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De 3.5 a 3 por ciento bajó el Banxico la tasa de referencia, lo que se quiso calificar como una medida contracíclica y de reactivación de la economía. Lo cierto es que sólo se trató de una manera mecánica de reaccionar ante la baja de la inflación. De nada servirá para sacar a la economía mexicana del marasmo en que se encuentra, pues las tasas crediticias siguen altas y no se vislumbra una modificación en la política aplicada por los ortodoxos neoliberales del banco central, con Carstens a la cabeza, y del gabinete de Peña Nieto, encabezados por el secretario de Hacienda, Luis Videgaray

Lo demás es silencio…

Hamlet, William Shakespeare

La baja en la tasa de referencia de 3.5 por ciento a 3 por ciento, dejó como canguro lampareado a más de un analista. Unos afirman que es una medida monetaria expansiva que beneficiará la reactivación económica. Otros anuncian catástrofes.

Sin embargo, pocos han reparado en que dicha baja no es más que un simple ajuste “técnico”, en sintonía con la tendencia de los precios, dentro de las mismas normas de la política monetaria vigentes y sin mayor trascendencia para el crecimiento económico. Pero aun aceptándose que fuera una decisión monetaria expansiva, de poco servirá para apoyar la reactivación productiva, debido, a cuando menos, dos razones.

Primero, por el desfase existente entre el momento en que se toma la decisión y el tiempo estimado en que pueden presentarse, en caso de que se manifiesten, sus efectos contracíclicos. De acuerdo con la experiencia histórica, ellos pueden tardar hasta 1 año.

Pero sobre todo por la desconexión existente entre quienes ejercen la política monetaria y quienes controlan el crédito. El banco central influye en las tasas de interés representativas: la objetivo, la tasa de interés interbancaria de equilibrio (TIIE), la de fondeo bancario (operaciones de mayoreo realizadas por la banca y casas de bolsa sobre las operaciones en directo y en reporto) y gubernamental (operaciones de mayoreo realizadas por la banca y casas de bolsa sobre operaciones en reporto a plazo de 1 día hábil bancario con títulos de deuda gubernamental). A través de ellas trata de inducir el destino del costo de la captación bancaria (tasas pagaderas a personas físicas y morales) y del crédito –costo anual total del crédito (CAT), que incluye las tasas cobradas, comisiones, bonificaciones, seguros obligatorios y otros gastos) –. Es decir, sobre las tasas pasivas y activas bancarias.

Varios aspectos son innegables.

1) Las tasas representativas han cambiado según los deseos del banco central. Ello es evidente desde 2008, cuando el banco central empezó a utilizar su tasa objetivo o de referencia. Hasta el cierre de ese año la mantuvo en 8.3 por ciento (1.8 por ciento, en términos reales), debido a lo que considera como alta inflación. A partir de enero 2009 dosificó el recorte en la tasa de referencia u objetivo ante la declinación de la tendencia de los precios y los efectos depresivos de la economía. La tasa cayó de 8.25 a 4.5 por ciento en marzo de 2013; y luego a 3 por ciento en junio de 2014. Los ajustes, empero, son tardíos, desfasados con la desaceleración del ritmo económico. En poco, por no decir en nada, ayudaron a evitar las recesiones de 2009 y 2103-2014.

2) Los modestos ahorradores han pagado el costo al recibir intereses reales negativos. Sus escasos ingresos guardados en el sistema bancario se han deteriorado en términos efectivos. Son devorados por tres vías: la inflación (se les otorgan intereses por debajo de ella); la banca (debido a los abusivos cargos cobrados y los diferenciales entre las tasas de interés que les pagan por sus ahorros y las que cobran por prestar su dinero); y el Estado (por los impuestos que les cobra por los miserables intereses recibidos; a quienes no puedan deducir fiscalmente sus pérdidas reales por efectos inflacionarios, dada su forma de régimen tributario). Todos saquean sus ahorros al grito de “Fuenteovejuna, todos a una”.

Es la era del despojo de los escasos ahorros o de salarios pagados a través del sistema bancario, para repartir sus miserias hacia la burguesía, en especial a la oligarquía y el Estado.

