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La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional ejerce cada año un presupuesto de 1 mil millones de dólares en supuestas operaciones humanitarias. Lo cierto es que coopta y manipula a personajes y organizaciones sociales y promueve los intereses estadunidenses

Roberto García Hernández/Prensa Latina
 
La tristemente célebre USAID (sigla en inglés de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) continúa actualmente en la palestra pública por sus acciones más recientes como brazo de la intervención del gobierno estadunidense en otros países.
 
Para ello dispone de un presupuesto anual cercano a 1 mil millones de dólares con vistas a operaciones “humanitarias” en Latinoamérica y el Caribe en programas dirigidos a moldear las sociedades donde trabaja e identificar a las personas adecuadas que sirvan a sus planes.
 
La versión oficial sobre el papel de la USAID señala que ésta se encarga de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no militar, y aunque es un organismo independiente, recibe directrices estratégicas del Departamento de Estado.
 
De manera directa o a través de agencias subsidiarias, su objetivo es reforzar la política exterior estadunidense, cooperando con los países receptores en las áreas económica, agrícola, sanitaria, política y humanitaria.
 
La agencia es vista erróneamente por algunos como una organización no gubernamental, pero en realidad constituye uno de los tentáculos dentro del Ejecutivo que utilizan los servicios de inteligencia para obtener información sobre países de la región e influir en su política interna y externa.
 
 
 
Las directrices estratégicas a que se refiere su misión son realmente la razón de ser de la entidad y van dirigidas a imponer la voluntad de las autoridades estadunidenses en los países donde opera, a través de programas con fachada humanitaria, aseguran medios de prensa alternativos.
 
Directivos de la USAID reconocen que, a través de esa entidad, la Casa Blanca mantiene una estrecha relación y entrega fondos a sectores antigubernamentales radicados en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
 
El gobierno boliviano comunicó el 7 de mayo pasado, oficialmente, a la embajada estadunidense en La Paz, la decisión del presidente Evo Morales de expulsar a la USAID de la nación andina.
 
Morales había informado el 1 de mayo que había decidido echar a la agencia de cooperación estadunidense tras acusarla de injerencia política y conspiración, denuncia que el gobierno de Estados Unidos rechazó, como siempre hace en estos casos.
 
Por otra parte, un análisis breve del currículo de algunos directivos de la USAID puede dar luz sobre el papel de esta agencia.
 
El actual administrador adjunto de la USAID para América Latina y el Caribe, Mark B Feierstein, fue un connotado agente de la inteligencia estadunidense y jefe de proyectos en la Guerra Sucia de Estados Unidos contra el gobierno sandinista nicaragüense en la década de 1980.
 
Feierstein fue una pieza clave en el apoyo al prófugo de la justicia Gonzalo Sánchez de Losada, expresidente de Bolivia y autor intelectual de la masacre que causó la muerte de 67 personas y heridas a unas 400 en octubre de 2003.
 
Otro de los personeros típicos de la USAID es Donald Steinberg, subdirector de esa Agencia, quien trató de interferir este año en una investigación interna sobre posible corrupción en el manejo de los fondos para actividades subversivas en el exterior.
 
Durante sus 30 años de servicio en el gobierno federal, Steinberg fue director de Asuntos Africanos en el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos y estuvo a cargo de la oficina diplomática de Washington en Sudáfrica antes del fin del régimen del apartheid en ese país, entre otras asignaciones.
 
 
 
José Cárdenas, subdirector regional para Latinoamérica de la USAID durante el gobierno de George W Bush, fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca durante esa misma administración y defensor de sus conceptos de ataques preventivos.
 
Entretanto, las actividades de la USAID se mantienen en coordinación estrecha con la llamada National Endowment for Democracy, NED (Fundación Nacional para la Democracia), entidad fachada de los servicios de espionaje estadunidenses que trabaja con organizaciones no gubernamentales y personalidades utilizados como punta de lanza.
 
Pero el papel de la USAID no sólo se revela en su accionar en naciones que técnicamente viven en una situación de paz.
 
Varios manuales de campaña de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos reconocen el papel de dicha entidad en las llamadas operaciones de contrainsurgencia y de pacificación de naciones víctimas de la agresión militar estadunidense.
 
 
El Pentágono dispone de representantes en las estructuras locales de la USAID y la Oficina del Coordinador para la Reconstrucción y la Estabilización del Departamento de Estado, en naciones donde existen conflictos armados con el fin de mejorar la calidad de las operaciones cívico-militares.
 
Desde 2002 en Afganistán, funcionarios de dicha entidad están incorporados a las unidades y junto con los llamados expertos en asuntos civiles contribuyen a neutralizar el comportamiento de los civiles y conformar estados de opinión favorables a las fuerzas de intervención.
 
Algo similar ocurrió en Irak, donde elementos de la USAID trabajaban en estrecha coordinación con los oficiales a nivel de las brigadas de combate en tareas de contrainsurgencia y en especial para detectar y neutralizar a exmiembros del gobierno iraquí que actuaban en la clandestinidad.
 
De todas formas, la mayoría de los especialistas en el tema coinciden en señalar que en situaciones de paz o de guerra, la USAID afina y revitaliza ahora sus funciones injerencistas en la sociedad civil de los países donde actúa y como punta de lanza de los intereses estadunidenses.
 
 
 
 
 
Fuente: Contralínea 335 / mayo 2013
 
 
 
 

 

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