Autor:

Con 103 años de servicio, la Casa Nacional del Estudiante José Yves Limantour, considerada monumento histórico, muestra ya las marcas del tiempo, el clima, la contaminación y la actividad humana. Piezas faltantes de tabique, deterioro de la capa de vinil y del aplanado, vidrios rotos, ventanas en estado de putrefacción, flora parásita, fisuras, filtraciones de agua pluvial… Aun así, el proyecto que data de la época del porfiriato –el primero en su tipo en América Latina– conserva su esencia: albergar a estudiantes pobres, procedentes de los estados de la República, que cursan su licenciatura en instituciones públicas del Distrito Federal y área metropolitana. Gracias al cobijo de la casa estudiantil, los indígenas Joaquín y Alfredo lograron salir de sus comunidades para convertirse en universitarios. Miriam, mujer zapoteca, consiguió algo más: consolidar su labor como defensora de derechos humanos

Pequeñas  gotas incoloras invaden el piso de mosaicos bicolor. Conforme el chubasco se torna aguacero, la presencia líquida se multiplica dejando a su paso una decena de encharcamientos. El domo del tercer nivel ya no cumple su función: proveer de luz el vestíbulo poligonal de la vieja casona y resguardarla del temporal exterior. Un par de lonas improvisadas intentan compensar el desperfecto.

La humedad y el viento también se filtran al interior de la antigua construcción ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México.Hace ya 103 años que fue levantada. José Yves Limantour –quien fuera secretario de Hacienda en el porfiriato–, donó el terreno y aportó los dineros para la obra que alojaría a estudiantes pobres de los estados de la República que cursaran los estudios superiores.

Siete décadas después, el inmueble estilo ecléctico renacentista, cuya construcción estuvo a cargo del arquitecto Mauricio de María y Campos, fue incluido en el Catálogo nacional de monumentos históricos inmuebles del Instituto Nacional de Antropología e Historia (ficha número 090060071352) y nombrado monumento histórico por el Instituto Nacional de Bellas Artes.

Enclavado en una de las zonas del comercio ambulante del centro, donde un puesto de mochilas obstaculiza el arribo a su portón principal, el inmueble conserva su razón social no obstante su deteriorada coraza. Dentro, la música clásica se mezcla con el “bara, bara” (expresión popular que utilizan los comerciantes para promocionar lo barato que son sus productos) del exterior.

Alrededor de 70 estudiantes agrupados en la asociación civil Casa del Estudiante José Yves Limantour, constituida en 1966, ocupan y administran el inmueble. Se trata de jóvenes, hombres y mujeres, procedentes de diversos estados, de escasos recursos económicos, que cursan sus estudios de licenciatura en instituciones públicas del Distrito Federal y área metropolitana.

Quizá algunos de ellos desconocen que los muros que ahora los acogen han cobijado también a célebres personajes como Pedro de Urdimalas, guionista de Los olvidados; José Vasconcelos, exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México; Emilio Portes Gil y Miguel Alemán Valdés, expresidentes de México; José López Alavés, quien junto con la orquesta de la Casa del Estudiante compuso la Canción mixteca; y a los revolucionarios Julio Antonio Mella, Ernesto Guevara de la Serna, el Che, y Fidel Castro.

La organización civil opera a manera de autogobierno. Su máximo órgano de decisión es la asamblea. Para las cuestiones de carácter administrativo, está la Mesa Directiva conformada por cinco personas, representantes rotativos de las áreas pilares: comisiones de Relaciones Exteriores, Asuntos Internos, Asuntos Jurídicos, Normatividad y Justicia, y Nuevo Ingreso.

La casa estudiantil no recibe financiamiento alguno de gobierno, empresa o particulares. Su única inyección son las cuotas simbólicas que sus asociados le suministran mensualmente: 50 pesos cada uno, monedas que, por supuesto, no alcanzan ni para el mantenimiento de la construcción asentada sobre un predio de aproximadamente 2 mil metros cuadrados.

