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Debe quedar muy claro que la reunión en la Plaza de San Pedro –y su monumental iglesia– de Enrique Peña Nieto con el nuevo papa Francisco (por Francisco de Asís, quien auténticamente se empobreció para luchar por los pobres) no fue con el jefe de la Ciudad del Estado del Vaticano, lo cual ha puesto en riesgo al Estado laico, cuyo fundamento es la separación del Estado y las iglesias, principalmente con la católica, que desde siempre y hasta hoy ha pretendido (y a veces logrado), quitarle al César lo que es del César y someterlo al imperio religioso. El laicismo así entendido y practicado se origina desde el siglo V, incluso por decisión del papa Gelasio I, quien postuló aquello de que las “dos espadas” no pueden ni deben empuñarse por una sola persona. Esta imagen inició, pues, la separación del Estado y la entonces naciente iglesia cristiana que se envolvió en el catolicismo hasta nuestros días.
 
 
Y no obstante ese postulado, que a través del tiempo se convirtió en mandato jurídico para que el Estado y su gobierno, por casi todo el mundo y especialmente en sociedades de la cultura occidental, convivieran separadamente con las iglesias, constantemente se desdibuja. Este postulado también incluye la debida tolerancia religiosa para todas las iglesias que se fueron constituyendo desde la escisión que provocó Martín Lutero. Y todo esto con la finalidad de llevar a cabo una separación que cumpliera con la sentencia (atribuida al fundador del cristianismo): “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”; y que por cierto fue en alusión al pago de impuestos, mismos que actualmente, cuando menos los ministros del catolicismo mexicano, no pagan al fisco a pesar de los cuantiosos, millonarios ingresos por las llamadas limosnas, donaciones, bienes inmuebles y muchas riqueza más. El papado hasta un banco tiene donde, dicho sea de paso, constantemente acusan malos manejos por corrupción.
 
El nuevo papa es jesuita y ahora también franciscano; interesante síntesis que de fundirse puede dar mucho de qué hablar y hasta provocar cambios en esa institución religiosa. Y los jefes de Estado que asistieron a Roma, Italia, fueron a su coronación clerical, y no a la toma de posesión de Jorge Mario Bergoglio como jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano.
 
Egresado Peña de escuelas católicas y habiendo obteniendo el grado de licenciado en derecho en una universidad religiosa del Opus Dei (la Universidad Panamericana), aprovechó el viaje para invitarlo a que venga a nuestro país. Se dice que Peña ha visitado la sede papal en más de una vez. Si las informaciones no mienten, dicen que ha ido ya en siete ocasiones. La penúltima cuando, siendo gobernador, gestionó su divorcio eclesiástico para contraer nuevo matrimonio (como lo hizo Vicente Fox).
 
A lo que voy es que Peña (como Fox y Felipe Calderón) ha estado arriesgando al Estado laico con esos acercamientos que no son inocentes, pues –como sus antecesores panistas– quiere que la Iglesia y el papa Francisco les atraigan a los votantes católicos para manipular la religión a su favor. Pero, de paso, se trata de cercar al laicismo de las instituciones que el Estado, como un orden jurídico de derecho positivo, agrupa y establece una frontera que no debe traspasarse. Asistieron, entre ellos Peña, a una misa, no a un acto estrictamente político, con lo cual los asistentes han degradado el cargo que ostentan. Peña es jefe de Estado y jefe de gobierno, no un obispo más como para que esté exponiendo al Estado laico, pues aunque sea católico, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos le impide manifestar su religión en público. Toda la práctica de ésta debe hacerla en privado y no como Fox y Calderón que, retadoramente, asistieron a comulgar en un acto de provocación, falta de respeto a las demás iglesias y, sobre todo, pisoteando y pitorreándose de la Constitución.
 
*Periodista
 
 
 

 

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