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Nacido en Saint-Malo en 1768 en una familia aristocrática, Francisco Renato de Chateaubriand dedicó su obra literaria y su actividad política a la defensa de la monarquía y de la religión católica.

El vizconde, quien siguió la carrera militar, conoció a Luis XVI, se opuso a la Revolución Francesa y durante la restauración monárquica colaboró con Luis XVIII y con Carlos X.

Quien fuera uno de los políticos más reaccionarios de su tiempo, murió en 1848, precisamente cuando Francia volvía al régimen republicano, tan odiado por él.

Tres vidas

En sus Memorias de ultratumba (Compañía General de Ediciones, México, 1961), que fue escribiendo a lo largo de 3 décadas, divide su existencia en tres etapas: la de viajero y soldado, la de literato y la de político.

Sirvió en el ejército real y luego en el de los emigrados franceses, que con ayuda de potencias europeas querían restablecer la monarquía.

En septiembre de 1789, apenas 2 meses después de la toma de la Bastilla, ingresó a la orden de Malta, que data de la época de las Cruzadas, la cual existe hasta la fecha y actúa junto con otros grupos de ultraderecha.

En 1791 viajó a Estados Unidos, donde conoció a George Washington y se interesó por la forma de vida de las tribus indias.

Regresó a su país para luchar contra la Revolución y posteriormente se exilió en Inglaterra, donde vivió hasta 1800, cuando regresó a Francia.

Su primer libro fue el Ensayo sobre las revoluciones antiguas (1796), en el que comparaba la Revolución Francesa con los movimientos de la antigüedad en Grecia y en Roma (Historia de las revoluciones antiguas, Sopena, Buenos Aires, 1942, dos volúmenes).

En esa obra, escrita en épocas de exilio y privaciones para él, muestra su erudición y exhibe ideas más progresistas de las que sustentará en posteriores etapas de su vida, cuando llegó incluso a renegar de ese libro por considerarlo alejado de la ortodoxia católica.

Algunos de sus parientes fueron ejecutados por las autoridades revolucionarias; su madre, de edad avanzada, pasó un tiempo en prisión.

Cuando ella murió, en 1798, Chateaubriand sintió renacer su fe católica, que comenzó a defender de manera intransigente y exacerbada, a la vez que rechazó radicalmente las ideas de los enciclopedistas y librepensadores.

Como literato, adquirió fama con su novela Atala (1801), donde describió en forma idealizada la vida de los indios nativos de América del Norte, pero consideraba que su libro principal era El genio del cristianismo, por el servicio que con él prestaba a la religión católica.

Napoleón

Según Chateaubriand, su libro El genio del cristianismo, publicado en 1802 y “que hacía por entonces mucho ruido, había influido en Napoleón” (Memorias de ultratumba, tomo I, página 412).

Afirmó el católico escritor que su acercamiento con Bonaparte, de quien recibió cargos y prebendas, obedeció al interés del gobierno de atraer a “las fuerzas cristianas”.

Decía: “…mi nombre iba unido al restablecimiento de los altares…”, y alardeaba de que con su obra había “hecho renacer en el fondo de las entrañas de una madre la esperanza de educar a un hijo cristiano, es decir, un hijo sumiso, respetuoso, fiel a sus padres” (Memorias de ultratumba, tomo I, página 416).

En su autobiografía, Chateaubriand alegaba que aceptó colaborar con Bonaparte de manera forzada y luego de mucha insistencia, explicación que le brindaría una excusa para no agradecer nada a Bonaparte, pues luego rompió con él y se contó entre sus detractores.

Empero, decía que Napoleón había sido grande “…por haber restablecido los altares, por haber reducido a furiosos demagogos, a orgullosos sabios, a literatos anárquicos, a ateos volterianos, a oradores de plazuela […] por haberlos reducido a servir a sus órdenes […] por hacerse obedecer por 36 millones de súbditos…” (Memorias de ultratumba, tomo I, página 829).

