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Este 2014 parece estar condenado a la recesión económica, de acuerdo con los propios indicadores del gobierno federal. El supuesto “mejor secretario de Hacienda del año” –como nombró The Banker a Luis Videgaray– no da muestras de su talento para sacar del letargo a la economía mexicana. Lo peor es que el panorama de estancamiento económico, desempleo, miseria e inseguridad se extiende para todo el sexenio

A menos que ocurra una especie de prodigio en los meses subsecuentes, el cual altere la tendencia depresiva de la economía observada durante el primer trimestre y saque al aparato productivo de su letargo, al cierre de 2014 el país acumulará su segundo pésimo año con el priísmo neoliberal y autoritario resucitado. Tendrá que suceder un portento porque, en lugar de diseñar una verdadera estrategia contracíclica que permita a la economía superar la fase recesiva y de estancamiento en que se hundió en 2013, Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray y Agustín Carstens, estos dos últimos responsables de la conducción económica, fiscal y monetaria, han preferido dejar que las cosas simplemente ocurran y que sea la espontánea magia del “mercado libre” la que resuelva los problemas. Se han limitado a reducir aún más lo que queda de la intervención estatal en la economía, hecho que, en parte, explica los ineficaces resultados arrojados por el gasto público ejercido hasta el momento, y a administrar la injusticia y las llamadas “economías externas” requeridas por el modelo. Carentes de creatividad ante el escenario de estancamiento que privó en 2013 y que se ha extendido a los tres primeros meses de 2014, se han mostrado pasivos y remisos para modificar la política económica ortodoxa contradictoria diseñada para el año en curso. A ella, a las contrarreformas estructurales neoliberales y la trayectoria del mercado estadunidense le han apostado el futuro de México, pese a que esa misma estrategia empleada desde 1983 ha arrojado resultados desastrosos. Los principales objetivos de política económica, el crecimiento sostenido, el empleo y el bienestar serán responsabilidad del gran capital nacional y trasnacional, más que del gobierno peñista.

El comportamiento de los indicadores básicos ha sido desalentador en los meses iniciales de 2014, lo que ha degradado paulatinamente las expectativas de crecimiento y la generación de empleos, tal y como sucedió el año anterior, cuando se programó una meta, en cada caso de 3.5 por ciento y de alrededor de 700 mil plazas formales. Al final, sin embargo, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público se vio obligada a ajustar tres veces a la baja sus predicciones (a 3.1 por ciento en mayo, 1.8 por ciento en agosto y 1.7 por ciento en septiembre). Al cabo, el producto se desplomó hasta el 1.1 por ciento y, en consonancia, sólo se generaron 553 mil nuevos empleos –485 mil de ellos permanentes–, contra los 1.2 millones requeridos. La inflación sólo se desvió un tercio de su objetivo (4 por ciento contra 3 por ciento), aunque algunos de sus componentes lo hicieron entre 73 y 200 por ciento (la canasta básica, cuya tasa fue de 5.2 por ciento; los productos agropecuarios, con 6.7 por ciento; los energéticos, con 8.3 por ciento o las tarifas autorizadas por el gobierno con 9.3 por ciento).

De todos modos, la falta de puntería de Videgaray como planeador fue peccata minuta para una desorientada publicación financiera internacional –como el mismo Videgaray–, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, que le otorgó el pendón de “titular de finanzas del año”.

Videgaray, empero, ni se apesadumbró. Él es experto en convertir el negro en blanco y el menos en más, así como en el cinismo y, como tal, calificó 2013 como un año “excelente”, sin abundar para quién. Destacó, asimismo, el aumento anual de los trabajadores asegurados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS): 463 mil, 2.9 por ciento más respecto de 2012; variación que, por cierto, exaltó estrambóticamente, porque duplicó a la tasa de crecimiento alcanzada y no programada por él mismo. Extravió esta última entre las brumas de su amnesia, ya que se hubiera visto obligado a reconocer varias cosas desagradables. La tasa de 2.9 por ciento no es, en sí misma, digna de admiración. Es pésima. Pero destaca al comparársele con la variación del crecimiento (1.1 por ciento), porque ésta fue peor. Sólo equivale al 30 por ciento del objetivo esperado, proporción que tasa la promesa devaluada de Peña Nieto y de Videgaray.