Aquel instrumento es uno más empleado para meterle la mano en el bolsillo a las mayorías en el proceso de redistribución del ingreso de abajo hacia arriba, en la época del estancamiento en la creación de la riqueza. Otros son la privatización de los fondos de pensión, los gravámenes a las prestaciones sociales o el recorte impositivo a los millonarios y las corporaciones, por ejemplo. Es la inversión del llamado “derrame”, que hizo furor en las décadas de 1980 y 1990, el cual suponía que primero se crearía la riqueza y luego se gotearía hacia abajo. Ahora chorrea de abajo hacia arriba.

Es decir, mientras unos (los más) pierden por ahorrar, en el mercado financiero otros (los menos) ganan evitando pagar millonarios impuestos.

Lo anterior no es nada nuevo. Es la lógica neoliberal. En 1981, durante la emergencia de la mundialización neoliberal reaganeana-thatcheriana, los padres putativos de la nueva era, el economista Kostas Vergopoulos escribió: el objetivo del neoliberalismo “ya no es tanto el crecimiento del producto, sino de las ganancias en una producción que se estanca. Ya no se apunta a la creación de nuevas riquezas sino a la redistribución de las riquezas ya existentes” (“¿El neoliberalismo contra el Estado?”, Le Monde Diplomatique, julio de 1981; las cursivas son mías).

3) No existe una relación armónica entre la supuesta política monetaria flexible y la disponibilidad de un crédito accesible. Por el contrario, existe una desconexión. El recorte en las tasas representativas y de las pagadas a los ahorradores no se ha reflejado en una caída en las demás tasas de interés del mercado. Al menos en el nivel suficiente para abaratar el costo del crédito, reactivar su demanda, la cual ha declinado sensiblemente en 2014, y contribuir a despejar el ambiente pesimista generado por la recesión registrada en el primer semestre del año.

Lo anterior tiene una explicación. El precio del crédito, las cantidades disponibles, las actividades y los usuarios beneficiados no dependen del banco central, debido al “dejar hacer, dejar pasar”. Tampoco de las necesidades del desarrollo nacional. Están subordinados a la lógica de la acumulación de capital de las matrices de la banca –al igual que todo el sistema financiero– reprivatizada y extranjerizada, y de unos cuantos empresarios locales que se comportan de la misma manera.

4) El punto anterior lleva a un callejón sin salida. El banco central y los gobiernos neoliberales de México y otras latitudes son alérgicos a las regulaciones bancarias, calificadas como “represión financiera”, que desalientan a los pobres financieros y provocan la mala asignación del crédito y su elevado costo, entre otras cosas horrendas. Tenaces fundamentalistas, están fervorosamente convencidos que los préstamos y los réditos deben determinarse por el libre juego de la oferta y la demanda, así como por la competencia que abarataría el costo del dinero. Sólo es necesaria una fe de hierro en la doctrina y más paciencia para que ocurra el milagro.

Algunos gobiernos, empero, son impacientes, ya sea porque perdieron la esperanza teológica después de larga e inútil espera, o porque no creen en ella, desafían al credo neoliberal e imponen las llamadas “tasas máximas a la usura”. Uno de ellos es el argentino que, junto con el banco central, a principios de junio, pusieron topes máximos a las tasas cobradas a los préstamos prendarios y personales, abatiéndose en 10 puntos porcentuales. Hasta el momento no se han presentado las catástrofes anunciadas por los defensores del “libre mercado”.

Los canguros lampareados

Los analistas de corto plazo son especímenes curiosos. Obligados a dar respuestas inmediatas, por razones laborales, de prestigio o de dinero, pasan el tiempo devanándose el intelecto escudriñando entre las misteriosas y amenazantes sombras de la economía. Tratan de escuchar voces en el aire y de descifrar cualquier texto, palabra o gesto del gobierno para arrojar un haz de luz a quienes les pagan y comprar sus servicios.

Son expertos de circunstancia.

A menudo sucede que un cambio en la política económica, por ejemplo, la monetaria, sea real, insignificante, aparente o inexistente, a menudo los toma por sorpresa y los deja fuera de lugar. Pero tienen que dar una respuesta y, al carecer de ella, recurren a lo que cómicamente dijo Hegel: a falta de ideas vienen las palabras.

Sus balbuceos explicativos bordean la fantasía ecuménica.