El genio del cristianismo

El genio del cristianismo es una apología de la religión católica y del clero, de sus dogmas, rituales y sacramentos, su historia y su influencia en la política, las letras y las artes.

Para Chateaubriand, el cristianismo “es el culto más divino y puro que han practicado los hombres” (El genio del cristianismo, Porrúa México, 1990, página 378).

Aceptaba las Escrituras en su sentido literal, por lo que afirmaba que la Tierra y el género humano no son más antiguos de lo que supone La Biblia, y tomaba como ciertos el mito de la creación, el pecado original, el diluvio, etcétera.

Sus alegatos a favor de la religión apelan a la imaginación más que a la razón.

Leemos: “Hay un Dios; las hierbas del valle y los cedros de la montaña le bendicen; el insecto zumba sus alabanzas; el elefante le saluda al despuntar el día; el pajarillo le canta en la enramada, el rayo hace brillar su poder; el océano revela su inmensidad. Sólo el hombre ha exclamado en su delirio: ‘¡No hay Dios!’” (página 55).

Pero una cosa es imaginar que el insecto alaba a Dios, y otra que así sea en realidad.

Todo lo que le parece inexplicable en la naturaleza o en el ser humano, sea el comportamiento de las aves y de los peces, o el amor a la patria, lo juzga obra de Dios.

Argumenta que la capacidad de distinguir entre el bien y el mal prueba por sí misma la existencia de Dios y la inmortalidad del alma.

Según él, las injusticias y los hechos dolorosos de la vida humana se explican como frutos del “pecado original”, de “la maldición lanzada contra Eva, maldición que todos los días se cumple a nuestra vista” (página 9).

Partidario de la “castidad cristiana”, aseguraba: “Sólo hay dos estados en la vida: el celibato y el matrimonio” (página 19), en el cual “…si él tiene la fuerza, ella ostenta la hermosura; él combate al enemigo y cultiva los campos de la patria; pero como nada se le alcanza de los quehaceres domésticos, le falta la mujer para preparar su alimento y disponer su lecho” (página 27).

Cuando la mujer se casa, dice el autor, “parece que una voz le grita desde el altar: “¡Oh Eva!” ¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes que ya no hay otra libertad para ti que la de la tumba? ¿Sabes lo que es llevar en tus entrañas mortales al hombre inmortal y hecho a semejanza de Dios?” (página 26).

Enemigo del ateísmo, pensaba que era particularmente nocivo para las mujeres: “¿Cómo puede concebirse una mujer atea? ¿Quién prestará apoyo a esta caña, si la religión no sostiene su fragilidad? […] Al obrar así, no puede proponerse hallar un esposo; porque, ¿qué hombre de sano criterio querrá asociarse a una compañera impía?” (página 92).

Se oponía totalmente al divorcio y con el mismo radicalismo defendía el celibato sacerdotal.

Elogiaba el uso político de la religión, pues “el dogma que nos manda creer en un Dios remunerador y vengador es el apoyo más sólido de la moral y de la política” (página 31).

Afirmaba que la comunión hacía virtuosa a la gente: “…si un hombre se acercase dignamente una sola vez al mes al sacramento de la eucaristía, sería necesariamente el más virtuoso de cuantos pueblan la tierra…” (página 17).

Pero muchos criminales comulgaron con frecuencia: reyes y nobles de tiempos antiguos, Francisco Franco, el dictador católico de España, al igual que los cristeros y muchos gobernantes panistas, todos ellos bien conocidos como ladrones y asesinos.

Chateaubriand fue apologista del clero católico, que ha estado aliado a gobiernos tiránicos y reaccionarios, y en cuyas filas hay muchos sacerdotes y jerarcas que a diario cometen abusos sexuales y de otros tipos.