El número de los empleos creados y cacareados es insatisfactorio, pues sólo equivale a dos tercios de los prometidos. Las plazas presumidas son mezquinas, ya que apenas representan el 40 por ciento de las requeridas por quienes se incorporaron por primera vez al mercado laboral. Los asegurados totales al cierre del año (16.7 millones) sólo equivalen al 31 por ciento de los ocupados (50.2 millones). El resto es espectral y trabaja y vive en las condiciones infames ofrecidas por el mercado laboral flexibilizado legalmente por Peña y Videgaray. Sin prestaciones sociales, sin seguridad social o médica. Son esclavos asalariados sometidos al capricho de sus amos capitalistas y de sus caciques sindicales. Los restantes 737 mil que no encontraron un empleo formal, subsisten en el desempleo, la informalidad, vegetan, emigran o son parte de los delincuentes que el mismo sistema genera a manos llenas y que ahora le aterran por la inseguridad que representan. Es la revancha visceral del excluido que, por desgracia, se ensaña en contra de las otras víctimas.

Peña inició su mandato con una tasa de trabajadores subordinados y remunerados equivalente al 70 por ciento de los ocupados, y terminó diciembre con otra de 67.4 por ciento. Con 6.3 millones de individuos que desertaron del mercado por considerar que no encontrarán una plaza disponible; la proporción de trabajadores por cuenta propia que subió de 20 a 22.4 por ciento; con una de desempleo abierto y subempleo que de 11.6 por ciento terminó con una tasa de 10.7 por ciento; una tasa de informalidad laboral que se movía de 59.8 a 59.1 por ciento; con una población ocupada en el sector informal que subió de 13.7 millones de personas a 14 millones.

¿Qué representa ese puñado de miserables y pobres adscritos al IMSS frente al número de informales, disponibles, desempleados, subempleados y demás? La calificación de indigentes y pobres no es peyorativa, pues la mayoría de las nuevas plazas creadas se ubicaron en los rangos de 1 a 3 salarios mínimos pagados.

Para 2014 podría concedérsele el mismo premio a Videgaray, porque volvió a tropezarse con su mismo desastre.

Los analistas del sector privado han revaluado a la baja sus expectativas del crecimiento mes a mes. Su meta inicial de 3.41 por ciento fue reducida a 3.4 por ciento. Luego a 3.2 y en marzo la ubicaron en 3.09 por ciento. El ajuste se justifica en la inseguridad que priva en el país; en la permanente debilidad del mercado interno y externo; en los costos asociados a la llamada reforma fiscal. Las cuentas alegres de los miles de millones de pesos que supuestamente invertirían los empresarios si se aprobaban las reformas a las telecomunicaciones y el sector energético, ya fueron olvidadas.

A principios de abril, Gian Maria Milesi, del Fondo Monetario Internacional, estimó que el crecimiento de México sería del orden de 3 por ciento en 2014; por debajo de la tasa pronosticada para países como Perú (5.5 por ciento), Bolivia (5.1 por ciento), Paraguay (4.8 por ciento), Colombia (4.5 por ciento) o Ecuador (4.2 por ciento). Según Maria Milesi, “una gran parte de esa recuperación se explica por el mayor impulso esperado en la economía estadunidense. Refleja una recuperación cíclica normal [y] una política fiscal un poco menos restrictiva”, la cual puede ser afectada por el cambio en la política monetaria que había aplicado la Reserva Federal estadunidense.

