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Norma Esther Andrade es reconocida en el país y en el extranjero. No es una artista ni una científica exitosa, pero es una mujer especial: normalista de profesión, madre de dos hijas, cuatro veces abuela… su biografía es también una historia de dolor y, sobre todo, de implacable lucha. Al asesinato de su hija –su cuerpo violentado sexualmente y abandonado en un lote baldío– vino el despertar, la conciencia de los feminicidios que desde 1993 azotan el lugar del que es oriunda, Ciudad Juárez. Así, de la mano de Marisela Ortiz, fundó Nuestras Hijas de Regreso a Casa, organización que busca justicia para las mujeres desaparecidas y asesinadas en Chihuahua

En compañía de un escolta vestido de civil, Norma llega puntual al lugar de la cita. Luego de dos atentados contra su vida, una bala alojada a 10 grados del corazón, no tiene elección.

La memoria le impone otros rituales. Desde el asesinato de la menor de sus dos hijas, una adolescente de 17 años edad, Norma la lleva anclada a las entrañas, pero también a un peculiar escapulario. “¡Justicia!”, se lee en la parte superior del distintivo; al centro un rostro juvenil, sonriente, terso… Sepultado. Es Lilia Alejandra García Andrade, madre y obrera, que despareció el 14 de febrero de 2001, día en que se celebra el amor. Lienzo de maldad humana, violencia criminal, complicidad e impunidad gubernamental, su cuerpo semidesnudo sería encontrado 1 semana después ya sin aliento, con signos de tortura y violencia sexual.

Es el otoño de 2013. Una taza de café azucarado para el sosiego del alma. Desde el gabinete de un restaurante ubicado al Sur de la Ciudad de México (su escolta plantado en el parque de enfrente), Norma Esther Andrade sostiene que 12 años después del crimen que transformara su existencia, Alejandra es aún inspiración, su razón de lucha.

Convertirse en activista y después en derechohumanista no fue una elección para Norma. Los serpenteos de la vida la llevaron hasta ahí. Quebrantaron la burbuja rosada que era su vida.

Aún recuerda cuando solía pasear libremente por las calles de Ciudad Juárez, Chihuahua, en compañía de sus cuatro nietos, aún ajena a la realidad de los feminicidios que ya azotaban esa ciudad fronteriza. Luego vino el asesinato de Alejandra, su cuerpo violentado y arrojado a un lote baldío, y con ello el inicio de una lucha interminable que sólo se detendrá, advierte, con el advenimiento de la justicia.

Hoy, a sus 52 años, Norma vive dolorida, exiliada y sujeta a un riguroso protocolo de seguridad que le impide, entre otras cosas, salir sola a la calle. Su lucha y denuncia detonaron en represión. Además de arrebatarle a su hija, las bandas criminales que operan en Chihuahua al amparo del poder público la obligaron a vivir lejos de su casa, de su lugar de trabajo, de su familia, de su comadre a la que considera como una hermana, de su pareja sentimental… ¿Qué otra cosa podía hacer luego de que un hombre le disparara a quemarropa?

Norma aún siente en la piel el intenso frío de aquella tarde de diciembre de 2011. Jade, la hija mayor de Alejandra, la ayudaba a subir a la camioneta los materiales para la clase que impartiría a estudiantes de preparatoria y universidad abierta. Las dos afuera de la casa familiar; un hombre extraño que se les acercó a menos de 2 metros para, sin más, descargar sobre Norma la totalidad de balas del revólver que cargaba; una niña de 12 años en shock ante el estruendo de los cinco impactos de bala que atravesaran el torso, el brazo y la mano de su abuela.

Aunque las autoridades de España ofrecieron a Norma cobijo y seguridad luego de este intento de asesinato –fallido como por “obra divina”–, ella rechazó la propuesta, incluso a contracorriente de la opinión de sus abogados. Le preocupaba que Kaleb y Jade, los hijos que Alejandra no pudo ver crecer y que ahora están a su cargo, no consiguieran revalidar sus estudios al regresar a México. Finalmente, Norma aceptó refugiarse en el Distrito Federal.

