Autor:

Jorge Retana Yarto*/Primera de tres partes

1. La comúnmente llamada “opinión pública” internacional, los líderes y jefes de Estado, personalidades de distinto signo político, ideológico y religioso del mundo se estremecieron cuando las agencias de noticias de la prensa mundial dieron a conocer que, la mañana del 30 de marzo de 1981, al entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan –luego de pronunciar un discurso en el hotel Hilton, en Washington, DC–, lo esperaba a la salida un desconocido (John Hinckley Junior) de 25 años de edad para abrir fuego en su contra con una pistola Rohm RG-14 calibre 22, que accionó en seis ocasiones en sólo 3 segundos. Las balas alcanzaron a Reagan (una que penetró por la axila y fue a alojarse en un pulmón fue la más peligrosa), a James Brady (entonces vocero de la Casa Blanca, quien fue herido en la cabeza y sufrió lesiones cerebrales permanentes que lo condenaron a una silla de ruedas), a un agente del servicio secreto de nombre Timothy Mc Carthy, de los que resguardaban la seguridad del presidente, y a un policía de nombre Thomas Delahanty.

Durante su primer mandato (llevaba 69 días en la Presidencia estadunidense y habría de ser reelecto en 1984), Reagan estaba en plena marcha de la revolución conservadora que él comandaba, al lado de otro de los grandes poderes planetarios estrechamente actuando con él como el que representaba Margaret Tatcher, entonces primera ministra de Inglaterra, de quien Matthew Parris, diputado tory entre 1979 y 1986, contaba que en una ocasión le platicó a ella que se había lanzado al Río Támesis para salvar a un perro, a lo que ella respondió: “¿Un perro? ¿En serio que rescataste a un perro?”, y luego exclamó: “¡Qué cosa más estúpida!” (www.eldiario.es/internacional/autentica-Margaret-Thatcher-claves-lider/). Ésa era la Dama de Hierro, la cual en territorio continental de la Doctrina Monroe fue primer combatiente europea por Las Malvinas en nuestro subcontinente. Había sonado la hora del neoconservadurismo liberal-económico, del mercado como ente supremo y la libertad de empresa a ultranza, de los Chicago Boys y de la vuelta al Estado-policía, así como del neocolonialismo trasnochado con la complicidad del exactor Ronald Reagan y de su secretario de Estado, el general Alexander Haig.

Dicha arma (RG-14), usada por John Hinckely Junior, había sido cargada con seis cartuchos marca Devastator 22 LR, que contenían pequeñas cargas explosivas de azida de plomo (compuesto inorgánico que se usa como explosivo en detonadores para iniciar explosiones secundarias) diseñadas para explotar al contacto. Las balas no habían sido fabricadas en Estados Unidos y cualquier bala que contuviera explosivos estaba clasificada como un artefacto ilegal bajo la ley federal vigente al momento en que Hinckley la compró. Ninguna de las seis balas llegó a explotar para fortuna de los heridos. Se afirma que la rápida reacción de los agentes del Servicio Secreto (el cual sería reformado después de este evento) para proteger al presidente con sus cuerpos, lanzarlo al interior de la limusina y luego trasladarlo rápidamente a un hospital (al George Washington) salvó la vida de Ronald Reagan. Sin embargo, la sola entrada al hospital y la incertidumbre sobre el futuro inmediato pudieron haber causado la “invocación formal de sucesión presidencial” en los términos de la Enmienda de 1951 al Capítulo II de la Constitución de Estados Unidos, que establece al efecto en uno de sus párrafos: “En caso de muerte, destitución, dimisión o renuncia de un presidente, el vicepresidente asume la Presidencia” (http://es.inforapid.org/index.php?search=Ronald%20Reagan). Ello, a pesar de que la falta de conocimiento y habilidad política del entonces secretario de Estado, el general Alexander Haig (general de cuatro estrellas, retirado), lo llevó a declarar públicamente unas horas después del atentado que él “tenía el control aquí”. Se refería a la Casa Blanca, sede de la Presidencia de Estados Unidos, lo que resultó impreciso y controversial a pesar de la evidente ausencia física en dichas instalaciones y en el entorno general inmediato del vicepresidente George Bush, quien, sin embargo, horas después, inició su viaje de regreso a Washington, DC, en un avión de la Fuerza Aérea estadunidense.

Aquí la narrativa periodística del resultado de las investigaciones sobre el autor del atentado:

La motivación detrás del ataque de Hinckley surgió de una obsesión por la actriz Jodie Foster.

