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Con tal de imponer sus dogmas y sus intereses al resto de la sociedad, la jerarquía católica ha secundado las peores causas a lo largo de la historia de México. Rechazó la Independencia y la Reforma liberal; alentó la intervención francesa y el Imperio de Maximiliano; se congració con Porfirio Díaz; se opuso a la Revolución; respaldó a Victoriano Huerta, y en épocas más recientes fue cómplice de Salinas y del Partido Acción Nacional.

A mediados del siglo XIX recibió calurosamente a Maximiliano, de quien se distanció al considerar que no otorgaba al clero todos los privilegios que éste anhelaba.

Entre los conservadores mexicanos que impulsaron la llegada de Maximiliano a México se contó, además de Juan Nepomuceno Almonte (1803-1869) –hijo del cura José María Morelos, prócer de la Independencia–, el prelado Pelagio Antonio Labastida y Dávalos (1816-1891), quien en enero de 1863 viajó a Miramar con el fin de entrevistarse con Maximiliano “para excitar al príncipe austriaco, en nombre de la religión y de todo el episcopado mexicano, a que aceptase la santa y gloriosa misión para que lo había predestinado con sus impenetrables secretos la providencia divina” (http://memoriapoliticademexico.org/Biografias/LyDPA16.html).

Del servilismo al desengaño

Dos meses después, el 10 de abril de 1863, Maximiliano y Carlota, quienes usurparían el gobierno de México apoyados por Napoleón III, juraban sobre los evangelios “asegurar por todos los medios el bienestar, la prosperidad, la independencia e integridad de la nación” (F Ibarra de Anda Carlota, Ediciones Xóchitl, México, 1944, página 71).

Carlota no se había olvidado de agradecer a la española Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, su apoyo a la expedición contra México, a la que presentaba, a la vez, como una cruzada en defensa del catolicismo y como una reconquista de México, luego de 4 décadas de independencia, iniciada en 1821.

Por eso, le escribía en estos términos:

 “Vuestra Majestad, que siempre favorece el bien, parece visiblemente elegida por la Providencia para iniciar una obra que puede llamarse santa. […] Por el nuevo vigor que debe dar a la religión entre un pueblo donde las discordias civiles no han podido entender todavía la fe ardientemente católica de sus antepasados. […] Los mexicanos son de raza española, y por ello es que esa infortunada nación busca en Vos su porvenir después de cuarenta años” [sic].

En abril de 1864, en ruta hacia México, Maximiliano y Carlota pasarían a visitar a Pío IX, otro de los personajes interesados en el éxito de las fuerzas invasoras y de los conservadores. En ese mismo año la jerarquía católica mexicana recibió con entusiasmo delirante al invasor, encabezado por el pretendido emperador Maximiliano.

En carta fechada el 12 de junio, Labastida y Dávalos, que era arzobispo de México, decía que “Vuestras Majestades [Maximiliano y Carlota] representan la misericordia de un Dios de ternura y bondad, que condolido de nuestros males, quiere salvarnos una vez más…”, y se refería a “las demostraciones entusiastas y tiernas con que han sido recibidos desde el primer momento en que pisaron las playas de ésta su nueva Patria” [sic] (“Salutación del Arzobispo de México a Maximiliano” en Benito Juárez. Documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1966, Tomo 9, página 93).

Hacía notar que Maximiliano había partido a conquistar México “con las bendiciones del vicario de Jesucristo” y que el intruso había rendido “sus homenajes filiales y regios ante el trono de la Reina de Anáhuac la víspera de entrar en la Capital de su Imperio” [sic].

En sus desmesurados elogios aseguraba que el arribo de Maximiliano y Carlota significaba “el advenimiento de los bellos días, de los días de virtud y felicidad…” y llegaba al extremo de comparar al sediciente soberano nada menos que con ¡Jesucristo! La Iglesia mexicana, escribía: “Se congratula llena de un santo júbilo como el profeta con Jerusalem [sic] cuando estaba para venir el Salvador del mundo. Ella ve en Vuestras Majestades a los enviados del cielo para enjugar sus lágrimas, para reparar todas las ruinas y estragos que han sufrido aquí al creencia y la moral…” [sic].

Con el mismo tono desmesurado, el conservador prelado deseaba “para la imperial estirpe y familia, para su reinado y gobierno, abundantes bendiciones, copiosas gracias y esa gloria que se merece en la equidad, en la justicia, que se acrisola con la caridad cristiana y que, no pudiendo quedar aprisionada en los límites del espacio ni en el cómputo del tiempo, se incorpora en la del mismo Dios y viven en la eternidad” (obra citada, página 94).

