Autor:

La propaganda a favor del Tratado de Libre Comercio no sólo es cínica sino ridícula. Los beneficios que se prometieron nunca llegaron. Aquello de más y mejores empleos, de que las pequeñas, medianas y grandes empresas mexicanas podrían acceder a los mercados de Estados Unidos y Canadá, y de que se incrementarían los niveles de vida de toda la población resultaron todo lo contrario. Pero ya se habla de “profundizar” o “actualizar” el Tratado, como si México fuera el principal interesado en una “asociación” que sólo ha servido para saquearlo. El acuerdo únicamente sirvió para hacer irreversible la implantación del neoliberalismo y poner a disposición de los capitales estadunidenses los recursos del país. Lo que sigue será la completa puertorriquización de México

Primera parte

¿Se asociaría usted con alguien 250 veces más rico? De hacerlo, ¿sería usted realmente su socio o su empleado?

John Saxe-Fernández, México-Estados Unidos. La sardina protege al tiburón, La Jornada

Para que nada nos separe, que no nos una nada

Pablo Neruda

La historia, decía Carlos Marx, se repite primero como tragedia y después como comedia. Pero a fuerza de repetirse insistentemente, podría agregarse, ésta se vuelve procaz, monótona, chocante. Vulgar hasta la náusea como ocurre en el caso de la historia de los gobiernos mexicanos, que para justificar sus decisiones remedan hasta la zafiedad los mismos desgastados argumentos insostenibles de sus predecesores, los mismos gestos histriónicos, las mismas campañas mediáticas, las mismas mentiras.

La falta de creatividad es palmaria en las razones esgrimidas para justificar un segundo ciclo del mito del Tratado de Libre Comercio (TLC), el cual preparan Enrique Peña Nieto, Barack Obama y el primer ministro de Canadá, Stephen Harper. Según Ildefonso Guajardo, titular de la Secretaría de Economía, “el TLC ha tenido un gran éxito”. Pero, agregó Guajardo, “20 años después de que entró en vigor, necesita ser actualizado. Hablamos de una profundización del TLC”.

¿Cuál ha sido la “historia de éxito” de la que hablan Guajardo y los publicistas del acuerdo?

El secretario recurrió a uno de los más sobados lugares comunes: “el TLC ha tenido un gran éxito en materia exportadora, pues las exportaciones mexicanas septuplicaron durante los últimos 20 años y México se convirtió en una plataforma manufacturera”. Pero inmediatamente se lamentó: por desgracia “las grandes empresas fueron las que se beneficiaron más del acuerdo comercial norteamericano. De las exportaciones mexicanas, 33 a 35 por ciento son de valor nacional, y eso ya da pauta a una integración de valor. Otro “problema [es que] las pequeñas y medianas enfrentaban condiciones desiguales a sus empresas comparables en otros países o en Estados Unidos o Canadá”.

Luego Guajardo hizo cuentas alegres con simples especulaciones de dudoso fundamento como en su momento hicieron los salinistas. Aventuró que “las reformas estructurales recientemente aprobadas, entre ellas, la financiera, la energética y la de telecomunicaciones, permitirán una mayor participación de las pequeñas y medianas empresas a nivel internacional y a mejorar su competitividad”, pues actualmente “pagan energía muy cara y tienen un muy mal acceso al financiamiento”. Como lo anterior no será suficiente, Guajardo añadió la necesidad de reciclar el TLC. ¿Con qué objeto? Para ser más competitivos, “necesitamos homologar normas y estándares para los sectores productivos, facilitar el tránsito entre las fronteras, eficientar [sic] la administración de las aduanas e impulsar la integración de las cadenas productivas”.

Guajardo reconoció al sesgo algunos efectos indeseables, los cuales, empero, a su juicio, no empañan el lustroso “éxito” del TLC ni, por añadidura, los ajustes estructurales del pasado ni, por tanto, el modelo económico. Está convencido, junto con Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray y demás peñistas, que con una nueva terapia de reformas en la misma perspectiva de las precedentes, o con una simple corrección de éstas, se alcanzarán las metas que nunca se cumplieron en 30 años. Es la misma historia escuchada hasta el cansancio por las mayorías desde 1983.

