Autor:

Juan José Martínez Bolaños*

Terminé de leer una vez más aquella novela de Paulo Coelho titulada originalmente Onze minutos (portugués). Se trata de una extraordinaria historia donde una inocente mujer es persuadida por un “importante empresario artístico” para dejar Brasil, su tierra natal, y emigrar hacia Suiza para convertirse en una exitosa y adinerada artista. Cosa que por supuesto nunca sucede y termina convirtiéndose en una prostituta en Ginebra. Coelho, con su característico estilo romántico, juega con el destino de los personajes, y aún cuando la temática abordada es terrible, se las arregla para que la novela sea como un cuento de hadas, al iniciarla con la clásica frase: “Érase una vez”, y concluirla con un “final feliz”. Sí, un final feliz para la clásica chica engañada que quiso ser artista, y que después de convertirse primero en bailarina exótica, por azares del destino terminó prostituyéndose en un exclusivo bar de Ginebra. Al final se enamora de un pintor famoso –el príncipe azul– que la rescata de ese mundo “oscuro”, y terminan amándose para siempre.

El interés de leer este libro nuevamente fue porque se conmemoró el Día Internacional Contra la Trata de Personas, que se evoca cada 23 de septiembre para celebrar una fecha argentina: la del 23 de septiembre de 1913, día en el que fuera promulgada la ley 9.143: la primera norma legal en el mundo contra la prostitución infantil.

Luego de un breve momento de meditación cierro el libro romántico y regreso al género de lectura que me es más habitual: el académico. Al consultar el Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, la definición de “trata de personas” me regresa a la realidad de manera brusca y cruel. Sí, después de leer un sentimental libro sobre prostitución, engaño y amor, leer dicha definición causa por sí sola un escalofrío e intimidación indescriptible.

Frío y sin mayor sentimiento literario, la Organización de las Naciones Unidas conceptualiza la trata de personas como:

 “[…] captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. Esa explotación incluirá, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos […].”

Sin duda, en la realidad, la trata de personas, en específico la que tiene que ver con la explotación sexual, podrá ser todo menos un cuento de hadas. Es el tercer negocio ilícito más lucrativo del mundo, sólo superado por el tráfico de drogas y el de armas; la Organización Internacional del Trabajo estima que un 55 por ciento de las víctimas de explotación laboral son mujeres y niñas, quienes también constituyen el 98 por ciento de las víctimas de trata sexual en el mundo. Lo anterior según un comunicado dado a conocer por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en días pasados.

Dice Coelho que en la prostitución encontraremos una contradicción resonante, triste e indignante. En comparación con los demás trabajos u oficios en la vida, en todos los puestos laborales, según Coelho, entre más experiencia se tenga, mayor será el pago económico recibido por los honorarios, además, entre más experiencia, se logra una contratación más fácil y rápida; en la prostitución es totalmente lo contrario. Quien menos experiencia tenga será mejor pagado, se cotizará y se venderá mejor. Las niñas y los niños son la mina de oro para los tratantes de personas con fines de comercio sexual hoy en día.

Los esfuerzos a nivel internacional para prevenir y detener la trata de personas son inmensos. Hoy en día hay campañas internacionales, legislaciones rigurosas, investigación académica; se publican tratados, libros y manuales sobre el tema. Sin embargo, las nuevas tecnologías también hacen lo suyo, para bien y para mal. Facebook, por ejemplo, se ha convertido en el río de pesca para atrapar a las víctimas. A ese respecto es necesario hacer un paréntesis, para mencionar lo siguiente: recientemente un video difundido en las redes sociales muestra a tres mujeres jóvenes aplastando con sus pies descalzos a un perro cachorro hasta matarlo. Lo anterior causó –y no es para menos– la furia de los usuarios en las redes sociales, quienes se desahogaron comentando los más enérgicos insultos y amenazas hacia las agresoras. Sin duda se condena esta atrocidad. Pero… ¿Qué hay detrás de todo esto? La respuesta la encontramos en el mercado ilegal de las más mórbidas conductas humanas. El comercio de videos que contienen escenas de parafilias, en este caso, el llamado Crush Fetish, que es una parafilia derivada del Foot Fetish, que se trata de personas que se excitan viendo a otras pisando cosas o insectos. De manera más grave y patológica, hay una categoría que se conoce como Hard Crush, donde la chica o chico aplasta con sus pies pequeños animales como ratones, perros cachorros, ranas o conejos. ¿Qué tiene que ver la trata de personas con esto? En este mundo existen tantas parafilias como imaginación tiene el hombre. Sin embargo, los adinerados y/o “pervertidos” –si me permiten este calificativo– acudirán a los tratantes de personas para conseguir quien haga realidad sus más “ocultas”, “aberrantes”, “sucias” y “denigrantes” –si me permiten estos otros calificativos también– depravaciones sexuales. Lo más común, desgraciadamente, no es el Crush Fetish, sino la pederastia.

Éste es el papel que hoy en día las nuevas tecnologías también juegan: en algunos casos son factor de preparación para la comisión de diferentes crímenes. Muchas víctimas fueron y serán esclavizadas en el mundo de la trata gracias a Facebook, y como María, la inocente y luego prostituta en la novela Onze minutos, se dejarán seducir creyendo que comienzan a escribir su tan anhelado cuento de hadas.

*Licenciado en criminología y maestro en criminología y ciencias forenses por la Universidad Autónoma de Tamaulipas;  exbecario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología; doctor Honoris Causa por la Sociedad Mexicana de Criminología capítulo Nuevo León; especialista en seguridad privada y prevención del delito

 

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 Fuente: Contralínea 357 / octubre 2013

 

 

 

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