 “[…] Mientras [Hinckley] vivía en Hollywood, a finales de la década de 1970, vio la película Taxi Driver por lo menos 15 veces. Al parecer se identificaba fuertemente con Travis Bickle, el personaje principal. La trama gira en torno al intento de Bickle de proteger a una prostituta de 12 años de edad interpretada por Foster. Hacia el final de la película, Bickle intenta asesinar a un senador de Estados Unidos que se está postulando para presidente. Durante los años siguientes, Hinckley siguió a Foster por todo el país, llegando hasta el punto de matricularse en un curso de escritura en la Universidad de Yale en 1980, cuando se enteró que ella estudiaba allí tras leer un artículo en la revista People. Escribió numerosas cartas y notas a Foster a finales de 1980. La llamó dos veces y se negó a darse por vencido cuando ella le hizo saber que no estaba interesada en él. Convencido de que al ser una figura nacional Foster lo vería como a un igual, Hinckley comenzó a acechar al entonces presidente Jimmy Carter (su decisión de utilizar a los presidentes como blanco también parece haberse inspirado en Taxi Driver). Escribió tres o cuatro notas más para ella a principios de marzo de 1981. Foster le entregó estas notas a su decano, quien se las entregó al Departamento de Policía de Yale, que intentó dar con la pista de Hinckley sin resultados” (“Intento de asesinato de Ronald Reagan”, http://gspatton.blogspot.mx/2011/03/).

¿Habría sido un problema que inicia en la personalidad de una actriz, pasa por un aficionado al cine y llega hasta la alta investidura de un exactor? Pero nadie ha dicho lo contrario con fundamentos. Una historia trágica y patética a la vez, muy propia de la política y la cinematografía estadunidenses, pero que también pudo haber modificado, en cierto sentido y no radicalmente, el curso de la historia de la política en Estados Unidos, y derivado de ello, en el mundo. El magnicida frustrado fue declarado finalmente “con trastornos siquiátricos” y recluido en un hospital para enfermos mentales, es decir, no culpable por razones de insania. Reagan moriría en 2004 a los 93 años de edad y con “demencia senil” (conocido como el síndrome de Alzheimer, originado por una degeneración de la corteza cerebral), la cual, públicamente, dieron a conocer sus médicos 10 años antes de su muerte (el 7 de noviembre de 1994, www. hoy.com.ec/noticias-ecuador/diagnostican-demencia-senil-a-ex-presidente-ronald-reagan/), convencido de haber vencido “al imperio del mal”, de haber hecho triunfar, como siempre sucede, “el bien sobre el mal”.

Sin embargo se presentó una paradoja de la historia, de esas sorpresas insólitas en las luchas político-ideológicas: haber llegado Ronald Reagan a los 93 años de edad requirió de una contribución decisiva de los servicios secretos del Estado revolucionario cubano que, bajo la concepción maniquea del presidente estadunidense, era parte del “imperio del mal”; no obstante, le hicieron “un extraordinario bien”.

Dicho evento, que salva la vida de Ronald Reagan hacia el final de su segundo mandato, ha sido recordado y explicado por la historiadora estadunidense Jane Franklin en carta reciente al actual presidente de Estados Unidos Barack Obama, en la cual le recuerda y reprocha el “terrorismo de Estado” empleado por Washington contra Cuba y sus líderes, y la injusticia cometida desde 2000 en contra de cinco ciudadanos cubanos que se infiltraron entre grupos terroristas en Estados Unidos para recabar información valiosa –como la que en algún momento salvó la vida de Reagan–, y al ser descubiertos han sido encarcelados y tratados como los peores delincuentes internacionales en aquel país, obviamente sin serlo.

La autora de dos libros sobre Cuba y Estados Unidos, sobre Vietnam y otro más sobre la invasión a Panamá por Estados Unidos, es una historiadora de mentalidad progresista. El texto más ilustrativo dice literalmente así (primero los antecedentes básicos y luego lo central):

