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Lo que pareciera una consecuencia más, ineludible, de las tendencias globalizantes –aunque no necesariamente negativas e, incluso, teóricamente positivas– se ha convertido en ominosa sombra sobre la faz de la tierra y los pueblos que sustenta: la integración económica y cultural de países vecinos, primero, y luego de grandes regiones distantes entre sí. Tal es el caso del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y su “actualización” con el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (ATP, por su sigla en inglés). Mas la proyección de tal sombra sobre los territorios del futuro es, si cabe, todavía más opresiva.

Prácticamente ya sólo pregonan las excelsas bondades del TLCAN, como es natural, ese reducidísimo sector de personas que se ven beneficiadas por el mismo. Y es en la complaciente realidad virtual de sus plasmáticas pantallas donde se despliega todo el engañoso poderío de las cifras macroeconómicas, idílico mundo paralelo que por desgracia no trasciende a nuestro plano, más ordinario y cotidiano. Los tres países (Canadá, Estados Unidos y México) generan un producto interno bruto (PIB) que equivale al 28.2 por ciento del PIB mundial; el comercio, tan sólo con Estados Unidos, se “quintuplicó”, dicen, a “1 millón de dólares por minuto”, lo que sería “superavitorio para México en más de 1 billón de dólares”, según fuentes oficiales como el Banco de México y la cancillería.

La vieja retórica de las ganancias mutuas en los acuerdos multilaterales, como es el caso, se nos muestra en los catecismos neoliberales con ejemplos bellamente ilustrados de un mundo feliz que lastimosamente se ven afeados por la apabullante tenacidad con que fluyen los datos realmente duros que rigen en la muy distinta realidad de las mayorías, siendo entonces fácil ser presa del vértigo producido por la danza macabra de esas cifras que documentan el desastre anunciado: sólo 3 de cada 10 personas en edad de trabajar tienen plaza formal con prestaciones y contrato. En los 20 años del Tratado “se registró un crecimiento lento y mediocre de la economía mexicana”, además de “repercusiones graves en el campo, la política industrial y la distribución del ingreso”, afirmaron académicos en la conferencia internacional sobre el TLCAN llevada a cabo en el edificio de Posgrado de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México el 20 de febrero pasado. Y señalaron también que en México “tres bancos concentran más de la mitad de activos y ganancias”.

El Centro de Investigación Económica y Política (CEPR, por su sigla en inglés), con sede en Washington, es rotundo al afirmar –en un estudio al respecto divulgado a mediados de febrero pasado– que el TLCAN “fue un terrible error”, como así lo muestra “cualquier indicador económico y social, e incluso comparado con el pasado mismo de México”. El informe, fundamentado en estadísticas oficiales, plantea por ejemplo que “el PIB per cápita mexicano fue la mitad del promedio de Latinoamérica”, al mantenerse la pobreza inalterable, y subir los salarios apenas un 2.3 por ciento, mientras que el desempleo es de 5 por ciento (cuando en los años previos al Tratado era de 3.1 por ciento). Por añadidura, 5 millones de agricultores fueron desplazados, lo que provocó que unos 2 millones de campesinos perdieran el empleo (recientemente Carla Hills, principal negociadora de George W Bush para el TLCAN, admitió “la pérdida de 850 mil empleos en Estados Unidos, según información estadística del propio gobierno”). El análisis del CEPR puntualiza que si en vez del TLCAN se hubiera continuado con la política de desarrollo dada entre la década de 1970 y 1980, muy probablemente los mexicanos tendrían un ingreso personal mucho más alto y se hubiera evitado que millones emigraran a Estados Unidos; y concluye que, con el TLCAN, “la mayoría de los mexicanos han perdido al margen de que unos cuantos se han convertido en millonarios”.