Pese a las medidas cautelares dictadas a su favor, el panorama no fue mejor para Norma. La mañana del 3 de febrero de 2012, apenas 2 meses después de la balacera que le limitara la movilidad del brazo derecho (hacia el frente puede levantarlo sólo en un ángulo de 90 grados y hacia el costado de 30), fue nuevamente atacada. Un hombre armado con navaja irrumpió en su casa de la delegación Coyoacán decidido a asestar en la yugular. Gracias a la defensa casi instintiva de Norma, las lesiones se quedaron a la altura del rostro y del cuello.

—Ha librado ya dos intentos de asesinato, en el primero de ellos le propinaron cinco balazos. ¿Tiene alguna explicación de por qué ha sobrevivido a estos dos atentados? –se le pregunta.

—Sé que hay quienes lo dudan, pero yo digo que existe un dios y que él me protegió. Y si no fue un dios, fue mi hija, porque yo no me lo puedo explicar: el asesino me agredió a menos de 2 metros; el balazo se quedó a 10 grados del corazón…

—¿Qué le ha significado renunciar a su libertad como parte del protocolo de seguridad que debe de seguir?

—Ha sido muy fuerte. Es muy difícil esa pérdida de libertad. Y no es nada más el no poder salir a la calle: es no poder contestar el teléfono, porque si lo contestas puedes recibir algo que te va a alterar. Me ha dejado diabética, hipertensa. Yo pienso que [los agresores] me han hecho una mujer vulnerable que antes no era. Yo siempre me consideré una persona fuerte de carácter y para tomar decisiones. Ahora todo lo que hago lo tengo que consultar porque puede tener consecuencias.

—¿Vive con miedo?

—Sí. Pero más que miedo de que me suceda algo a mí, temo por la seguridad de Jade, de Kaleb, de mis nietos. La mayoría de los periodistas me preguntan por qué a pesar de todo no me he retirado o escondido. Les digo que son varias las razones, pero que la principal es porque yo quiero que esto termine y que mis nietas puedan andar libremente en la calle, que puedan andar en cualquier parte del país sin que alguien tenga que andar atrás de ellas. Es muy duro perder tu libertad porque alguien te tiene que cuidar; es muy duro que no puedas hacer nada porque siempre tiene que estar alguien contigo. Para quien ha sido más duro es para Jade y Kaleb, porque aunque los pueda tener con todas las comodidades del mundo, los juegos y todo para entretenerlos adentro de casa, son jóvenes, están en la adolescencia, quieren salir, convivir con otros jóvenes igual a ellos, quieren una libertad que no tienen.

—¿Siente odio, rencor, en contra de las personas que trajeron este dolor y zozobra a su vida?

—Sí. Te mentiría si dijera que no. Sí siento mucho coraje, no sé si podría decir odio, pero sí mucho coraje contra todo lo que ha cambiado mi vida, que ha hecho que yo tenga que ser otra persona y vivir en otro lugar muy diferente al lugar donde nací y crecí; que ha ocasionado muchas de mis pérdidas. Entonces, sí siento mucho rencor, no sé si contra la vida, contra quienes lo hicieron o contra el destino.

“Pero a estas alturas ya he aprendido que no todos somos culpables y que no puedo descargar mi enojo, mi frustración, hacia terceras personas que tal vez se atraviesan para ayudarme. Además, ahora ya sé bien quién es mi enemigo y en dónde está mi gente. ¿Quién es mi enemigo? El gobierno. Que me tengo que sentar a negociar con él, sí. Sin embargo, no porque yo esté sentada en la mesa de diálogo quiere decir que les voy a dar mi mano, porque yo sé que estoy luchando en contra del gobierno por permitir lo que le pasa a las jovencitas”.

—¿Qué es lo que más desea a futuro?

—Yo quiero dos cosas en esta vida: lo que más deseo es el castigo a los asesinos de mi hija y a los funcionarios que encubrieron a quienes la asesinaron. Yo no me voy a callar hasta ver al asesino de Alejandra en la cárcel, aunque haya quien me diga que no la dejo descansar. Otra de las cosas que quiero es ver a mis dos hijos [así se refiere a Kaleb y Jade] realizados como profesionales, como personas productivas pero felices; que ellos logren sus metas e ideales. Yo creo que si logro ver eso, diría que mi vida, a pesar de todos los cambios, tuvo un sentido.