El mismo día, los obispos mexicanos emitían una carta pastoral donde saludaban el advenimiento del Imperio y exaltaban “las excelentes condiciones de este gran príncipe, su catolicismo neto, su piedad y la protección consiguiente que otorgará con gusto a nuestro Ministerio, así como las elevadas dotes, esclarecidas prendas, singulares virtudes y tierno amor hacia nosotros de su augusta esposa nuestra emperatriz” (obra citada, página 99).

En esa pastoral, se disponía que en todas las parroquias y catedrales del país se elevaran preces por el “emperador” y que “en todas las misas que se celebren en lo sucesivo […] se dará la colecta pro electo Imperatore” (obra citada, página 100).

En un reportaje publicado el 26 de junio de 1864, un periodista estadunidense describió el apoteósico recibimiento que el clero organizó para Maximiliano en la capital del país el 12 de junio, donde “las iglesias y sus torres fueron engalanadas y las campanas de Catedral y demás iglesias cercanas llenaban el aire con su incesante repique”, mientras que las calles lucían, en prosa y en verso, inscripciones con exhortaciones y elogios para el invasor.

“Resultaba evidente que los sacerdotes fueron los autores de muchas de ellas pues la cuestión religiosa apareció con chocante frecuencia. A Maximiliano y Carlota se les calificaba no sólo como los salvadores de México sino como los salvaguardas de la religión de todos los habitantes del globo” (“Magnífico reportaje de un corresponsal estadounidense sobre la entrada triunfal de Maximiliano a México”, en Benito Juárez. Documentos…, Tomo 9, página 106).

Como parte del recibimiento, el arzobispo condujo a Maximiliano en la Catedral a un trono “especialmente erigido” para él.

En carta dirigida a Eugenia de Montijo el 18 de junio, Carlota insistiría en que la aventura imperial era a la vez religiosa y dinástica, pues con motivo de su entrada en la capital afirmaba:

“La vista de la Virgen de Guadalupe me ha impresionado mucho; era como una gran reparación histórica el homenaje rendido a la protectora de los indios por un descendiente de Carlos V (Maximiliano de Habsburgo) presto a sentarse en el trono de Moctezuma…” (Fortino Ibarra de Anda, Carlota: la emperatriz que gobernó, página 85).

A decir del célebre liberal Ignacio Ramírez, el Nigromante, “el clero mexicano, acaudillado por el papa, y seducido por una promesa, vendió la Independencia de la República a los franceses y el incienso de los altares a Maximiliano” (citado en Guillermo Dellhora, La Iglesia Católica ante la crítica en el pensamiento y en el arte, México, 1929, página 290).

A su vez, Maximiliano hacía visible su afinidad con el clero, en las grandes celebraciones religiosas, en Catedral, donde su corte “ostentaba un lujo espléndido”, como anotó Juan de Dios Peza.

En esas ocasiones acompañaban al autodenominado emperador de México no sólo su guardia palatina y toda la servidumbre imperial, sino los oficiales del Ejército y de la Gendarmería, las autoridades municipales, ministros, magistrados, e incluso el presidente y los miembros de la Academia Imperial de Ciencias y Literatura, todos ellos vestidos con vistosos uniformes (Juan de Dios Peza, “Un Jueves de Corpus en tiempo de Maximiliano”, en Memorias, reliquias y retratos, Porrúa, México, 1990, páginas 258-262).

Pero el idilio entre Maximiliano y el clero no fue duradero, pues el Vaticano y los obispos esperaban que el invasor les otorgara demasiados privilegios que colocaran a la Iglesia Católica, sin tolerancia para ninguna otra, prácticamente en la situación que gozaba durante la Colonia.

Mensaje secreto de Pío IX

Maximiliano provocó la ira del papa al proponerle un concordato de nueve puntos, entre los que se incluían estos: 1. “El Gobierno Mexicano tolera todos los cultos que no estén prohibidos por las leyes; pero protege el católico, apostólico, romano, como religión del Estado”; 2. “El tesoro público proveerá a los gastos del culto católico y del sostenimiento de sus ministros…”; 3. “Los sacerdotes católicos administrarán gratuitamente los sacramentos, sin poder cobrar a los fieles”; 4. “La Iglesia cede y traspasa al Gobierno mexicano todos los derechos con que se considera, respecto de los bienes eclesiásticos que se declararon nacionales durante la República” [sic].

También se contemplaba revisar la situación de las órdenes religiosas (punto 6), del registro civil (punto 8) y de la administración de cementerios (punto 9), así como establecer entre el Estado y la Iglesia una relación similar a la que regían entre la Iglesia y los reyes de España (punto 5).

