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Falta de capacitación de la policía, la principal causa de las muertes de personas con alguna afectación mental a manos de agentes del orden. Esquizofrénicos, deprimidos o con trastorno de personalidad, entre las víctimas de la negligencia o incapacidad policiaca

Judith Scherr/IPS

Berkeley, Estados Unidos. Al menos la mitad de las entre 375 y 500 personas que mueren cada año a manos de la policía en Estados Unidos padecen una enfermedad mental, según una investigación de los diarios Portland Press Herald y Maine Sunday Telegram. Uno de esos casos es el de Kayla Xavier Moore, quien sufría esquizofrenia paranoide.

Poco antes de la medianoche del 12 de febrero de 2013, el compañero de piso de Kayla Moore llamó al 911, el número de emergencias que en este país remite a la policía, los bomberos o los servicios de salud. Moore, de 41 años de edad, no había tomado sus medicamentos y estaba muy agitada.

Su compañero pensaba que la llevarían a un hospital siquiátrico, la estabilizarían con la medicación y la devolverían a su casa en 72 horas, como era habitual.

Pero eso no fue lo que sucedió. La policía de la occidental ciudad de Berkeley, en el estado de California, descubrió que Moore tenía una orden de arresto pendiente y decidieron detenerla. Cuando los agentes intentaron esposarla, Moore, quien también era afroestadunidense y transgénero, se resistió y murió.

El forense dictaminó que su fallecimiento se debió a obesidad, consumo de drogas y enfermedad cardiovascular, pero la familia de Moore acusa a la policía.

Moore no protagonizó un disturbio ni representaba peligro alguno, dijo su hermana Maria Moore a representantes de esta comunidad de California en una reunión que se realizó para tratar el incidente.

 “Cuando usted pone sus manos sobre alguien que es esquizofrénica paranoide, que no confía en la policía, esa persona va a resistirse”, explicó. “Si [la policía] se hubiera detenido por un minuto a escuchar y enterarse de la situación, Kayla estaría viva.”

“Siempre fue un niño feliz”

Arthur Moore recuerda el día en que llevó a su primogénito a casa desde el hospital, y la alegría que Xavier trajo a la familia (este artículo se refiere a Xavier en su infancia, con el género masculino, y a Kayla de adulta, con el femenino).

“Xavier siempre fue un niño feliz. Cualquier cosa a la que se dedicaba lo hacía con mucha alegría e intensidad”, recordó Arthur Moore en una entrevista en su casa. “Tenía curiosidad por todo”.

A medida que crecía, Xavier se escondió dos veces por periodos prolongados, algo que la familia consideró luego como una señal temprana de su enfermedad.

Ya en su edad adulta, Kayla Moore oía voces inexistentes y muchas veces prefería consumir drogas en lugar de los medicamentos que le recetaban. Conocida por sus amigos y familia como una poeta, talentosa cocinera y excelente imitadora, Moore vivió en refugios, la calle, hoteles baratos, la casa familiar y, finalmente, en un apartamento subsidiado.

Cuando se instalaba en un lugar nuevo, “de repente personas invisibles en el apartamento comenzaban a perseguirla y ella se veía obligada a mudarse otra vez”, contó Elysee Paige-Moore, madrastra de Kayla.

Los informes policiales indican que en un principio Kayla Moore cooperó con los agentes la noche en que murió saliendo de su apartamento para hablar con ellos. Pero cuando le dijeron que la llevarían a la cárcel, se precipitó en el interior de su vivienda y exigió una confirmación de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por su sigla en inglés).

La policía pidió refuerzos para someter a Moore, de 157 kilos de peso, hasta que la pusieron boca abajo sobre un colchón en el suelo. Varios agentes se colocaron encima de ella para esposarla y atarle los tobillos. Cuando dejó de luchar, la pusieron de lado. Según la policía, en ese momento respiraba, pero pronto dejó de hacerlo y no fue posible revivirla.

