez al-Assad, acusado recientemente de usar armas biológicas –aquí no logró probarse– contra sus oponentes militares (incluyendo los mercenarios en dicha guerra), casi le cuesta un “ataque relámpago” de alta destrucción comandado por Obama y sus ejércitos, bajo tales acusaciones. La oposición decidida de la sociedad estadunidense y la diplomacia rusa de Vladimir Putin lo evitaron.

El mismo Gordon Thomas nos revela que dentro del manual de Métodos de Asesinato de la CIA, documento de ocho cuartillas (vigente en las décadas de 1950 y 1960), uno de los métodos planteados era el de “[…] incendios provocados [que] pueden causar la muerte del sujeto si antes se le droga y se abandona en un edificio en llamas, siempre y cuando sea muy propenso a la combustión. Una sobredosis de morfina administrada como sedante, causará una muerte sin sobresaltos y será difícil de detectar” (Thomas: 20). Obsérvese: en este método se usan drogas (morfina o podía ser ácido lisérgico), muerte con medios de quemazón y asfixia, y se usa, no en un campo de batalla, sino para la ejecución o eliminación física de un opositor. El presidente Gerald Ford prohibió expresamente en 1976 el uso del manual de la CIA y los asesinatos por su cuenta, pero la “penosa tarea” recayó en manos del servicio de inteligencia israelí, el Mosaad, especialmente, en la unidad llamada Kidon, de expertos ejecutores, cuando se ha considerado a determinados personajes como “enemigos de Estados Unidos e Israel”.

Cuando el doctor Sidney Gottlieb (también le apodaban Doctor Muerte) planteó la vulnerabilidad de Estados Unidos ante una ataque biológico y la necesidad de rearmarse con los últimos descubrimientos y elaboraciones en la materia, obtuvo una partida secreta de 90 millones de dólares del Congreso estadunidense (1956), a instancias del entonces director de la CIA, Allen Dulles, y Gottlieb usó esos y muchos fondos financieros más para modernizar los laboratorios de experimentación de la CIA, crear la más grande colección de fármacos (algunos fabricados para producir los más brutales dolores de estómago o cabeza), el uso del gas nervioso sarín, y una inmensa colección de plantas tóxicas de las regiones selváticas de los continentes Africano, Americano, Asiático, y desde Australia, con sus respectivos fermentadores, para realizar los más atroces experimentos con humanos similares a los de los “médicos nazis”. Muchos morían, otros enloquecían o acusaban daños sicológicos irreversibles, permanentes, así como poseyó la más grande colección de cepas de bacterias, piojos, microbios, etcétera, incluso, con el uso de altoparlantes por días enteros que transmitían ruidos permanentes con muy alto volumen y efecto enloquecedor. Se usó también una droga pentotal, conocida también como “droga de la verdad”. Todos, métodos de tortura médica y clínica contra ciudadanos indefensos, de dentro y fuera de Estados Unidos.

El propósito esencial, era infligir el miedo, el terror, el más grande sufrimiento, el envilecimiento de la condición humana intentando lograr el control de la mente de manera absoluta, al grado de ejecutar cualquier orden por vil que fuera y luego olvidar quién la había instruido (uso de la regresión, lo que alteraba la noción espacio-tiempo en el individuo y lo volvía a una situación casi fetal). Y para lo cual logró involucrar a las más importantes universidades estadunidenses, a sus reputados departamentos de Sicología, Biología y Siquiatría; a los más brillantes especialistas en tales materias. En todo, Frank Olson había sido el más cercano colaborador del doctor Gottlieb, investigador y científico (tuvo el nombramiento de jefe adjunto de Operaciones Especiales), que murió misteriosamente (1953). Para su esposa y su hijo, Eric Olson, fue asesinado por la propia CIA, hecho que condujo a la apertura de una causa judicial por parte de su familia. ¿Las probables causas? Según sus familiares “sabía demasiado”, y los experimentos progresivos en su brutalidad inhumana (clínicamente, “experimentos terminales”), le llevaron a generar resistencias de conciencia que eran intolerables para sus altos mandos. Además, le introdujeron sin su consentimiento grandes dosis de ácido lisérgico (LSD). Incluso, su cuerpo fue exhumado y su familia indemnizada con 750 mil dólares. El caso tuvo gran repercusión en la prensa de Estados Unidos (http://elnuevodespertar.wordpress.com/; http://luzbybernal.blogspot.mx).

