Autor:

*Tercera y última parte

Brasil está siendo distinguido dentro del enfoque estratégico que contiene la Doctrina Obama como gran factor de poder en la región, pero dentro de un rol pretendidamente subordinado a Estados Unidos. El Ejército de Brasil, el más poderoso del subcontinente, ha demostrado capacidad para operar regionalmente usando decenas de miles de efectivos y una gran cantidad de armamento por tierra, aire y mar, especialmente en operativos regionales en la llamada Triple Frontera (Brasil, Argentina y Paraguay) contra el crimen trasnacional y el tráfico de armas, conjuntamente con el Pentágono, quien en la estrategia, Obama lo ve como un posible aliado para estabilizar la región bajo una especie de influencia compartida. Algo parecido, pero de dimensiones distintas, están tratando de hacer con el Ejército de Argentina, para involucrarlo en ejercicios militares conjuntos, entrenamiento, etcétera. Para ambos, ello choca con los compromisos al respecto de los diseños propios al seno de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Especialmente el brasileño: mientras más lejos esté de la órbita del Pentágono, más útil será su poderío para las causas de la transformación democrática y preservación soberana de la región.

Estados Unidos ha encerrado a América Latina en un anillo de hierro representado por unas 40 bases militares bajo la conducción y el patrullaje constante del Comando Sur y de la IV Flota de Guerra. El militarismo más descarnado y la supremacía tecnológica y militar están al servicio de una hegemonía en franco retroceso histórico. Sin embargo, todo ello no ha podido detener la voluntad de cambio hacia el mayor progreso social en una decena de países centro y suramericanos, ni quebrantar la voluntad de resistir y reconvertir su modelo económico y político, como en el caso de la República Socialista de Cuba, cambio de izquierda que implantó por esa vía en nuestro subcontinente el policentrismo que golpea con fuerza a la hegemonía decadente y hunde como cosa del pasado al transitorio unilateralismo hegemónico.

Las actuales “guerras encubiertas” del presidente de Estados Unidos,  Barack Obama, son parte central de su doctrina estratégica, apoyadas en la “guerra desinformativa y sicológica”, la “guerra cibernética”, e instrumentadas por los “comandos tácticos especializados” de la Agencia Central de Inteligencia estadunidense (CIA, por su sigla en inglés) y el Pentágono (en 47 países, con más de 15 mil efectivos), acompañados del uso indiscriminado de drones, esas modernas máquinas de asesinar; todo lo cual, en teoría, sustituye a la “guerra asimétrica”, a los “ataques preventivos” y las “guerras de estabilización” u “ocupación” propias de la Doctrina Bush.

Pero, “las guerras de Obama”, que tienen como soporte operaciones encubiertas, se despliegan en su fase de inteligencia y espionaje hacia sus propios ciudadanos y aliados, en realidad, hacia todo el mundo, lo cual es propio de los Estados totalitarios que tanto condenó Estados Unidos en tiempos de la Guerra Fría, y cuya base fueron los cambios instrumentados durante la etapa de George W Bush expresados en la aprobación de la Ley Patriota I y II y la Ley de la Victoria, que ofrecieron la falsa disyuntiva del pensamiento ultraconservador y autoritario entre “seguridad y ejercicio de las libertades”, optando por la acumulación de atribuciones en los órganos de seguridad e inteligencia y en los judiciales, creando tribunales fantasma con fuertes atribuciones condenatorias en detrimento del respeto irrestricto a las libertades ciudadanas. Es la tendencia histórica de toda potencia decadente.

Se está apenas procesando con puntualidad todo lo que implicó de enorme y brutal regresividad en las conquistas democráticas la Doctrina Bush para combatir al “terrorismo internacional”: se montó una subestructura global de represión, terrorismo de Estado, extraconstitucional y extrajudicial, por tanto, dictatorial, paramilitar, con una inmensa red de centros de detención, tortura y desaparición de personas en diversas regiones y países (cientos de Guantánamos) y asesinatos selectivos, conformada y operada por los organismos de seguridad, inteligencia y militares de Estados Unidos y aliados diversos, pero además, infamemente impunes, con múltiples aliados vergonzantes en la “civilizada, democrática y unitaria” Europa Occidental, pero sobre todo en Asia; menos en África y América Latina, plenamente conocidos por el Congreso y el Ejecutivo estadunidenses, de lo cual ofrecieron testimonios, datos, nombres y circunstancias distintos organismos internacionales, de derechos humanos, movimientos sociopolíticos y personalidades, especialmente, Amnistía Internacional, que permeó toda la concepción y doctrinas sobre la estructura, operación y conducción de las agencias y cuerpos de seguridad y defensa, del poder judicial, constituido como el “gran poder” en las estructuras del Estado, aún perviviente (Pilar Calveiro, 2012).