 “Me pregunto si usted conoce sobre la Operación Mangosta. La misma condujo directamente a la Crisis de los Misiles. Yo estaba embarazada de mi tercer hijo cuando eso sucedió y no puede imaginarse usted cómo me sentía al ser madre de dos hijas y un hijo por nacer, cuando todo el mundo estaba amenazado de exterminio. Mi hija de 5 años de edad me despertó una mañana para preguntarme: ‘Mami, ¿el mundo se va a terminar?’. Usted puede leer todo acerca de ese plan de invasión en mi libro Cuba y Estados Unidos: una historia cronológica, en caso de que necesite refrescar su memoria. Con el fin de combatir el terrorismo, Cuba ha tenido que gastar valiosos recursos para el desarrollo de un Departamento de Seguridad del Estado increíblemente eficaz, y asignar agentes como Los Cinco para investigar a los grupos terroristas. Pero agentes de inteligencia cubanos no pudieron detener a los terroristas que hicieron explotar un avión de pasajeros de Cubana de Aviación en 1976, la primera vez en el hemisferio occidental que un avión de pasajeros fue utilizado como un arma terrorista. No sucedió de nuevo sino hasta el 11 de septiembre de 2001. La CIA [Agencia Central de Inteligencia estadunidense] y el FBI [Oficina Federal de Investigación de ese mismo país] sabían en aquel momento que Luis Posada y el ya fallecido Orlando Bosch planearon el atentado. Sin embargo, estoy segura de que usted debe ser consciente de que Bosch caminó libre en Miami hasta su muerte y, por supuesto, usted sabe que Posada sigue viviendo como un héroe en Miami a pesar de la solicitud de Venezuela para su extradición para juicio por cargos de asesinato, después de matar a 73 personas a bordo de ese avión…”.

Y al abordar el tema de la valiosa información cubana transmitida, afirma categóricamente:

 “Agentes cubanos, incluso, han salvado la vida de un presidente estadunidense. En 1984 Cuba informó al jefe de seguridad de la misión de las Naciones Unidas de Estados Unidos, Robert Müller, que un grupo de extrema derecha planeaba asesinar al presidente Ronald Reagan durante un viaje previsto a Carolina del Norte. En consecuencia, el FBI arrestó a varias personas y Robert Müller agradeció al funcionario cubano que le había dado información que incluía los nombres de los posibles asesinos, la fecha y la hora de su plan, la ubicación de sus armas, etcétera” (la historiadora Jane Franklin apela al presidente Obama para que libere a Los Cinco, 5 de agosto de 2013, http://martianos.ning.com/profiles/blogs/el-5-de-agosto-por-los-5-jane-franklin-env-a-carta-a-obama/).

Se trata de un episodio poco conocido por la modestia con que lo trató siempre el propio gobierno cubano y el sigilo del gobierno estadunidense. Pero hay una verdad histórica plena sobre dicho suceso en la relación Cuba-Estados Unidos que Fidel Castro –ya retirado de sus principales cargos en el Estado cubano– recordó en una publicación del 12 de septiembre de 2007, narrada de la siguiente manera:

 “Castro recordó que Reagan suscribió el primer acuerdo migratorio entre los dos gobiernos, pero advirtió que el presidente de Estados Unidos ‘no podía escapar de su entorno, porque otros más a la derecha [políticamente] todavía que él lo eliminaban físicamente’, como a John F Kennedy […]. El líder cubano llegó a la conclusión de que el entonces mandatario estadunidense cambió su posición hacia Cuba en un año electoral para endurecerla. Castro también recordó que, según documentos desclasificados de Washington, fue Reagan quien propició el surgimiento de la Fundación Nacional Cubano-Americana, grupo político-empresarial de activa hostilidad hacia el gobierno de La Habana.

 “En el caso del atentado, el informe llegó por una ‘fuente segura’ a manos de un agente cubano a cargo de la seguridad de la misión de la isla en Naciones Unidas […]. El oficial cubano entregó los datos al entonces jefe de seguridad de la delegación de Estados Unidos ante el organismo mundial, Robert C Müller, y más tarde a dos agentes del Servicio Secreto de ese país […]. Días después de que los cubanos entregaron ese informe, la Oficina Federal de Investigación detuvo a varias personas en Carolina del Norte, a las que imputaron diversos cargos, aunque no el de un atentado contra el presidente. Reagan viajó a ese estado más tarde como parte de su campaña por la reelección. ‘Tal vez Reagan experimentó algún agradecimiento, tanto por nuestra preocupación cuando sufrió el atentado, en 1981, como por el aviso que le salvó la vida ante un peligro inminente, y lo agradeció a través de Robert C Müller’, señaló Castro. Durante la Presidencia de Reagan, Estados Unidos y Cuba sostuvieron la reunión de más alto nivel desde su ruptura de relaciones en 1961. El encuentro fue en 1981 entre el secretario de Estado, Alexander Haig, y el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez, en la Ciudad de México, promovido por el entonces presidente José López Portillo y organizado por el excanciller Jorge Castañeda” (Gerardo Arreola, “Alerta de Cuba frustró un atentado contra Reagan en 1984, dice Castro”, La Jornada, 13 de septiembre de 2007; www.jornada.unam.mx/2007/09/13/index.php?section=mundo&article=033n1mun).

