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Es evidente que los gobernantes actuales, no sólo los azules reaccionarios, los verdes chamaqueados, los descoloridos Chuchos, sino lo que queda del Partido Revolucionario Institucional, que honestamente debiera cambiar lo de “Revolucionario” por “Reaccionario”, son responsables de que prevalezcan las actuales condiciones sociales, semejantes a las de la época en que ocurrieron las que se insertan en párrafos siguientes. Actualmente gobernantes, legisladores, empresarios y demás políticos del sistema evitan mencionar la palabra revolución, en el embate prianista contra la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos promulgada en 1917 que es ostensiblemente el amasiato de la derecha.

Ciertamente la Revolución Mexicana ha sido hollada, violada por una caterva de políticos traidores a la patria, pero late en el corazón del pueblo mexicano la conciencia que se trata de una fase más en la permanente lucha por la libertad, la democracia, los derechos de los trabajadores y de todas las clases expoliadas contra los intereses extranjeros, la clase gobernante y demás delincuentes de cuello blanco. En su etapa de 1910 a 1917 costó 1 millón de vidas, cuyo sacrificio no será inútil. Depende de cuántas más serán necesarias para acabar definitivamente con los explotadores.

En los documentos transcritos a continuación se constata que esa fauna política se mantiene a la expectativa de oportunidades para colarse en los puestos públicos, no para servir a la patria, sino para provecho personal. Sin embargo, curiosamente cuando la situación se pone difícil, salen corriendo para Estados Unidos rindiendo pleitesía al mentor, ávidos de reconocimiento a su fidelidad. Los veremos otra vez como a Ernesto Zedillo y tantos más, aunque tengamos que esperar al rescate de la nación sometida hoy a la represión, la ilegalidad, la corrupción, el nepotismo, la oligarquía y la impunidad.

La rebelión armada había derrotado al Ejército Federal y en las elecciones que siguieron el Apóstol Francisco I Madero ganó la Presidencia de la República, pero cometió el grave error de confiar en el Ejército Federal que pronto lo traicionó. El general Victoriano Huerta lo mandó asesinar junto con el entonces vicepresidente José María Pino Suárez en el golpe de Estado de la Decena Trágica, el 18 de febrero de 1913. Los soldados de la Revolución se levantaron nuevamente en armas con el Plan de Guadalupe, con lo que además se creó el Ejército Constitucionalista, pie veterano del actual Ejército Mexicano, que volvió a vencer a los federales derrocando al usurpador general Victoriano Huerta.

Entre los huertistas que huyeron al extranjero formando una “Junta” en San Antonio, Texas, destacaban los generales Juvencio Robles, Luis Medina Barrón, Ignacio Bravo, N Rasgado, todos del Ejército Federal de Porfirio Díaz. Desde su refugio en el extranjero clamaban por el “perdón definitivo y mutuo” pidiendo la reconciliación. Pancho Villa contestó: “Me refiero a su extenso telegrama de ayer. Excelente sería el intento de ustedes si en el fondo no encerrara una ambición insana y un inmoderado deseo de ensangrentar y empobrecer más a la República. No creo que tengan derecho a asustarse de la situación de la angustiada patria mexicana aquellos mismos que por sus execraciones, por su falta de patriotismo, por su ambición y por la explotación inmoderada e inicua que hicieron de los necesitados, provocaron el estado de cosas que solamente deberá concluir con el castigo de los perversos y la exaltación de los humildes, hambrientos de libertad, de justicia y de saber […]. Apelo al fallo de la historia, ella determinará cuál es la labor de todos los ambiciosos y cuál es la obra de los que trabajamos por el bienestar, por la salud y la prosperidad del pueblo […]”.

El general Obregón contestó a los militares federales: “Enterado, su mensaje en que viene invitándonos en nombre del grupo de mexicanos expatriados en ésa, a deponer las armas. Los que hemos tenido el valor suficiente de ofrecer nuestra sangre a la República no depondremos las armas mientras no hagamos desaparecer de nuestro sagrado suelo los execrables traidores que pretenden hundir nuestros principios revolucionarios. Si ustedes, en lugar de buscar refugio bajo una bandera extranjera, empuñaran cada uno un fusil, afiliándose al partido que mejor les acomodara, su labor sería más efectiva y tendrían, cuando menos, el honor de llamarse ciudadanos”.

Así respondieron los soldados de la Revolución a los militares de carrera cuando la patria necesitó de sus mejores hijos, cuando el Ejército Federal asestó el golpe de Estado al presidente elegido por el pueblo, Francisco I Madero, asesinándolo para instalar al usurpador general Victoriano Huerta.