Tomemos un respiro para volver a la vorágine, así sea para ver multiplicarse los dígitos del agobio, sobre todo en lo que respecta a la agricultura: en México se importa el 45 por ciento de los alimentos; en Canadá desaparecen 30 pequeñas granjas anualmente; a los granjeros estadunidenses les quitaron varios soportes para la pequeña agricultura, lo que conlleva a la “desaparición de los productores de pequeña y mediana escala”. Lo anterior significa que han desaparecido desde la entrada en vigor del Tratado “cerca de 2 millones de pequeños granjeros”, aseguró Karen Hansen, del Instituto de Investigación de la Política Agrícola y de Alimentación de Estados Unidos durante el Foro Trinacional Campesino de este año.

En una carta enviada a los tres presidentes durante el encuentro de Toluca, así como en el documento Mitos del TLC [TLCAN] después de 20 años, 15 agrupaciones nacionales, así como de Estados Unidos y Canadá, aseguran en sus evaluaciones que se perdieron 4.9 millones de empleos en la agricultura familiar; 6 millones del sector rural habrían emigrado; mientras que el PIB agropecuario bajó del 5 al 1.5 por ciento, y México se convirtió en el tercer importador mundial de alimentos. Además, subieron los precios de los mismos y creció el consumo de comida chatarra. El mercado agroalimentario mexicano es dominado por 30 trasnacionales, se importan plaguicidas por montos de 206 millones de dólares (cuando antes del TLCAN era de 57 millones) y hasta el 42 por ciento de los alimentos. Lo anterior subraya los resultados negativos para la mayoría en los tres países, al soslayarse los derechos humanos y los análisis de los impactos sociales, culturales y ambientales, pues han predominado los intereses de un puñado de corporaciones. El TLCAN “ha implicado la desaparición del empleo de calidad, la precarización del trabajo, la degradación ambiental, el deterioro de la cohesión social y el aumento de la violencia”.

Y es justamente con el despojo de los recursos naturales, tema que también enfatizaron, así como el de la apropiación de grandes y numerosas fincas por parte de multinacionales donde se usan semillas transgénicas, según advierte en Canadá un vocero de Amigos de la Tierra, que en el horizonte ya se cierne la amenazadora imposición de otro tratado similar: el ATP mencionado, que nos tememos acentuaría los tintes sombríos de nuestro mundo, al profundizar y ensanchar sus abismos. Al mismo tiempo, se agudizaría esa regresiva tendencia en la que el corrosivo efecto de la depredación trasnacional diluye los contornos de los Estados nacionales, al transformarlos en meros “administradores de las riquezas del territorio en beneficio de unas cuantas empresas trasnacionales”, y en perjuicio “del equilibrio ecológico del planeta”, agravándose, con el ATP, “los efectos negativos que ya ha provocado el TLCAN”, advirtió en una conferencia de prensa el colectivo ¡Salir del Petróleo! La organización lamenta que “las elites fallidas” no generen un modelo propio de desarrollo, poniendo al Tratado por encima de las propias constituciones políticas y del pacto social, pues hay vinculación entre “este modelo económico y los fenómenos de violencia y pobreza”, así como entre “la quiebra de más del 80 por ciento de los pequeños agricultores y “la masiva migración forzada y el surgimiento del narcotráfico como poder trasnacional”.

Y es tal el férreo dominio que ejercen las megacorporaciones privadas que ya, actualmente, junto con poderosos gobiernos y algunos fondos de inversión, efectúan sigilosamente innumerables transacciones comerciales, en pequeña escala, a fin de pasar inadvertidas, para apropiarse de millones de hectáreas en el llamado Tercer Mundo, sobre todo en el África Subsahariana y Suramérica, siendo 221 millones de hectáreas desde 2001 las así conseguidas, tanto con fines de lucro como para garantizar el suministro en las crisis futuras, lo mismo que para producir biocombustibles, en un neocolonialismo silencioso que incluye el agua de algunos ríos y lagos (es el caso de los ríos Nilo, Níger, Omo, Senegal, Tana y el Lago Chad).

