Autor:

Laura Zamarriego

A 9 años del Mundial de Futbol en Catar, el país árabe se prepara para el gran evento. Ya se han estimado los costos: 4 mil millones de dólares y 4 mil vidas humanas. Con estos cálculos, revelados por la Confederación Internacional de Sindicatos, se alerta de los abusos que sufren los trabajadores de la construcción en el país.

La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) discute la fecha del torneo para evitar el intenso calor de los veranos cataríes. No tuvieron la misma suerte los 40 operarios que murieron el pasado mes de julio por trabajar más de 12 horas diarias, expuestos a temperaturas de hasta 50 grados centígrados. Según Amnistía Internacional, millones de personas viven hacinadas en campos de trabajo cerca de los futuros estadios, hoteles exclusivos, carreteras o aeropuertos. Sin derecho a descansos, sin aire acondicionado, sin higiene ni medidas de seguridad. Explotados.

Las leyes cataríes ayudan a mantener esta nueva forma de esclavitud. El sistema de patrocinio impide que los trabajadores inmigrantes cambien de empleo o salgan del país sin permiso de sus empleadores. Y esa población migrante representa el 94 por ciento de la fuerza de trabajo nacional. Cada hora llegan 20 nuevos habitantes al país, que vienen de otros Estados asiáticos, como Nepal, India, Filipinas o Sri Lanka. Acuden a uno de los países más ricos del mundo –por producto interno bruto per cápita– en busca de mejores salarios para enviar dinero a sus familias, pero sus esperanzas se ven frustradas. En la mayoría de los casos se encuentran con empleos muy distintos a los prometidos y son víctimas del trabajo forzado sin remuneración alguna durante meses. Por si pretenden huir, el empleador les requisa el pasaporte. “Es inadmisible que en uno de los países más ricos del mundo se explote de forma despiadada a tantos trabajadores migrantes, se los prive de su salario y se los aboque a intentar sobrevivir”, declara Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional.

Catar apenas ha firmado tratados internacionales competentes a los derechos humanos. El gobierno no proporciona ayuda ni protección a los solicitantes de asilo. Mientras que los ciudadanos reciben algunos servicios básicos gratuitos, los inmigrantes y refugiados deben pagar por el agua, la salud o la educación. Tampoco les es permitido tener propiedades. Sin embargo, se espera que Catar necesite 1 millón más de personas para la construcción de infraestructuras de cara a la cita de 2022.

Con duras jornadas de trabajo y sin cobrar nada, Kumar tiene que mendigar para comer. “Hasta ahora no he podido mandar ni una rupia a mi hijo”, dice entre lágrimas. Se quejó y fue víctima de agresiones por parte de su empleador. Asegura haber sufrido mucho. Su terrible experiencia es indudable; Kumar ha perdido el pelo debido al estrés y la angustia.

Ganesh, de 16 años, salió de su hogar en Nepal por un trabajo en Catar. Seis semanas después murió de un paro cardiaco como la mayoría de jóvenes fallecidos hasta ahora. Quería volver con el dinero suficiente y construir una casa para su familia, “pero ese sueño lo llevó a un viaje de engaños y explotación, un pasaporte falso, tarifas abusivas, reclutamiento y una deuda gigantesca”, denuncia The Guardian en su reportaje “Los esclavos del Mundial de Catar”. “Mi hijo era fuerte y saludable, ni siquiera tosía. Y ha muerto inesperadamente, ¿por qué?”, se pregunta el padre de Ganesh. “No quiero escuchar nunca más el nombre de Catar”.

Los trabajadores no podrán aguantar 9 años más en la misma situación indigna. Esta cara oculta del Mundial de Futbol debería abordarse con urgencia. El gobierno y las empresas deben actuar ya para poner fin a los abusos. Las presiones sobre el Estado catarí también deberían ser responsabilidad y prioridad de la FIFA y de la comunidad internacional.

Los mundiales y los Juegos Olímpicos han traído consigo la violación de los derechos humanos. Sucedió en China, en Sudáfrica y también en Brasil. Ahora es Catar “la cárcel abierta”, como la ha calificado el embajador nepalés Jumari Sharma. Allí, los trabajadores no tienen fuerzas ni ganas de celebraciones. Es paradójico que sean ellos los anfitriones de la fiesta.

*Periodista

 

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