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“Mover a México” es el lema de Enrique Peña Nieto. Y sí que ha movido a los empresarios, a los patrones, a los comerciantes y a los inversionistas extranjeros con sus reformas y contrarreformas en telecomunicaciones, laboral, de competencia, y no se diga la energética que ya tiene en contra a las tribus del Partido de la Revolución Democrática (excepto al chuchismo de Jesús Zambrano y Jesús Ortega), a los panistas de Felipe Calderón, al Frente por la Comunicación Democrática, a los organizadores de la Consulta Popular, al Movimiento Regeneración Nacional con Andrés Manuel López Obrador, a las cuantiosas manifestaciones, que por todo el país andan protestando por la contraexpropiación petrolera. Además están los que critican que Peña insista en seguir favoreciendo a Televisa, aunque su costo sea que Carlos Slim tire la toalla deshaciéndose de Teléfonos de México por la feroz campaña de Azcárraga. No de Gastón, el ratero de Mexicana de Aviación, sino de Emilito y Bernardo Gómez, que tienen como aliada a la esposa de Peña para que, en las leyes secundarias de telecomunicaciones, el poder fáctico de Televisa y sus cableras (donde es preponderante, como dominante es Slim en la telefonía) recobre todo y el monopolio siga creciendo impunemente.

El senador Javier Corral una y otra vez insiste en probar la complicidad del peñismo con Televisa. Una reciente entrevista al legislador (con Juan Manuel Vázquez, La Jornada, 9 de abril de 2014) exhibe los arreglos para que Televisa se mantenga como monopolio; y que la Secretaría de Gobernación tenga facultades arrebatadas al órgano de control de comunicaciones, que se manejará desde Televisa con Azcárraga, Bernardo Gómez, Joaquín López-Dóriga, Carlos Loret de Mola y Adela Micha, utilizando el Canal 2 para intimidar a los que se opongan y cobrar el minuto de propaganda en 1 millón de pesos o no salen “a cuadro”; ni siquiera Peña ocuparía de principio a fin los noticieros.

De las varias traducciones de la novela política El gatopardo destaca la de Ricardo Pochart, editorial Edhasa. Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue su autor, y en ella sintetiza en bellísima y filosa frase literaria lo que hacen los politiquillos de la oligarquía en beneficio de la plutocracia: “Si queremos que nada cambie, entonces hay que cambiarlo todo de tal manera que todo permanezca igual… O peor”. Así, Peña propuso en telecomunicaciones lo que parecían reformas constitucionales de gran calado. Y, al remitir las leyes secundarias o reglamentarias para esas reformas, que permitieran su ejecución administrativa, derogó de facto aquellos fines constitucionales; y los diputados federales aprobaron contrarreformas que favorecen a Televisa. En una autoritaria maniobra quiso engañar a las oposiciones más alertas democráticamente.

Y fue pillado como un delincuente que suponía iba a quedar en la impunidad. En telecomunicaciones quiere defender a Televisa, a sus amigos-cómplices-socios: Emilio Azcárraga y Bernardo Gómez, que con él forman un trío que, por cierto, canta muy mal las rancheras. ¿Se saldrán con la suya? Está por verse. Pues la creciente violencia sangrienta por todo el país, con el factor común de Michoacán –en una guerra de todos contra todos que vislumbra el golpe de Estado neofascista desde el militarismo–, facilita desobedecer la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y desgobernar con leyes de excepción, como las secundarias de telecomunicaciones. Y es posible que Peña-Televisa impongan lo que “peor que un crimen, es una estupidez política” (Stefan Zweig, Fouché).

Cuando Peña se puso radical en el control y límites de las telecomunicaciones mereció aplausos y reconocimiento; pero todo fue la postura del charlatán tramposo, pues en cuanto envió a los legisladores la respectiva ley reglamentaria o secundaria, echó por tierra las reformas constitucionales. Se trata de parecer “modernizador”, pero Peña es un conservador y convenenciero. Quiere seguir pagándole a Televisa lo que hizo (y hace) por él para “ganar” las elecciones presidenciales, y tener un aliado para el proceso electoral de 2015 y la sucesión peñista que se disputan Luis Miranda, Miguel Ángel Osorio Chong, César Camacho, Luis Videgaray, Emilio Lozoya y, por primera vez, el general Salvador Cienfuegos y el almirante Vidal Francisco Soberón.

La crisis económica por el cero crecimiento tiene a la nación en un hervidero de problemas: pobreza, desempleo, la paz pública despedazada por la inseguridad y el levantamiento en armas de sicarios, autodefensas y delincuentes; la crisis política al margen de los partidos, grupos de la sociedad civil que irrumpen por todo el país con protestas indígenas, estudiantiles, campesinas y trabajadoras, en una serie de hechos que pueden conectarse y estallar las revueltas… Pero Peña ignora todo y hace como si nada pasara. Y sus reformas y contrarreformas por montón generaron rechazos y desequilibrios económicos. Ahora sale con una legislación secundaria en materia de telecomunicaciones totalmente contraria a los fines de las modificaciones a la Constitución, que atenta contra las libertades de expresión, de prensa (proponiendo intervenir el internet por “razones de seguridad”) y abiertamente regresiva para salvar a Televisa, haciendo honor a que la revista Time lo declaró “el salvador” en una portada que costó 2 millones de dólares.

Peña aplica el gatopardismo en telecomunicaciones, pero únicamente para favorecer a Televisa. Esto y otras malas decisiones –como la de paralizar la economía– lo han convertido en un presidente más del montón sometido a los “intereses creados”. Es una cruza de Vicente Fox y Calderón. Un imitador de Carlos Salinas.

*Periodista

 

 

Contralínea 384 / 05 de Mayo  al 11 de Mayo

 

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