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Se mantienen las altas tasas de crecimiento demográfico en Yemen; pero el país sigue sumido en la pobreza y no es capaz de generar los alimentos ni los insumos para sostener a sus 22 millones de habitantes. La mayoría rechaza la planificación familiar por considerarla contraria a sus creencias religiosas. De no conseguir mejoras económicas y la reducción de su crecimiento poblacional, Yemen podría enfrentar en los siguientes años una crisis humanitaria

Rebecca Murray/IPS Sanaa, Yemen. La población de este país aumenta rápidamente, acuciando a los menguantes recursos naturales de la nación y plantando a sus jóvenes ante un futuro sombrío, con pocos empleos y escasos medios de subsistencia.

En una clínica de planificación familiar en el centro de Sanaa, Layla espera para realizarse un control de rutina. Cree que tenía 14 años de edad cuando se casó y quedó embarazada de su primer hijo, pero no está segura.

Oriunda del pueblo de Beni Matar, al Sur de la capital, Layla, actualmente de 20 años, y sus tres hijos están en la misma situación que cuatro quintas partes de la población, mayoritariamente rural, de Yemen: carecen de certificados de nacimiento.

Tras su compromiso con un hombre divorciado y 5 años mayor, Layla fue obligada a abandonar la escuela.

Ahora cultiva la finca familiar y cría a sus hijos, mientras que su esposo, un soldado, gana un salario de 150 dólares mensuales y vuelve a casa los fines de semana.

Layla dijo haber quedado agotada cuando tuvo a su último hijo. Aunque los ancianos de la comunidad condenan los métodos de planificación familiar por considerarlos “prohibidos”, con el consentimiento de su esposo fue de todos modos a que le colocaran un dispositivo intrauterino (DIU).

Aunque a veces siente dolor en su abdomen cuando realiza trabajos duros, sostiene que vale la pena.

“Quiero que mis hijos terminen la escuela y que se casen cuando tengan alrededor de 20 años”, dice. “No quiero que sean como yo”, sentencia.

Con un aumento anual de 3.1 por ciento, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por su sigla en inglés) estima que Yemen tiene unos 26 millones de habitantes, y que dos tercios de ellos viven en áreas rurales.

Con un promedio de 6.2 nacimientos por familia, la mitad de la población del país tiene menos de 15 años de edad, y casi 70 por ciento es menor de 25 años.

“Yemen tiene una gran cantidad de jóvenes, lo que tiene implicaciones en todas partes”, explica el representante del UNFPA, Himyar Abdulmoghni.

“La revolución dio inicio a ese proceso”, agrega, en referencia a las revueltas que comenzaron en este país de la península arábiga en 2011 y que derribaron al régimen de  Ali Abdullah Saleh.

El crecimiento demográfico agrava los males de Yemen: agotamiento del agua, desnutrición, falta de calidad y capacidad en materia de educación y salud, escasez de empleo y una pésima economía.

Según estimaciones conservadoras del Banco Mundial, en Yemen el desempleo juvenil es de 60 por ciento, y más de la mitad de la población padecía pobreza durante la revolución de 2011.

Y el pronóstico económico no es nada halagüeño. Se está agotando el petróleo, principal producto de exportación del país, y cientos de miles de jornaleros yemeníes en Arabia Saudita, de cuyas remesas dependen sus familias, están bajo amenaza de deportación por no tener documentación que les permita trabajar legalmente.

Hay fuertes incentivos para tener familias grandes. Los niños pueden ayudar con el trabajo, principalmente en la agricultura, lo que reduce los costos de producción.

Grandes clanes proyectan su poder en disputas locales. Y los hombres, incluso los viudos, toman esposas adicionales para que los ayuden con la casa y los niños, dejando a las mujeres ante una mayor vulnerabilidad.