Son múltiples los instrumentos de la guerra global multifacética y permanente, de dimensión limitada en todas las regiones del mundo, que conlleva la violación sistemática de la soberanía nacional de diversos países, pero especialmente de Oriente Próximo y América Latina (incluyen la guerra bacteriológica y el sicariato privado por contrato). Ello implica que el Pentágono desarrolla sus “operaciones especiales” en todo el mundo mientras las “operaciones militares tradicionales” se reducen. La estrategia se presenta, igualmente, como un esfuerzo de reducción de costos. Con esta doctrina, Obama, que privilegia tales instrumentos de ataque a quienes resistan a su proceso de reconstrucción hegemónica tardía, cambia los teatros de las operaciones a escala (las “guerras de intervención, ocupación y reconstrucción”, así llamadas en la Doctrina Bush) por otras más pequeñas, manejables a voluntad y rentables políticamente. Agreguemos que agencias como la CIA y la DEA (Agencia Antidrogas estadunidense), tienen sus propios “comandos de operaciones encubiertos especiales” para las “guerras permanentes y limitadas” tras objetivos específicos.

El despliegue de comandos “más cerca de las nuevas zonas de crisis” es conforme necesidades tácticas con operaciones especiales rápidas y ligeras que dejan poca huella, cuyo objetivo, según un funcionario del Departamento de Defensa, es “aumentar la cooperación con ejércitos extranjeros, trabajando con ellos para derrotar las amenazas locales en lugar de que Estados Unidos asuma la mayor parte de estas luchas”. Esta doctrina de defensa y estrategia política militar ofensiva conlleva que una parte pequeña del Ejército profesional de Estados Unidos pase a la clandestinidad operativamente y se desdoble en grupos cuasiparamilitares mediante comandos tácticos especiales en donde actúe, lo que incluye tareas, desde el financiamiento hasta la eliminación física de opositores. A una parte de estos tipos de guerra, Estados Unidos la ha privatizado (total o parcialmente) mediante contratos a corporaciones de lucro, como Blackwater (hoy XE Services), con quien en 2010 el Departamento de Estado tenía un contrato por 400 millones de dólares, que incluía: acciones con aviones espías, asesinatos en operaciones encubiertas y secuestros a escala global, todo en manos de una empresa privada (Global Intelligence, “La CIA y Blackwater, socios en operaciones encubiertas”: http://blackop.wordpress.com/2010/01/17/la-cia-y-blackwater-socios-en-operaciones-encubiertas/).

Las relaciones con esta corporación conforman un modelo inusitado mediante el cual se ha privatizado un conjunto de operaciones encubiertas político-militares en países soberanos, por ejemplo: en entrevista transmitida el 20 de septiembre de 2009 por la televisión pakistaní, el general Mirza Aslam Beg acusó a Estados Unidos de ordenar los asesinatos de la primer ministro pakistaní Benazir Bhutto (hipotéticamente por su posibilidad de ganar la elección y volver a ser elegida primer ministro; luego fue asesinado también el fiscal que llevaba la investigación sobre el magnicidio) y del exprimer ministro libanés Rafic Hariri (hipotéticamente, por su anuencia a preservar la influencia de Siria en Líbano). El general pakistaní precisó que ambas operaciones fueron ejecutadas por la firma privada Blackwater; igualmente, en agosto de 2009, The New York Times reveló que la CIA contrató como sicario a Blackwater en un plan durante todo el gobierno de Bush para asesinar a Bin Laden y a líderes de Al Qaeda. El programa habría sido cancelado por problemas legales, se agrega, pero también se conoció que en 2008 el Comando de Misiles y Defensa Espacial del Ejército de Estados Unidos otorgó contratos por 15 mil millones de dólares a un grupo de empresas privadas, incluyendo a Blackwater. Uno de los contratos incluyó operaciones de inteligencia, espionaje y reconocimiento sobre México y Colombia. ¿Las intercepciones informáticas, recientemente conocidas, a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto serán ajenas a los servicios de una empresa como Blackwater o alguna otra? Un último ejemplo: dos agentes de Blackwater revelaron a Der Spiegel que la CIA había contratado a dicha empresa para el secuestro y entrega de prisioneros de Guantánamo a prisiones clandestinas en Afganistán, Pakistán y Uzbekistán (González, Richard, 20 de agosto de 2009; y Red Voltaire, 24 de septiembre de 2009). Estamos ante la “privatización” de las agresiones a la soberanía nacional y del sicariato por contrato para asesinar personas, lo cual rebasa cualquier imaginario de brutalidad criminal agresiva.

