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Apenas el pasado mes de julio, en el número 343 de este semanario, expuse en el artículo “México ante la UNESCO: otra elección política y no académica”, entre otras cosas, que la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de la arqueóloga Helena Barba Meinecke, había dado a conocer el descubrimiento apócrifo de los restos del navío británico HMS (Her Majesty’s Ship) Forth hundido en 1849, en el Arrecife de Alacranes. Entonces me refería a que de ese pecio ya se conocía su ubicación y su historia (o parte de ésta) y que había sido objeto de exploraciones previas por otros grupos de investigación. Ese mismo mes la SAS anunció otro descubrimiento simulado. En el comunicado 273 del 25 de julio de 2013, de la Dirección de Medios de Comunicación del INAH (nota que se ubica en la página del INAH en el apartado de hallazgos), la arqueóloga Laura Romero, miembro de la SAS, da cuenta del mismo. En éste, la investigadora señala que arqueólogos subacuáticos de la SAS, en coordinación con miembros del Centro INAH-Baja California, coordinados por el arqueólogo Alberto Porcayo, descubrieron y rescataron algunos restos de una antigua canoa en las inmediaciones de la Laguna Manuela del complejo lagunar Ojo de Liebre y Guerrero Negro, en Baja California, mismos que han sido fechados con poco más de 200 años de antigüedad. Descubrimiento que, según Romero, se suma a otros de ese tipo de artefactos y restos materiales que han sido localizados a lo largo de toda la costa bajacaliforniana, desde Rosarito hasta el Vizcaíno (www.inah.gob.mx/boletines/14-hallazgos/6684-extraen-de-la-arena-restos-de-canoa-de-mas-de-200-anos).

La noticia también fue dada a conocer en medios como Milenio y Excélsior (www.milenio.com/cultura/Descubren-restos-canoa-anos_0_ 122987919.html; www.excelsior.com.mx/nacional/2013/07/25/9106 58), en los que la nota, a grandes rasgos, es la misma. De entre otros canales que dieron a conocer “el descubrimiento”, además del boletín del INAH, destacan dos: la página de la Presidencia de la República (www.presidencia.gob.mx/descubren-restos-de-una-canoa-antigua-en-baja-california/), por la seriedad que implica un anuncio de esta dependencia y en el que desde el enlace se señala que es un descubrimiento, y que si de seriedad se tratara, ésta debería hacer parte desde el boletín del INAH, pero más allá de los medios que dan a conocer la nota, la seriedad y la verdad deberían provenir de los “investigadores” que la refieren; y el segundo, La voz de la frontera, de Mexicali, medio en el que el 14 de julio de este año se dio cuenta de las declaraciones del arqueólogo Antonio Porcayo, reseñadas por Laura Elena Aguayo, que van en el mismo sentido, además de que en éste Porcayo establece que la canoa: “…ya había sido descubierta en la década de 1970, pero las dunas de arena no permitían que fuera divisada, lo cual ocasionó que con el paso del tiempo las personas la volvieran a ver en repetidas ocasiones en sitios distintos, siendo ésta una de las razones que motivó a personal del INAH a su búsqueda incansable”. Embarcación que según esta fuente fue localizada y rescatada el 21 de junio de 2012 por un grupo integrado por los arqueólogos Roberto Junco, Laura Romero Padilla (ambos de la SAS), John Joseph Temple Sánchez y Antonio Porcayo Michelini (www.oem.com.mx/lavozdelafrontera/notas/n3052712.htm). Debe tener el arqueólogo Porcayo las evidencias que den cuenta del descubrimiento de la canoa en la década de 1970 para haberlo mencionado, y de lo que seguramente quedó constancia en la conferencia impartida por Romero, Porcayo y Junco llamada “Rescate de una canoa en Laguna Manuela, Baja California”, presentada en el Encuentro Binacional de Balances y Perspectivas sobre la Antropología e Historia de Baja California, el 24 de septiembre de 2012, en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Respecto a que “las personas la volvieran a ver en repetidas ocasiones en sitios distintos”, me parece fundamental puntualizar que la canoa difícilmente cambiaría de lugar debido a sus dimensiones y peso, además de que se encontraba semienterrada en el suelo más compactado sobre el que se forman y se mueven las dunas por la acción del viento en el área referida, por lo que si en ocasiones no se podía observar era porque la arena de las dunas la cubría.

Respecto a lo anterior debo externar, en honor a la verdad, algunas aclaraciones más referentes al “descubrimiento” de la canoa. Primero, que la canoa difícilmente puede ser localizada y rescatada el mismo día, pues entonces ello indicaría una falta de planeación de la operación de rescate. Por lo que de ésta, los involucrados en los boletines y noticias reseñadas, tenían conocimiento previo, y aunque ésta haya sido nuevamente registrada por Romero, Junco y Porcayo y parte de la misma recuperada en 2012, eso no invalida que la canoa fue descubierta hace 13 años por un grupo de investigadores mexicanos y estadunidenses –del que yo formé parte–, y sería injusto decir que yo fui el que encontró la canoa en medio de las dunas muy cerca de la Laguna Manuela, pues entonces ese hallazgo lo consideramos un descubrimiento colectivo, ya que todos caminamos sistemáticamente gran parte de la lengüeta de tierra que separa el Océano Pacífico de la Laguna Manuela, en donde por fortuna encontré la canoa en uno de mis recorridos el viernes 5 de mayo de 2000.

