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El año que concluyó fue desastroso para los trabajadores de todo el orbe: se redujeron las posibilidades de empleos dignos, los salarios reales bajaron, la explotación laboral aumentó… En su informe, la OIT revela que todo ha sido consecuencia de un fenómeno que, si bien ha estado presente por siempre, se ha agudizado en los últimos lustros: la desigualdad económica y social. La riqueza se concentra en menos manos y crece el número de parias

Masiel Fernández Bolaños/Prensa Latina

La persistencia de elevados niveles de desempleo y la insuficiente creación de puestos de trabajo caracterizaron al mercado laboral en el orbe durante 2013.         

Las desigualdades por regiones y países es uno de los elementos que llaman la atención y preocupan a los académicos.

Algunos especialistas advirtieron una recuperación gradual del empleo, la cual consideran un desafío para la mayoría.

Muchas de las llamadas “naciones en desarrollo” experimentaron un incremento de la ocupación y una disminución de las desigualdades de los ingresos en contraste con los países de altos ingresos, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Las desigualdades de los ingresos aumentaron en las economías avanzadas durante los 2 últimos años, en un contexto de incremento del desempleo mundial que, se prevé, se elevará desde los actuales 200 millones a cerca de 208 millones para 2015, señala el texto.

También las diferencias económicas subieron a medida que las pequeñas empresas quedaron rezagadas con respecto a las más grandes, en términos de ganancias e inversiones productivas.

Tal situación constituye un problema para la recuperación del empleo en la actualidad y afecta las perspectivas a largo plazo.

El documento de esa agencia de la Organización de Naciones Unidas muestra que los grupos de ingresos medios en muchas naciones avanzadas se redujeron, una situación incentivada, en parte, por la desocupación por largo tiempo, el debilitamiento de la calidad del empleo y el abandono del mercado laboral por parte de los trabajadores.

Por el contrario, en muchos de estos países la remuneración de los directores ejecutivos se comportó al alza.

Ante dicha situación, la OIT opinó que son necesarios más y mejores trabajos, de manera que pueda haber una mejor distribución de los ingresos a nivel global.

En los países en desarrollo, el desafío más importante es consolidar los progresos recientes en la reducción de la pobreza y las desigualdades. Las inversiones productivas, el salario mínimo y la protección social han contribuido con ese esfuerzo en Brasil, Costa Rica, India, Indonesia, Turquía y Vietnam.

Las inversiones

La incapacidad de transformar las ganancias en inversiones en las economías avanzadas retarda la recuperación del empleo, un hecho que constituye uno de los principales señalamientos de los analistas.

Los expertos plantean que mejorar la actividad de inversión es fundamental en aras de permitir que las empresas aprovechen las nuevas oportunidades y contraten a más personas.

En los llamados “países desarrollados”, el crecimiento de la ocupación sigue débil y los niveles de empleo permanecen por debajo de los niveles anteriores al inicio de la crisis en 2008.

En el caso de las economías emergentes, éstas representan aproximadamente el 47 por ciento de las inversiones mundiales, en contraposición con sólo el 27 por ciento en 2000.

La reducción del acceso al crédito, en especial para las pequeñas empresas, es un gran obstáculo para las inversiones, las cuales son inhibidas por la insuficiencia de la demanda de bienes y servicios en general, así como por una falta de confianza en el futuro de la economía.

En tal sentido, la OIT defendió la necesidad de centrarse en la economía real y de adoptar medidas dirigidas a reducir la incertidumbre y a estimular el crecimiento, que tienen repercusiones positivas sobre la demanda agregada y la creación de empleo.

Salarios crecen menos que productividad

Estudios especializados muestran que el crecimiento de los salarios continúa muy por debajo del periodo anterior a la crisis a nivel mundial y que es negativo en las economías desarrolladas, pero aumentan en las emergentes.

Los sueldos mensuales crecieron 1.2 por ciento en 2011, frente a 3 por ciento en 2007 y 2.1 por ciento en 2010, situación que impacta negativamente sobre los trabajadores.

Un elemento remarcado es que los salarios crecieron a un ritmo menor que la productividad laboral durante la última década.

Esta tendencia, alertan las investigaciones, ha generado un cambio en la distribución de los ingresos, lo cual significa que los trabajadores se benefician menos de los frutos de su faena mientras que los propietarios del capital se favorecen más.

En Estados Unidos, por ejemplo, la productividad laboral por hora en las firmas no agrícolas aumentó cerca del 85 por ciento, mientras que las remuneraciones ascendieron en sólo 35 por ciento, aproximadamente, desde 1980.

En Alemania, llamada la Locomotora Europea, la productividad laboral subió en casi un cuarto a lo largo de las 2 últimas décadas, mientras que los sueldos se mantuvieron estables.

La OIT insta a sus 185 Estados miembros a adoptar políticas sobre salario mínimo como un medio para reducir la pobreza laboral y ofrecer protección social a los trabajadores vulnerables, un problema presente en todo el mundo.

Aunque el número de trabajadores pobres en los países en desarrollo sigue siendo alto, en Estados como Brasil el gobierno aumentó considerablemente el sueldo mínimo, una medida que mantuvo en los peores años de la crisis.

Los jóvenes: un caso especialmente preocupante

Más allá de las diferencias regionales, cifras recientes evidencian que la tasa de desempleo entre los jóvenes a nivel mundial sigue creciendo, y está previsto que alcance el 12.8 por ciento en 2019, con lo cual se ratifica como uno de los sectores más perjudicados en materia laboral.

Expertos alertan que el impacto a largo plazo de la crisis del empleo juvenil podría hacerse sentir durante décadas creando una generación en peligro de no encontrar nunca un trabajo decente, por lo cual ya muchos hablan de una “generación perdida”.

Tras lo alarmante de los datos, sobresale la persistencia de la cesantía, la proliferación de empleos temporales, el creciente desaliento, las ocupaciones de baja calidad, informales y de subsistencia.

En el caso de las naciones desarrolladas, la tasa de desempleo juvenil en 2012 fue de 18.1 por ciento. Los pronósticos apuntan a que es probable que permanezca por encima de 17 hasta 2015 y no está previsto que disminuya por debajo de 17 puntos antes de 2016.

El caso de Europa es especialmente preocupante debido al recrudecimiento de la situación desde el estallido de la crisis de deuda en 2009. En Grecia y España, más de la mitad de la población juvenil económicamente activa está desempleada.

Por ello, la OIT llama a favorecer un crecimiento con alto coeficiente de empleo y la creación de trabajo decente a través de políticas macroeconómicas, políticas del mercado laboral y derechos de ese sector poblacional, para abordar las consecuencias sociales de la crisis y al mismo tiempo garantizar la sostenibilidad financiera y presupuestaria.

 

 

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