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México es un país con más de 11 mil kilómetros de línea de costa, con alrededor de 3 millones 149 mil 920 kilómetros cuadrados de zonas marítimas de jurisdicción nacional, zonas en las que se encuentran más de 1 mil 300 formaciones insulares y áreas de arrecifes con alrededor de 1 mil 780 kilómetros cuadrados, así como gran diversidad de bajos, cayos y atolones. Todos éstos son espacios que contienen restos culturales paleontológicos, de navegación de cabotaje prehispánica e histórica, así como de embarcaciones transpacíficas coloniales, como los restos del navío San Felipe, un galeón de Manila, que naufragó en las bravas costas bajacalifornianas en su derrota con rumbo a Acapulco hacia finales del siglo XVI; y por supuesto pecios de embarcaciones de la navegación trasatlántica, entre los que destacan los de la Flota de la Nueva España de 1630-1631, y restos de toda índole de navegación posterior a nuestro proceso independentista de España. Incluso se conocen sitios correspondientes a buques de guerra como el USS Somers, navío de filiación estadunidense que se hundió frente a la costa veracruzana durante la guerra entre México y Estados Unidos de 1846-1848; y otros contextos arqueológicos correspondientes a restos de barcos de carga y pasajeros, como el pecio del SS Golden Gate, navío que realizaba la travesía San Francisco-Nueva York a través del Canal de Panamá y que en uno de sus viajes naufragó en el Pacífico frente a las costas de Manzanillo, Colima, en 1862. Asimismo se sabe de la posibilidad de que en nuestras aguas se encuentren los restos de USS Dorado (SS-248), un submarino de la Segunda Guerra Mundial hundido en el Mar Caribe, entre otros pecios de gran valor histórico de los que también se conoce su nombre y filiación cultural y muchos más de los que no se sabe su identidad. Nuestro territorio también cuenta con diversos sitios arqueológicos relacionados con la cultura náutica, que se encuentran fuera del agua y muy cerca de la línea de costa en la mayoría de las playas mexicanas, principalmente diversos restos de embarcaciones más modernas localizados en la Península de Baja California, como la canoa de Laguna Manuela en el complejo lagunar Ojo de Liebre, cuya verdadera historia sobre su descubrimiento revelé en el número 363 de este semanario.

Además nuestra nación tiene gran cantidad de cuerpos de agua continentales como cenotes, lagos, lagunas, embalses, presas, manantiales y ríos. Y en muchos de éstos se encuentran vestigios paleontológicos y de diversas culturas prehispánicas, como por ejemplo los manantiales de la Media Luna, en San Luis Potosí, y de Cuatrociénegas, en Coahuila; los innumerables cenotes de la Península de Yucatán; y las lagunas del Sol y la Luna en la alta montaña del Nevado de Toluca; así como restos de diversas poblaciones de la época colonial y periodos posteriores que se encuentran en presas, lagos y lagunas, como en el caso de la iglesia del lago de Tequesquitengo, en Morelos (Roberto Galindo, El pueblo sumergido del Lago de Tequesquitengo, Morelos. Siglo XIX. Historia, arqueología y geofísica subacuática, editorial Académica Española-LAP LAMBERT Academic Publishing GmbH & Co KG, Alemania, 2012); entre muchos otros contextos sumergidos y/o relacionados con la navegación.

Es así que México es un país que, además de contener gran cantidad de restos culturales prehispánicos terrestres, tiene una enorme cantidad y diversidad de restos culturales que son materia de estudio de la arqueología subacuática, que no es otra cosa que arqueología ejercida en el agua. De esta subdisciplina existen ramas como la arqueología marítima y la arqueología náutica que, más allá del grado de especialización en los objetos de su estudio, periodos, cuestiones de construcción naval y de aspectos antropológicos de la navegación y la relación del hombre con el agua, se avocan a la investigación y preservación del patrimonio cultural sumergido.