Bien sabido es que la compulsión propia del capital es la acumulación per se, incluso recurriendo a procedimientos extremos, como sucede con los prepotentes lobbies de la industria minera y extractiva, no desdeñando las amenazas de retirar inversiones y apoyos financieros a gobiernos no complacientes, ni tampoco los sobornos y extorsiones a líderes y funcionarios, hasta ejecutando campañas de difamación y de acoso directo por parte de grupos paramilitares a comunidades autóctonas que defienden sus recursos naturales y enclaves sagrados, según han denunciado Amnistía Internacional y Survival International, prestigiosa organización no gubernamental fundada en 1969.

Se presenta así un escenario de sociedades desarticuladas, violentadas por la falta de recursos destinados al desarrollo social, que es otra forma de nombrar el viejo problema de la justa distribución de la riqueza, más desigual que nunca. ¿Cómo no pensar en el capitalismo salvaje como una ruta ciega, un camino más sin salida en la evolución sociobiológica? Porque lleva a límites demencialmente perniciosos el individualismo exacerbado, el egoísmo canallesco que concentra cada vez más dinero en cada vez menos manos, siendo un intrigante fenómeno de sicopatología social, tanatológico, esa manifestación virulenta de un parasitismo al que le es propio la desmesura; o mejor, de una neoplasia a escala planetaria en el que pocas células se hinchan o hipertrofian a costa de las demás, cáncer de la especie y tumor maligno del planeta, al que depreda con una miopía escalofriante que alcanzará en sus consecuencias al propio linaje de los responsables cuando el futuro los alcance (y ampliando el símil cinematográfico, constatamos que si ya vivimos en las condiciones de expoliación de Avatar, estamos a punto de inaugurar los fatídicos Juegos del Hambre a escala global), pues vamos por una vía infalible al suicidio colectivo.

Por lo pronto, y volviendo a nuestro ámbito en América del Norte, observamos que el TLCAN ha resultado tan poco propicio a la vida que incluso está por acabar con su mismísimo símbolo viviente: la mariposa monarca, que ha reducido su migración multigeneracional –única entre los seres vivos– hasta en un 90 por ciento, en buena medida a causa de los impactos negativos de la política agrícola en los tres países, así como a la tala ilegal de árboles en México y al uso intensivo de herbicidas en Estados Unidos que matan el algodoncillo, nutrimento crucial para las mariposa en su fase de oruga.

Casi desde el inicio del TLCAN ya advertía un tanto quijotescamente en mis conferencias de sicología política durante congresos, que impartía como presidente del Colegio Mexicano de Sicólogos, AC, sobre el ensanchamiento progresivo entre los que más tienen y los que menos, como una de sus consecuencias; al menos tal y como se pretendía implantarlo en las condiciones de marcada inequidad con que nuestro país lo iba a afrontar. Como uno de los siete miembros iniciales del Comité Mexicano para la Práctica Internacional de la Sicología (Compip, convocado de cara al TLCAN por Ernesto Zedillo, entonces titular de la Secretaría de Educación Pública) manifesté en acciones mi rechazo a su ejecución.

Ahora, después de haber estado en prisión 18 de los 20 años en que ha permanecido vigente el Tratado de marras, temo que mis predicciones se hayan quedado cortas y que la devastación económica y social sea atroz. Temo me suceda lo que a Ulises (pero sin ser ni siquiera uno criollo) después de casi 2 décadas de ausencia de Ítaca, no pudiendo reconocer en un principio el propio lugar de origen al regresar, pese a que, como dice el tango, “20 años no es nada”.

*Escritor y poeta; maestro en literatura mexicana y en sicología clínica; considerado preso político por el Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria, OP, AC, y Amnistía Internacional, entre otros organismos defensores de derechos humanos nacionales e internacionales; actualmente encarcelado en el Reclusorio Sur

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Contralínea 379 / 30 de marzo al 5 de abri

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