“Los yemeníes están orgullosos de su estructura familiar, y es una norma social que da crédito a las grandes familias”, explica Abdulmoghni. “Cuantos más hijos tengas, más poder tendrás”, argumentan, según el representante del UNFPA.

Conservadoras creencias religiosas y la falta de conciencia y de acceso a métodos de planificación familiar también contribuyen, lo que alimenta supersticiones en torno al control de la natalidad. Por ejemplo, son comunes los rumores sobre anticonceptivos que causan cáncer.

Amal Maknon, médica en una clínica de planificación familiar en Sanaa financiada por la organización Marie Stopes, relata sus viajes a las aldeas para crear conciencia y brindar tratamientos.

“A menudo, nuestra presencia allí generaba sospechas entre los pobladores. Algunos creían que intentábamos impedirles tener hijos y erradicar a sus futuras generaciones”, dice.

La desigualdad de género es un problema importante en Yemen. El Índice de Brecha de Género Mundial del Foro Económico Mundial ubicó en 2012 al país en el último puesto de las inequidades, en los planos económico, político, educativo y sanitario.

“Las niñas se casan a muy temprana edad, lo que aumenta la fertilidad. La solución es estabilizar la fertilidad. Necesitamos mejorar el acceso a planificación familiar e ir más a las áreas rurales. También tenemos que mejorar la educación, especialmente la de las niñas”, dice Abdulmoghni.

Warda, de 40 años y también de la localidad rural Beni Matar, quiere que cuando sus ocho hijos crezcan tengan familias más pequeñas.

Su hijo menor nació con una deficiencia mental, y un médico le advirtió que, de tener otro, podría ocurrirle lo mismo.

Pobre y agotada de cultivar la tierra, además de ocuparse de su esposo enfermo y de sus hijos, Warda ignoró los rumores locales de que los anticonceptivos eran cancerígenos, y fue a que le colocaran un DIU. “Estaba extremadamente feliz”, dice.

Otra paciente en la clínica, Maryam, de 60 años, dice que nunca supo nada sobre la planificación familiar. Procedente de la aldea Beni Shamhan, tuvo 13 hijos, de los cuales viven apenas seis. “Es la voluntad de Dios”, sostiene.

Viuda, Maryam vive con los cuatro hijos de la ahora difunta segunda esposa de su marido. Como no había ninguna escuela en las cercanías, sus hijos no recibieron educación. Ella espera que los pequeños con los que vive tengan una vida mejor.

Ebrahim Al-Harazi, gerente de comunicaciones de una organización no gubernamental local, Yamaan, viaja por el país para combatir los prejuicios.

“Como los hombres controlan la familia, impiden que las mujeres empleen métodos anticonceptivos. Ellos piensan que la planificación familiar está prohibida, porque las personas religiosas así lo dicen”, explica.

“Cuando nos sentamos a hablar con las personas religiosas descubrimos que pensaban que las mujeres usarían los métodos de planificación familiar con fines inmorales”, agrega.

Al-Harazi dijo que, además de asesorar a comunidades sobre asuntos económicos y estadísticas de salud, incluida la mortalidad materna, el principal objetivo es contactarse con los imanes locales.

“Al inicio, los líderes religiosos dijeron que teníamos una agenda oculta, para influir en ellos y atacar su modo de vida. Así que les mostramos los mensajes del Corán que urgían a asumir la responsabilidad para con las esposas”, señala.

Conscientes de que enfrentan desafíos, con donantes que no tienen fondos, ante la falta de voluntad política, en un terreno inseguro y a menudo inaccesible, y cuando cada vez es mayor la oposición religiosa, los defensores de la planificación esperan que haya más mujeres como Warda.

Ahora la madre escolta a su tímida nuera, Aisha, de 20 años, en su trayecto hacia una clínica de planificación familiar. Cuando Aisha dice que quiere cuatro hijos, Warda la interrumpe: “con dos estará bien”.

 

 

Fuente: Contralínea 344 / julio 2013

 

 

 

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