El Ejército federal está de vuelta respaldando a un usurpador instalado en la Presidencia de la República por el fraude más cínico de la historia de México y quizá del mundo. Es sumamente sospechoso que los altos mandos de las Fuerzas Armadas Mexicanas quieran justificarse ante la ciudadanía pretextando que no les cabe culpa, porque “las instituciones calificaron la legalidad” del proceso electoral y eso es suficiente para su “lealtad a las instituciones”, a pesar de la descarada compra de votos, de la sucia trama televisiva declarando ganador antes de terminar el conteo de votos, de la negación de dichas “instituciones” a investigar denuncias, del disimulo del Instituto Federal Electoral, la sordera y la ceguera de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Absolutamente ningún mexicano ignora que son los altos mandos y los mandos superiores de las Fuerzas Armadas Mexicanas quienes sostienen con las armas a este gobierno espurio, para que impusiera las denominadas “reformas estructurales” que entregaron el país al imperio del Norte, que vendieron Petróleos Mexicanos y los energéticos, el espacio aéreo, los litorales, las playas, las minas de oro, plata y demás metales y otros productos del subsuelo, y que harán posible el regreso de los latifundios y la explotación del campesino y del obrero. Para eso se aseguraron de hacer añicos la educación pública laica, obligatoria y gratuita: desaparecieron las materias de historia de México y civismo para que los mexicanos olvidaran su indigenismo, la Independencia, la Guerra de Reforma, las guerras contra las intervenciones estadunidenses y europeas; pero sobre todo la gran Revolución Mexicana de 1910, que dio a la nación la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, de reconocimiento mundial como la más adelantada de su tiempo, que procuró la identidad de México en el panorama internacional con personajes como Zapata, Pancho Villa, los hermanos Flores Magón y, a propósito de soldados verdaderos que renunciaron al Ejército Federal pasando al Ejército Constitucionalista de la Revolución, recordemos al general Felipe Ángeles, que respondió a los generales Huertistas de la Junta de San Antonio, Texas: “Mi actitud intransigente está justificada, pues persigo que la voluntad del pueblo sea respetada [contra quienes] se aprovechan de la traición y el asesinato para tener nuevas autoridades que gobiernen, con el deseo de favorecer a la clase privilegiada perjudicando a la inmensa mayoría de la República […]. En resumen, lucho por la democracia con entusiasmo y por deber […]”.

Ha llegado el momento de que la Escuela Superior de Guerra, altos mandos y mandos superiores –todos son Diplomados de Estado Mayor– expliquen a la nación la razón por la que el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada hayan sido apartados del pueblo, que es su origen; el porqué de quienes ejercen los mandos olviden la protesta que hicieron ante la tropa formada: “Cumplir y hacer cumplir la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen”, de conformidad con lo mandado por las leyes y reglamentos militares. Abjuraron con pretexto de la malhadada “lealtad a las instituciones” (que no aparece en ninguna ley, ni en los reglamentos militares); se trata pues de una chamba impuesta en los sexenios priístas, tanto como la zalamería del “mando supremo”. Instituciones por demás corruptas, saqueadoras del erario, desvergonzadamente oligárquicas, plutocráticas, ineptas por lo tanto y también producto del fraude electoral. ¡Es increíble que la gente del glorioso uniforme verde olivo no se percate de lo que todo el mundo sabe! Que expliquen también las humillaciones que sufre la tropa cuando es “capturada” por policías municipales o replegada “de orden superior” a la retaguardia de otras corporaciones civiles carentes de espíritu militar; que digan también por qué son reos en prisiones civiles los oficiales y tropa que cumpliendo órdenes superiores en algún retén carretero tuvieron que accionar las armas con las que fueron dotados al efecto. Que digan por qué el pueblo que adoraba a sus Juanes de la Revolución ahora los hace objeto de graves insultos cuando concurren a algún evento conmemorativo en plazas públicas. La tropa no merece pagar por los errores cometidos por los políticos en su propósito de acabar con la Carta Magna con el disimulo de los altos mandos.

Que la nación Mexicana sepa que los soldados de la Revolución Mexicana, generales, jefes, oficiales, clases y tropa están conscientes de que las Fuerzas Armadas Mexicanas son el Ejército del pueblo.

La patria es primero. ¡Viva el general Lázaro Cárdenas! ¡Viva el general Felipe Ángeles! ¡Viva el general Francisco J Múgica!

Antes patria que inermes tus hijos

bajo el yugo su cuello dobleguen,

tus campiñas con sangre se rieguen

sobre sangre se estampe su pie”.

Himno Nacional Mexicano (fragmento)

Francisco González Bocanegra, Jaime Nunó

*General brigadier retirado; presidente de la Federación de Militares Retirados Francisco J Múgica, AC

 

 

 

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