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Antes de pretender reformar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para permitir una mayor participación privada –principalmente de empresas extranjeras– en la exploración y producción de petróleo y gas, hubiera sido necesario escuchar de los funcionarios del gobierno federal la propuesta de un plan estratégico, con los órganos de seguridad nacional incluidos, para combatir la corrupción, la impunidad y el abuso de poder que corroe las estructuras de gobierno y vulnera las finanzas públicas.

Petróleos Mexicanos (Pemex) y la Comisión Federal de Electricidad, empresas líderes del Estado mexicano, han sido por décadas las más afectadas por el cáncer de la corrupción que, sin control alguno, permite el saqueo indiscriminado del dinero público, la asignación de contratos amañados a cambio de comisiones, el robo de combustibles, las extorsiones y los sobornos. A pesar de ello, Pemex aún aporta casi el 40 por ciento de las finanzas públicas.
 
A lo anterior hay que agregar la ominosa carga que representa el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana para la principal empresa paraestatal, en donde su máximo líder, el senador priísta Carlos Romero Deschamps, se ha enriquecido brutal y abiertamente ante los ojos de todos los mexicanos sin que alguien en el gobierno ponga algún freno o siquiera proteste por la corrupción de toda la pandilla de este dirigente.
 
Cómo hablar entonces de una urgente modernización del sector energético cuando es el mismo gobierno federal el que solapa y protege las mañas, los abusos y los excesos de Romero Deschamps y familia. Este líder petrolero mantiene una abierta confrontación con el actual director general de Pemex, Emilio Lozoya, quien no ha podido lograr su destitución porque desde Los Pinos lo protegen.
 
Éstos son los dirigentes gremiales y los políticos que por décadas le han hecho tanto daño al país. Si el presidente Enrique Peña Nieto tuvo la entereza y la decisión de destituir y procesar a la máxima dirigente magisterial Elba Esther Gordillo, por qué no hace lo mismo con Romero Deschamps, quien –aseguran sus allegados– ya tiene la maleta lista para dejar la dirigencia del Sindicato en cuanto se lo pidan. ¿Qué detiene o quién frena esta decisión que hasta ahora ha dado impunidad total a una de las figuras más controversiales de la política mexicana?
 
Para el filósofo español José Ortega y Gasset, quien tuvo una importante influencia en Europa y América durante la primera mitad del siglo pasado, existen dos tipos de políticos: los pusilánimes (pequeños hombres) y los magnánimos (almas grandes). ¿En cuál de estas dos categorías encajan nuestros políticos y líderes mexicanos?
 
Veamos: el político ideal, explica este escritor español, sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. En este último punto también falla Romero Deschamps, quien se perfila así como un político pusilánime.
 
El problema es que los ideales son cosas recreadas sólo por nuestros deseos, por lo cual estaríamos hablando de una lógica del deseo cuando consideramos que el político puede ser un buen hombre y un mejor estadista, ya que por lo menos en el caso mexicano, la realidad nos estrella contra la pared cuando conocemos la vida y obra de presidentes, secretarios de Estado, diputados, senadores, líderes gremiales y, en general, de todos los políticos mexicanos. Sin duda alguna, ninguno pasa la prueba para convertirse en un gran estadista, por lo menos los que han ejercido el poder a partir de la segunda mitad del siglo pasado.
 
En su libro Vieja y nueva política, Ortega y Gasset explica en el capítulo dedicado a “Mirabeau o el político”, que el magnánimo y el pusilánime pertenecen a especies diversas: “vivir es para uno y otro una operación de sentido divergente y, en consecuencia, llevan dentro de sí dos perspectivas morales contradictorias”.
 
Este filósofo español describe así a ambos políticos: el magnánimo es un hombre que tiene misión creadora; vivir y ser es para él hacer grandes cosas, producir obras de gran calibre; mientras que el pusilánime, en cambio, carece de misión, y vivir es para él simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí, hechas por otros, sean sistemas intelectuales, estilos artísticos, instituciones, normas tradicionales o situaciones de poder público.
 
Los actos del político pusilánime, como , no emanan de una necesidad creadora, originaria, inspirada e ineludible. Este pusilánime, por sí, no tiene nada qué hacer; carece de proyectos y de afán riguroso de ejecución. De suerte que no habiendo en su interior destino, fuerza congénita de crear, de derramarse en obras, sólo actúa movido por intereses subjetivos.
 
Ortega y Gasset sostiene que lo que nunca comprenderá el pusilánime es que para ciertos hombres la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear cosas, como lo hace el pintor, el escritor o el político que organiza el Estado. Contrario a los pusilánimes están los virtuosos, que no estafan, no mienten, no estupran, y sus virtudes son la honradez, la veracidad, la templanza.
 
Pero Romero sólo es uno de estos líderes pusilánimes, pues la lista de políticos en esta categoría abarcaría páginas y páginas de libros completos.
 
*Periodista
 
 
Fuente: Contralínea 348 / agosto 2013
 
 
 

 

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