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Con sus investigaciones periodísticas contra las organizaciones ultraderechistas, Manuel Buendía llevó a cabo una valiosa labor en defensa del Estado laico y de las libertades.

Fue asesinado el 30 de mayo de 1984, hecho por cuya autoría intelectual se condenó a José Antonio Zorrilla Pérez, quien estaba a cargo de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) cuando ocurrió el crimen.

Buendía fue asesinado precisamente en la época en que las fuerzas derechistas comenzaban su ascenso político, durante el gobierno de Miguel de la Madrid, quien representó un viraje en comparación con los sexenios anteriores de Luis Echeverría y José López Portillo.

Evolución ideológica

Manuel Buendía Tellezgirón nació el 24 de mayo de 1926 en Zitácuaro, Michoacán, y comenzó a escribir a la edad de 15 años en un periódico estudiantil.

Quien fuera durante muchos años el principal crítico y estudioso de la ultraderecha en México, Buendía tuvo una militancia derechista en sus años de juventud, cuando fue seminarista, militante del Partido Acción Nacional (PAN) y redactor de La Nación, la revista del PAN.

Según Carlos Monsiváis, “de esas primeras décadas, Manuel incorporó a su tarea elementos definidos: el sentido de la formación eclesiástica tradicional; el sentido de la pesquisa del reportero policial […]; el conocimiento desde dentro de la mentalidad conservadora y sus desprendimientos fanáticos” (Carlos Monsiváis, “La lucha contra los poderes invisibles”, Revista Mexicana de Comunicación, año XVI, número 86, página 26).

Inició su carrera como reportero profesional en la fuente policiaca de La Prensa, periódico del que en 1960 llegó a ser director, cargo que abandonó en 1964.

En la década de 1970 trabajó en oficinas de comunicación de dependencias públicas, como el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y el entonces Departamento del Distrito Federal, y escribía en el periódico El Día las columnas Concierto Político y Para Control de Usted; en 1977 publicaba su columna Red Privada en El Sol de México, posteriormente en El Universal y luego en Excélsior, hasta su muerte.

Colaboró en espacios de radio y televisión. Fue catedrático de la escuela Carlos Septién y de la Universidad Nacional Autónoma de México. Recibió distinciones por su labor profesional. Y fue miembro activo de la Unión de Periodistas Democráticos, de la que fue fundador.

Algunos de sus trabajos se han difundido en antologías como La CIA en México (Océano, México, 1984), La ultraderecha en México (Océano, 1985), La santa madre (Océano-Fundación Manuel Buendía, 1986), Los empresarios (Océano, 1988), Ejercicio periodístico (Fundación Manuel Buendía, México, 1996), Instantáneas del poder (Fundación Manuel Buendía, 1988), Manuel Buendía en la trinchera periodística (Fundación Manuel Buendía y Universidad de Xalapa) y Pensamiento y acción de la derecha poblana (Archivo Histórico de la BUAP, Puebla, 2001).

Su legado

Los trabajos de Buendía constituyen un valioso testimonio acerca de los grupos de la ultraderecha en el siglo XX.

Buendía hizo acopio de datos acerca de los grupos y personajes de la ultraderecha, a lo largo de décadas, en una época en que esa labor era mucho más difícil que hoy en día, pues no existía el internet para buscar rápidamente esas referencias, ni siquiera los procesadores de textos que permiten organizar y consultar ágilmente los documentos de que se dispone.

Había identificado muy bien a los protagonistas de la ultraderecha; los archivos antes secretos de la otrora Dirección Federal de Seguridad –hoy a cargo del Archivo General de la Nación– contienen expedientes cuyos datos coinciden con los que obtuvo Buendía en sus pesquisas.

La acción de la derecha católica tiende, por su propia naturaleza, a ser internacional, de ahí que Buendía indagara las conexiones del activismo nacional con grupos internacionales de la ultraderecha, incluyendo los de tendencias fascistas, así como los sectores extremistas y militaristas estadunidenses.