Uno de los grandes especialistas reclutados –como botón de muestra– fue el doctor en psiquiatría Donald Ewen Cameron, siquiatra escocés de la Universidad de Glasgow, quien fuera presidente de la Asociación de Estados Unidos de Siquiatría y de la Asociación Canadiense de Siquiatría, así como de la Asociación Mundial de Siquiatría, considerado uno de los “padres del control mental” y de la “tortura clínica”, que trabajó para la CIA en dicho proyecto desde el Allan Memorial Institute, de la Universidad McGill; y sus vínculos con la CIA los descubrió la Freedom of Information Act, lo cual ameritó varias sesiones del Senado de estadunidense para su análisis, ya que el dinero que financiaba sus estudios y experimentos se canalizaba a través de una institución pantalla llamada Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana, logrando desarrollar un “sistema de torturas” (especialmente, la regresión antes mencionada) usado por la CIA y plasmado en su manual (http://lucasraffablog.wordpress.com/), Mucha gente murió a manos de sus atroces experimentos.

Richard Helms, entonces director de la CIA, ordenó la destrucción masiva de los expedientes del MK-U y sus subproyectos en 1973, al término de su mandato, pero muchos archivos sobrevivieron a la destrucción ordenada, de lo que se ocupó la prensa (http://elnuevodespertar.wordpress.com/), enfatizando la ilegalidad de todo ello, el descontrol institucional de la CIA y sus proyectos y operaciones, aunque muchas técnicas halladas y practicadas, procesos echados a andar y actividades, se transfiguraron y podemos encontrarlas en la actualidad, y en los años subsiguientes a la formal conclusión del MK-U en algunos aspectos del llamado proyecto Stargate.

Para 2004, 3 años después de los atentados de septiembre de 2001, Estados Unidos había acumulado el más grande arsenal de armas con agentes biológicos convertidos en armas de guerra o de ataque en la base de Nellis de la Fuerza Aérea del Ejercito estadunidense, arsenal creado por los científicos de la CIA, cuyo uso estaba prohibido por la Convención de Ginebra desde 1925, año en que la URSS, Gran Bretaña y otros lo firmaron. Estados Unidos lo hizo hasta 1975, 50 años después que su principal enemigo.

Víctimas de aquél proyecto (MK-U) se agruparon en una organización denominada Advocy Comitee for Human Experimentation Survivors –Mind Control (ACHES-MC) (www.randomcollection.info) y pidieron que el gobierno de Bill Clinton reinvestigara todo el proceso, incluso, dos de aquellos testificaron ante un Comité Presidencial sobre experimentos que incluyeron radioactividad a ciudadanos estadunidenses, al grado que el presidente Bill Clinton pidió perdón a los sobrevivientes y familiares por los experimentos y las víctimas habidas (http://elnuevodespertar.wordpress.com/). Obviamente, infinitamente insuficiente. El doctor Gottlieb murió el 7 de marzo de 1999. Tenía 82 años.

En una conversación directa con el escritor Gordon Thomas, el doctor Gottlieb le mencionó que: “Han dicho de mí que jugaba a ser Dios, y eso es una barbaridad. Me limitaba a utilizar los dones que el Altísimo me había concedido para intentar defender unas convicciones que sigo manteniendo: creo que Estados Unidos tiene derecho a defenderse por todos los medios posibles” (Frattini, Eric, Cap 1)