Alonso Cervera, economista de Credit Suisse, afirma que la baja en la tasa objetivo “es una acción muy atinada”. Raymundo Tenorio, economista del Tecnológico de Monterrey, campus Santa Fe, sostiene que la medida “es una muy buena noticia (…). Se va a criticar que no es mandato del Banco de México favorecer el crecimiento económico. Pero si tiene instrumentos que indirectamente le ayuden a la economía, pues que lo haga”.

Más cauto, Alfredo Coutiño, de Moody’s Analytics, señala, con justa razón, que los recortes de tasa efectuados desde marzo de 2013, cuando pasaron de 4.5 por ciento a 4 por ciento, no han logrado revivir el cadáver de la economía. Él tiene dudas de que la baja de junio de 2014, de 3.5 a 3 por ciento, pueda ser de alguna ayuda a la “anémica economía”, ya que, pese a las anteriores, la economía “de todos modos se hundió en el segundo trimestre” de 2014. Aunque la tasa de interés real se acercó a cero y se volvió negativa en el resto del año –agrega Coutiño– el costo del crédito se mantendrá alto, en un ambiente de incertidumbre con respecto al futuro de la economía.

Mario Correa, del Scotiabank, dice que más allá de una baja en las tasas de interés de corto plazo, es incierto su efecto en la parte larga de la curva y sobre el tipo de cambio.

Según Correa, en un entorno global presionado, “una menor tasa de referencia y una postura monetaria más laxa podría detonar una salida de flujos de inversión, lo que a su vez podría provocar una mayor presión sobre el tipo de cambio”. Coutiño advierte que la salida de capitales del mercado de bonos provocará la depreciación del peso y presiones inflacionarias, y remata: “Usar el instrumento monetario para intentar producir crecimiento económico da la impresión de que la política monetaria implícitamente actúa con un mandato doble” (comentarios tomados de: http://www.forbes.com.mx/sites/la-baja-en-tasas-realmente-reactivara-la-economia/; http://www.cnnexpansion.com/economia/2013/09/06/banxico-recorta-su-tasa-de-interes).

Los empeños de una casa y las urgencias de otra

Urgido de buenas noticias y luego de ser víctima de su propia falacia y arrollado por la realidad recesiva que priva desde hace 1 año y medio, y qué él mismo contribuyó a desencadenar con el castigo presupuestal de 2013, Videgaray festejó la decisión de recortar la tasa de referencia de 3.5 a 3 por ciento. Calificó la medida como una decisión responsable, atinada, oportuna, que alentará a la debilitada economía en un contexto de baja inflación. Tener menores réditos abate el costo del dinero y facilita que haya más liquidez, mayor inversiones y consumo que reactivarán la actividad económica (http://eleconomista.com.mx/sistema-financiero/2014/06/06/banxico-baja-tasa-interes-3).

¿Realmente cree Videgaray –el mago que transformó a Hacienda de una entidad responsable de la conducción económica a una agencia de remates de bienes nacionales a precios de locura– que Carstens le arrojó un piadoso salvavidas?

No es ingenuo. Sólo gesticula. Trata de hacer creer, a quienes quieran creerlo, que lo que dice no es una mentira más, con el objeto de tender una cortina de humo alrededor de su fracaso como responsable de la conducción económica. Un desastre premeditado, pues a él –preocupado por allanar sus esquizofrénicos delirios principescos– y a su jefe, Enrique Peña Nieto, sólo les interesa forrar los bolsillos de la oligarquía local y externa que legitima su despotismo oriental, y acaso los suyos y los de su equipo, como bien sabe el gasolinero Pedro Joaquín Coldwell, de la Secretaría de Energía, por citar a un temprano beneficiado.

Videgaray sabe que sus palabras son un cuento de hadas, un artificio desgastado y desacreditado para engañar a bobos escolapios de la carrera de economía.

¿Realmente el Banco de México (Banxico) está preocupado por la recesión y la angustiosa urgencia de Peña Nieto-Videgaray por la reactivación –bajo el supuesto que lo estén–, y con herética osadía hizo temporalmente a un lado su credo monetarista signado en su ley orgánica y modificó su política monetaria tradicionalmente conservadora, restrictiva, limitada al control de la inflación, y adoptó una expansiva como sugieren inquietos algunos analistas del sector privado?