La fundación de Nuestras Hijas de Regreso a Casa

La historia de Norma Andrade está lejos de la ficción; no es siquiera peculiar, porque la tragedia se multiplica. Cada vez son más las Normas Andrade que habitan en México. Mujeres y madres con descendientes asesinados y/o desaparecidos que, en abrupto, se han volcado de sus labores cotidianas a la lucha por la paz, la justicia y el cese de la impunidad que impera en el país.

Antes del asesinato de su hija, Norma se dedicaba de lleno a sus nietos y a sus alumnos de primaria. A los primeros los “malcriaba”; a los segundos los disciplinaba al incorporarlos a actividades deportivas como el basquetbol o el futbol. Ya por las tardes impartía clases a estudiantes de preparatoria y universidad abierta. Norma trabajaba por gusto y no por dinero. Su esposo, chofer de tráiler, le proveía todos los bienes necesarios.

Por aquellos tiempos de tintura rosa, Norma era también ajena a la realidad de los feminicidios que ocurrían en Ciudad Juárez al menos desde 1993. Recuerda que un día, a la altura del municipio de Villa Ahumada, una señora la increpó: “¿eres de Juárez, el lugar en donde están matando a las mujeres?”. Norma, incrédula, incluso molesta, le respondió: “¡Ay, señora, qué exagerada. No es cierto, no es verdad!”.

La inocencia de Norma se prolongaría hasta el día en que su hija desapareció, el 14 de febrero de 2001. Veinte mil ideas le pasaron por la mente, menos lo que en realidad sucedía. Visitó la Cruz Roja y todos los hospitales de la zona pensando que habían atropellado a Alejandra, que estaba inconsciente.

Una semana después la realidad le escupió en la cara. La menor de sus dos hijas fue hallada muerta, semidesnuda y con marcas propias de tortura y violencia sexual.

Al dolor por la pérdida se adhirió un fuerte sentimiento de desamparo; aquél que se experimenta cuando las instituciones del Estado mexicano resultan indiferentes e ineptas, encubridoras y corruptas.

Así fue que nació Nuestras Hijas de Regreso a Casa, asociación civil integrada por familiares y amistades de jóvenes desaparecidas y asesinadas en Chihuahua. Sus fundadoras son Norma Andrade y Marisela Ortiz Rivera, esta última profesora de Alejandra durante los 3 años que duró su instrucción secundaria. En 2003, Malú García Andrade, la hija mayor de Norma, también se incorporó a la organización.

—¿Cómo es que decide participar de la creación de Nuestras Hijas de Regreso a Casa?

—No es que realmente yo lo haya decidido. Marisela publicó un desplegado en el Heraldo de Chihuahua para manifestar su indignación por la desaparición de cinco jovencitas en Chihuahua. De ellas, Alejandra era la única que había aparecido muerta.

“Entonces los papás de Minerva, una de las cinco chicas desaparecidas, se contactan con Marisela y ella me habla. Nos reunimos en un restaurante y nos piden ayuda. Yo recuerdo que les dije que si no había podido ayudar a Alejandra, cómo los iba a ayudar a ellos. Yo me levanté y me fui. Yo iba llorando y los papás de Minerva se quedaron llorando, y Marisela nos veía a ambos sin saber qué hacer.

“Cuando llegué a mi casa, mi mamá me preguntó que para qué me querían. Yo le empecé a platicar y cuando me callé, ella me dijo: ‘Precisamente por eso, porque a Alejandra no la pudimos ayudar, ayúdalos a ellos. Recuerda como andábamos tú y yo solas tratando de tapizar la ciudad con pesquisas’.

“De nuevo volví a levantarme de mi lugar, me trepé al carro y ahí voy otra vez. Todavía estaban en el restaurante. Yo recuerdo que le dije a la señora Consuelo: ‘no sé en qué le pueda yo ayudar. Si usted cree que mi manera de hablar, que mis manos le pueden servir de algo, adelante, aquí estoy’.