Con la caída del bloque socialista y la consecuente derechización de la política mundial, el poder de la ultraderecha internacional se agigantó al grado de que en los primeros años del nuevo milenio, tanto Estados Unidos como el Estado de la Ciudad del Vaticano y muchos países de América Latina, incluyendo a México, Colombia, El Salvador, entre otros, estaban en manos de gobiernos derechistas y de personajes de la ultraderecha a la que tanto combatió Buendía.

Asesinato y conjeturas

La información puntual acerca de las circunstancias del asesinato de Manuel Buendía, algunas olvidadas hoy en día, así como las reacciones de diferentes sectores de la sociedad quedaron plasmadas en los diarios del 31 de mayo de 1984.

Por ello, despierta suspicacias la ausencia del ejemplar del periódico Excélsior de esa fecha en las principales hemerotecas de la capital.

En su segunda edición de ese día, Ovaciones informó acerca del asesinato de Buendía, cometido a las 18:30 horas. El periodista fue asesinado “de cinco balazos, por la espalda”, a la entrada del estacionamiento ubicado en Insurgentes Sur, 64, luego de que había salido de su oficina en el sexto piso de Insurgentes, 58.

El ayudante de Buendía alcanzó a ver al verdugo cuando huyó hacia la calle de Londres, “donde dobló a la izquierda”, pero no pudo detenerlo. También alcanzó a ver a un desconocido que iba armado y que se acercó al cuerpo, del que se retiró tras comprobar que había muerto.

El diario hacía notar que Buendía “últimamente escribió varios artículos sobre la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde exponía sistemas poco usuales para aceptar a estudiantes y ponerlos al servicio de la CIA [Agencia Central de Inteligencia estadunidense]”.

En efecto, 1 mes antes de su asesinato, Buendía había dedicado varias entregas (5, 6 y 9 de abril) de Red Privada a denunciar el fanatismo y las prácticas de los Tecos, además de que hacía referencia a otras organizaciones secretas como el Yunque.

Los días 1 y 2 de junio, Excélsior publicó las últimas dos entregas de Red Privada con el material que previamente había entregado Buendía, y donde criticaba fuertemente a Antonio Ortiz Mena, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y exsecretario de Hacienda y Crédito Público en las gestiones de Adolfo López Mateos y de Gustavo Díaz Ordaz, identificándolo como artífice de la crisis económica y señalando sus vinculaciones con Augusto Pinochet y los Tecos.

En aquellas fechas, Ortiz Mena protagonizaba un enfrentamiento público con Echeverría acerca de la política económica del país. Vinculado a intereses empresariales y extranjeros, Ortiz Mena había criticado los aspectos nacionalistas y “populistas” del gobierno de Echeverría Álvarez, quien por cierto, desde París, deploraba el asesinato de Buendía, a quien calificó como “valiente y patriótico periodista”.

Además de los Tecos, algunos señalaban como sospechosos del asesinato a la CIA, al clero político o a exfuncionarios criticados por Buendía, como Jorge Díaz Serrano, exdirector de Petróleos Mexicanos (Pemex).

Ángel Olivo Solís, entonces secretario general de la Confederación Revolucionaria Obrera y Campesina (CROC), atribuyó el atentado a la CIA; mientras que el columnista y luchador social Óscar González López escribía el 1 de junio en Excélsior: “El terror blanco descargó su furia sobre el intachable patriota porque entre sus poderosos enemigos que combatió con lucidez excepcional y pasión nacionalista es el núcleo fascista criollo enraizado en la ciudad de Guadalajara, el que le profesaba un odio zoológico”.

Según algunas versiones, en el curso de las investigaciones policiales referentes al asesinato fueron sustraídos del archivo de Buendía los expedientes relativos a la ultraderecha, la Agencia Central de Inteligencia, los Tecos y el narcotráfico, así como los relacionados con Zorrilla, con la DFS y con Miguel Nazar Haro.