Al cabo, “todo tratado comercial es perfectible”, dijo el expresidente Carlos Salinas de Gortari, 20 años después.

Si no se condensan las promesas, siempre queda el infalible recurso mandarlas hacia la inalcanzable posteridad, más allá de la frontera de la responsabilidad sexenal; hacia el protector terreno neutral, en donde los artífices no pueden ser tocados jurídica y políticamente por el incumplimiento de los compromisos, pues no existen los mecanismos legales ni instituciones que les obliguen a rendir cuentas. Sólo queda la terapéutica sanción moral de la población, cosa intrascendente para los apestados sociales como Salinas y su familia.

Al defender el TLC, Carlos Salinas se cura en salud. El 17 de noviembre de 1993, cuando la Cámara de Representantes estadunidense aprobó el TLC, dijo: “los principales efectos del Tratado irán reflejándose en el mediano plazo”. El 23 de ese mes, una vez que los priístas y los panistas del Senado hicieron lo mismo con el acuerdo negociado al margen de la población –los foros de discusión donde participó la oposición fueron un montaje escenográfico para barnizarlo de legitimidad–, Salinas reiteró: “para que haya libre comercio pleno, el Tratado contempla un periodo [de transición] de 15 años. El Tratado no debe dar lugar para expectativas excesivas”.

Transcurrieron los 15 años de gracia concedidos al TLC y al “comercio pleno”, y otros 5 adicionales, y las promesas y las expectativas continúan agazapadas en algún lugar del firmamento.

Alguna vez el eufórico José Ángel Gurría señaló que la maduración del modelo neoliberal salinista, que incluye al TLC, requeriría de al menos 18 años para ofrecer el maná comprometido. Pasaron 30 años, entre catástrofes socioeconómicas y políticas, y lo que parecía sólido para los forjadores del nuevo proyecto de nación se desvaneció.

Guajardo también se adelantó a curar en salud al peñismo. Afirmó que “los beneficios del TLC, firmado hace 2 décadas, se verán reflejados a todo el país y a todas las empresas en los próximos 20 años”. En ese nuevo lapso de gracia “la historia de éxito tiene que bajar a todas las regiones de México y a todos los tamaños de empresa. Ésa es una tarea fundamental que a partir de las reformas se tiene que transformar”.

Al respecto, el diputado Manlio Fabio Beltrones acotó: “las reformas traerán más inversiones que generarán crecimiento, y el crecimiento deberá traer empleo. Pero no traen automáticamente todo ello”. José Ángel Gurría, ahora secretario de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con aguda elocuencia consultó las calendas y dijo que la expansión vendrá cuando tenga que llegar: “el crecimiento nos llegará en 24, en 36, en 48 o en 60 meses. Las inversiones irán llegando poco a poco”.

¿Qué pasará si la “historia de éxito” no baja a donde se presume tiene que descender?

Eso ya no fue asunto de los salinistas ni lo será de los peñistas.

Después de ellos, el diluvio.

En todo caso, la población se quedará como Vladimir y Estragon: esperando a Godot, con quien quizá tienen alguna cita, algún asunto a tratar, mientras alguien le dice: “aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde”. “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va!”.

TLC: mitos y hechos

¿Qué esperaba Carlos Salinas cuando firmó el TLC con George W Bush y el primer ministro canadiense Brian Mulroney? Los mismos objetivos que espera alcanzar Peña Nieto con la reapertura de las negociaciones, pese a que Carlos Salinas ya advirtió: “no se reabre el TLC, se abre una Caja de Pandora” (Rogelio Cárdenas, El Universal, 11 de febrero de 2014).

En su alocución citada, y en las del 12 y 13 de agosto de 1993 –relativas a la culminación de las negociaciones y la firma de los acuerdos paralelos, el ambiental y el laboral– Carlos Salinas enumeró las “ventajas [que] nos traerá el Tratado”: 1) más inversión extranjera y exportaciones que contribuirán al crecimiento económico y la “modernización económica”; 2) mejores salarios, más empleos y más bienestar de la población; 3) el respeto la soberanía nacional.