En nuestro país existe la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dependencia que es, en teoría, la encargada de realizar esas tareas de investigación y protección. Fundada con el nombre de Departamento de Arqueología Subacuática, en 1980, por diversas personas y los esfuerzos de varias instituciones, a lo largo de 33 años esa dependencia ha manejado y monopolizado el ejercicio de la arqueología subacuática en el país, y si bien es cierto que en sus inicios, y tal vez en sus primeras 2 décadas de vida, impulsó fuertemente la subdisciplina y realizó grandes esfuerzos por proteger legalmente, preservar físicamente e investigar y difundir el patrimonio cultural sumergido de México, también es cierto que después de más de 3 décadas la dependencia y su eterna titular, Pilar Luna Erreguerena, no han logrado consolidar un pequeño grupo de investigadores de larga trayectoria y experiencia en las diversas disciplinas que se ven envueltas en el ejercicio de la profesión. Es así que el grupo de investigadores que integran la SAS ronda la treintena, incluyendo fotógrafos, buzos profesionales, biólogos, arquitectos, historiadores, etnohistoriadores y administrativos, además, por supuesto, de los arqueólogos, profesionales que en primera instancia deben ser los encargados de las tareas de investigación y preservación de los vestigios arqueológicos mencionados. De ese grupo la mayoría son adeptos nuevos, ingresados durante los últimos 5 años. Un grupo menor colabora desde hace 10 años y dos o tres lo hacen desde mediados de la década de 1990, y me refiero a los investigadores, pues algunos administrativos han acompañado durante más años a la dependencia.

Si después de más de 30 años no se ha consolidado un pequeño grupo de investigación, al grado que se siguen trayendo extranjeros para cubrir tareas fundamentales en la exploración submarina como en el caso de profesionales con conocimientos en geofísica, como sucedió en la expedición a bordo del buque oceanográfico Justo Sierra de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2012 (Roberto Galindo, “La infructuosa búsqueda de Nuestra Señora del Juncal” Contralínea 289, 17 de junio de 2012), tomando en cuenta que la dependencia cuenta con equipo de prospección geofísica desde finales de la década de 1990, y si siguen desfilando por la SAS gran cantidad de arqueólogos de diversas generaciones de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y de otras universidades, profesionales que finalmente no permanecen en la Subdirección, creo que es tiempo de que los directivos del INAH, así como los investigadores que integran la Coordinación Nacional de Arqueología, el Consejo de Arqueología y la Dirección de Estudios Arqueológicos revisen a detalle el devenir de la dependencia y pongan en la balanza varios factores: el tiempo que su subdirectora ha manejado el destino de la dependencia; el presupuesto que a lo largo de 33 años se le ha otorgado a la misma; y los logros de investigación, preservación y difusión del patrimonio cultural sumergido, mismos que existen, pues debo reconocer que se ha levantado un inventario importante de sitios arqueológicos sumergidos principalmente en el Golfo de México y en el Mar Caribe, así como de varios cenotes de la Península de Yucatán; y se han realizado trabajos excepcionales, como la investigación en las dos lagunas del Nevado de Toluca, cuya publicación es de una gran calidad en todos sentidos (Luna, Montero y Junco, coordinadores, Las aguas celestiales, Nevado de Toluca, INAH, México, 2009), o la publicación Arqueología marítima en México. Estudios interdisciplinarios en torno al patrimonio cultural sumergido (Vera Moya, coordinadora, INAH-Conaculta, México, 2012). Este último libro permite apreciar diversos aspectos que intervienen en el ejercicio de la subdisciplina como: teorías; métodos y técnicas de prospección, excavación y registro subacuático; manejo de recursos culturales sumergidos y cuestiones legales, de los cuales, algunos rubros se han logrado desarrollar más que otros, como el caso de los aspectos legales a nivel internacional, que es con mucho uno de los mayores logros de la SAS; pero no así en cuanto a aspectos teóricos y/o técnicos como la interpretación arqueológica marítima y la exploración geofísica, debido en gran medida a la falta de formación de cuadros de investigadores con experiencia. Y aunque se tienen esos y otros logros menores, como la serie de videos documentales que la SAS presentó el año pasado (Tras la huella del Juncal, Un galeón de Manila, Banco Chinchorro y Cuevas y cenotes) en los que se reseñan los cuatro principales proyectos de investigación que mantiene la dependencia, éstos son insuficientes después de 33 años y varios millones de pesos del erario adjudicados a la SAS.

