La mano dura de Peña

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La convocatoria se dio a través de las redes sociales: apoyo a los maestros, todos al Zócalo. Cientos llegaron, la incertidumbre y la alerta permanecían entre los que ahí estaban. La mano dura ejerció su fuerza, la resistencia continúa

 
“Señores usuarios, la estación Zócalo dejará de dar servicio, por su comprensión: gracias”, se escucha en las bocinas del vagón estacionado en la estación Pino Suárez. La gente parece no saber a qué se debe el anuncio. Sobre sus cabezas, metros arriba, sobre el exterior, corren cientos de policías federales. Se muestran rostros desconcertados. Algunos ciudadanos gritan al paso del contingente policial: “¡Así deberían agarrar a los narcos cabrones!”, “¡ojalá los maestros les partan su madre!”, “¡recuerden quién les enseñó a leer!”. Es el inicio de un capítulo más de represión priísta que pocos olvidaran.
 
A lo lejos, en dirección al Zócalo, se ven columnas de humo. Los federales impiden el acceso a las inmediaciones de la plaza principal del país. “No puedes pasar. No pasa la prensa”, señalan con voz tajante. Ruidos de sirena ensordecen los gritos de la ciudadanía que graba con sus celulares el despliegue de uniformados.
 
Todos los accesos al primer cuadro de la ciudad están bloqueados por las fuerzas federales. Sobre la calle Pino Suárez, un grupo de ciudadanos logra evadir el primer cerco policial, pero hay un segundo cerco que impide el acceso. Después de varios intentos, en un descuido de algún policía, logran entrar.
 
Lo que encuentran es increíble. Cientos de personas apostadas en barricadas improvisadas en cada acceso. Son un hibrido de profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), miembros de organizaciones sociales, individuos que se adhieren, y personas que trabajan en la zona y decidieron quedarse a apoyar a los profesores.
 
Sobre la calle Pino Suárez, en 20 de Noviembre, en 5 de Febrero, en 16 de Septiembre, en 5 de Mayo, en Moneda se escuchan consignas para dar ánimos y mantener el coraje en caso de que llegue la policía. La gente enciende cartones, hules y madera para fortalecer las barricadas. También son utilizadas vallas del Gobierno del Distrito Federal que los inconformes tienen en su poder.
 
En todas las calles aledañas se respira una tensa calma. Entre ellas caminan nerviosos hombres y mujeres de todas las edades con palos, tubos, y botellas para defenderse. Con retazos de tela cubren su rostro, algunos improvisan su playera como pasamontañas, otros usan paliacates y el gorro de las sudaderas para taparse.
 
El contingente prevé un enfrentamiento inminente. Se observa a la mayoría de los fotoperiodistas con cascos de ciclista, motociclista y electricista. Algunos usan mascaras antigas.
 
El ruido de los dos helicópteros federales es insoportable. Vuelan bajo y eso provoca la indignación y el coraje de los manifestantes. Casi la totalidad de tiendas departamentales y comercios de la zona están cerrados, sus empleados se asoman curiosos por ventanas o abren pequeñas puertas de acceso: no se despegan a más de un metro de la entrada. En Parisina, Liverpool y los centros joyeros no se encuentran las aglomeraciones acostumbradas. La calle Madero, una de las más transitadas por los peatones capitalinos, luce semivacía.
 
En la esquina de Palma y Tacuba un policía federal fotografía a otro con la barricada de fondo. Lucen contentos. Inconformes desmantelan un andamio: así tendrán más tubos para la resistencia. Arden las calles. Cerca de ahí cinco turistas se preguntan unas a otras en francés si tiene miedo. Una de ellas explica que lo que esta ante sus ojos ya ha ocurrido en un estado que se llama Oaxaca.
 
Hay incertidumbre sobre lo qué pasará. Corre el rumor de que la tregua entre la CNTE y el gobierno federal termina a las 16:00 horas. Poco a poco los inconformes van tomando sus posiciones: refuerzan las barricadas en 20 de Noviembre y Pino Suarez.
 
Dos helicópteros federales surcan el aire. La canción “Venceremos” es entonada con orgullo entre las filas de maestros. Los medios de comunicación guardan distancia. De último momento la dirigencia de la CNTE decide marchar al Monumento a la Revolución. Las bases magisteriales no aceptan. No hay acuerdo. Se comunica que la policía está avanzando por la calle de 5 de Mayo. Son las 16:00 horas.
 