¿Cuál es balance del TLC que Peña Nieto pretende revitalizar, esa pieza clave de la “modernización con justicia social”, como calificara el rumboso Jaime Serra al proyecto neoliberal de nación del salinismo; del “liberalismo social” como líricamente denominara el zalamero Jorge Carpizo –convertido en Apóstol de la democracia– al populismo asistencialista de la derecha, fingido heredero de los liberales decimonónicos que política e ideológicamente combaten los neoporfiristas, y que delirantemente supone que se fundamenta en la libertad, la democracia y la justicia social?

Más allá de los dos efectos escenográficos engañabobos, de la nación exportadora y privilegiada por la inversión extranjera, queda la cruel estela del estancamiento económico de larga duración; las crisis recurrentes; la ausencia del empleo formal, el deterioro de los salarios reales, la pobreza y la miseria rampantes; la pérdida de la soberanía nacional y el ominoso sometimiento a los intereses geopolíticos y de seguridad nacional estadunidense.

El objetivo central del TLC, sin embargo, se ha cumplido honorablemente: el asegurar la casi irreversibilidad política del Tratado y el neoliberalismo mexicano –ello dependerá de la sociedad– al integrarlo a las esferas de la seguridad nacional y geopolítica estadunidenses; el apoyo de la Casa Blanca a los gobiernos de ese pelaje, sea priísta o panista, al cabo profesan los mismos intereses; la creación de un espacio económico para las necesidades de la acumulación de los grupos oligárquicos trinacionales y las empresas trasnacionales; la existencia de un peón fiel, los gobiernos mexicanos, que respaldará la política regional o global estadunidense en contra de quienes aspiren a cuestionar y fracturar su hegemonía.

Sobre el tema, el especialista John Saxe-Fernández anotó: “alejándose del ‘globalismo pop”, varios estudiosos se preguntaban: ¿después de todo, qué es lo que distingue a un imperio de una alianza o un tratado de libre comercio? Un imperio es el principal actor en el sistema internacional y su poder está basado en la subordinación de diversas elites nacionales que, ya sea bajo compulsión o por convicciones compartidas, aceptan los valores de aquellos que gobiernan al centro dominante o metrópolis. La inequidad de poder, recursos e influencia es lo que distingue a un imperio de una alianza (aunque los tratados de alianza a menudo formalizan o sirven de disfraz para una estructura imperial)” (“México-Estados Unidos: la sardina protege al tiburón”, La Jornada, 18 de marzo de 2008).

TLC, salvavidas del neoliberalismo mexicano

Ahora Salinas pretende dar una lección de mesura y raciocinio a los peñistas cuando él fue quien abrió la Caja de Pandora, liberó los males que aquejan actualmente al país y –a diferencia de la mitología griega– hasta dejó escapar a Elpis, el espíritu de la esperanza.

En los discursos citados, se jactó del supuesto cuidado que tuvo su gobierno para negociar el TLC. Sin embargo, en enero pasado, Jaime Serra declaró que el acuerdo tomó cuerpo entre los salinistas después del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza (febrero de 1992), cuando tuvieron que aceptar que México –es decir sus gobernantes, agrego por mi parte– estaba en calidad de apestado internacional. Hasta ese momento sólo se discutía un convenio limitado en comercio e inversión, iniciado en octubre de 1989. Después de Davos empezaron las negociaciones del TLC y en diciembre se firmó. La aprobación en el Senado, 11 meses después, sólo fue una simulación (Concepción Peralta, “Jaime Serra Puche presume logros del TLC”, http://noticieros.televisa.com/mexico/1401/jaime-serra-puche-presume-logros-tlc/).

¿Qué seriedad puede existir en una “negociación” de esa trascendencia que se llevó a cabo en un lapso tan breve?

El economista Alejandro Nadal señaló que “el TLC fue concebido con el propósito de hacer irreversible la imposición del neoliberalismo en México. Las relaciones económicas con Estados Unidos crearon un marco jurídico de subordinación que efectivamente parece hacer inalterable las instituciones del neoliberalismo” (La Jornada, 8 de enero de 2014).