Videgaray y Carstens, como cualquier escolapio saben, o deberían saber, que una política monetaria expansiva, antirrecesiva, promotora del crecimiento, el empleo y el desarrollo, implica, entre otras medidas que amplían la cantidad de dinero en circulación, la reducción nada despreciable de los réditos, con el objeto de abatir el costo del crédito de la banca pública y privada e impulsar la demanda interna –el consumo y la inversión productiva–, además obligar a los ahorradores a gastar su recurso por los bajos intereses pagados y esperados; la baja en los coeficientes bancarios; la compra de títulos de deuda pública para inyectar mayor liquidez a la economía.

Videgaray, Carstens y los escolapios saben que es necesario forzar a la banca comercial para mejorar las condiciones del acceso al crédito, en especial de los sectores con importantes efectos multiplicadores; que los resultados de una política monetaria expansiva no son inmediatos; y que, por sí misma, dicha política es limitada o inútil si no es acompañada del instrumento contracíclico por excelencia: el gasto público, complementado de otras medidas de política económica como el aumento de los salarios.

La política monetaria del Banco Central Europeo (BCE), por ejemplo, ha mostrado sus límites e ineficacia cuando actúa sola. A raíz del colapso europeo y como parte de la estrategia contracíclica regional, que implica la ampliación del gasto y el déficit fiscal nacionales, el Banco recortó la tasa y la ubica en 1 por ciento (negativa, descontando la inflación) entre mayo de 2009 y abril de 2011.

Pero el esfuerzo anticíclico se fue al traste por el asomo de las orejas ortodoxas. La carsteriana del BCE, ante el pavor a la inflación asociada a la llave pública, que le lleva a elevar la tasa a 1.5 por ciento entre julio y noviembre de 2011. Y la videgarayana, o el triunfo de la “teoría Merkozy” (contracción de Merkel y Sarkozy) del equilibrio fiscal, en 2012, como precondición para el crecimiento, que sepulta otra vez a Keynes, en nombre del salvaje ajuste fiscal, la austeridad, la reducción de las deudas públicas nacionales y el arrojamiento de las mayorías al abismo.

El BCE retoma la baja de la tasa en noviembre de 2011 y actualmente es de 0.15 por ciento (casi 2 por ciento negativa), la menor en la historia del Banco. Pero con una banca que trata de recuperarse de su quiebra, los problemas de solvencia o el alto desempleo regional, el crédito apenas fluye. Los euros gratis –por las tasas de interés negativas– han sido más útiles para generar nuevas burbujas especulativas, una especie de arca de Noé para quienes causaron el desastre neoliberal sistémico reciente.

Mientras tanto, Europa respira el miasma de la deflación (estancamiento y caída de la inflación).

La política anticrisis estadunidense combinó el gasto estatal, el déficit fiscal y la deuda pública (desde 2012 superó el ciento por ciento del producto interno bruto) entre 2008 y 2010; la baja de la tasa de fondos federales, de la Reserva Federal (de 5.3 por ciento en julio de 2007 a menos de 1 por ciento desde octubre de 2008 a la fecha; en promedio real, es negativa en 1.5 por ciento en 2008-2014); la inyección de liquidez desde septiembre de 2011, con la llamada “operación twist”, medida que no tomaba desde hace más de medio siglo. Ella (conocida como la regla QE o expansión cuantitativa) consiste en la venta de títulos de deuda pública de corto plazo (inferior a 3 años) que posee la Reserva y su sustitución por la compra de bonos con vencimientos a plazos largos (entre 6 y 30 años). Se inicia con la compra de 85 mil millones de dólares mensuales; actualmente es de 35 mil millones y se espera que concluya en octubre próximo. El programa ha involucrado a alrededor de 700 mil millones de dólares y permitió que el precio de los bonos de ese país se redujera a mínimos históricos.

Después de la corrección fiscal impuesta por el Congreso en 2010, poco ha servido la permanencia del bajo nivel de la tasa de fondos (en un rango objetivo de entre el 0 y 0.25 por ciento desde diciembre de 2008; a partir de la segunda mitad de 2013 media 0.08 por ciento) para contrarrestar la débil e incierta reactivación económica. Esa situación podría reforzarse si la Reserva Federal retoma la política monetaria restrictiva, tal y como ha anunciado reiteradamente dese el verano de 2013, lo que implicaría el desechar la regla QE y aumento de la tasa citada, y por añadidura de los demás intereses, como de hecho y se observa desde hace varios meses. Es el celo inflacionario ante el supuesto crecimiento y la caída del desempleo.

