Cuentas y cuentos mexicanos

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Tres sucesos, cuando menos, dominan el panorama nacional actualmente: el Mundial de futbol y la aprobación de las leyes en materia energética y en materia de telecomunicaciones. Es claro que hay otros más, como las protestas en conmemoración de la masacre del 10 de junio de 1971, una de ellas simbólicamente frente a Televisa, a la que citaron organizaciones e intelectuales; las diversas manifestaciones en la enésima gira de Enrique Peña Nieto y hasta la aparente muerte del cerebro del Cártel de Sinaloa, Juan José Esparragoza, el Azul.

Pero vale la pena analizar los tres primeros.

El Mundial es el gran negocio que ni siquiera los ejecutivos niegan (98 por ciento), los cuales tienen pocas esperanzas de que México sea campeón (1 por ciento). El 46 por ciento de los empresarios dice que sólo llegaremos a octavos de final, mientras el 97 por ciento asegura que avanzar en el campeonato depende de los jugadores (sic de reojo de Televisa).

Pero resulta que no obstante los resultados, Miguel Herrera ganará 3 millones de dólares, cuando menos, aunque salvó un negocio que redituará 900 millones de esos papeles. Los medios conseguirán 5 millones de billetes verdes por anuncios y la Federación Mexicana de Futbol ha obtenido por diversas cuestiones, sobre todo partidos en Estados Unidos a donde asisten nuestros despreciados migrantes, 259 millones de dolarucos; y sumaría, si México fuera campeón, 35 millones más.

El futbol, donde la Federación Internacional de Futbol Asociación tiene más afiliados que la Organización de las Naciones Unidas, es un negocio de más de 200 mil millones de billetes estadunidenses. Incluso llenar completamente un álbum de estampas –“larines”, se decía en mi época– costará 5 mil pesos, algo ajeno a la mayoría de las desvencijadas económicamente familias mexicanas.

Para decirlo en palabras de Juan Villoro en el excelente libro Balón dividido (Planeta): “el futbol mexicano es un negocio que depende de la oscuridad en las decisiones y la falta de rendición de cuentas; un espectáculo donde la parte visible es pobre (perdimos otra vez) y la parte oculta formidable (los dueños ganaron más)”.

Para agregarle sabor al caldo, Enrique Peña Nieto lleva al Vaticano –donde se ha criticado acremente la reforma fiscal, la seguridad que padecemos y las desigualdades que vivimos– una camiseta de la selección nacional que el papa Francisco ve con asombro, ya que es argentino. Al mismo tiempo, acá hay un regalo en serio a los clubes de futbol: el Servicio de Administración Tributaria no cobrará impuestos para que puedan enriquecerse al máximo; es decir, no formando jugadores sino transfiriendo a muchos para que hagan mayor negocio opaco, no pagando impuestos por la llegada de extranjeros y desmantelando cualquier equipo nacional.

Como dice José Ramón Fernández: el futbol “es una gran multipropiedad de Televisa”, consorcio que maneja a la Federación Mexicana de Futbol –Justino Compeán ha sido 27 años empleado de esa compañía–, la comisión de arbitraje, la disciplinaria, todo. “Eso es lo que está pasando en el futbol mexicano” (Proceso, 1962).

Pero también vale la pena señalar lo que expresa el catedrático José Samuel Martínez (revista Zócalo, 172): en el deporte de la patada se expresan “las proezas, los mitos e incluso la estética se combinan junto a las emociones y los sentimientos más primitivos y espontáneos, creando un mundo cargado de esperanzas y fantasías donde con sólo el dominio de la voluntad se puede entrar o salir”. Aunque esta última no sirve generalmente para triunfar (Villoro, dixit).

En el caso de las leyes de telecomunicaciones, se asegura que el Partido de la Revolución Democrática ya cedió ante el gobierno para apoyar un proyecto que, si bien no incluiría la censura en internet, tiene una serie de negritos (o negrotes) en el arroz. Tales como que la Secretaría de Gobernación continúe administrando los tiempos oficiales en lugar de un órgano autónomo; no plantea la preponderancia en televisión de paga, así pues Televisa seguirá adquiriendo más sistemas de cable; no apoya, para nada, a las radios comunitarias ni a las televisoras estatales o universitarias; no define qué hacer con el Organismo Promotor de Medios Audiovisuales; y, sin que se acaben los señalamientos, no modera la publicidad gubernamental ni la reencausa de forma diversa y para fines sociales (ver parte de ello en la nota de Jenaro Villamil, Proceso, ídem).

Con respecto de las transformaciones energéticas, va adelante la entrega del gas, las gasolineras, los gasoductos y las reservas, incluidas la del gas de lutita o pizarra, no obstante que este último ha sido considerado un peligro para el medio ambiente, para la geología y el mismo ser humano.

Claro que fue ignorado el libro de Alfredo Jalife-Rahme intitulado Muerte de Pemex y suicidio de México (Orfila), en el cual se dice que nuestro país se encuentra “extensamente ocupado por las trasnacionales financieras y mineras anglosajonas y solamente les falta el último eslabón: los hidrocarburos”.

Lejos de ello, el señor David Penchyna señala que los críticos y analistas nos encontramos en un debate de “idiotas”. Por su parte, otros informadores han señalado que el menor comentario adverso es una tontería, ya que “tendríamos que confiar” en nuestra autoridades porque “no son malévolas” (Álvaro Cueva, Milenio, 7 de junio) o que los críticos somos “cirqueros”. Por lo tanto, algunos legisladores y tecleadores ya cancelaron el derecho a la información y a la difusión.

¡Para Ripley!

*Periodista

 

Contralínea 391 / 22 de Junio al 28 de Junio

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