A los 45 del 68

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Nunca pensé que llegara esta conmemoración. El futuro es lo más incierto, lo sabemos quienes vimos los esfuerzos de la ilustración, de los alfabetizadores y creadores de lo que hoy conocemos como la cultura mexicana actual y quienes pugnamos por el socialismo. Pero aquí estamos, a 45 años del movimiento estudiantil-popular de 1968. Fecha emblemática que transformó el país en las formas políticas y sociales.

El 68 fue un movimiento en muchos países, más de 60. De Estados Unidos a la entonces República de Checoslovaquia, de Japón a Francia, de Argentina a México. Sólo aquí terminó en la represión brutal que conocemos. Ya que no únicamente fue Tlatelolco y sus decenas de muertos. En un libro imprescindible de Raúl Jardón (1968: el fuego de la esperanza; Siglo XXI editores) se demuestra que hubo una buena cantidad de asesinados por la policía antes del 2 de octubre, sobre todo de activistas que iban en brigadas propagando los seis puntos o haciendo pintas en las bardas, ya que los medios, sin excepción, no daban voz a los estudiantes.

Pero también fue una fiesta, como dice Marcelino Perelló, ya que se hicieron festivales culturales y políticos: se dio el grito del 15 de septiembre en Ciudad Universitaria, se integraron en las noches las muchachas a los chavos para cuidar escuelas y organizar la batalla, participaron los padres de familia en apoyo de sus hijos y hasta algunos obreros estuvieron presentes, como lo señala el escritor Gerardo de la Torre en un periódico de petroleros que se llamó El Crudo.

Pero además no se luchó únicamente por las libertades democráticas, sino a favor de la decisión de las féminas por utilizar su cuerpo sin restricciones, en contra de las guerras imperialistas, porque las universidades no fueran claustros cerrados, por la libertad de expresión e información, por los avances científicos, por la descolonización y por muchas otras cuestiones (ver Asalto al cielo. Lo que no se ha dicho del 68 de Aréchiga, Condés, Meléndez, Ortega y Poo Hurtado).

No se crea que fuéramos los pioneros de los cambios en el país. Antes estuvieron las luchas campesinas, los mineros de Cloete y Nueva Rosita con sus marchas, la insurgencia magisterial con Othón Salazar como líder, las luchas de los ferrocarrileros encabezados por Vallejo y Campa, la de los médicos y Rolf Meiners y varias más. Ellos fueron los guías de los muchachos locos de 1968.

Luego de esa victoria y tragedia, la primera por la firmeza de exigir diálogo público del presidente con los reclamantes –algo que hoy se repite–, llegó el halconazo de Luis Echeverría en 1971, nuevamente contra los estudiantes que pedían reformas escolares. Y también, por fortuna, los cambios de Reyes Heroles en el sistema político en 1978, la participación de derecha e izquierda en las legislaturas, el avance en los medios donde incluso se empezaron a pasar en horario triple A los programas de los partidos políticos, la posibilidad de la disidencia en muchas partes y algunas reformas sociales.

Pero en este péndulo llegó 1988 y el gran fraude de Carlos Salinas, ejemplificado hoy muy claramente en una obra conocida: la autopista del sol. Dicha construcción nos muestra la falsedad total: mal hecha, a precios fuera de serie, donde unos cuantos se enriquecieron y los mexicanos seguimos pagando millonarias sumas: otro gran fraude nacional. Algo similar sin ser tan publicitado y evidente sucede con Teléfonos de México: Carlos Slim nos esquilma sin cesar y con la complacencia de los presidentes en turno.

Desgraciadamente el impulso de hace 45 años no fructificó como algunos deseáramos, ya que los partidos políticos se desviaron, las organizaciones sociales, en su mayoría, no cumplen sus funciones; las instituciones impulsadas por los ciudadanos no son lo que se esperaba (Instituto Federal Electoral, Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, etcétera) y la vida democrática y social frecuentemente involuciona.

Han existido otros fraudes electorales como sabemos, notoriamente el de 2000 (“haiga sido como haiga sido, según el becario de Harvard, Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón), y muchas imposiciones a través de la compra de votos, que aprovechan las carencias sociales, el autoritarismo y, sobre todo, el apoyo de los medios de difusión, especialmente la televisión.

Asimismo han existido combates de estudiantes que vale la pena señalar. El de 1966 contra Ignacio Chávez en la Universidad Nacional Autónoma de México, que logró el pase automático de las prepas al nivel superior, el de 1999 en contra de las cuotas en esa casa de estudios y, notoriamente, el de los muchachos de la Universidad Iberoamericana en 2012 contra la imposición de Enrique Peña Nieto, que creó el famoso #YoSoy132.

También hay que alegrarnos de la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que conmocionó al país, de las batallas presidenciales encabezadas por Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador y del reciente movimiento de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación –con todas las críticas que se le deban hacer– que movió nuevamente a muchos jovenazos.

Avances y retrocesos: eso es la vida. Pero sabemos que únicamente entendiendo el pasado y aquilatando el presente tendremos el futuro mejor que merecemos.

*Periodista

 

 

 

Fuente: Contralínea 356 / 14-19 octubre de 2013

 

 

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