Ese año viajamos hasta esas latitudes en una expedición de exploración e investigación la arqueóloga Carmen Rojas Sandoval y un servidor como investigadores de la SAS y el arqueólogo César Bercovich por el Centro Regional INAH. Por la parte estadunidense participó un numeroso grupo de investigadores y voluntarios, entre los que se encontraban el historiador naval Edward Von der Porten; el arqueólogo Jack Hunter; los geofísicos Sheldon Breiner, Meg Watters y Amy Day Lewis; los beachcombers Michael Raven y Jeff Lough; los fotógrafos Sisse Brimberg, Jesús López y la reportera Margaret Foster, los tres de la National Geographic; y la voluntaria Cindy Navarro, entre otros colaboradores que visitaban el campamento y el área de búsqueda durante el día y ocasionalmente. El equipo principal de exploración acampó entre la playa y las dunas, en las inmediaciones de Laguna Manuela durante varios días (imagen 1). Por lo anterior, el tan anunciado “descubrimiento” de la canoa no es tal, pues ése ya lo habíamos realizado hace 13 años las personas mencionadas y un servidor.

Para demostrar lo anterior, Contralínea presenta una fotografía tomada en 2000 por Jeff Lough, misma que él me obsequió, en la que aparezco liberando la canoa (imagen 2) y retoma una de las cinco fotografías del boletín de la Presidencia de la República y del INAH, en las que se muestra la canoa durante su excavación y recuperación (imagen 3). Si se comparan las imágenes, fácilmente se certifica que es la misma canoa. Y lo más grave, la imagen de los boletines muestra el evidente deterioro de la misma a 12 años de distancia. En aquel entonces la canoa no estaba fragmentada en tres partes como reporta Romero: se encontraba segmentada en dos partes, como se puede apreciar en la imagen de 2000. Descubrimiento auténtico, que entonces no significó gran relevancia para la titular de la SAS, la maestra Pilar Luna Erreguerena, por lo que no se procedió a su salvamento y análisis detallado, lo que indudablemente muestra irresponsabilidad en el ejercicio de la profesión. Además, este semanario cuenta con los correos electrónicos que la arqueóloga Laura Romero me dirigió en agosto de 2012, en los que ella misma constató que yo fui el descubridor de la canoa, misivas en las que me solicitaba le ampliara la información referente a la canoa, debido a que, además de haber sido el descubridor, fui el encargado de liberarla de la arena que la cubría casi en su totalidad, para realizar los primeros registros de la misma. Lo que señala que desde entonces –o antes– Romero conocía la existencia de la canoa gracias a esos registros, así como la ubicación geográfica de la misma, información que quedó integrada en el archivo de la SAS por la arqueóloga Carmen Rojas y el que suscribe, posteriormente a la temporada de exploración mencionada.

Es preocupante que los nuevos integrantes de la SAS repliquen los comportamientos de otros “investigadores”, como Helena Barba, y se confieran descubrimientos que no les corresponden y que anuncien como “novedad” un material localizado por otros investigadores varios años atrás, aún si éstos fueron realizados por personas que laboraron para la misma dependencia. Es posible que Antonio Porcayo y John Joseph Temple –este último quien fuera uno de mis profesores en la Escuela Nacional de Antropología e Historia– no estuvieran al tanto de mi descubrimiento, pues no participaron en la expedición de 2000 ni en las subsecuentes en las que participé, y no laboran en la SAS. Pero Laura Romero, Roberto Junco y por supuesto la maestra Pilar Luna sabían que esa canoa había sido descubierta y registrada por un servidor y otros investigadores. Es lamentable, pero no es nuevo borrar del devenir histórico de la SAS a numerosos investigadores que han colaborado enormemente con la dependencia. Ya la maestra Luna fue inquirida al respecto en la edición 1829, del 20 de noviembre, de la revista Proceso en “Precisiones sobre la arqueóloga Pilar Luna”, texto en el que la doctora Elsa Hernández Pons, del INAH y una de las cofundadoras de la SAS en la década de 1980, expone su participación en el proceso fundador, mismo que ha sido omitido junto con su nombre y el de otras personas en diversas entrevistas y comunicados de Luna.

Si la omisión de la verdadera fecha del descubrimiento y de los descubridores reales no fue una distracción de Romero, tal vez se deba a la necesidad de la SAS de anunciar descubrimientos espectaculares como el del HMS Forth y el de la canoa, ante el fracaso de la búsqueda del pecio correspondiente a la embarcación Nuestra Señora del Juncal. Pero si la omisión fue por error, con este artículo le estoy dando una oportunidad a Romero para que haga a este respecto lo académicamente correcto, reconozca la verdad y en adelante procure mayor seriedad en su proceder en la investigación.

 

 

 Fuente: Contralínea 363 / 01 diciembre de 2013

 

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