Es evidente que, desde entonces, Reagan tuviera, probablemente, una actitud muy contradictoria hacia la Revolución Cubana como él la percibía, como una construcción material, ideológica y políticamente enemiga; y luego de este evento, incluso, hacia los líderes de la misma Revolución. Grave contradicción con la que seguramente murió. A él la Revolución Cubana y sus líderes le dieron una verdadera lección de filosofía política y de ética revolucionaria.

2. Pero el caso del atentado en contra de Karol Wojtyla o Juan Pablo II es muy distinto, por lo que no hay manera seria de ligar el uno con el otro, ni en sus causales ni en sus detalles conocidos históricamente, pero sí en cuanto a las fechas de su ocurrencia, lo cual no deja de ser una “coincidencia sospechosa”. El atentado que sufrió Juan Pablo II, sin embargo, pareciera estar –y la manipulación informativa hacia ello se condujo– mucho más cerca de poder concebirse como consecuencia de su febril actividad anticomunista y de su “santa alianza” o “cruzada religiosa contra los infieles” marxistas, porque hay diversos elementos que así lo indican; pero hay muchos más elementos judicialmente expuestos que apuntan, nuevamente, en alguna medida, a las intrigas derivadas desde las mafias. Veamos.

El 13 de mayo de 1981, el papa Juan Pablo II, en un recorrido por la Plaza de San Pedro dentro de un jeep descubierto, fue atacado con arma de fuego ante más de 30 mil fieles por Mohamed Alí Agca, de origen turco y de 23 años de edad (contaba ya con antecedentes delictivos en Turquía). Éste abrió fuego contra el jefe de la Iglesia Católica mundial, con un arma calibre 9 milímetros, y lo hirió de gravedad luego de impactarlo con cuatro disparos, dos de los cuales penetraron en la zona intestinal del pontífice, otro en el brazo izquierdo, y uno más en un dedo de la mano izquierda. Primero la confusión y el pánico, la estampida, luego la oración por el herido quien fue trasladado al Policlínico Universitario Agostino Gemelli, donde fue intervenido quirúrgicamente por casi 6 horas para extraerle las balas que penetraron en el aparato digestivo (Israel Zamarrón, “A 32 años del atentado a Juan Pablo II y el nuevo libro de su agresor”, 12 de mayo de 2013, www.24-horas.mx/a-32-anos-del-atentado-a-juan-pablo-ii-y-el-nuevo-libro-de-su-agresor/).

El 22 de julio de 1981, el frustrado magnicida turco fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal de Primera Instancia de Roma, a pesar de las declaraciones durante el juicio de su abogado, que afirmó: “el gesto de Alí Agca fue aislado, como lo prueban las investigaciones policiales y de los servicios secretos, así como el comportamiento del acusado”; y agregó que era un “solitario, paranoico y esquizofrénico”, un “exaltado religioso que pensaba convertirse en un héroe de la religión musulmana matando al padre de los cristianos” (paradójicamente, otra “pequeña cruzada”); aspecto muy importante por las razones que examinaremos después, aunque el propio condenado empezó desde entonces a mostrar contradicciones evidentes en sus declaraciones, las cuales abrirían luego diversas hipótesis interpretativas sobre sus causas reales, móviles e impulsores; y es que?se caracterizó por las declaraciones comprometedoras que hizo en reiteradas ocasiones, al cambiar unas por otras.

Incluso, Alí Agca ofreció un nuevo giro en sus declaraciones cuando desde la cárcel, en carta al diario La República, dada a conocer varios meses después (fue escrita el 5 de noviembre de 1981 y llegó al diario el 1 de julio del siguiente año), afirmó estar convencido de que “las centrales occidentales de espionaje necesitaban en ese momento un papa político y del Este”, y que “la elección de Karol Wojtyla fue obra de la CIA”. Con esto daba a entender que el papa habría sido utilizado contra los países del Este, sobre todo contra Polonia, y habla de “asesinos soviéticos”. Continúa: “No estoy en contra del pueblo o de la religión popular, sino que creo más bien que las religiones tienen un nivel más alto que los movimientos políticos, y por eso soy contrario a los hombres religiosos que hacen política” (Juan Arias, “El autor del atentado contra el papa afirma que la elección estuvo manipulada por la CIA”, 30 de diciembre de 1982, http://elpais.com/diario/1982/12/30/internacional/410050801_850215.html)