¡Sorpresa! Las fuerzas federales ya están a la altura del Zócalo. Encuentran al contingente por atrás y desprotegido. Empieza la batalla: los maestros avanzan presurosos sobre la calle, las bases y las personas que apoyan se quedan a la refriega.
 
Los policías corren furiosos contra los manifestantes. “Ahora sí cabrones ya se los cargó la chingada”, les gritan. Vuelan palos, tubos, botellas de vidrio —no se ven bombas molotov—. Es un caos. Las maestras gritan, algunas tropiezan entre el tumulto del escape. Se refugian sobre República de Uruguay.
 
El intenso enfrentamiento repele a los curiosos. Los maestros siguen su marcha rumbo al Monumento a la Revolución. Pocos se quedan. Entre la confusión la resistencia se divide. Cada esquina es una línea de frente. El gas lacrimógeno cala en los pulmones.
 
 
 
 
“¡Ya cayó ya cayó, Peña ya cayó!”, el grito entonado en Oaxaca hace seis años es modificado y ahora suena como advertencia contra el ejecutivo federal por ordenar la represión.
 
El reducido contingente llega a José María Izazaga. Ahí son divididos una vez más. Una imagen impacta: tanquetas con agua hacen recordar los años 70. Algunos las comparan con las imágenes de la dictadura chilena. La adrenalina fluye en las venas de los jóvenes que gritan extasiados consignas contra el gobierno, las fuerzas armadas y los partidos políticos.
 
Piedras y vidrios sobre el pavimento son testigos del enfrentamiento. Un federal provoca a los manifestantes: se coloca al frente de sus compañeros y alza las manos incitando a atacarlo.
 
Surgen los primeros chorros de agua a presión. La corretiza es más intensa. La gente resbala con el agua. Otros se refugian en las estructuras de puestos ambulantes que aún quedan en Izazaga. Los reporteros se pegan a las orillas y son bañados directamente por órdenes de la policía: sus cámaras fotográficas quedan empapadas.
 
Un joven se esconde entre la gente para lanzar una piedra a la policía, no se da cuenta de que los federales enfilan hacia él. Cuando reacciona, un federal lo patea, otros los pisan, los medios de comunicación piden que paren las agresiones, los policías tapan con sus escudos la golpiza. Finalmente es subido a una ambulancia de traslados federal.
 
El grupo llega al Eje Central, donde ya son esperados por más elementos antidisturbios. Surge un nuevo enfrentamiento. Esta vez los federales rompen filas y persiguen a cada uno de los “sospechosos”.
 
A un estudiante lo persiguen hasta el parque que se encuentra en la Dirección General del Registro Civil. Es una decena de policías contra un muchacho de aproximadamente 17 años. Los esquiva, los hace correr, no pueden con él. Está rodeado y a punto de ser atrapado, el cerco es impasable. De pronto corre y logra subir a una barda de 1.65 metros de un solo brinco, entre los toletes. Los federales quedan asombrados.
 
Del otro lado ya lo esperan más elementos con escudos. Toma vuelo y pasa por encima de ellos, regresa a la avenida y se pierde entre la multitud que mira incrédula su escape.
 
Otros muchachos se refugian en la escuela primaria ubicada casi en la esquina de Arcos de Belén y Luis Moya. Los policías tratan de abrir la puerta de la escuela. Después de varios intentos, no lo logran.
 
Un joven con dreadlocks es alcanzado por un federal, pero éste no logra someterlo. Cuando más policías llegan, el joven ha escapado. El comandante regaña a su tropa: “¡No sean pendejos! Agárrenlos en caliente, que no se les vaya ni uno”.
 
La marcha de inconformidad continua hasta las instalaciones de Televisa. Una docena de patrullas de la policía capitalina se dirige a repelerlos. Todos corren. Televisa es resguardada por cientos de policías. La gente se escapa por las calles. Gritos y sirenas forman una sola melodía.
 
Los policías federales regresan. Los manifestantes se dispersan al verse reducidos en número. Otros, tratan de llegar de forma discreta al Monumento a la Revolución. No todos lo lograran.
 
El centro de la ciudad fue mudo testigo de un hecho histórico pocas veces visto en sus calles. El operativo funcionó. El grito de independencia y el desfile militar podrán llevarse a cabo, pero sin olvidar que “volveremos con más fuerza y vamos por todo”, dice un manifestante.
 
“Desalojan a los ‘revoltosos’ de hoy, para festejar a los ‘revoltosos’ de hace 200 años”, se lee en un cartel.
 
 

 

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