2. El modelo Stargate. La activación de facultades mentales, particularmente del subconsciente, externamente al ser humano, hemos dicho, era parte del proyecto MK-U. El proyecto Stargate (en adelante, S-G) que devino en un modelo de investigación y aplicación de resultados, es conocido como “el programa de espionaje síquico de la CIA”, desarrollado en la década de 1970, cuando la agencia de inteligencia y seguridad creó el Instituto de Investigación de Stanford (SRI, por su sigla en inglés) para estudiar el posible uso y efectividad de la “visión remota” o “clarividencia” en actividades de inteligencia, para lo cual se desarrollaron una serie de protocolos pretendidamente científicos. Oficialmente se denominó Proyecto SCANATE (“escaneo por coordenadas”), a cargo de Russell Targ y Harold Puthoff (ambos físicos de profesión y alto nivel, pero el responsable en jefe fue Edwin May, mediante el cual y bajo cuya dirección, se reclutó a miles de ciudadanos con posibles o supuestas capacidades síquicas, con el objetivo fundamental de que revelaran y describieran lo que eran capaces de detectar en lugares remotos mediante el acceso a estados telepáticos que lograran alterar la voluntad humana o una situación dada. En general, fue un nuevo recurso político y militar. En realidad la “visión remota” (VR) ha sido una de las posibilidades síquicas que distintos gobiernos han investigado, integradamente o en paralelo, con otras como la telequinesis, hipnotismo, hipnotismo remoto, terapia de choque y radiación; en distintos casos, acompañados del uso de drogas sicoactivas. En su gran mayoría, muy escasamente documentados por ser “secretos” y luego reservar por décadas los archivos que dan o podrían dar cuenta de ellos.

Si durante el MK-U uno de los directores de la CIA, como fue William Cassey fue capaz de declarar que: “El sueño de cualquier servicio secreto es ser capaz de controlar la mente de alguien” (Thomas: 26), en Stargate se trataba de encontrar a los agentes de inteligencia con habilidades que van mucho más allá de cualquier informante o de la tecnología más avanzada de espionaje, es decir, capacidad remota de investigar los búnkeres subterráneos del enemigo, determinar la ubicación exacta de los rehenes, o incapacitar físicamente a líderes de otros países o ejércitos enteros. Todo esto estando a miles de kilómetros de distancia, usando sólo sus mentes, el poder de la VR o la “percepción extrasensorial” (PES) como habilidad para realizar espionaje al enemigo distante. Sus parámetros teóricos y prácticos se conocieron hasta 1995, siendo que el programa funcionó en las décadas de 1970 y 1980, el cual le dio indudables satisfacciones y triunfos políticos a la CIA y al gobierno estadunidense.

Así, la PES y la VR implican captar mentalmente lo que está oculto en la distancia a los cinco sentidos mediante “videntes síquicos” que, en sesiones de trabajo especiales, en habitaciones llamadas “sala gris” y herméticamente aisladas de cualquier ruido para evitar distracciones, se podría aumentar la PES y la VR en lo que se evidenciaba claramente como una actividad de espionaje político y militar mediante una capacidad síquica especial de los agentes, por investigación paranormal. Una guerra síquica.

Aunque hay noticias de que los “videntes síquicos” se usaron desde finales de la Segunda Guerra Mundial, en la década de 1960, conjuntamente con el MK-U, ambos proyectos, modificaron radicalmente la situación en los términos de los modelos de investigación de la actividad de inteligencia entre las superpotencias y algunos de sus aliados.

En el caso del modelo de investigación S-G se produjo la extensión del mismo en forma inversa al MK-U: en febrero de 1960 apareció un artículo en una revista de investigación científica francesa que reveló detalles de un proyecto de la CIA arrancado en julio de 1950, mediante el cual un vidente síquico envió información a otro acerca de un submarino nuclear (Nautilus) soviético sobre la aguas de Alaska, es decir, envió información telepáticamente, lo cual, por supuesto, generó preocupación en la Comité para la Seguridad del Estado ruso (KGB, por su sigla castellanizada en ruso) por apresurarse a desarrollar su propio modelo de investigación y aplicaciones para evitar que la CIA les superara técnicamente en ello. Pero se impusieron las razones de concepción filosófica y doctrinaria (la metodología científica aceptada era de base materialista y de concepción dialéctica de los fenómenos de la vida social y la naturaleza), de manera que no estaba aceptada la investigación de carácter paranormal dentro del Partido Comunista, lo que era un gran obstáculo a sortear; aunque el artículo en la revista presionaba políticamente a los dirigentes, quienes ante el temor de una ventaja estratégica de la CIA, autorizaron recursos, procesos y contratación de videntes remotos. La guerra síquica entonces se inauguró. Se informó en medios de prensa que los soviéticos empezaron a gastar recursos importantes en investigaciones de sicotrónica, una tecnología basada en la PES