El autismo monetario y fiscal

El “autónomo” Carstens no está entusiasmado con que Videgaray quiera usarlo como mano de gato para sacar las castañas del fuego. No le interesa quemarse los dedos con la brasa recesiva que el vendedor de activos de la nación avivó con el castigo presupuestal de 2013 y su pomposa política fiscal que nada tiene de contracíclica.

Carstens quiere que Videgaray se consuma solo en la hoguera de su fracaso, aun cuando también él es responsable del cero en conducta registrado por la economía. Ni la política fiscal ni la monetaria pudieron evitar que la producción se mantuviera en receso (0.3 por ciento); que el consumo y la inversión privados reales apenas se movieran en 0.2 por ciento y 1 por ciento, y que la pública se contrajera 0.3 por ciento y 6.5 por ciento.

De nada sirvió que el gasto programable real del sector público aumentara 14 por ciento hasta mayo. Sus efectos positivos fueron anulados por el obsceno saqueo que hizo Videgaray de los bolsillos de la población y que se refleja en la mayor captación impositiva y por los precios públicos (el impuesto a la renta sube 10 por ciento, el IVA en 20 por ciento y los de producción y servicios 36 por ciento).

Más impuestos y altos precios públicos en épocas recesivas, sólo la caída de los ingresos de la población, menos consumo y más recesión.

Alto costo del crédito, pese a las bajas tasas de banco central, arroja menos consumo, menos inversión y más recesión.

Que cada cual asuma sus costos y arroje su flecha fiscal y monetaria hacia donde crea conveniente.

El Anuncio de política monetaria del 6 de junio no permite inferir que el Banxico pretenda desbordar su “objetivo prioritario” signado en su ley orgánica de 1993 (“procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda”, controlar la inflación), el cual, por cierto, lo diferencia de la Reserva Federal, cuyo mandato le exige combinar la estabilidad de precios con el crecimiento y el empleo. No señala que el recorte en la tasa de referencia tenga por objeto usar los instrumentos monetarios disponibles, durante el tiempo que sea necesario, para ayudar a sacar a la economía del barranco recesivo.

En el escueto comunicado simplemente se señala “que en el horizonte en el que opera la política monetaria prevalecerá un mayor grado de holgura en la economía al previsto en meses pasados”, el cual vuelve “factible la convergencia eficiente de la inflación al 3 por ciento con una tasa de interés de referencia menor”. Ese escenario es el que permite bajar la tasa de referencia. Pero también se advierte “que no serían recomendables disminuciones adicionales en el objetivo para dicha tasa en el futuro previsible”.

Pero la “holgura” económica que le permite dormir con cierta tranquilidad a Carstens es justamente la que genera las pesadillas de Peña y de Videgaray: “el bajo crecimiento” económico del último trimestre de 2013 y el primero de 2014, según el Anuncio; el débil desempeño del gasto interno”, del “consumo y la inversión privada”; la ausencia de “presiones sobre la inflación” asociada a “la demanda agregada”, que ha permitido la reducción de aquella “para ubicarse en alrededor de 3.5 por ciento”, que sus “expectativas a mediano y largo plazo” se mantenga estables, y que su trayectoria para 2014 se sitúe “por debajo de 4 por ciento”

Es decir, la recesión es la que reduce las presiones inflacionarias. En enero de 2014 la tasa anual de precios es de 4.5 por ciento. En mayo baja a 3.5 por ciento. Por ello se pudo abatir la tasa de referencia nominal. En sintonía con la tendencia de los precios, dentro de la misma política monetaria vigente. Sólo fue un ajuste “técnico”, sin relevancia para el cuadro recesivo. Si se descuenta la inflación a la tasa de referencia ésta es de 0 por ciento; en junio la inflación fue de 3.8 por ciento y la tasa real de -0.7 por ciento. Como se ve en la Gráfica 1, se ubica dentro del rango de la meta de precios (3 por ciento, +/-1). Para lo que resta de 2014 la inflación variará en ese rango. Acaso cierre en 4 por ciento, lo que explica que el Banxico advierta que difícilmente llevará a cabo nuevos recortes a la tasa objetivo.

La política monetaria no es expansiva. Sólo se “acomoda” a evolución de la inflación. Es más fácil que vuelva a elevar la tasa de referencia ante un desborde de ella del nivel y el rango trazado, que la baje ante la persistencia de la recesión.