“Entonces Marisela empezó a organizarnos unas protestas afuera del palacio de gobierno de Chihuahua, junto con las otras mamás. A medida que comenzamos a protestar y que empezaron a vernos, más mujeres se acercaron a nosotras por lo que decidimos conformarnos en una organización civil. Como Alejandra era hasta el momento la única asesinada y todas las demás estaban en calidad de desaparecidas, se optó por el nombre de Nuestras Hijas de Regreso a Casa.”

Desde la creación de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, las integrantes de la asociación civil han sido blanco de, al menos, 30 actos de amenazas y hostigamiento. Poco antes del exilio de Norma, Marisela y Malú ya habían trazado el camino. Marisela se fue a Estados Unidos luego del asesinato de su hermano; Malú, al Sur del país, a raíz del incendio que destrozara el nicho materno que aún la cobijaba.

Norma comenta que la represión en contra de la organización que cofundó se agudizó a raíz de que ésta interpusiera una denuncia por trata de personas derivada de la desaparición de una joven en enero de 2011.

Asesinato de Alejandra, detonante de tragedias

El asesinato de su hija fue tan sólo el catalizador de una maraña de tragedias que marcarían su vida. A ello sobrevino la muerte de su madre, la de su esposo (según el doctor que lo atendió, la depresión le produjo células cancerígenas), un cáncer que le invadió la matriz y que la sometió a tortuosas quimioterapias, dos atentados contra su vida, los daños sicológicos que sufrieron ella y sus nietos.

—¿De entre todo lo que ha vivido, que ha sido lo más difícil para usted?

—Yo creo que la muerte; levantarse del asesinato de Alejandra. También ver a Jade cuando entra en crisis y no saberla ayudar. Es muy duro, muy difícil no poder ayudarla, ver su angustia, su miedo.

A raíz de lo ocurrido, Kaleb, Jade y Norma están en tratamiento sicológico y siquiátrico. Cada cual ha desencadenado de forma distinta su problemática: Kaleb, en una fobia hacia los animales; Jade, en la creación de un mundo irreal en el que escucha voces que la agreden; Norma, en profundas depresiones e inestabilidades que la conducen a un constante llanto.

Norma carga, además, con una culpa: se siente responsable por la desaparición y posterior asesinato de su hija. Y es que el día en que Alejandra desapreció, Norma no fue a recogerla al trabajo como solía hacerlo. “Yo creo que es por lo que más me he dado de topes. Ya sé, me han dicho de 20 mil maneras que no soy culpable, pero la sensación ahí sigue. Es algo con lo que he estado aprendiendo a lidiar. Yo sé que el hubiera no existe, pero de todos modos lo pienso: ¿qué hubiera pasado si hubiese ido por ella?”.

—Jade y Kaleb, sus nietos, ahora sus hijos, ¿qué representan para usted?

—Creo que si no fuera por ellos yo no estaría aquí. Desde que asesinaron a Alejandra ellos han sido mi motor. Ellos dependen económicamente de mí, además de que les inculco valores y todo eso, mas yo dependo de ellos emocionalmente. Yo creo que si ellos no estuvieran, yo ya me habría vuelto loca.

—Dada su situación, ¿cómo solventa sus gastos y los de los niños?

—Había un acuerdo con [el] gobierno federal [de] que me iban a apoyar y no lo hicieron. De hecho, nos acaban de desalojar de donde vivíamos porque se nos hizo un adeudo con intereses y la cuenta estaba por las nubes. No es justo que tu abogado estuviera pagando de su bolsillo la renta. Ahorita yo estoy incapacitada todavía: no he recuperado al ciento por ciento la movilidad de mi brazo y la lateralidad ya no la voy a recuperar. Me apoya el Grupo de Acción por los Derechos Humanos y la Justicia Social, y hubo un fondo que me parece que salió de los Países Bajos. En un principio, algunos diputados de la anterior legislatura del Distrito Federal hicieron una aportación.