La cuestión, sin embargo, es más grave. Los “prudentes” salinistas aceptan un acuerdo que involucra aspectos que trascienden del ámbito económico (productivo, comercial, de inversión, financiero) y de las políticas públicas y alcanzan al jurídico, constitucional, político, geopolítico, militar y la seguridad nacional, cambios que definen el destino de México y la renovación de su condición neocolonial ante Estados Unidos. Lo convierten en el nuevo Puerto Rico, de “socio asociado en sociedad”, como diría el poeta cubano Nicolás Guillén.

El TLC es la salida de Carlos Salinas y la oligarquía económica emergente que busca asegurar la legitimidad de su gobierno y la consolidación de su modelo económico –políticas de estabilización y reformas estructurales– y su proyecto neoliberal de nación, el cual no es más que la originalidad de la copia del modelo pinochetista y de las directrices del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Consenso de Washington, arrojándose de esa manera a los brazos de los estadunidenses, de George Bush padre, de Bush hijo y de las empresas trasnacionales.

La sardina mexicana se arrojó voluntariamente a las fauces del tiburón que se la tragó con su proyecto de redespliegue hegemónico regional y global.

Carlos Salinas presenta al TLC como un nuevo ejemplo de las relaciones económicas internacionales. Pero no dice que:

1) Corresponde a las nuevas formas mundiales de acumulación de capital promovidas por los organismos internacionales citados, además de la Organización Mundial de Comercio –OMC, Ronda Uruguay (1986), Marrakech (1993) y Doha (2001)–, con el objeto de eliminar las barreras nacionales a los flujos de mercancías, servicios y capitales y acelerar la integración capitalista mundial, bajo la hegemonía de las potencias industriales y, en especial, de Estados Unidos. Asimismo, atañe al nuevo orden mundial unipolar, liderado por el imperialismo capitalista de este último país, luego de la desaparición del bloque del Este y el reparto de sus pedazos.

2) El ejemplo sólo fue visto con interés y seguido por gobiernos que profesan el mismo credo neoliberal y que en la década de 1990 coparon a América Latina (Carlos Menem y Alberto Fujimori, por ejemplo), salvo Cuba, y la mayor parte del mundo, con resultados mediocremente similares. Alguna vez Guido Di Tella, ministro de Relaciones Exteriores del entonces gobierno argentino de Menem, definió el entendimiento Argentina-Estados Unidos como “relaciones carnales”. También dijo que “Argentina se ha vuelto hoy un país claramente confiable en el mundo, bajo estándares de confiabilidad que existen en el mundo, es decir, no inventamos un estándar de confiabilidad especial para nosotros”. Ésa fue la relación y la confiabilidad lograda de Salinas a Enrique Peña con la nación imperialista.

Países como China o India, que se apartaron de la internacional neoliberal, han mostrado balances cualitativamente superiores en su mezcla de estatismo-proteccionismo-neoliberalismo. En el mundo no existe un caso de éxito de una experiencia neoliberal nacional. No lo habrá porque su funcionamiento lo aborta. El objeto no es que países atrasados como México superen su condición subdesarrollada, periférica del sistema-mundo capitalista, sino que lo perpetúen y lo profundicen, en beneficio de las potencias llamadas a sí mismas como desarrolladas, “civilizadas”.

3) El TLC sólo es una pieza de un proyecto más ambicioso: el redespliegue hegemónico estadunidense en el Continente Americano. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) lo ubica como parte de la “Iniciativa para las Américas” (Enterprise for the America’s initiative), anunciada por George Bush el 27 de junio de 1990 y considerada como el primer planteamiento integral sobre las relaciones hemisféricas que Estados Unidos realiza desde la Alianza para el Progreso (Alpro, 1961), de John F Kennedy, en el contexto de la Guerra Fría, para contener la influencia de la revolución cubana y el virus comunista (Cepal, La iniciativa para las Américas: un examen inicial, 1991).

Originalmente, añade la Cepal, el propósito de largo plazo de Bush era crear una zona de libre comercio “desde el Puerto de Anchorage hasta la Tierra de Fuego”. La propuesta de mayor alcance se refiere a la eliminación de los aranceles al comercio de mercancías y servicios, de los obstáculos a la inversión extranjera y la protección jurídica a la propiedad intelectual. Esas medidas la diferencian de la Alpro, que privilegiaba el apoyo financiero estadunidense, público y privado, las medidas reformistas (reforma agraria, modernización de la infraestructura de comunicaciones, reforma de los sistemas de impuestos, acceso a la vivienda, entre otras), junto a la asistencia e intervención político-militar, pactada o soterrada. El último punto siempre se ha mantenido, sólo cambia de forma.