A partir de 2006, el proyecto pasó de un modelo “paternalista” a uno “autónomo y popular”. Hasta ese momento, la caridad y el corporativismo político constituían las formas primarias de obtención de recursos, a decir de Blanca Melgarito Rocha.

Quien fuera representante legal de la asociación civil Casa del Estudiante José Yves Limantour explicó que a partir de entonces las autoridades del Distrito Federal y de la delegación Cuauhtémoc, “a manera de castigo, comenzaron a denegarle a la asociación civil las aportaciones a las que tiene derecho todo ciudadano de la delegación” (Contralínea 273).

 

Miriam Pascual, integrante de la Comisión de Asuntos Jurídicos, refiere que el último acercamiento con los funcionarios de la delegación Cuauhtémoc ocurrió a principios de 2013, cuando los estudiantes les solicitaron su intervención para que los comerciantes aledaños dejen de sujetar sus puestos en las debilitadas columnas de la Casa. A la fecha, no les han dado respuesta: vigas y ataduras improvisadas siguen funcionando como postes de la edificación.

A decir de los habitantes de la Casa, en algunos momentos la indiferencia gubernamental se ha tornado en ofensiva. El embate más reciente se originó en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. En diciembre de 2012, Alejandra Barrios, diputada local y presidenta de la Asociación Legítima Cívica Comercial, de filiación priísta, presentó un punto de acuerdo para que el Gobierno del Distrito Federal realice una investigación sobre el uso que actualmente se le da a la Casa del Estudiante; pidió además que “se realice el desalojo de las personas que indebidamente la usan como almacén de mercancía, hotel y espacio de consumo de sustancias prohibidas y se reintegre al patrimonio inmobiliario del Distrito Federal”.

Históricamente, la Casa ha desempeñado una importante labor social y política; también de defensa de la educación pública y gratuita, puesto que sus moradores son estudiantes pobres.

Tras el sismo del 19 de septiembre de 1985, el lugar fungió como albergue y centro de atención médica para las personas afectadas. Hoy mantiene sus puertas abiertas a movimientos sociales y a organizaciones estudiantiles, entre las que destaca la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, organización integrada por los alumnos de las escuelas normales rurales del país.

En el marco de su 103 aniversario, la Casa Nacional del Estudiante recibió –en julio pasado– un obsequio de los campesinos de San Salvador Atenco, Estado de México: sujetada del barandal del segundo nivel cuelga una manta con letras rojinegras trazadas a pulso: “¡educación, primero, al hijo del obrero! Atenco, en apoyo total al proyecto de lucha y resistencia de la Casa Nacional del Estudiante a 103 años de resistencia. Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra ¡Zapata vive, la lucha sigue!”.

Joaquín, un alumno de excelencia

Joaquín Cortez Díaz cursa el cuarto semestre de la carrera de trabajo social en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es un alumno de excelencia. Con orgullo, muestra la evidencia de su trayectoria: 9.57 de promedio; 22 materias aprobadas de 22 cursadas, todas en periodo ordinario, consta en su Historial académico.

Por el conocido de uno de sus amigos, Joaquín –quien creció en el Sureste de la capital poblana, en el municipio de Altepexi– supo de la existencia de la Casa Nacional del Estudiante. De no ser así, el joven de 21 años de edad jamás se habría mudado a la capital del país a cursar los estudios universitarios.

“Yo ya no iba a estudiar, principalmente por [la falta de] dinero, porque no tengo los recursos; además porque tengo otros hermanos y siento feo que nada más yo, y ellos no”, comenta.

Joaquín no recibe dinero de sus padres, sólo apoyo moral: “Échale ganas, tú puedes; si has llegado a estudiar la prepa, cómo no vas a poder”. Ellos se dedican a vender pulseras, collares y juguetes en la ferias de los pueblos para proveer alimentación a su numeroso linaje: seis hijas y dos hijos.