Norma, escéptica de la justicia mexicana

—¿Qué impresión tiene hoy de los gobernantes mexicanos?

—Que son unos corruptos.

—¿Todos o hay excepciones?

—No las hay.

—¿Qué piensa de la justicia en el país?

—Que es un asco.

—En su caso, en el de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, ¿ha habido siquiera una llamarada de justicia?

—No.

—Si ustedes, sin conocimiento alguno en investigación criminal, han logrado identificar a algunos de los grupos delincuenciales que operan en Ciudad Juárez, ¿las autoridades los ubican perfectamente?

—Claro que sí.

—¿Y qué hacen al respecto?

—Nada. Aparentar que hacen.

Norma responde sin titubeo a cada una de las preguntas planteadas. Su voz es la de una mujer a la que la experiencia ha vuelto incrédula. Ahora su única esperanza está fuera del país. Apela a que la Corte Interamericana de Derechos Humanos retome su caso y, así, obligue a los gobernantes mexicanos a aplicar la respectiva justicia: “que todos los funcionarios que de alguna u otra manera han permitido que esto siga creciendo, sean castigados”.

—Después del tiempo transcurrido, ¿sabe ya quién mató a su hija y quién la agredió a usted?

—¿Quiénes mataron a mi hija? De acuerdo con las pruebas de ADN, el asesino de Alejandra habría matado al menos a otras cuatro chicas, a tres antes que Alejandra. Pero él no pudo haber sido solo, porque la tuvieron en cautiverio; él solo no la pudo haber levantado. Sabemos que era familiar de un ministerio público de la Procuraduría [General] de Justicia del estado; sabemos que en la Procuraduría lo protegieron y tergiversaron pruebas.

“¿Quién me agredió? Pudo haber sido el gobierno, el crimen organizado contra quien estábamos presentando denuncias por trata de personas. Pudo haber sido cualquiera a quien con mi lucha le haya pisado algún callo.”

La mujer premiada

En octubre pasado, Norma Andrade y Marisela Ortiz fueron reconocidas entre las “30 Mentes Quo + Discovery”, en la categoría “Mente humana”, que valora la curiosidad, pasión, integración, visión e inspiración para mover al país a un estado mejor. Cuatro meses antes, fueron merecedoras del premio Alice Salomon, de Alemania, que honra a las personalidades que han contribuido con la emancipación de la mujer y el desarrollo del trabajo social.

Éstos son los más recientes reconocimientos que han recibido las fundadoras de Nuestras Hijas de Regreso a Casa.

—¿Qué siente de ser una mujer tan reconocida por su labor?

—Yo le veo más mérito a quienes por pura convicción, sin haber sido víctimas, luchan por la defensa de los derechos. Yo me veo inmersa en esta lucha cuando mi hija fue víctima de un asesinato. Si esto no hubiera pasado, tal vez yo no estaría aquí. A la mejor sí hubiera seguido luchando, porque nunca me han gustado las injusticias. Pero antes de esto, y como profesora sindicalizada y simpatizante de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, yo estaba más bien encaminada hacia las violaciones de nuestros derechos laborales.

—¿Cómo actúan estos reconocimientos sobre el dolor?

—Son emociones encontradas. Por un lado me siento orgullosa de que reconozcan mi trabajo, de que me digan que sí vale. Me motivan a seguir luchando, a no desfallecer y a volverme a levantar si es que caigo. Pero cuando miro el motivo, me da tristeza.

—¿Cómo podría definir, desde su mirada, la situación que las mujeres viven en México?

—Te lo diría con las palabras de mi niña. Jade dice: “tener este cuerpo es peligro de muerte”. Y te lo está diciendo una niña a los 13 años [de edad]. Ella es consciente de que por el puro hecho de tener cuerpo de mujer se está en peligro de muerte. Ésa es la situación que se vive en Ciudad Juárez y en el resto del país. Y si se te ocurre levantar la voz y volverte activista, todavía es peor, porque al gobierno ni le gusta ni le conviene que estés en su contra.

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Fuente: Contralínea 363 / 01 diciembre de 2013


  

 

 

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