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Los conflictos políticos, la corrupción, la negligencia y la guerra civil favorecen el incremento del número de niños explotados en la India. Los tratantes de personas han logrado encubrir sus actividades y se mantienen impunes. La explotación de niños y niñas en trabajos domésticos, peligrosos y sexuales parece imparable en un país que se sume cada vez más en la violencia

Diana Cariboni/IPS

Kanker, India. Muy temprano, Sumari Varda, de 14 años de edad, se pone su uniforme escolar azul y se dirige al estanque de la aldea a buscar agua. “Extraño la escuela, ojalá pudiera volver”, susurra por temor a que la oiga su patrón.

Sumari nació en la aldea india de Dhurbeda, pero ahora vive en Bhainsasur, ambas están en el central estado indio de Chhattisgarh. Si viste su uniforme escolar es porque es una de las pocas prendas que posee.

Su aldea nativa, Dhurbeda, se ubica en Abujhmad, un área forestal en el distrito de Narayanpur, señalado como uno de los mayores escondites del ilegal Partido Comunista Maoísta de India, que lidera una violenta rebelión contra el Estado en varias partes del país.

Hace 9 meses, una familiar lejana de Raipur, la capital del estado, visitó a los padres de Sumari, a quienes preocupaba que algún día su hija se uniera a los maoístas. La parienta, a quien Sumari llama “tía Bhudan”, se la llevó, prometiendo enviarla a una escuela de la ciudad.

Pero lo que hizo fue mandarla a Bhainsasur, ubicada a unos 180 kilómetros de Raipur. Ahora la niña trabaja duramente más de 14 horas diarias en la casa del hermano de su tía, cocinando, lavando, buscando agua y a veces también cuidando el ganado.

Miles de niñas y niños de Chhattisgarh corren la misma suerte cada año.

Según un estudio publicado en 2013 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, más de 3 mil menores son sometidos a la trata de personas anualmente desde ese estado.

El informe se centra en los distritos del Norte, menos afectados por el conflicto. Distritos como Dantewada, Sukma, Bijapur, Kanker y Narayanpur, semilleros del movimiento maoísta, no están incluidos en el reporte.

El motivo es la falta de datos, dice un funcionario del Departamento de Desarrollo Rural que no quiere ser identificado por temor a represalias. Los investigadores y encuestadores no llegan a esos distritos más inaccesibles, agrega.

“En abril de 2010, los maoístas mataron a 76 agentes de seguridad en Dantewada. Desde entonces, la rebelión escaló a un nivel tal que son pocos los que se atreven a visitar sitios como Dantewada, Sukma o Narayanpur. Y si usted no ingresa en el área, ¿cómo recabará datos?”, plantea.

Bhan Sahu cree que la falta de datos en realidad ayuda a los traficantes.

Ella es fundadora de Jurmil Morcha, la única organización femenina tribal del estado que lucha contra los desplazamientos forzados de comunidades nativas forestales.

“Cada vez que se produce una masacre o un encuentro entre los maoístas y las fuerzas de seguridad, muchas familias huyen de sus aldeas. Los traficantes eligen a estas familias, les pagan y les ofrecen ocuparse de sus hijos”, explica Sahu a Inter Press Service (IPS).

“Pero el gobierno no quiere admitir ni las migraciones ni la trata. Así que los tratantes no soportan ninguna persecución”, dice Sahu, quien ha denunciado varios casos de trata en CG-Net Swara, una red de noticias comunitarias.

Jyoti Dugga, de 11 años, juega al ulaula con aros de hierro para entretener a los turistas en las playas de Goa, en el Occidente de India. Ella también procede de Chhattisgarh. Su hermano mayor fue a prisión por supuestos vínculos con los maoístas. A sus padres les preocupaba que a ella también la arrestaran. Hace 3 años accedieron a enviarla con un vecino llamado Ramesh Gota, al que Jyoti llamaba “tío”.

“El tío dijo que tenía muchos contactos y que podía darme trabajo, así que mis padres me enviaron con él”, relata Jyoti, quien también hace masajes en los pies a los turistas. Comparte una pequeña habitación con otros tres niños, todos de Chhattisgarh y con aspecto de desnutridos.

A comienzos de este mes, la policía rescató a 20 niños que eran obligados a trabajar en un circo de Gota. Pero Gota, el empleador de Jyoti, es demasiado hábil para dejarse atrapar: todo el tiempo traslada a los niños de una playa a otra.

El gobierno niega la existencia de la trata y la explotación infantil.

Ram Niwas, director general adjunto del Departamento de Policía de Chhattisgarh, sostiene que la trata de personas “se redujo considerablemente” desde que se crearon unidades especiales para combatirlas.

“El proceso de identificar esos distritos [donde se concentra la trata] está en marcha y se les dará prioridad”, dice a IPS.

El informe de las Naciones Unidas dice que el desempeño de Chhattisgarh en la ejecución de programas de protección infantil es inadecuado. “Las unidades de protección infantil del distrito no existen, y los comités de bienestar infantil no están trabajando en toda su capacidad”, según el estudio.

El Estado no se toma en serio la tarea de devolver a sus hogares a los niños explotados, agrega.

Mamata Raghuveer, activista por los derechos infantiles en el vecino estado de Andhra Pradesh, lidera la organización Tharuni, que rescata a niñas y niños en colaboración con el gobierno estatal.

Según Raghuveer, en los últimos 2 años se rescataron 65 niñas. La mayoría era de los distritos de Chhattisgarh azotados por el conflicto.

“Hay hombres que se llevan de sus hogares a niñas de 7 y 8 años”, dice a IPS.

“A algunas las emplean como trabajadoras domésticas, a otras las venden a explotadores sexuales. Cuando los hombres corren peligro de que los atrapen, desaparecen y abandonan a las niñas”, explica.

El gobierno tiene una política nacional de trabajo infantil para la rehabilitación de niños obligados a trabajar. Los rescatados de entre 9 y 14 años se inscriben en centros de capacitación especial, donde les brindan alimento, atención de salud y educación, dijo al Parlamento el ministro de Trabajo, Kodikunnil Suresh, en febrero pasado. “Actualmente, el programa cubre a 300 mil niños”, agregó.

IPS conoció a Mary Suvarna, de 9 años, en un centro de capacitación especial en Warangal, Andhra Pradesh. A ella la rescataron hace 1 año en una estación de tren de la ciudad. Vivía en una aldea boscosa llamada Badekeklar, relata. Es improbable que alguna vez vuelva a su hogar.

Suvarna tiene un sueño: “Quiero ser oficial de policía”, dice.

 

Contralínea 384 / 05 de Mayo  al 11 de Mayo

 

 

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