Así, otros son los medios que le permiten continuar su licenciatura: la casa estudiantil que lo alberga, los 2 mil pesos que recibe como becario del Programa Universitario México Nación Multicultural, y la credencial que tramitó en el Instituto Mexicano de la Juventud y que le da acceso gratuito al metro.

No obstante, el joven no tiene la menor duda que su principal sostén proviene de la Casa que lo aloja. “A veces siento que [José] Narro [rector de la UNAM] nos utiliza, porque presume que ya dio 50 lugares más para las becas, pero si no estuviera la Casa, ese dinero no me ayudaría con los estudios”.

A 1 año y medio de su estancia en la capital, Joaquín se ha adaptado a su nuevo contexto. Ha aprendido a viajar en metro, sabe cómo actuar en caso de robos –lo han asaltado dos veces, una de ellas a punta de navaja–, conoce las horas en que el transporte público no va saturado, ubica en dónde comprar más barato…

Además, se siente cómodo en la Casa del Estudiante, en la que funge como uno de los encargados de la biblioteca. “Me siento bien y cómodo, porque a pesar de que no se cuenta con los servicios que debería haber [alimentación, computadoras y libros suficientes], para mí, con un techo donde dormir, es suficiente. Es un lugar muy bien ubicado para estudiantes, para moverse a las universidades. Además la Casa tiene buenos espacios donde hacer ejercicio”.

Aun así, en algunos momentos ha contemplado la posibilidad de volver a su pueblo; esto cuando se ha enfermado por mala alimentación o higiene, o cuando el dinero ya no es suficiente.

Joaquín ha resistido. Está acostumbrado a los cambios. Cuando era pequeño, su familia migró hacia Altepexi, Puebla, en busca de mejores oportunidades, porque “el campo ya no daba”. Sus abuelos son originarios del municipio de Santos Reyes Pápalo, situado en la región Cañada de Oaxaca. Por eso Joaquín –quien actualmente toma clases de chino– habla cuicateco, una de las cuatro lenguas mixtecanas. “Mis papás siempre nos han hablado en esa lengua originaria y no la han perdido”, dice orgulloso.

A la pregunta de por qué eligió estudiar trabajo social, el muchacho explica que se trata de una carrera con “un lado muy humano”, que le permitirá realizar estrategias y aplicar programas para su comunidad. “Yo no quiero quedarme aquí para volverme rico. Yo he aprendido de la carrera de trabajo social que debemos retribuirle a la sociedad y eso es lo que voy a hacer. Luego, quiero estudiar derecho. Pero primero, conseguir un empleo y solventarme la otra carrera…, y luego ir a mi comunidad a transformar la vida de otras personas”.

Joaquín dice que una de las cosas que más le indigna respecto de las problemáticas que se viven en Altepexi es la explotación de menores, que ocurre en las maquiladoras de la región y de la que él mismo fue víctima.

Miriam, defensora de derechos humanos y feminista

El pasado 9 de agosto, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, Miriam Pascual Jiménez publicó en su muro de Facebook: “Me reivindico mujer zapoteca, no obstante que sé que corrí con la suerte de ser salvada de casarme sin mi consentimiento con un desconocido; que me salvé de ser madre desde la adolescencia.

 “Este día, las miembras [sic] de los pueblos indígenas recordamos que en la maravillosa rebeldía que causan los estragos de la opresión, aun entre los oprimidos todavía tenemos voz, somos apenas un susurro.”

Miriam, estudiante de derecho en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), llegó a la Casa Nacional del Estudiante hace 4 años. Las circunstancias la llevaron ahí. Desde 1983, la asociación civil que administra el espacio permite el acceso a mujeres; antes, el albergue era exclusivamente varonil.

Su travesía inició poco antes de cumplir los 15 años; ahora tiene 26. Entonces salió de su pueblo natal, Guelatao de Juárez, Oaxaca, para cursar los estudios de bachillerato en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, institución en la que también concluyó la carrera de antropología social.