Como en el caso del MK-U, se tuvieron lugar en Estados Unidos una serie de experimentos con ciudadanos que no habían dado su consentimiento para ello, como sucedió en la Universidad Penn State de Pensilvania, que incluyó uso de drogas sicoactivas y estimulaciones verbales mientras dormían, orientadas a disminuir en los combatientes o agentes de espionaje la necesidad del sueño y el miedo a la lucha militar. Dicho subprograma se denominó La Escalera de Job (http://stopsecrets.ning.com/).

En la década de 1970 se produjeron diversos desarrollos de este modelo y submodelos derivados, al abrirse una unidad de investigación amplia en la Universidad de Stanford California, en Palo Alto, aprovechando para estos fines el proyecto SRI creado en 1946 en dicha universidad como “gabinete estratégico”, proyecto financiado con base en contratos militares, unidad a cargo del doctor en física cuántica Harold Pathoff, estudioso de fenómenos síquicos, quien había investigado sobre sistemas vivos para derivar sus trabajos hacia la VR mediante agentes civiles y militares, llevando consigo a un vidente de nombre Ingo Swan, sobre quien, sostenía, tenía capacidades de PES reales.

Así, la CIA contrató al SRI para dicha investigación con fines de inteligencia política y militar, luego incorporaron a otro vidente síquico prestigiado de nombre Pat Price, quien les reportaría resultados al hacerse famoso porque “descubrió” para la CIA campos de entrenamiento de guerrillas subversivas en Libia. Ambos se hicieron agentes de la CIA. A través de los años, el programa tomó nombres como Gondola Wish (1977), Grill Flame (1978) e Inscom. Cuando pasó a manos de la DIA (organismo de inteligencia militar del Ejército de Estados Unidos) se llamaba Sun Streak, pero en 1991 se convirtió en S-G, antes que la industria de Hollywood se interesara y lo volviera una película; o la telepatía, la telequinesis y la clarividencia se hicieran comerciales.

En su mejor momento financiero, S-G contó con 23 telépatas, de los cuales siete tenían dedicación completa a dicha actividad; tuvo una planta total de 40 personas, entre soldados y civiles. Con ellos se realizaron miles de sesiones para obtener “visiones remotas” de ciertos sitios cuyas coordenadas eran conocidos. Los videntes síquicos practicaban la “escritura automática” en “estado de trance”. Se los entrenaba en jaulas de Faraday (poniéndolos a cubierto de cualquier radiación), y se les pedía que predijeran el comportamiento de una fuente radioactiva llamada “generador aleatorio de eventos”. También se recurría a la relajación, la meditación y una técnica de hiperventilación conocida como Respiración Holotrópica de Grof (RHG). El proyecto lo tuvo la CIA luego lo tuvo la DIA y luego regresó a manos de la CIA.

Los “resultados” de los cuales se habló profusamente en la prensa (detección del lugar en donde cayó el malogrado Skylab, en donde cayó también el bombardero ruso TU 95 accidentado en Zaire, localización de un puente-guía que conducía a una base nuclear soviética, diplomáticos estadounidenses y europeos secuestrados, y de que se prestaron servicios incluso a la Oficina de Federal de Investigación, FBI, sobre un funcionario público que se había fugado con una cantidad importante de dinero, entre otros) son muy difícil de determinarlos en cuanto a su grado de veracidad (www.pagina12. com.ar/), ni diferenciarlos tampoco de los posibles embustes y patrañas para justificar los 20 millones de dólares iniciales que le costó al gobierno federal estadunidense su lanzamiento, y los otros varios millones de dólares desembolsados posteriormente. En manos de la DIA se comentó que el presupuesto subió hasta 70 millones de dólares (http://elnuevodespertar.wordpress.com).