La restauración

Tras la derrota de Napoleón, en Waterloo, la monarquía volvió a Francia con Luis XVIII (1814-1824) y con Carlos X (1824-1830).

Chateaubriand se apresuró a exaltar “la fuerza del soberano legítimo, la magia unida al nombre del rey” (Memorias de ultratumba, tomo I, página 739).

Fue parlamentario, embajador en Berlín, Alemania (1820), y Londres, Inglaterra (1822), ministro de Asuntos Extranjeros (1822-24) y embajador en Roma, Italia (1828-30).

En la tribuna defendió las pensiones y privilegios para el clero, lo mismo que la agresión de potencias occidentales contra países musulmanes.

Era partidario del establecimiento de monarquías en los países de América, como dejó asentado en un documento que escribió cuando era embajador en Londres: “Si Europa se ve obligada a reconocer los gobiernos de hecho de América, toda su política debe tender a hacer que nazcan monarquías revolucionarias que nos enviarán sus principios con los productos de su suelo” (Memorias de ultratumba, tomo II, página 72).

En esa época hacía notar que “Estados Unidos teme singularmente el establecimiento de un imperio en México. Si el Nuevo Mundo entero llega a ser alguna vez republicano, las monarquías del Viejo Mundo perecerán” (página 73).

Albergó el proyecto de que los países de Europa se negaran a reconocer la independencia de las naciones latinoamericanas, a menos que se instauraran en ellas monarquías regidas por príncipes de la Casa de Borbón.

En 1823 fue promotor de la intervención militar de Francia en España, a fin de restituir en el trono a Fernando VII, para oponerse a “una especie de derecho de los pueblos a un cuerpo de jurisprudencia contra los reyes” (página 94).

A los expedicionarios que así atentaban contra el pueblo español, se les exhortaba con estas palabras: “Vamos a reinstaurar a un rey en su trono, a reconciliar a su pueblo con él […] ¡Soldados! Respetaréis y haréis respetar la religión, las leyes y las propiedades…” (página 145).

Se deshace en elogios hacia sí mismo al referirse a esa intervención monárquica en España: “Mi guerra de España, el gran acontecimiento político de mi vida, era una gigantesca empresa” (página 170).

Anota que tal expedición lo había puesto por encima de Napoleón, quien también invadió España: “…hacer en 6 meses lo que él no había podido conseguir en 7 años; ¿quién hubiese podido aspirar a tal prodigio? Fue, sin embargo, lo que yo hice”.

Algo que le parecía tan prodigioso lo atribuía a la intervención de Dios: “…mis éxitos no son míos sino de la Providencia; y como tengo la pequeñez de ser cristiano, diré que el afortunado resultado de la guerra de España ha sido uno de los últimos milagros del cielo a favor de los hijos de San Luis” (página 173).

A la muerte de Luis XVIII, colaboró con Carlos X; fue embajador en Roma, y se retiró de la vida política luego de la revolución de 1830, que llevó al poder a Luis Felipe I, último rey de Francia.

Chateaubriand anunció su retiro con estas palabras:

 “…Siento muy bien que ninguna de mis facultades ha envejecido; comprendo mejor que nunca mi siglo; penetro más atrevidamente que nadie en el futuro; pero la fatalidad ha pronunciado su sentencia: terminar la vida oportunamente es una condición necesaria del hombre público” (página 489).

Con esta cínica frase dejó testimonio de su personalidad de político: “Seamos amables si queremos ser añorados; la elevación del genio y las cualidades superiores no son lloradas más que por los ángeles” (Memorias de ultratumba, Tomo I, página 503).

En otras palabras, para la gente no valen las ideas y las obras sino las simpatías y las conveniencias.

Hoy en día, Chateaubriand es más conocido por una receta de filete que inventó su cocinero que por su larguísima autobiografía o por su apología del catolicismo.

*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

 

 

 

Fuente: Contralínea 366 / 29 al 29 de diciembre de 2013

 

 

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