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Ben Bernanke –presidente del Sistema de la Reserva Federal estadunidense (Fed) entre febrero de 2006 y enero de 2014– al enfrentar la mayor crisis (después de la Gran Depresión de 1929) dejó a un lado la estabilidad financiera y el control de precios e hizo del pleno empleo el principal objetivo de la política monetaria: los programas de estímulo monetario (quantitative easing) por 85 mil millones de dólares al mes, efectuados a partir de septiembre de 2012 no serían retirados hasta que la tasa de desempleo se redujera a 6.5 por ciento. Sin embargo, la cura resultó peor que la enfermedad: Estados Unidos no sólo no asiste a una recuperación sostenida del mercado de trabajo, sino que enfrenta riesgos de deflación y de nuevas burbujas financieras.

La Oficina de Análisis Económico estadunidense, institución muy respetada por su manejo de datos, desde hace como 5 años saca proyecciones de crecimiento trimestrales que luego revisa a la baja. De esta forma, los anuncios del producto interno bruto (PIB) hay que mirarlos con precaución, no en su primer anuncio que siempre está muy sobreestimado, sino en la segunda o tercera revisión. El primer anuncio aparentemente está hecho para manejar expectativas. El problema es que la Fed tomó decisiones sobre esa base y comenzó su proceso de retracción del relajamiento monetario (tapering) en diciembre de 2013, cuando la tasa de desempleo se ubicó oficialmente en 6.7 por ciento. El primer estimado en septiembre fue que la tasa de crecimiento anual cerraría en 2.8 por ciento, muy encima de lo observado de 2009 en adelante. En el tercer trimestre de 2013 anunciaron que habían crecido 4.6 por ciento, luego lo rebajaron a 4.1 por ciento en enero. La explicación fue que el alza en inventarios no fue la esperada. Hacia el cuarto trimestre, revisado en febrero de 2014, los inventarios crecieron 2.4 por ciento, rebajado del estimado inicial de enero de 3.2 por ciento. Al parecer, la baja en el ritmo de crecimiento de 2013 en su conjunto, se debió a una caída en la tasa de formación bruta de capital, del consumo privado y a un menor gasto público.

La recuperación del mercado laboral de igual modo es insuficiente. Mientras que en noviembre de 2013 se generaron 274 mil puestos de trabajo en la nómina no agrícola, el registro de los 75 mil creados en diciembre echó por la borda el optimismo del gobierno de Barack Obama. La aparente reducción de la tasa de desempleo deja de lado que en los últimos 5 años, alrededor de 5 millones 730 mil personas dejaron de buscar trabajo ante la debilidad estructural de la economía estadunidense, según el Instituto de Política Económica de Estados Unidos. De añadirse en la contabilidad, la tasa de desempleo sería de al menos 10 por ciento. Los recortes recientes a los programas de asistencia en efectivo para los desempleados de largo plazo y a los programas de cupones de alimentos agravan la situación, al colocar a 2 millones de personas en el desamparo absoluto. Por otro lado, el rumbo de la macroeconomía a todas luces va por la reducción salarial en un intento por exportar más, lo que no está induciendo ni a una recuperación de la tasa de inversión fija, ni menos aún a la recuperación del ritmo de producción de bienes y servicios a los niveles previos a la crisis de 2008.

Estados Unidos padece “estancamiento secular” (Larry Summers dixit) y sus precios parecen tener, como en Europa, una tendencia deflacionaria. La inflación actual de 1.5 por ciento, debajo del objetivo de la Fed de 2 por ciento, apunta a la baja, tanto por la debilidad del consumo como por la falta general de crecimiento vigoroso en la tasa de formación de capital. Esto bien podría estar detrás de la caída de mercancía (excepto alimentos) y en la venta de las posiciones de los bancos de inversión. Da la impresión de que no saben a dónde ir y que están sentados sobre nuevas burbujas financieras en el mercado bursátil. En comparación con marzo de 2009, los índices de la Bolsa de Nueva York, el índice Standard & Poor’s 500, el Dow Jones y el Nasdaq han aumentado 178, 151 y 242 por ciento, respectivamente. El peligro está en que Wall Street repita la experiencia del oro en 2013, y sin mayores explicaciones algún operador grande decida vender (lo que se conoce como el “momento Minsky”).

Lo importante no es tanto la burbuja, sino el aterrizaje. Compras masivas de bonos del Tesoro y de activos hipotecarios llevaron a que la hoja de balance de la Fed pasara de 1 billón a 4.18 billones de dólares entre septiembre de 2008 y marzo de 2014. El retiro del estímulo programado para este año pretende aliviar esta situación al costo de estrangular al resto del mundo a través de depreciaciones cambiarias y caídas de bolsas de valores.

Como contragolpe y para defender sus divisas, en la semana que terminó el 12 de marzo, los bancos centrales se deshicieron de 106 mil millones de dólares invertidos en bonos del Tesoro, la mayor caída semanal en la historia. Una semana después, Janet Yellen, ahora al frente de la Fed y guardiana de la hegemonía del dólar, anunció la reducción del estímulo monetario a 55 mil millones de dólares, y declaró que el final de la política monetaria basada en bajas tasas de interés ocurrirá “mucho más allá del momento en que el desempleo sea de 6.5 por ciento”. Patadas de ahogado: Estados Unidos cayó en la trampa de la deflación.

*Miembro del Observatorio Económico de América Latina, del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México

 

 

Contralínea 384 / 05 de Mayo  al 11 de Mayo

 

 

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