Pero, mucho más allá de la creencia o el escepticismo, lo cierto y real es que los organismos de inteligencia de Estados Unidos, tanto la civil (CIA) como la militar (DIA), tomaron muy en serio esta posibilidad de no caer en desventaja frente a la inteligencia soviética y de vulnerar la secrecía de la información política y militar de sus enemigos declarados. Cualquier otra cosa era aceptable menos la desventaja ante el oponente.

Igual que en el proyecto MK-U, en paralelo al S-G, se continuaron con las pruebas de guerra biológica, bacteriológica y química en general, dentro y fuera de Estados Unidos, en un periodo bastante largo (desde la década de 1940), que obviamente no ha concluido; aunque hoy, con grados de sofisticación y ocultamiento increíbles. Algunos ejemplos de su brutal perversidad:

a) En 1950, las Fuerzas Armadas bombardearon San Francisco, Key West –Florida– y la Ciudad de Panamá con bacterias serratia marcescens, sin advertir a la población. En 1952-1953 dispersaron nubes de partículas sintetizadas de sulfuro de zinc-cadmio sobre los alumnos de la escuela Clinton de Minneapolis (Minnesota); Saint Louis, el Fuerte Wayne, el Valle del Monocacy (Maryland), Leesburg (Virginia), otros estados del centro y Winnipeg (Canadá), “para ver cuánto se dispersarían”.

En 1965, agentes del Ejército soltaron el bacilo globigii en el aeropuerto nacional de Washington y en la terminal de autobuses Greyhound, y en 1966, difundieron bacterias sustilus varilus en la estación Broadway, NuevaYork.

b) Una investigación de la periodista Eileen Welsome documentó en 1993 la historia de 18 casos de radiación en el libro The plutonium files: America’s secret medical experiments in the Cold War (Los archivos del plutonio: experimentos médicos secretos durante la Guerra Fría). El trabajo de Welsome sobre los expedientes secretos desclasificados impresionó a Hazel O’Leary, secretaria de Energía durante la administración de William Clinton, quien promovió una investigación que en 1994 fue muy resistida por “insólita”. Welsome reveló que 73 menores indefensos de una escuela de Massachusetts ingirieron isótopos radiactivos en la avena del desayuno, una mujer de Nueva York fue inyectada con plutonio por los médicos del Proyecto Manhattan –la bomba atómica– que le atendían un desorden pituitario, mientras 829 embarazadas bebieron “cocteles vitamínicos” en una clínica de Tennessee, pero en realidad contenían hierro radiactivo.

c) Cuarenta años después, una exalumna de la escuela Clinton –de un típico barrio de clase obrera– descubrió que cuatro compañeros murieron a los 40 años de edad por enfermedades atribuidas a las pruebas químicas. La mayoría padeció asma, sufrió neumonía y otras enfermedades respiratorias, pero en un juicio sin culpables se impuso el principio de la “inmunidad gubernamental”. El Ejército aseguró que sus pruebas resultaron inocuas y garantizó que las enfermedades fueron una coincidencia.

d) En la mitad de la década de 1970, el periódico San Francisco Chronicle denunció –un cuarto de siglo después– el evento serratia marcescens (bacilo gramnegativo). Hubo reclamos de los familiares de 11 víctimas hospitalizadas por infecciones urinarias y respiratorias severas, entre ellas un hombre que murió; pero de nuevo los jueces impusieron la doctrina de “inmunidad gubernamental”. Además, el Ejército aclaró que las bacterias causantes del daño humano no fueron las suyas. Otra coincidencia (www.voltairenet.org/).

e) Leonard Cole, autor de The eleventh plague: the politics of biological and chemical warfare (La plaga décimo primera: la guerra química y biológica), documentó otros numerosos casos. Es complejo conseguir información sobre estas violaciones a los derechos humanos en el país gendarme de la democracia mundial (sic). La Red de Noticias de Salud (Health News Network), del Proyecto Libertad de Derechos Humanos de Winston-Salem, de Carolina del Norte, ofrece reimpresiones de documentos gubernamentales desclasificados consultables en: www.mindcontrolforums.com/pro-freedom. co.uk/publications_books_1.html).