Parte de esta Doctrina Obama en su asociación con sus principales aliados latinoamericanos (se aplicó ya por el Ejército Colombiano en el contexto del conflicto armado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia “para recuperar las ciudades”), conforma el desarrollo de una nueva “guerra urbana contra masas movilizadas”, variante de las “tácticas de contrainsurgencia”, pero ésta, orientada al conflicto político con masas en insurgencia pacífica.

En el Fuerte Aguayo, de la Armada chilena, se construyó con financiamiento estadunidense (a finales de 2011) una base para el entrenamiento de soldados especializados en operaciones en ciudades. Se trata de instalaciones construidas en la Base Concón, a 30 kilómetros al Norte de Valparaíso, que forman parte del programa Operaciones Militares en Territorios Urbanos (MOUT, por su sigla en inglés) del Comando Sur de Estados Unidos. Chile ha ganado importancia en la estrategia del Pentágono desde que varios países de la región como Argentina, Bolivia, Uruguay y Venezuela no envían más tropas al Instituto del Hemisferio Occidental para Cooperación en Seguridad, heredero de la vieja Escuela de las Américas (“escuela de dictadores”, por la experiencia latinoamericana). Allí se irán a entrenar desde distintos países latinoamericanos (sobre todo los aliados estadunidenses); por ello, el peligro para los movimientos y partidos de izquierda en México, particularmente. Este proyecto podemos considerarlo de la derecha continental para criminalizar la protesta social, al que Estados Unidos ofrece un soporte táctico, operativo y doctrinario. Este tema es de gran preocupación por la filosofía exportable del MOUT, que es la “nueva cruzada contrainsurgente”, encabezada por Estados Unidos y el Pentágono. Conforman un modelo de represión política para masas movilizadas en el espacio urbano que permite trasladar a nuestro subcontinente toda la experiencia del Ejército estadunidense de su guerra en Irak, guerra esencialmente urbana.

En el libro Dirty wars: the world is a battlefield (Editorial Nation Books, Nueva York, 2013), del periodista inglés Jeremy Scahill (de The Guardian), entre muchas cosas, documenta algunas cuestiones muy importantes.

La información sustancial describe las acciones del Comando Conjunto de Operaciones Especiales de Estados Unidos (JSOC, por su sigla en inglés) como: el “secuestro de disidentes”, la “entrega pactada”, los “secuestros y encarcelamientos ilegales”, “la tortura” y “el asesinato”. La primera frase del libro dice: “Ésta es una historia acerca de cómo Estados Unidos llegó a abrazar el asesinato como una parte central de su política de seguridad nacional […] y de las consecuencias para la democracia estadunidense”. Y luego: “Es una historia acerca de las fuerzas especiales de elite y de mercenarios que operan con mucho menos supervisión del Congreso o del público que el resto de los militares de Estados Unidos. Es una historia sobre el Comando Conjunto de Operaciones Especiales y la CIA” (nota para el lector, prólogo y página 105). Y afirma después: “Fuentes confiables relacionadas con ‘operaciones especiales’ me dijeron que entre los países donde los equipos JSOC habían sido desplegados bajo la administración [de] Obama son: Irán, Georgia, Ucrania, Bolivia, Paraguay, Ecuador, Perú, Yemen, Pakistán (también en Baluchistán) y Filipinas […]. JSOC también apoyaba a la Agencia de Control de Drogas de Estados Unidos en las operaciones para Colombia y México” (página 355).

Se ilustra la estrecha relación entre el JSOC y la empresa Blackwater (páginas 177-178), y presentan testimonios de familias con muchas bajas humanas debido a estas operaciones de guerra, tanto en Yemen como en otros países. Scahill se refiere a estas operaciones (Predator drone strikes) como “no tan encubiertas”. Dice: “Es difícil ocultar una guerra con drones que está matando a miles de personas. Los ‘secretos escuadrones de la muerte’, las redadas nocturnas de las que alardean frente a la Casa Blanca, y del Cuerpo Especial [se refiere a los JSOC, antes descrito], no son tan secretas” (página 357). Dichas guerras pueden tener algunos resultados positivos para Estados Unidos, pero sin duda serán, a la larga, transitorios; sin embargo, exhiben con toda transparencia justamente a un gran poder en plena decadencia. La barbarie política y militar jamás podrá ser tutelada por una gran potencia que se precie de “civilizada y democrática”. No se lo merece la sociedad estadunidense que ha hecho un esfuerzo de siglos por construir una gran nación de vanguardia. Mucho cuidado, México y América Latina.

*Economista y maestro en finanzas; especializado en economía internacional e inteligencia para la seguridad nacional; miembro de la Red México-China de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México

TEXTOS RELACIONADOS:

 

 

 

Contralínea 365 / 16 – 22 de diciembre de 2013

 

 

Comments

comments