Carstens sólo sabe bailar el twist de los precios y no al ritmo de la reactivación y el crecimiento.

En 2008 la inflación casi se duplica (pasa de 3.8 a 6.53 por ciento) y, lógicamente, también la tasa de referencia (sube de 7.5 a 8.3 por ciento), a pesar de que la economía inicia su ciclo recesivo. En 2009 la inflación cae en casi la mitad (a 3.6 por ciento), al igual que la tasa (4.5 por ciento). Pero la desinflación no refleja el éxito del banco central. Se debe a que la economía se desploma 4.7 por ciento y el consumo y la inversión privada en 6.5 por ciento 9.3 por ciento. La peor caída desde 1995 que fue, a su vez, la más grave de la posguerra.

Mientras la economía se desacelera y entra en receso a finales de 2008, el Banxico eleva las tasas nominales, aunque en términos reales bajan lentamente. Pese a la recesión de 2009, el banco central no vuelve a mover la tasa nominal hasta febrero de 2013, aunque la real baja y se vuelve negativa a mediados de año, debido a una inflación mayor. Desde el mes citado a junio de 2014, la tasa nominal y la real caen y ésta última es de 0 por ciento o negativa la mayor parte del tiempo, sin efectos ante la economía que volvía a declinar otra vez desde el inicio de 2013 y entraba en la recesión que se extiende hasta el primer semestre de 2014. En la Gráfica 2 se observa esto último en los datos del producto interno bruto original y desestacionalizado.

Es decir, el Banxico recorta tardíamente las tasas y nada pudo hacer para ayudar a evitar las desaceleraciones y recesiones citadas. Al menos en 2009 contribuyó a agravar esa situación. O simplemente permanece indiferente ante esos fenómenos.

¿Dónde está la política monetaria expansiva?

Keynes y los keynesianos sostienen que es más fácil elevar las tasas de interés para restringir el gasto agregado, el consumo y la inversión (política restrictiva), que reducirlas para generar el efecto contrario (política expansiva). Keynes dice que en un caso de recesión y con tipo de interés muy bajo, la demanda de dinero sea totalmente inelástica, indiferente, inefectiva. Depende más de las necesidades y expectativas de los llamados “agentes económicos” que del tipo de interés. El banco central no puede obligar a la banca a otorgar créditos cuando los empresarios se niegan a invertir ante expectativas negativas. Además, los bancos difícilmente prestarán ante en riesgo de insolvencia de pagos de los usuarios. No puede forzar a los bancos y las empresas a solicitar más créditos de los que desean.

Para Keynes y los keynesianos la debilidad del mercado interno, la recesión, tiene que enfrentarse con el principal instrumento anticíclico de efectos en el corto plazo: la política fiscal expansiva y sus efectos multiplicadores sobre la producción, la generación de empleos, la masa salarial.

Pero en México no administran los keynesianos, sino los antikeynesianos como Enrique Peña y Luis Videgaray. Para ser precisos: por neoliberales.

Pero aceptándose que el Banxico aplica una política monetaria expansiva, ésta de poco servirá para poyar la reactivación productiva, debido a cuando menos dos razones.

Una de ellas es que los intentos por estimular una economía en recesión a través de una política monetaria más flexible (reducción de los réditos) muestran un rezago en el tiempo. Se estima que sus efectos favorables, en caso que existan, se manifiestan entre 9 y 18 meses después.

El Banxico inició el recorte de la tasa de referencia en diciembre de 2012 y la economía cayó a lo largo de 2013. Sólo mejoró en la primera mitad de 2014 (el famoso “rebote” que sigue a una crisis) y luego volvió a declinar paulatinamente.

En marzo de 2013 volvió a reducir la tasa. Pero la producción sigue a la baja hasta la fecha. Con el peñismo entró en receso otra vez y su año y medio de gobierno arrojan una tasa media que no superará el 1.5 por ciento, en la serie original, o de 0.5 por ciento en la serie estacionalizada.

El BCE tiene la tasa de referencia en el borde del cero. Pero la Unión Europea y la eurozona se debaten en la deflación.