Hija de un líder campesino y de un pueblo indígena que ejerce la autonomía ancestral, Miriam no tardó en involucrarse en el activismo estudiantil. Consecuencia de ello, asegura, sufrió amenazas y hostigamiento por parte de la Rectoría de esa casa de estudios. “Había gente que tomaba fotos afuera de mi casa, porros que me seguían, carros con vidrios polarizados que se estacionaban en mi portón”.

La situación llegó al extremo: su director de tesis le confesó que ya no podía asesorarla, pues su trabajo estaba en riesgo. Miriam optó por dejarlo todo, incluso el avanzado proyecto de titulación, y seguir adelante con su plan de vida: estudiar derecho. Ella se trazó este camino luego de que Liga Mexicana por la Defensa de los Derechos Humanos (Limeddh) la capacitara como monitora de derechos humanos. También, porque gracias a La Otra Campaña tomó conciencia de la situación de los presos políticos en el país y, aunado a ello, la falta de abogados “progresistas y solidarios”.

“Me doy cuenta de que desde la antropología podía ser defensora de derechos humanos, pero era como si me faltara un brazo: no dominaba la rama jurídica”, dice.

Cuando Miriam se aseguró un lugar en la UAM, arribó a la Ciudad de México. Llegó a rentar un pequeño cuarto en la delegación Miguel Hidalgo, para lo cual trabajó en una tienda de abarrotes. Posteriormente, se mudó a las instalaciones de la Limeddh, que le ofreció un modesto salario por sus servicios.

En 2009, Miriam solicitó su ingreso a la Casa Nacional del Estudiante en busca de mayor independencia. Hoy es una de las cinco personas –la única mujer– que integran la Mesa Directiva de la asociación civil; se desempeña en el área de Asuntos Jurídicos.

La Casa estudiantil le ofreció la libertad deseada, pero también la posibilidad de sumergirse plenamente en el mundo de los derechos humanos. El hecho de no pagar una renta por la vivienda, sino sólo una cuota simbólica, la desahogó de esa carga. Para solventarse otros gastos, Miriam vendía dulces en su escuela y en ocasiones, tocaba la guitarra en el transporte público.

En 2009 ingresó a la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD), que lanzó la campaña de reclutamiento Jóvenes por un Derecho Alternativo.

De la mano de Karla Micheel Salas y David Peña, también integrantes de la ANAD, la joven –que cursa el penúltimo trimestre de la carrera– se inició en el mundo de la abogacía. Su trabajo contribuyó, por ejemplo, a que la Corte Interamericana de Derechos Humanos diera entrada, el pasado 16 de julio, al expediente del caso Digna Ochoa, por considerar insuficientes las investigaciones realizadas por las autoridades judiciales encargadas de esclarecer el crimen de la abogada y defensora de derechos humanos.

Actualmente, la joven zapoteca participa en la defensa de Clara Tapia Herrera, “quien fuera injustamente acusada” de corrupción de menores y de complicidad con José Antonio Iniestra, el Monstruo de Iztapalapa.

Desde su habitación, la 214 en la Casa Nacional del Estudiante, Miriam sostiene, muy cerca del pecho, la imagen en blanco y negro de un hombre con sombrero de paja; es su abuelo paterno. Atrás, a su izquierda, aparece también una impresión del rostro de Digna Ochoa, colocada deliberadamente sobre la repisa azul. Miriam pide que su colega y maestra también salga a cuadro.

La joven confiesa que sin el apoyo de esa estructura de cimientos desgastados no podría ejercer a plenitud su labor. “A pesar de que obtengo un recurso por mi trabajo, muchas veces éste se destina a la atención de las víctimas. Si no tuviera el espacio de la Casa, ese recurso sería muy limitado y no podría desempeñar el trabajo que he hecho hasta ahora”.

Alfredo, el primero en su familia en cursar el nivel superior

Alfredo Santiago Gómez, originario de la Sierra Norte de Puebla, prefiere, antes que el español, recurrir al totonaco para presentarse. Así, con el código heredado de sus padres, dice que tiene 22 años y es nativo del municipio de Huehuetla, asentamiento prehispánico fundado por nahuas y totonacas.