Pero, según distintas denuncias, tales experimentos y/o ataques se aplicaron también a opositores y a gobiernos considerados “enemigos”. Sólo dos ejemplos:

1. El doctor Pedro Albizu Campos, una de las figuras prominentes de la lucha independentista de Puerto Rico, formado en las universidades de Estados Unidos de Vermont y Harvard, ingeniero químico, filósofo, y abogado, fundador del Partido Unión de Puerto Rico, el que abandonó para unirse al Partido Nacionalista, fue muy activo en la causa independentista. En 1933 dirigió con éxito una huelga contra las empresas que ostentaban el monopolio eléctrico de la isla, Puerto Rico Railway y Light and Power Company (a propósito de) y al año siguiente hizo lo propio frente a los intereses de las compañías azucareras. La represión masiva llevó a su encarcelamiento junto al de los principales líderes independentistas en 1936 (www.biografiasyvidas.com/b). Luego, en 1951, después del atentado a la sede del Congreso –el cual le atribuyeron– fue encerrado nuevamente en la cárcel de La Princesa, en San Juan, Puerto Rico (por el delito de sedición y condenado a 10 años de prisión), después, trasladado a la cárcel federal de Atlanta (Estados Unidos) en donde denunció que estaba siendo irradiado, es decir, que le estaban aplicando radiaciones que mermaban seriamente su salud y que el gobierno y Ejército de Estados Unidos tomaba a Puerto Rico y sus patriotas como laboratorio experimental. Murió en 1964, ya inmovilizado de una gran parte de su cuerpo y luego de rechazar un indulto. Le fue concedido un segundo indulto cuando estaba prácticamente en agonía y su féretro fue trasladado a San Juan para un sepelio multitudinario (http://albizu.8m.com/). En 1994, bajo la administración del presidente Bill Clinton, el Departamento de Energía reveló que llevó a cabo experimentos con radiación a humanos. Estos experimentos se llevaron a cabo sin el consentimiento de los prisioneros, durante las décadas de 1950 a 1970. Se recuperó el caso de Pedro Albizu Campos como una de las víctimas de ellos (“US seeks people in radiation tests, The New York Times, 25 de diciembre 1993).

2. En la invasión a Panamá de 1999 (que por cierto, inaugura en nuestro subcontinente formalmente la “guerra contra las drogas” en su máxima expresión: la invasión militar a un Estado soberano) los habitantes de la localidad de Pacora –en las montañas cercanas a la capital– fueron bombardeados con un agente químico que les quemó la piel, les produjo escozor y les provocó diarreas. El Ejército de Estados Unidos dejó muchos sitios contaminados con residuos de armas químicas, además de numerosos proyectiles que no detonaron. Los experimentos químicos y biológicos “descentralizados” fueron una constante en Cuba durante cierto lapso de tiempo. La variedad del mosquito aedes aegypti, transmisor del virus del dengue hemorrágico, fue desarrollado por especialistas en guerra biológica e introducido en la isla en 1984, según confesó Eduardo Víctor Arocena Pérez, líder “patriota” de la organización terrorista Comandos Omega 7, en un juicio celebrado ese año en Estados Unidos, y haber participado en dicha operación (http://afrocubaweb.com/biowar.htm). Antes, en 1972, se había introducido el virus de la “fiebre porcina” en la isla.

Frente a todo esto, espiar telefónica o informáticamente a sus ciudadanos y al mundo pareciera cosa de niños. Todo, sólo para documentarles los métodos democráticos de la principal potencia occidental, mentora del mundo entero en la materia. ¿México, marzo de 2009? Pues ustedes dirán. Al tiempo.

*Economista y maestro en finanzas; especializado en economía internacional e inteligencia para la seguridad nacional; miembro de la Red México-China de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México

 

Jorge Retana Yarto*

 

 

 

  Contralínea 398 / 10 agosto de 2014

 

 

 

 

 

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