Una de las cuestiones de gran relevancia que se investigó al correr los meses y años sobre Mohamed Alí Agca fue su pertenencia o relación con los Lobos Grises, una organización ultranacionalista, con estructura paramilitar e islámica, ligada al Partido Movimiento Nacionalista Turco fundado por Alparslan Türkes en 1961. Su nombre oficial en turco es Ülkücüler (Idealistas) o Ülkücü Hareket (Movimiento Idealista), y deriva de una antigua leyenda turca que se pierde en los orígenes turcos de las estepas de Asia central previa a la adopción del Islam, en la que una legendaria mujer-lobo llamada Asena salvó y condujo a cautivos turcos hacia la libertad. Los fascistas turcos comenzaron a organizarse en la década de 1960 en Alemania bajo los nombres de Comunidades Turcas, Unión de Idealistas o simplemente Unión Cultural. En 1970 se produjo una cooperación estrecha entre los fascistas turcos y los fascistas del Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD, por su sigla en alemán), que ganaba cada vez más adeptos y más escaños. Esta relación está comprobada por cartas entre los dirigentes de ambos partidos: Alpaslan Türkes y Adolf von Thadden (“Fascistas turcos Los Lobos Grises”, 14 de noviembre de 2006, http://noticiasdeeurabia.wordpress.com/ 2006/11/14/; y “Lobos Grises, neofascismo en acción”, 28 de enero de 2011, www.vocesdelperiodista.com.mx/index.php/component/content/ article/1374.html).

 “Los Lobos Grises llegaron a contar con 300 mil militantes y 40 campos de adiestramiento militar. En el extranjero lograron introducirse en las asociaciones que agrupan a los emigrantes turcos, o las organizaron ellos mismos como cobertura legal. Montaron así una estructura oculta que les permite moverse por Europa sin ningún problema y con una asombrosa facilidad para encontrar pasaportes falsos y dinero. Estas facilidades tal vez se deban a un presunto apoyo de la CIA estadunidense. Su centro de operaciones más importante en Europa la tienen los Lobos Grises en la República Federal de Alemania, donde hay más de 1 millón de trabajadores turcos. Es esta organización la que sirvió de cobertura a Alí Agca en sus desplazamientos una vez que consiguió huir de la cárcel en Turquía en 1979, en vísperas de ser condenado a muerte por el asesinato del director del periódico Milliyet –acción en la que también participó otro lobo gris, Celik– y le brindó la infraestructura necesaria para realizar el atentado en la Plaza de San Pedro, en Roma” (Jesús Estévez, “La organización terrorista Lobos Grises, clave en los preparativos para asesinar al papa”, 1 de junio de 1985, El País; http://elpais.com/diario/ 1985/06/01/internacional/486424820_850215.html).

Durante la visita del papa Benedicto XVI (dimitió de su cargo el 28 de febrero de 2013) a la ciudad de Estambul, en Turquía, dicha organización convocó a una protesta por su visita. Aunque poco concurrida, evidenció una vez más las filias y no filias ideológicas y religiosas de la organización neofascista (“Los Lobos Grises se manifiestan contra el papa, 30 de noviembre de 2006; http://manrobles.blogspot.mx/2006/11/los-lobos-grises-un-pequeo-grupo-de.html).

Hace apenas 1 año, dicha organización celebró un congreso partidista en Bélgica (en dicho país, la organización filial se llama Federación de los Nacionalistas Turcos Demócratas), en la ciudad de Lieja, y en el discurso, su principal dirigente, Devlet Bahceli, declaró:

 “Al inicio de esta segunda década del nuevo milenio, luchan por la vida en un mundo que se aleja de los valores de la humanidad. En la capital de la Unión Europea, centro político de los valores occidentales, ustedes están enseñando la civilización y muestran también quién es la nación turca” (“Una organización paramilitar turca celebra su congreso en Bélgica”, www.alertadigital.com/2012/11/28/una-organizacion-paramilitar-turca-celebra-su-congreso-en-lieja-belgica-cuidareis-de-los-intereses-de-turquia-en-el-pais-en-el-que-estais-viviendo/). Y un punto central: se le atribuyen firmes lazos con la mafia turca entronizada en el tráfico de drogas y otros aspectos criminales (http://edant.clarin.com/diario/2006/ 01/13/elmundo).

Las hipótesis de los orígenes y causas de los dos atentados serán presentadas y analizadas detalladamente en la siguiente entrega.

*Licenciado en economía, especializado en economía internacional; maestro en finanzas, con especialización en inteligencia para la seguridad nacional; miembro de la Red México-China de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México

 

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Contralínea 355 / 7 de octubre 2013 

 

 

 

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