Hace aproximadamente 8 meses, el joven salió de su comunidad en busca de oportunidades de estudio. Un grupo de moradores de la Casa Nacional del Estudiante que visitó diversas regiones de Puebla para difundir la labor social de este espacio lo motivó. Supo que tendría, al menos, un techo a donde llegar.

Salir de su comunidad, de nombre Leacaman (que significa lugar de juguetes), no fue fácil. Tuvieron que transcurrir 2 años luego de que concluyera los estudios de bachillerato. En este tiempo, el joven de piel morena se involucró en labores comunitarias: faenas, servicios en la iglesia, impartición de talleres.

Alfredo habla de los obstáculos que enfrenta un joven indígena que, como él, desea salir temporalmente del espacio que lo engendró para satisfacer sus necesidades de desarrollo. Influyen factores económicos, sociales, y culturales, asegura.

En su caso, la familia ejerció la mayor presión. Sus progenitores, quienes hace unos años habían venido a trabajar a la gran urbe –ella de sirvienta, él de albañil–, temían por su seguridad, su alimentación, su salud… En el fondo, un recelo mayor los inquietaba: que su primogénito perdiera su cultura y que, entonces, decidiera no volver más al nicho comunitario.

Al final, Alfredo se impuso con la firme convicción de regresar y aportar a su comunidad sus conocimientos. “Mi plan es estudiar, terminar y regresarme. Considero que la vida está allá, la mayor parte de las cosas que me interesan están allá”, dice. Su decisión lo convirtió en la primera persona de Leacaman en acceder a la educación que se imparte en la Ciudad de México; también el primero en su familia que cursará el nivel superior.

Aunque no logró quedarse en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, como era su plan, el joven está contento de haber obtenido un lugar en la carrera de filosofía e historia de las ideas que imparte la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. No obstante, dice que seguirá intentando profesionalizarse en artes plásticas, particularmente en dibujo y pintura.

Por lo pronto, sus manos que antaño contribuían en las labores del campo –sus padres se dedican también al cultivo de frijol, maíz, chile, aguacate y café– son las de un artesano. Con ellas moldea pequeñas teleras que se cocinan en el recién estrenado horno de piedra. Ésta es la labor que le fue encomendada como nuevo integrante de la Casa Nacional del Estudiante: sacar adelante ese proyecto productivo.

—¿Si esta Casa que hoy te aloja no existiera, estarías en posibilidad de salir de tu comunidad para cursar los estudios de licenciatura? –se le pregunta.

—Quizá sí, pero sería más difícil. Tendría que trabajar, pagar una alta renta y comida. Creo que la estaría enfrentando muy fuerte. No tendría el apoyo de mis compañeros, es decir, estaría totalmente sólo acá. Por eso no me animaba. Decía: ¿a dónde voy a llegar? ¿Si se me presenta cualquier cosa, quiénes me van a escuchar o a ayudar?

Hoy, Alfredo se muestra sorprendido con los beneficios que por 50 pesos mensuales le brinda la casa estudiantil: una habitación (que por el momento comparte con otros tres muchachos), servicio de baño, círculos de estudio, compañía…

 “Estar aquí en la Casa es una gran oportunidad, una gran ayuda. Que chavos que somos de comunidades vengamos acá y que esta Casa nos dé alojamiento. Pero igual, me he dado cuenta de que el espacio no solamente brinda eso, sino que está en un momento de resistencia y en una defensa de ideología, que es lo más fundamental, porque como que le da esencia a esta casa, y eso es agradable”, manifiesta.

Se solicitaron entrevistas con la delegación Cuauhtémoc y el gobierno capitalino; sin que al cierre se tuviera respuesta.

 

         

 

 

TEXTOS RELACIONADOS:

 

 

 

Fuente: Contralínea 351 / 9 al 15 septiembre de 2013

 

 

 

Comments

comments