Desde septiembre de 2012, la Reserva compra mensualmente bonos hipotecarios por 85 mil millones de dólares para inyectar liquidez a la economía, la cual complementó la reducción de sus tasas de intereses de referencia, ubicada por debajo del 0.25 por ciento desde diciembre de 2008. A partir de abril dicha compra se reduciría a 55 mil millones de dólares, aunque la Reserva ha señalado que no retornará a la ortodoxia monetaria hasta 2015 (alza de los réditos), pues aún considera la tasa de desempleo estadunidense (6.7 por ciento, contra su meta de 6.5 por ciento), además de que estaba dispuesta a aceptar que la inflación llegara a 2.5 por ciento, medio punto por encima de su objetivo, con el objeto de evitar la deflación (estancamiento sin inflación).

La flexibilidad monetaria y la política fiscal en poco han contribuido a acelerar la reactivación estadunidense (en 2012 la economía creció 2.8 por ciento y en 2013 1.9 por ciento). Pero ofrecieron dólares gratis (costo del crédito con tasas reales negativas) que han servido para continuar con la orgía especulativa financiera y el aumento de los flujos de capital hacia países como México, que pagan réditos más altos. La reducción de las compras por 10 mil millones de dólares en diciembre de 2013, empero, provocó el alza de las tasas de interés a largo plazo, el reacomodo en los llamados portafolios de inversión, la reorientación de los capitales de los mercados emergentes hacia Estados Unidos, la reducción de financiamiento externo para los mercados citados y en el alza del costo en el acceso al mismo, así como el retorno a la inestabilidad financiera internacional.

La Secretaría de Hacienda aventuró dos metas de crecimiento para 2013: una de 3.5 por ciento, en caso que se rechazaran las contrarreformas, y otra de 3.9 por ciento, si estas se aprobaran. Es decir, con todo y la mediocridad de ambas, la diferencia radicará en la inversión privada. En la misma tesitura, los nuevos empleos esperados cayeron de 631 mil a 605 mil, según las encuestas sobre las expectativas de los especialistas en economías del sector privado levantadas por el banco central.

Como es de esperarse, de acuerdo con las experiencias pasadas, tanto Videgaray como Carstens se aferran heroicamente a sus predicciones –como si fueran clavos ardientes– antes de ceder a las evidencias. Unos dicen que lo hacen para evitar la pérdida de credibilidad en los programas. Otros afirman que es por vanidad. Algunos agregan que les da exactamente lo mismo.

La evolución de las variables económicas confirma el temprano recelo empresarial, ya que evidencian que los “motores” interno y externo del crecimiento siguen pasmados.

A diferencia del año anterior, Videgaray y sus muchachos se avisparon en el uso del presupuesto.

En 2013, como andaban distraídos en la grilla palaciega de las contrarreformas, en el primer bimestre el gasto neto total del sector público acumuló un rezago por 60 mil millones de pesos reales y por 38 mil millones en el programable (excluye el costo financiero de la deuda estatal y la participación fiscal de los estados), lo que implicó una caída real por 10.5 por ciento y 9 por ciento, respectivamente. En el caso del gobierno federal, el retraso en ambos indicadores fue por 46 mil millones de pesos reales y 26 mil millones, es decir, cayó en 10 por ciento y 8 por ciento. Si bien la inversión física presupuestaria directa del sector público aumentó 3.4 mil millones, en 9 por ciento, la del gobierno federal se despeñó en 4.4 mil millones, en 79 por ciento, respecto del mismo lapso de 2012.

Este año los Chicago Boys de Hacienda se aplicaron, y en el primer bimestre el gasto público total y el programable del sector público se elevaron en 99 mil millones de pesos reales y 75 mil millones de pesos, 19 por ciento y 19.4 por ciento más que en 2013. La inversión directa aumentó en 36 mil millones de pesos reales, en 87 por ciento. El gobierno federal también amplió tales egresos en 69 mil millones de pesos y 50 mil millones, en 17 por ciento en cada caso. La inversión directa ejercida fue por 16 mil millones de pesos (ver gráficas 1 y 1A).

 

 

 

En el primer semestre de 2012 la astringencia fiscal contribuyó a desencadenar la breve recesión y el subsecuente estancamiento económico. Sin embargo, la apertura de la llave del gasto no logró lo esperado por los peñistas: estimular la reactivación. Por el contrario, los síntomas de la debilidad económica son ostensibles. Si los efectos multiplicadores de gasto estatal no se manifiestan en la segunda mitad del año, la supuesta política anticíclica peñista fracasará y la economía difícilmente crecerá más allá del 2 por ciento.