Sin lugar a dudas ha pasado el tiempo en que México era punta de lanza en la arqueología subacuática en Latinoamérica. Debo confesar que yo mismo creía ese cuento hasta hace poco menos de 1 lustro. Pero actualmente, y desde hace tiempo, países como Argentina y Chile, entre otros, han conseguido enormes avances en este tipo de investigaciones y han alcanzado de diversas maneras y en la mayoría de los casos con menos recursos económicos, y en menor tiempo, logros verdaderamente sobresalientes, como la investigación de principio a fin de la corbeta británica de guerra Swift (Elkin, Murray, Bastida, Grosso, Argüeso, Vainstub, Underwood y Ciarlo, El naufragio de la HMS Swift –1770– Arqueología marítima en la Patagonia, Vázquez Mazzini Editores, Argentina, 2011), proyecto muy completo en tan diversos aspectos de arqueología marítima sobre un pecio, que no tiene comparación con ninguno de los que se han intentado realizar en México. Y qué decir de las aplicaciones geofísicas a la arqueología subacuática en Chile y sus ejercicios museísticos (www.arkachile.cl/ y www.unesco. org/new/es/media-services/single-view-tv-release/news/patrimonio_cultural_subacuatico_exposicion_en_el_puerto_de_valparaiso/).

Acciones y hechos producto del esfuerzo de reducidos grupos de investigadores, quienes tal vez en un principio se vieron inspirados por el caso mexicano. Sin embargo es evidente que ahora han tomado su propio camino y nos han enseñado que desde hace ya varios años México no es la vanguardia.

Es momento de que la arqueología subacuática empiece a dejar de ser vista como una actividad difícil, que sólo pocos especialistas pueden realizar con enormes sacrificios y salvando gran cantidad de dificultades, ideas que se fijan en la gente gracias a los comentarios que varios miembros de la SAS vierten a los medios de comunicación. Es tiempo de que las autoridades de la ENAH incluyan en el programa de estudios de la licenciatura en arqueología materias de arqueología subacuática, teóricas, técnicas y prácticas, que no sean sólo optativas, para que los estudiantes conozcan y se formen en esa subdisciplina, y si así lo desean comiencen a participar en ella a través del servicio social y las prácticas de fin de carrera, y qué mejor dependencia para hacerlo que la SAS.

Asimismo es fundamental que se rompa el monopolio que esta subdirección ha ejercido y que se descentralice el ejercicio de la profesión, y no me refiero con eso a que la SAS tenga representantes en cada centro INAH estatal, pero sí a que cada uno de éstos abra espacios para arqueólogos que investiguen sus contextos sumergidos, y que con ello cada centro INAH sea responsable del patrimonio cultural sumergido o relacionado con la cultura náutica de su entidad. En este sentido lo más sano sería que los arqueólogos subacuáticos le rindan cuentas a su centro de trabajo y éste, a su vez, al Consejo de Arqueología, pero no a la SAS, pues de continuar esta práctica podrán pasar otros 33 años y se seguirá teniendo un reducido grupo de elite de noveles investigadores y algunos expertos incondicionales a Luna. Y con ello se habrá frenado la investigación y protección del patrimonio cultural sumergido, lo que indudablemente devendrá, como hasta ahora, en la pérdida del mismo, pues los cazadores de tesoros no descansan, el saqueo no para y la SAS está muy sola en su histórica gesta. Basta realizar una búsqueda en la red para encontrar innumerables noticias de saqueo, deterioro, vandalismo y otras atrocidades cometidas contra la integridad del patrimonio cultural sumergido, notas emitidas por diversas autoridades y personas comprometidas, y también por los mismos integrantes de la SAS;?esto último no es malo, al contrario, de eso se trata, de denunciar esos atentados, pero lo cierto es que eso constata la insuficiencia de la SAS al respecto.

Es tiempo de que cada estado de la República Mexicana tenga su departamento de arqueología subacuática, y muy importante es que el Consejo de Arqueología no solamente consulte a la SAS para la valoración de los diversos proyectos de investigación que se gesten: que también tome en cuenta a los otros especialistas, que a lo largo de estos 33 años se han formado en la materia, tanto en el país como en el extranjero y que por una u otra razón no laboran más en la SAS, aunque algunos de ellos sí trabajan en el INAH. Es de sobra sabido que no se debe ser juez y parte a la vez. Otros investigadores del INAH y de otros centros de investigación del país han realizado esfuerzos en la materia y han propuesto proyectos de investigación que no han logrado concretarse debido al monopolio en que se encuentra sumergida la arqueología subacuática, esfuerzos que deben ser conocidos por la opinión pública.