Por su parte, en la primera plana del 31 de mayo, el periódico Novedades destacaba: “Asesinan a balazos al periodista M Buendía”. En ese diario, también en primera plana, Joaquín López-Dóriga escribió acerca del crimen una colaboración cargada de lugares comunes: “…crimen artero, crimen inútil, crimen cobarde que a nadie intimida: que fortalece y acrecienta convicciones y voluntades. Así lo deseaba, así será. Adiós, querido amigo…”

El Nacional, periódico gubernamental, destacó lo referente al asesinato mediante un recuadro en primera plana y una nota en la página 3, donde se citaban declaraciones de su esposa, quien señalaba que su esposo “fue asesinado tal vez por sus ideas”.

Ese diario registró un hecho significativo en las indagaciones acerca del crimen referente a la manipulación policial de los testimonios directos, pues finalmente la autoría del crimen sería atribuida a las filas policiacas.

En la esquina de Hamburgo e Insurgentes de la capital mexicana, disputaron policías judiciales del Distrito Federal y federales la custodia de un testigo, Felipe Flores Fernández, chofer de la extinta Ruta 100: “Ambos bandos sacaron pistolas y metralletas. Hubo insultos, frases retadoras e incluso se lanzaron gases lacrimógenos”. Finalmente, “los de la judicial federal se llevaron al testigo en disputa bajo estrictas medidas de seguridad”.

El Día reprobaba también el asesinato de Buendía y citaba declaraciones del entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, de que “el gobierno lamenta profundamente la desaparición de Manuel Buendía…”

La ultraderecha en el poder

A diferencia de los demás diarios, El Heraldo, periódico identificado en ese tiempo con la extrema derecha católica, trató de restar importancia al asesinato, reportándolo con una pequeña nota en la esquina inferior izquierda de la primera plana, que continuaba en la página 12.

Lo que sí destacó El Heraldo en su edición del 31 de mayo fue una conferencia de prensa del Episcopado mexicano, en la que arremetió contra los “grupos jacobinos y radicales”. Los obispos advertían acerca de un “cambio total en el país” que, según ellos, debería incluir “una nueva postura del Estado frente a la Iglesia”.

El asesinato de Buendía provocó reacciones en la prensa internacional. El Washington Post hacía referencia a las pesquisas del periodista sobre la CIA como móvil del crimen; The New York Times afirmaba que “el señor Buendía fue asesinado por algo que escribió”; y el matutino inglés The Guardian apuntaba que “el monopolio petrolero Pemex constituía un blanco predilecto del columnista mexicano”.

El 30 de julio de 1984, el periodista argentino Miguel Bonasso, quien era corresponsal en México de la revista Semana, mencionó la hipótesis de que Buendía pudo haber sido asesinado por descubrir una importante operación de la CIA de tráfico de armas hacia Centroamérica.

 “Esa operación –escribió Bonasso– bien podría consistir en el tráfico de armas desde México hacia Honduras y Costa Rica. Según esta versión, desde Coatzacoalcos (en plena área petrolera) saldrían armas para abastecer la contrarrevolución nicaragüense. En el affaire estarían comprometidos funcionarios de Pemex y dirigentes del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, a quienes Buendía hizo blanco de frecuentes denuncias sobre corrupción”.

Añadía: “Otra constante son las armas. Y ésta nos remite al misterioso industrial alemán Gerhard Mertins […] propietario de la empresa Merex y de una mina de plata en Durango, [quien] fue descubierto por Buendía en un oficio oculto: traficante de armas con destino a Centroamérica” (www.semana.com/mundo/articulo/el-asesino-vino-del-caribe/5468-3).

Si las razones del asesinato de Buendía no eran claras, sí lo era el hecho de que los sectores derechistas, en los que Buendía centró sus críticas, fueron haciéndose cada vez más influyentes y poderosos.

La muerte del célebre periodista quedó como señal de los nuevos tiempos en que serían los enemigos de la Revolución Mexicana quienes detentarían el poder.

En 1989 fue aprehendido, como responsable de la muerte de Manuel Buendía, José Antonio Zorrilla Pérez, quien fue presidente del Partido Revolucionario Institucional en Hidalgo, de 1979 a 1981; y dirigió la DFS de 1982 a 1985.