La Reserva Federal ubicó la tasa de fondos federales en menos de 1 punto porcentual desde septiembre de 2008, y desde junio de 2013 en 0.7-0.8 por ciento. Desde 2008 son negativas realmente. Pero los problemas de los deudores y los consumidores aún subsisten. Sin el respaldo fiscal, la dinámica económica ha sido débil después del colapso y declinó en 2014. El desfase de tiempo ha evitado que esta política monetaria tenga cualquier beneficio para la economía en el futuro cercano.

Por cierto, la baja en la tasa estadunidense también permitió que el Banxico bajara la suya. Además, provocó la salida de capitales hacia los “mercados emergentes” como México, en búsqueda de mejores intereses. Ello sobrevalúa al peso frente al dólar que reduce el precio de las importaciones y de la inflación, efecto que puede revertirse una vez que la Reserva vuelva a elevar sus tasas, medida anticipada por otros intereses estadunidenses.

Otra razón es la desconexión existente entre quienes ejercen la política monetaria y quienes controlan el crédito; la disfuncionalidad entre el sistema bancario y financiero y el productivo.

La baja de la tasa del Banxico no implica el recorte de las demás tasas de interés del mercado. El precio del crédito, las cantidades prestadas, las actividades y los usuarios beneficiados están atados a la lógica de la tasa de ganancia y los intereses de las matrices de una banca reprivatizada y extranjerizada.

El recorte en la tasa objetivo del Banxico es seguida por las de préstamos interbancarios y del costo del fondeo bancario y gubernamental. En promedio, términos nominales, las del fondeo bancario y gubernamental es de 3 por ciento; la TIIE de 3.3 por ciento. En términos reales son de 0 por ciento (ver Gráfica 3).

Desde la segunda mitad de enero de 2009 el Banxico inició una baja gradual de su tasa de interés objetivo, la cual fue seguida, en un ritmo similar, por la reducción de las tasas de fondeo bancario y gubernamental. Pero el resto de los intereses permanecieron altos, en términos reales.

En términos reales, el costo promedio de captación (CPP, es el porcentaje que pagan las distintas instituciones financieras por la captación de los recursos en distintos instrumentos) es negativo en 0.6 por ciento desde abril de 2008. Los instrumentos empleados pagados a los ahorradores, como son los cetes a 28 días, los bonos a tasa o pagarés, ofrecen tasas similares o menores a la tasa de precios.

La mayoría de los ahorradores bancarios, los pequeños y los medianos, ni siquiera se dan cuenta cómo la inflación devora vorazmente, mes a mes, sus escasos ahorros, gracias a la política del banco central, que sólo les ofrece dos posibilidades: acumulan pérdidas en su poder de compra o se los gastan (ver Gráfica 4).

De hecho, suman pérdidas. Porque a los misérrimos intereses generados por sus ahorros tienen que descontarles el pago de impuestos pagados y el montón de comisiones bancarias.

Es la redistribución neoliberal del ahorro de las mayorías hacia la banca y el Estado.

Sin embargo, las tasas cero o negativas reales de referencia, de la TIIE, de fondeo y del CPP no han implicado una baja apreciable en el costo del crédito de la deuda que los particulares y las empresas contratadas con la banca, ni tampoco un mayor acceso a los recursos.

En enero de 2014, el costo anual total del crédito (CAT: incluye tasas de interés, comisiones, bonificaciones, seguros obligatorios y gastos por otros servicios financieros), descontada la inflación, era de 9 por ciento. En mayo se ubicó en 9.8 por ciento. Es casi 1000 por ciento más que las tasas citadas previamente. Su promedio en 2013 fue de 9.8 por ciento y lo que va de 2014 es de 9.5 por ciento.

La tasa de interés real media de las tarjetas de crédito bancarias es de 40 por ciento (en algunos casos supera el 80 por ciento). Ese porcentaje, según las cifras disponibles, es el mayor desde 2007 (27.7 por ciento), 12 puntos porcentuales más alto.

Esos puntos porcentuales de más son similares a los que cayeron las tasas de interés en Argentina, cuando recientemente su gobierno y el banco central decidieron ponerle un tope máximo a la usurera voracidad bancaria.

Con ese costo del crédito no es extraño que éste se haya caído. En 2011 creció a una tasa real de 12.7 por ciento. En 2013 en 5 por ciento. Hasta mayo de 2014 lo hizo en 5.4 por ciento. En 2006 se había expandido 30 por ciento.

 

 Marcos Chávez M*

*Economista


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