La SAS se enorgullece en decir que ha localizado cientos de contextos arqueológicos sumergidos (www.inah.gob.mx/reportajes/5168-en-la-web-exploracion-arqueologica-bajo-el-mar). Habrá que preguntarle cuántos de estos contextos han sido investigados a profundidad y qué frutos de la investigación de los mismos son del conocimiento del pueblo de México. También es preciso inquirirles en cuántos de esos sitios se han llevado a cabo revisiones, digamos anuales, para constatar su integridad; o tal vez sea mejor saber a cuántos de éstos han regresado después de haber realizado los primeros registros. Son 32 entidades federativas de las cuales 17 tienen mar, además de aquellas que si no cuentan con línea de costa, sí albergan cuerpos de agua interiores. Es evidente que la SAS es una dependencia cuyo personal e infraestructura es insuficiente para garantizar la investigación y la preservación del patrimonio cultural subacuático. Es tiempo de que se rompa el monopolio y que el INAH promueva e impulse la arqueología subacuática a mayor escala, tarea que sin duda es su obligación, pues es el Instituto garante de la defensa e investigación del patrimonio cultural sumergido de la nación.

Debe quedar claro que el propósito de este texto no busca la desaparición de la SAS, al contrario, busca que se incremente el número de investigadores en el campo de la arqueología subacuática y que se aproveche a aquellos que ya están especializados en la subdisciplina. Y no me refiero sólo a los arqueólogos, pues existen muchos profesionales de diversas áreas comprometidos con el patrimonio cultural sumergido que han sido relegados por la SAS, así como muchos otros que no han sido tomados en cuenta. La idea es que los centros INAH estatales le ayuden a la SAS y beneficien a la nación en la tarea fundamental e impostergable de investigar, preservar y difundir la riqueza cultural sumergida de México. Simplemente es necesario delimitar los espacios marítimos, costeros y aquellos cuerpos de agua continentales donde sea pertinente la intervención de los centros INAH estatales y aquellos que deban ser abordados por la SAS. Por ejemplo, sería eficaz que cada centro INAH estatal prevalezca en el mar territorial (hasta 12 millas náuticas de la línea de costa) de su estado y en sus cuerpos de agua interiores, y que la SAS opere en el resto de la zona económica exclusiva (hasta 200 millas náuticas de la línea de costa) de nuestros mares. Con esta simple división del trabajo por zonas sumergidas, los centros INAH de los estados federativos le quitarían una gran carga de trabajo a la SAS e indudablemente coadyuvarían a la protección del patrimonio cultural sumergido. Con lo anterior, los miembros de la SAS se verían liberados de defender tantos frentes y podrían dedicarse de tiempo completo a la búsqueda y, en su caso, a la investigación a profundidad de los pecios de la Flota de la Nueva España de 1630-1631, tarea que por casi 2 décadas ha ocupado un gran esfuerzo intelectual e innumerables recursos económicos sin resultados claros hasta ahora, así como a la prospección para la localización de todos aquellos pecios en la zona mencionada y a la investigación y protección de aquellos que en ésta ya tienen ubicados.

Con este texto no sólo apelo a las autoridades del INAH a hacer algo al respecto, sino a todos aquellos arqueólogos e investigadores de otras disciplinas, buzos profesionales y demás gente comprometida con el patrimonio cultural sumergido que han visto naufragar sus nobles propósitos ante la voracidad de la SAS. También exhorto a nuestros legisladores e intelectuales, en suma a todos los mexicanos, únicos y verdaderos dueños del patrimonio cultural sumergido, propietarios de esa riqueza cultural que no ha sido atendida como es debido.

*Maestro en ciencias en exploración y geofísica marina; licenciado en arqueología especializado en contextos sumergidos y buzo profesional; licenciado en letras hispánicas; licenciado en diseño gráfico; integrante del taller Madre Crónica

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