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El poder del espectáculo, tan esencialmente unitario, centralizador por la fuerza misma de las cosas y perfectamente despótico en su espíritu, se indigna con frecuencia al ver constituirse bajo su reinado una política- espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo o tantos otros sorprendentes excesos mediáticos

Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo

Casi todos los gobernantes han sido empollados por los medios de comunicación, más de la televisión, pero también por la radio, prensa e internet, donde todos los politiquillos tienen su “página”. Esas formas de difusión masiva desinforman en detrimento de la democracia, escribió Guy Debord en su magistral ensayo. Murray Edelman dice por su parte, en La construcción del espectáculo político, que “los grupos de interés, los funcionarios públicos [y el personal editorial que les hace el juego a los anteriores], comparten el interés de dar las noticias con un carácter dramático […] y lo mismo hacen con las preocupaciones económicas como la pobreza y los males de la salud, que no resuelven pero dramatizan ante la opinión pública […] con otros recursos contribuyen a darles, a la construcción de los espectáculos políticos un giro hiperreal, para que los destinatarios de la información les presten atención”.

Esto ha pasado con los golpes mediáticos del peñismo. A raíz de la regañada que le dieron en Davos, Suiza, los empresarios y financieros para que redujera la violencia mexicana, sobre todo en Michoacán y Guerrero, ha pescado a varios capos, hasta lograr la recaptura de Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo; a la que, junto con la secretarías de Marina, de la Defensa Nacional, de Gobernación, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional, la Policía Federal…, y la Agencia Antidrogas, la Agencia Central de Inteligencia y la Oficina Federal de Investigación estadunidenses dieron una amplia cobertura noticiosa que no conmovió a la opinión pública nacional, por esa “sabiduría popular” de que –como con Vicente Fox y Felipe Calderón– se volverá a escapar vestido de policía o escondido en la ropa sucia del penal o incluso por la puerta grande con un amparo y la clásica impunidad de la “justicia como espectáculo”.

La segunda captura del capo enlistado entre los millonarios, al que le facilitaron la huida de la cárcel gracias a la mano visible de los tentáculos foxistas de los Bribiesca y que mucho tuvieron que ver en los negocios-corrupción de Oceanografía en Petróleos Mexicanos (Pemex), ha sido, como dijo el comisionado peñista coludido con algunos narcos de las llamadas “autodefensas”, la otra cereza, cuando se refirió al Mayo (Ismael Zambada). Pero ésa no es la solución a la violencia por el botín de la venta de las drogas. En el negocio participan empresarios y banqueros nativos y extranjeros en complicidad con funcionarios del nuevo Partido Revolucionario Institucional y exfuncionarios del viejo y decadente Partido Acción Nacional, en una cadena que viene desde Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, es decir, desde hace 25 años, cuando el auge del narcotráfico.

No se trata sólo de atrapar o que se entreguen los delincuentes de las drogas. Hay muchos chapos. Se trata de atacar su red financiera que tiene como socios a la jerarquía de la Iglesia Católica, a los empresarios, a los políticos de dentro y fuera de los Poderes de la Unión y sus órganos descentralizados o con autonomía. En suma: de servidores públicos y toda clase de funcionarios que llegan a los cuerpos policiacos, jueces, ministerios públicos, presidentes municipales. El narcotráfico ha penetrado, con sus multimillonarias ganancias, a todo el sistema administrativo, al Poder Legislativo y al Judicial con sus ramales en Pemex, bancos y todo aquello donde se lava el dinero en dólares o pesos mexicanos.

Mientras no se ataque esa estructura financiera por donde circulan las ganancias de los chapos y sus cómplices, de casi nada sirve negociar la entrega de los capos o su captura por medio de los servicios de inteligencia estadunidenses y, sobre todo, de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, cuando son intocables sus bienes muebles e inmuebles en donde invierten, como hoteles, empresas, edificios, aseguradoras, bancos (tanto en Europa como en los paraísos fiscales), en las narices de Washington y en las del Servicio de Administración Tributaria, cuyos colmillos se encajan en los mexicanos cautivos de impuestos y no en esa riqueza mal habida a la luz de la legalidad para violentarla.

Incluso los abogados de los narcos obtienen amparos para sus millonarios clientes, sobornando al aparato judicial. Los mexicanos no le conceden ninguna credibilidad a la captura de los chapos, quienes ya en sus celdas viven a cuerpo de rey y a ellas les llegan sus estados de cuenta bancarios; manejan sus cárteles a control remoto y compran a celadores, a los demás presos y directores de las cárceles de “alta seguridad”, hasta que los sobornos les abren las puertas. Ya puede el peñismo recibir “felicitaciones”, adornarse en su cuenta de Twitter con textos de eficaces, y con la desinformación como espectáculo salir en Televisa y Tv Azteca. Ya que mientras el mismo gobierno permita el lavado de dinero del narcotráfico, los capos, sus sicarios, sus contadores, sus redes, continuarán el relevo de los chapos. Aparecerá otro más “famoso” y se invertirán recursos públicos en su búsqueda donde lo que priva es la más amplia y completa corrupción.

Ya los chapos, dentro o fuera de las cárceles, son parte de la “mafia burocrática y política, de los banqueros y financieros, de los millonarios [de los medios de comunicación al estilo de Televisa], de los monopolios […] en el amplio río de las aguas turbulentas de la criminalidad y las ilegalidades”, como escribe Guy Debord al analizar a los gobernantes como espectáculo.

*Periodista

 

Contralínea 380 / 6 al 12 de abril de 2014

 

 

 

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