Enemigo encarnizado del liberalismo y del socialismo, Pío IX (1792-1878), el papa que instauró la infalibilidad pontificia y luchó tenazmente por preservar el poder temporal de la Iglesia, se escandalizó ante esas propuestas que consideró nada menos que atentatorias contra los derechos clericales.

En diciembre de 1864 envió a México a su representante, el nuncio Pedro Francisco Meglia, arzobispo de Damasco, quien fue recibido con honores por Maximiliano y por las tropas francesas.

Con relación a la propuesta de concordato, se negó terminantemente a aceptar el primer punto, referente a la libertad de cultos, pues juzgaba esa propuesta “contraria a la doctrina de la Iglesia y a los sentimientos de la Nación mexicana, enteramente católica” (“El nuncio rechaza el proyecto de concordato…” en Benito Juárez. Documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1966, Tomo 9, página 483).

También expresó el “horror” que al clero le causaba una mera indemnización, mediante subsidios, por las expropiaciones sufridas a raíz de las leyes de Reforma; que la Iglesia quería seguir recibiendo recursos de sus fieles y que no estaba dispuesta a ceder parte alguna de sus bienes.

En contraparte, la Santa Sede proponía un pacto donde el clero tuviera todo tipo de derechos y restituciones prácticamente sin cortapisas ni obligaciones: restablecimiento de las órdenes religiosas, a criterio sólo del papa, restitución total de bienes a la iglesia, abolición de las leyes de Reforma y de “todas aquellas contrarias a los sagrados derechos de la Iglesia” (página 483).

En misiva del 29 de diciembre de 1864, Meglia le hacía saber al gobierno de Maximiliano que la misión que le había encomendado el papa era “restituir los sagrados derechos de la Iglesia” y “reparar los agravios hechos a la misma”, y manifestaba el desencanto clerical ante el “Gobierno Imperial”, de cuyo actuar tenía “otras esperanzas y lisonjeras promesas” [sic].

El propio Pío IX, quien en 2000 sería beatificado por el igualmente reaccionario Juan Pablo II, había escrito una carta confidencial a Maximiliano donde le explicaba las exigencias de la Iglesia en el ámbito material y económico, así como la exigencia de que “…para devolver lo más pronto posible los días felices a la Iglesia, es menester, antes que todo, que la religión católica, con exclusión de todo otro culto disidente, continúe siendo la gloria y el apoyo de la Nación mexicana…” (“Carta Confidencial del Papa Pío IX a Maximiliano”, página 478).

En la misma misiva lanzaba poco velados reproches al espurio gobernante, a quien le advertía que “Dios omnipotente […] os ha elegido para gobernar esa Nación católica, con el objeto único de cicatrizar sus llagas y de volver a honrar su religión santísima” [sic], por lo que lo exhortaba a “que hagáis a un lado toda consideración humana” y “haceos digno de las bendiciones de Jesucristo, príncipe de los pastores” (página 477).

Los conflictos entre Maximiliano y el clero se fueron haciendo cada vez más fuertes, al grado de que en enero de 1865, Carlota escribía a la emperatriz Eugenia, consorte de Napoleón III, que “gracias al Nuncio y al clero la situación es tan tensa como jamás creí que podría llegar a serlo en este país” [sic] (página 640).

En su etapa de confrontación con el clero se atribuye a Maximiliano haber dicho que “…él era más católico que muchos otros soberanos, y no cedería a las amenazas de Roma; pues no tenía más responsabilidad que para con Dios y su conciencia de soberano; que los arzobispos y obispos mexicanos no comprendían su época ni el verdadero catolicismo; que a muchos de ellos les faltaba un corazón cristiano; que si el Papa le excomulgaba, sería el cuarto archiduque de Austria que lo hubiera sido” [sic] (Guillermo Dellhora, La Iglesia Católica ante la crítica en el pensamiento y en el arte, página 281).

Más allá de la historia del efímero imperio mexicano, que concluyó con el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas, Querétaro, el 19 de junio de 1867, las exigencias de Pío IX y del clero de la época estaban condenadas a una derrota aplastante en el porvenir.

No sólo en México jamás se volvió a imponer en la Constitución Política la fórmula de la intolerancia religiosa, sino que hoy en día ningún país de América contempla en sus leyes ese régimen, pues en todos se acepta la libertad de cultos, y Costa Rica es el único donde la religión católica es la del Estado.

*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

 

 

Contralínea 358 / 28 de octubre – 2 noviembre 2013
 

 

 

 

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