Varios policías de Berkeley realizaron un curso de 40 horas en Capacitación para Intervenciones en Casos de Crisis (CIT, por su sigla en inglés), pero ninguno estuvo presente durante la detención de Kayla Moore, y el Equipo Móvil para Crisis, integrado por técnicos en salud mental, ya había terminado sus actividades a las 23 horas.

“Si va a tener una crisis de salud mental en Berkeley, asegúrese de hacerlo en horario de oficina”, advirtió el comisario de Salud Mental de la ciudad, Paul Kealoha, en una reunión comunitaria.

Desactivando el modo policía

La CIT se basa en el principio de que las personas que experimentan angustia por salud mental necesitan compasión y tratamiento, no cárcel.

“Las tácticas que nos enseñan en la academia no siempre son las mejores para tratar con alguien en crisis”, reconoce el capitán de la policía de Filadelfia, Fran Healy, en Un enfoque integrado de apaciguamiento y minimización del uso de la fuerza, publicado por el Foro Ejecutivo de Investigación Policial.

 “Reiteramos a nuestros oficiales que deben desactivar el ‘modo policía’ en estas situaciones […]. La CIT les da a los agentes la conciencia de cuándo tienen que cambiar su enfoque y activar más el modo trabajador social”, escribe Healy.

Iniciado en Memphis, Tennessee, en 1988, el curso enseña a los agentes cómo reconocer problemas de salud mental, técnicas de apaciguamiento y la forma de “derivar a las personas con enfermedades mentales graves del sistema de justicia penal hacia el sistema de cuidados comunitario”, explicó Jeffrey Shannon, coordinador de CIT de Berkeley.

Sólo 8 por ciento de los policías de Berkeley tienen entrenamiento CIT, aunque Shannon espera que la cifra suba a 20 por ciento. La mayoría de las 2 mil comunidades con estos programas sólo entrenan a una fracción de la fuerza. La ciudad de Portland, en el noroccidental estado de Oregon, entrena a todo el departamento.

La colaboración con la comunidad de salud mental es clave para la capacitación, dice Laura Usher, directora del programa CIT con la Alianza Nacional de Enfermedad Mental, una de las organizaciones que creó el curso en la ciudad de Memphis.

En una parte del curso, las personas “sólo cuentan sus historias, cómo es tener una enfermedad mental, estar en crisis y qué se siente al estar en recuperación” expresa Usher.

“Los agentes dicen que es la primera vez que ven a alguien con enfermedad mental que no está en crisis”, y se dan cuenta de que son personas como ellos, agrega.

Muchas comunidades tienen Equipos Móviles en Casos de Crisis, integrados por profesionales de salud mental que atienden a personas con este tipo de problemas. El Equipo de Oakland, en California, trabaja en conjunto con la policía y está disponible entre semana 9 horas al día.

Stephanie Lewis, quien dirige el Equipo, explica que cuando la policía recibe una llamada diciendo, por ejemplo, que un ser querido está agitado o gritando, en primer lugar la policía confirma que la situación sea segura, luego los médicos tratan de conectarse con la persona llamándola por el nombre que prefieran, modulando su tono de voz, y, sobre todo, con respeto.

La colaboración con la policía lleva más de 10 años, explica George Karabakakis, quien es director de Health Care & Rehabilitation Services, la organización sin fines de lucro que contrata al personal del Equipo.

En Berkeley, una coalición liderada por la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por su sigla en inglés), el grupo de derechos civiles más antiguo de Estados Unidos, reaccionó ante la muerte de Kayla Moore presionando a las autoridades de la ciudad para que consideren Equipos Móviles en Casos de Crisis las 24 horas del día y limiten la participación policial en casos de salud mental ante las situaciones de peligro.

“Tenemos que darle sentido a la muerte de Kayla”, dijo Maria Moore. “Tenemos que lograr algún cambio de esto”.

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