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Nuevos estudios científicos confirman que el cambio climático aumentará la intensidad de los fenómenos pluviales en las regiones tropicales; pero también revelan un hecho con insospechadas consecuencias económicas y sociales: los países pobres en agua tendrán aún menos acceso al líquido. El desastre ya ha iniciado cuando el calentamiento global es de menos de 1 grado centígrado. Se espera que en los próximos años el aumento de la temperatura del planeta llegue a 3 grados centígrados

Stephen Leahy/IPS-Tierramérica

 

Uxbridge, Canadá. Con un recalentamiento de menos de 1 grado centígrado, las lluvias extremas ya aumentaron 15 por ciento en las regiones tropicales, y su cantidad e intensidad pueden incrementarse entre 30 y 60 por ciento en las próximas décadas, concluye un nuevo estudio.

Si la temperatura del planeta aumenta 2 o 3 grados, como se prevé, las regiones tropicales de América Latina experimentarán con regularidad inundaciones catastróficas, dice a Tierramérica el investigador Seth Westra, de la australiana Universidad de Adelaida.
 
“El vínculo entre cambio climático y lluvias extremas está claramente establecido”, señala Westra, autor principal del estudio Global increasing trends in annual maximum daily precipitation (Tendencias mundiales en aumento de las precipitaciones diarias máximas anuales), publicado en junio pasado en el Journal of Climate.
 
Se trata de la primera investigación en usar observaciones de 8 mil 326 estaciones meteorológicas de todo el mundo para determinar que la intensidad de las lluvias más extremas aumenta junto con las temperaturas.
 
Y la intensidad de las precipitaciones da la pauta de que éstas aumentarán 15 por ciento con cada grado de recalentamiento en las regiones tropicales.
 
Si continúan las actuales emisiones de dióxido carbono, los científicos calculan que el mundo alcanzará 2 grados de recalentamiento entre 2030 y 2040.
 
La naturaleza puede ofrecer la mejor solución para controlar el aumento de las inundaciones que se esperan en las zonas tropicales y en otras partes de América Latina. Los bosques y los pantanos absorben las lluvias fuertes y enlentecen su liberación corriente abajo.
 
“Una infraestructura verde puede ser más redituable que los costosos controles de inundaciones concretas”, dice a Tierramérica el director de programas de conservación para América Latina en The Nature Conservancy, Aurelio Ramos.
 
Hacer que árboles, pasturas y plantas sigan siendo parte del paisaje es extremadamente efectivo, tanto para limpiar como para retener el agua, además de reducir la sedimentación que obstruye vías fluviales, lo cual a menudo empeora las inundaciones. Otros beneficios son la mejora del sustento y de la biodiversidad y las menores emisiones de gases invernadero, agrega Ramos.
 
Monterrey, la tercera ciudad más grande de México, fue severamente perjudicada en 2010 por las inundaciones que causó el huracán Alex.
 
La deforestación corriente arriba del río Santa Catarina, que atraviesa esa urbe, fue una causa clave del desborde de sus aguas, que provocó tanto daño, indica.
 
“Un estudio detallado mostró que con reforestación y con unas pocas represas pequeñas corriente arriba se reduce 20 por ciento el flujo de agua durante eventos extremos”, señala Ramos, quien agrega que esta infraestructura verde sería tan efectiva como una represa grande y más costosa.
 
 
La cuenca del Santa Catarina cubre 32 kilómetros cuadrados, y The Nature Conservancy, junto con el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (más conocido como GEF, por su sigla en inglés) y otros socios han propuesto un plan de manejo que abarca 35 por ciento de esa cuenca.
 
Para financiarlo, los socios, inclusive la industria, han invertido en un innovador compromiso financiero que llaman “fondo de agua”.
 
Se necesitarán unos 35 millones de dólares para que el Fondo de Agua de Monterrey genere intereses de aproximadamente 3 millones de dólares al año, que se invertirán en reforestar y en compensar a los dueños de las tierras por modificar sus prácticas agrícolas o pecuarias.
 
Los productores rurales deberán reducir el uso de fertilizantes, crear zonas de exclusión de vegetación natural alrededor de cursos fluviales o colocar vallas para mantener al ganado alejado de pantanos y áreas ribereñas.
 
Este pago por servicios de ecosistemas requiere que los terratenientes firmen acuerdos a largo plazo, algunos incluso por hasta 80 años.
 
“Planeamos lanzar el Fondo de Agua de Monterrey en septiembre”, dice Ramos.
 
El primer esquema de este tipo fue el Fondo para la Protección del Agua (Fonag) de Quito,  Ecuador, creado en 2000 mediante los esfuerzos de The Nature Conservancy, la Fundación Antisana y la empresa hídrica local.
 
Ahora hay cinco fondos de agua en Ecuador. Gracias al éxito de ese país, el GEF, The Nature Conservancy y el Banco Interamericano de Desarrollo lanzaron en 2011 una asociación de 27 millones de dólares para ampliar estos mecanismos.
 
Se prevé proteger casi 3 millones de hectáreas de cuencas en varios países de América, entre ellos Ecuador, Colombia, Perú, Brasil y México.
 
Ya están en marcha 12 fondos de este tipo, y otros 20 deberían estar listos para 2015, dice Ramos.
 
“Hay quienes entienden que la infraestructura verde funciona, pero hallar el dinero para materializara es más difícil”, agrega.
 
Hay importantes argumentos para que las empresas inviertan en la naturaleza; por ejemplo, se reducen los costos de purificación del agua y la necesidad de dragado.
 
También se previenen las alteraciones y se impulsan las ganancias para las compañías que dependen del agua, garantizando un suministro más estable. Y estas inversiones pueden abatir los costos de las inundaciones, además de ayudar a mantener más bajas las primas de seguros.
 
La industria de los seguros está consciente de los costos del cambio climático. Inundaciones, terremotos, sequías y otros desastres naturales le han costado al mundo 2.5 billones de dólares sólo en los últimos 13 años, superando las estimaciones previas, según el Global assessment report on disaster risk reduction 2013 (Informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo de Desastres 2013), de la Organización de las Naciones Unidas.
 
Ese reporte señala que demasiadas áreas urbanas e industriales ahora se ubican en zonas propensas a catástrofes. Los gobiernos y el sector empresarial tienen que mejorar el manejo del riesgo de desastres, concluye.
 
Estimar dónde está el mayor riesgo de inundaciones es difícil porque hay muchos factores involucrados, dice Westra, y debe tomarse una cuenca como punto de partida.
 
Cada obra de infraestructura construida en el mundo se llevó a cabo con base en información meteorológica y de inundaciones de los últimos 30 a 50 años. “Ya no podemos tomar decisiones de infraestructura basados solamente en esos datos”, opina.
 
Pero los impactos del cambio climático se presentan más rápidamente de lo esperado y antes de que la ciencia pueda elaborar proyecciones precisas sobre el impacto regional.
 
“Incluso en Australia no hemos incorporado aún lo que el cambio climático puede hacer con nuestros patrones de lluvias en los próximos 50 a 100 años”, apunta Westra.
 
Su estudio constituye una confirmación de que lo que la ciencia climática viene diciendo desde la década de 1990. “A medida que el clima se recalienta, los países ricos en agua se vuelven más ricos y los pobres se vuelven más pobres”, resume.
 
 
 
Fuente: Contralínea 345 / julio 2013
 
 
 
 

 

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