Los temores son fundados y hasta el banco central, durante la convención bancaria, aventuró la posibilidad de que mayo revise a la baja el intervalo de proyección que tienen sobre la economía (entre 3 y 4 por ciento). Carstens dijo que “a pesar de que el gasto público se ha incrementado, el consumo y la inversión privados no muestran señales claras de recuperación, a lo cual podría haber contribuido, entre otros elementos, la reforma fiscal. Hay algunos indicadores –como el Indicador Global de la Actividad Económica– que han mostrado un crecimiento menos acelerado”. La debilidad económica se refuerza con la caída de la producción industrial no manufacturera, del índice de confianza del consumidor y de las exportaciones hacia Estados Unidos.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) confirma que sus indicadores compuestos, el coincidente y el adelantado (el primero refleja el estado general de la economía y el otro muestra anticipadamente la trayectoria de aquel), se debilitaron desde finales de 2013, justo cuando por razones estacionales (demanda de fin de año) debía mejorar. La historia se confirma con el indicador global de la actividad económica, el cual permite conocer la evolución del sector real de la economía en el corto plazo, y el indicador de la actividad económica mensual, que estima al producto interno bruto (PIB) en el mismo lapso. Este último muestra la declinación del producto durante 21 meses consecutivos, es decir, entre julio de 2012 y enero de 2014; y un retroceso en 19 meses (ver gráfica 2).

La inversión bruta fija ha decrecido ininterrumpidamente entre mayo de 2013 y enero de 2014 y acumula un retroceso de 3.4 por ciento. El desplome de la construcción es caso grave (residencial y no residencial). Se inició en diciembre de 2012, atizada por los cambios peñistas en la materia, y acumuló una contracción de 7 por ciento. De manera menos acusada, la tendencia es seguida por los componentes de maquinaria y equipo nacional e importado (ver gráfica 3).

La mejoría registrada por las ventas al menudeo y al mayoreo en diciembre de 2013 se debe a las circunstancias navideñas. Pero en enero de 2014 retornan a su abulia mostrada el año anterior, en la que las primeras decrecieron 0.4 por ciento y las segundas 4.4 por ciento. De hecho, las ventas empezaron a caer en noviembre de 2012: las ventas minoristas arrastraron desde ese momento una caída de 20 por ciento y las mayoristas de 18 por ciento.

Las variables enunciadas anteriormente sintetizan un fenómeno: el motor del mercado interno está en estado de coma. En sentido estricto, los neoliberales deliberadamente desmantelaron esa base del crecimiento que correspondía al modelo de economía cerrada al reorientar la demanda y la producción hacia la economía mundial.

Como bien señalara Carstens la debilidad del mercado interno se asocia a la política fiscal impuesta a partir de este año. Su supuesto componente contracíclico es contrarrestado por su elemento procíclico: la catarata de impuestos directos e indirectos, el aumento de precios de los bienes y servicios públicos, el retiro o la reducción de subsidios a las mayorías, el mayor retiro del Estado de la economía (reprivatizaciones).

Las medidas anteriores, la decisión del empresariado de trasladar a los precios finales el alza en sus costos de producciones provocados por los cambios fiscales, la contención salarial o el alto costo del crédito, entre otros factores, simplemente desfondaron el poder de compra de los ingresos reales de las mayorías y, por añadidura, derrumbaron el consumo y la inversión, y no existen elementos que puedan compensarlos. La inflación anualizada en marzo fue de 3.4 por ciento, el precio de la canasta básica de 5.5 por ciento y el de alimentos agropecuarios, energéticos y tarifas de gobierno de 6.5 por ciento. Tales alzas, más allá de las estadísticas, superan el aumento salarial mínimo y contractual (4 por ciento y alrededor de 6 por ciento) que, desde el primer día del año acumula una caída en su poder adquisitivo que se agudizará en el transcurso del año.