Los países candidatos a las nuevas “relaciones carnales” serían los que hicieran actos de fe, con sus respectivas pruebas empíricas en ristre, en las “señales del mercado libre” y la apertura económica. “Con el fin de avanzar hacia esta meta, se anunció que Estados Unidos está dispuesto a establecer acuerdos de libre comercio con América Latina y el Caribe, particularmente con grupos de países que se han asociado para lograr la liberación comercial. El primer paso en este proceso fue la negociación de un acuerdo con México. Con los países que aún no estén listos para acuerdos integrales de libre comercio, Estados Unidos estaría dispuesto a negociar acuerdos ‘marco’ bilaterales para reducir en forma paulatina barreras específicas al comercio o resolver problemas surgidos en el intercambio bilateral. Ya se negociaron acuerdos semejantes con México en 1987 y con Bolivia, Colombia y Ecuador en 1990” (Cepal).

La Cepal advertía que la Iniciativa incluía “el movimiento del factor capital” pero no al “factor trabajo”, eufemismo que degrada y cosifica a los trabajadores migratorios, lo que “implica un sesgo importante en contra de los intereses de los países latinoamericanos”. Para cubrir las formas, Carlos Salinas aceptó que se agregara un injerto, un “acuerdo paralelo” que vale tanto como el papel donde está impreso el texto.

Con el tiempo se afina y se desdobla el proyecto hegemónico estadunidense. La estrategia para subordinar a América Latina, excepto a Cuba, se desplegó con la Cumbre de las Américas (Miami, Estados Unidos, diciembre de 1994), la cual involucró la eliminación de las restricciones al comercio de mercancías y servicios y a la inversión, las compras gubernamentales, la protección a la propiedad intelectual, el sector agrícola, los subsidios y el dumping (precios predatorios), entre otros temas.

Las discusiones debieron concluir en 2005, en la reunión de Mar del Plata, Argentina. Pero allí sucedió algo “histórico”, dijo Néstor Kirchner, que obligó a Bush hijo a agregar: “Estoy un poco sorprendido. Acá pasó algo que no tenía previsto” (Fernando Cibeira, Página12, Buenos Aires, 6 de noviembre de 2005).

4) Un final con el corazón partido (Cibeira dixit). En 2005 algo había cambiado. Los TLC y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) dejaron de ser el ejemplo de referencia como había dicho Carlos Salinas. El Continente y la internacional neoliberal se partió en dos y dobló a duelo las campanas por el ALCA. De un lado el emperador y sus cipayos de Panamá, México y Colombia, entre otros, que aceptaron el neocoloniaje irrestricto. Del otro lado, Hugo Chávez, promotor de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), y los miembros del Mercado Común del Sur (Mercosur), encabezados por Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, que exigían un nuevo trato, alejado del estigma del “patio trasero, mientras exploran nuevos senderos regionales de desarrollo más autónomos”.

El TLC y el ALCA respondieron a los obstáculos que enfrentó Estados Unidos en la Organización Mundial de Comercio y que frustraron los intentos por imponer sus intereses. En una perspectiva histórica, constituyeron la fase avanzada de la Doctrina Monroe (1823) y su Corolario Roosevelt (1904), que fundamentan el imperialismo y el colonialismo de ese país, y el retoño temprano de su panamericanismo (que pretende erigirse como heredero de la unión hispanoamericana promovida por Simón Bolívar en 1826), la fallida Primera Conferencia Panamericana (1889-1890), que quiso liberalizar el comercio americano para ampliar sus exportaciones. En la conferencia el representante argentino Roque Sáenz, dijo: “tratar de asegurar el comercio libre entre mercados carentes de intercambio sería un lujo utópico y un ejemplo de esterilidad”.