El 15 de febrero de 1993, Zorrilla Pérez fue condenado a 35 años de prisión por el delito de homicidio calificado y todavía purga su condena como autor intelectual del crimen, lo mismo que Juan Rafael Moro Ávila, nieto de Maximino Ávila Camacho, exjefe de grupo de motociclistas de la Brigada Especial de la DFS, y señalado como uno de los autores materiales del asesinato.

En un video que se difunde en internet, Moro Ávila alega ser inocente y se considera un chivo expiatorio de quienes mataron a Buendía (www.youtube.com/watch?v=j4sUzjX6bDE).

En 1993 fungía como titular de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal Ignacio Morales Lechuga, quien 2 décadas después, en 2008, aparecería como gran aliado de la ultraderecha católica opuesta al aborto, es decir, de los mismos grupos a los que Buendía siempre denunció.

En febrero de 2009 se otorgó a Zorrilla la libertad anticipada, pero fue reaprehendido meses después “con el argumento de que el solicitante incumplió los compromisos para obtener ese beneficio” (El Universal Online, 11 de septiembre de 2013).

Finalmente fue excarcelado el 11 de septiembre de 2013 para cumplir en arresto domiciliario el resto de su condena.

Perdura la interrogante de hasta dónde se extendieron las responsabilidades y complicidades gubernamentales, más allá de Zorrilla, para eliminar a Buendía; así como el hecho de que cuando él murió ya no era, como en los 2 sexenios anteriores, un periodista afín a la Presidencia, sino el mayor crítico de las fuerzas derechistas que comenzaban a tomar el poder.

Treinta años después: nuevos indicios

En 2014 se dieron a conocer nuevos datos relacionados con el asesinato de Buendía y provenientes de un documento estadunidense clasificado como de “máximo secreto”, donde se habla de los vínculos de la CIA con un traficante de armas, así como de la llamada Contra Nicaragüense –que en esos tiempos combatía al régimen sandinista–, y de la ultraderecha mexicana (www.proceso.com.mx/?p=368935).

El traficante en cuestión era el exnazi alemán Gerhard Georg Mertins (1919-1993), quien a su vez trabajaba para la familia Leaño, de los Tecos, que controlan la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Como se ha mencionado, ya en 1984 se había considerado al acaudalado alemán como sospechoso de la muerte de Buendía (http://hemeroteca.proceso.com.mx/?page_id=278958&a51dc26366d99bb5fa29cea4747565fec=153668&rl=wh; 10-07-1989).

Por cierto, en la Segunda Guerra Mundial, Mertins participó en la operación de rescate de Mussolini, en septiembre de 1943, bajo el mando del famoso capitán nazi Otto Skorzeny (véase Misiones secretas de Otto Skorzeny, Ediciones Destino, Barcelona, 1950).

Según el mencionado documento secreto fechado el 13 de febrero de 1990, entre 1981 y 1984 Buendía recibió información de que la CIA, con apoyo de la DFS, entrenaba a guerrillas guatemaltecas en un rancho de Veracruz que pertenecía al narcotraficante Rafael Caro Quintero.

Según el documento clasificado, agentes de la DFS fungían como encubridores de la CIA para el campo de entrenamiento y “operaban en colaboración directa con los capos del narcotráfico para garantizar el flujo de drogas por México para que pudieran llegar a Estados Unidos.

 “[…] la CIA, por conducto del entonces famoso traficante alemán de armas Gerhard Mertins, metía armas a México para desde ahí enviarlas a la Contra Nicaragüense, amén de entrenar a guerrilleros en Veracruz.

 “Para cubrir el costo de las armas que la CIA le compraba a Mertins, las avionetas que enviaba a Centroamérica con el armamento regresaban a México cargadas de cocaína colombiana que luego vendía al Cártel de Guadalajara” (http://diario.mx/Estados_Unidos/2014-04-06_2b4606dc/entreno-dea-a-guerrilleros-en-rancho-de-caro-quintero; información del semanario Proceso).

*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

 

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