Paradójicamente lo anterior tenderá a afectar los ingresos del Estado y podría comprometerse la dinámica del gasto. En el primer bimestre los ingresos presupuestarios totales del sector público aumentaron 3.2 por ciento, en términos reales, y el gasto en 19 por ciento. Los ingresos petroleros decrecieron 1 por ciento y los no petroleros aumentaron 5 por ciento. Los tributarios crecieron y los no tributarios se contrajeron en 3.2 por ciento. La recaudación del gobierno federal lo hizo en 1.9 por ciento y el gasto en 17 por ciento.

La pérdida de ingresos petroleros es compensada por la expoliación tributaria de la población. Pero la dinámica depresiva de la economía terminará por afectar el conjunto de la recaudación y al gasto. De ahondarse la brecha entre un ingreso deteriorado y los egresos ampliados, podría llevar al gobierno a tomar una decisión entre dos posibilidades: aceptar un déficit fiscal más alto al esperado en 2014 (620 mil millones de pesos, 3.5 por ciento del PIB; 263 mil millones de pesos sin inversión de Petróleos Mexicanos, 1.5 por ciento del PIB) para no afectar el gasto, lo que implicaría elevar el endeudamiento neto del gobierno federal de 594.2 mil millones de pesos, equivalente a 3.4 por ciento del PIB (un endeudamiento interno de 570 mil millones de pesos y un externo de 10 mil millones de dólares); o recortar el gasto de acuerdo con los ingresos disponibles y el techo de endeudamiento.

Si el gobierno se enfrenta a ese escenario y si opta por la segunda opción, entonces el segundo año de recesión estará garantizado. De por sí, la economía crecerá en el primer trimestre a una tasa similar a la del cuarto trimestre de 2013: 1.2 por ciento y el primer semestre de 2014 alrededor de 1.5 por ciento.

Ni siquiera el motor externo ofrece un alivio. Recién el Fondo Monetario Internacional redujo su estimación del crecimiento mundial de 3.7 por ciento a 3.6 por ciento. Para Estados Unidos proyecta un ritmo de 2.8 por ciento, contra el 1.9 por ciento de 2013. El organismo supone que esa modesta expansión favorecerá a México. Sin embargo, en su informe Perspectivas de la economía mundial, abril de 2014, señala que “un aumento de 1 punto porcentual del crecimiento en Estados Unidos eleva el crecimiento en los mercados emergentes 0.3 puntos porcentuales en el momento de impacto, y el efecto acumulado sigue siendo positivo más allá de los 2 años posteriores a este impacto, pese al aumento concomitante de las tasas en Estados Unidos”. Es un “impacto” pírrico y en poco ayuda a un país como el nuestro urgido de que alguien les enseñe a los neoliberales locales la fórmula para que la economía supere su estancamiento crónico. El Fondo Monetario Internacional agrega que un aumento de 100 puntos básicos en el rendimiento de los bonos soberanos de los mercados emergentes reduce el crecimiento en esos mercados un cuarto de punto porcentual.

Las exportaciones en el primer bimestre se mantienen débiles. Aumentan 5 por ciento, contra la caída de 3 por ciento de 2013 y el alza de 17 por ciento de 2012. Las petroleras se contrajeron 5 por ciento (el petróleo crudo en 9 por ciento). Las no petroleras se elevan en 6 por ciento, pero están lejos de su ritmo del mismo bimestre de 2012 (15 por ciento). Si la economía estadunidense crece alrededor de la meta pronosticada por el Fondo Monetario Internacional, en poco contribuirá a la economía mexicana (ver gráfica 4).

El panorama para 2014 es sombrío. Los fantasmas del estancamiento económico, el desempleo, la miseria y la inseguridad se ciernen amenazadoras sobre el cuello del segundo año peñista.

Y Peña y Videgaray no saben qué hacer para espantar la profecía autocumplida.

*Economista

 

 

Contralínea 384 / 05 de Mayo  al 11 de Mayo

 

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