A raíz de dicha conferencia, José Martí escribió “que tendría que declararse por segunda vez la independencia de la América Latina, esta vez para salvarla de Estados Unidos” (http://tiempo.infonews.com/2012/ 04/14/editorial-73098-eterno-problema-para-ee-uu-en-las-cumbres-americanas.php). Eso es lo que aspiran los miembros de la Alba, inspirado en legítimo panamericanismo del sueño bolivariano.

Es obvio que ese sueño no es compartido por las elites mexicanas.

5) El síndrome del cipayo. Por el contrario, el TLC ha implicado el vergonzoso sometimiento a los intereses estadunidenses, desde el salinismo, que trasciende al terreno económico. En este ámbito ceden rápidamente los espacios ganados para la fase transitiva del TLC, así como los reservados: adelantan la apertura agropecuaria (en granos básicos como el maíz); entregan las plazas financiera, energética y de las telecomunicaciones.

Vicente Fox y Felipe Calderón se suman a la tropa que defiende los intereses de Estados Unidos en su agresión militar en Afganistán, Irak, Oriente Medio, Asia Central o el Norte de África. Como viejos anticomunistas convierten en enemigos a los enemigos de su protector del Norte: Cuba, Venezuela, Bolivia. Sabotean los esfuerzos de integración suramericana. Propician y cierran los ojos ante la intervención política, militar, de los organismos de seguridad y la embajada estadunidenses en México, bajo la coartada de la “guerra contra el narcotráfico”.

Enrique Peña y sus colaboradores balbucean y dan saltos de carnero ante los documentos secretos filtrados por Edward Snowden, y publicados por el semanario alemán Der Spiegel, donde se denuncia el espionaje realizado por Agencia de Seguridad Nacional estadunidense en contra del gobierno de Calderón (a los correos electrónicos) y del propio Peña, cuando era candidato.

No se sienten incómodos de formar parte de la seguridad nacional y los intereses geopolíticos estadunidenses.

En su testimonio ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, en 1995, Alan Greenspan calificó a la crisis mexicana como “el primer caso relevante, que las equivocaciones significativas en la política macroeconómica también repercuten en el mundo, a una velocidad prodigiosa”. No obstante, su país se vio obligado a rescatarlo porque “México era percibido como el modelo de transición económica y política de un sistema rígido dirigido por el Estado hacia una estructura de libre mercado”. Si no hubiera funcionado el rescate, [las] reformas económicas [hubieran sido] amenazadas por presiones para reimponer controles en muchas áreas de su economía y para restablecer la interferencia gubernamental en el cada vez más vibrante sector privado en México. Una reversión de las reformas y una difusión de las dificultades financieras a otros mercados emergentes podrían detener o revertir la tendencia global hacia las reformas orientadas al mercado y la democratización. Esto sería un retroceso trágico no sólo para estos países sino para Estados Unidos, y también para el resto del mundo”.

Ésa es la lógica que priva en la relación de patio trasero de México con Estados Unidos.

6) El síndrome de cipayo reciclado. La renegociación del TLC que busca Peña Nieto no es más que la reedición de esa relación bastarda inaugurada por Carlos Salinas de Gortari. Éste dio los pasos unilaterales –desgravación arancelaria, apertura financiera, etcétera– para ganarse el amor de Bush y los dueños del capital global, aunque quedó desarmado para negociar, si es que era posible hacerlo con un príncipe planetario que impone las reglas a su modo.

Peña Nieto emula a su maestro: entrega al sector energético a los estadunidenses a cambio de nada, antes de iniciar las “negociaciones”. Un regalo adelantado. Un gesto de buena vecindad, desde luego, no solicitado. También se suma al acuerdo de la Alianza del Pacífico, junto a los otros peones del imperio (Chile, Colombia y Perú), que aspira a sabotear los vientos frescos del Sur de América. Otro guiño. Pero pretende mostrarse maquiavélico con la aparente renovación de las relaciones con Cuba. Cosa de risa.

Los resultados ya pueden saberse. En la siguiente entrega se verán los mitos comerciales y financieros del Tratado de Libre Comercio con América del Norte.

*Economista

 

 

 Fuente: Contralínea 374 / 24 febrero al 1 de marzo de 2014

 

Comments

comments