Autor:

A la escena de la danza contemporánea se montó un mecánico de aviación. Transcurría la década de 1980. Han pasado 25 años desde que fundó la compañía que lleva su nombre. Hoy, Vicente Silva Sanjinés está convencido de que bailar es un acto de fe 

Playera sin mangas, pantalón y zapatillas deportivas, Vicente Silva Sanjinés acude a los constantes llamados a la puerta. Afina detalles con sus colaboradores.
 
El coreógrafo y bailarín prepara la función de gala con la que celebraría, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, el sábado 23 de marzo, el XXV aniversario de su compañía de danza contemporánea. Teo, un perro dálmata, recorre la habitación.
 
Separada del Palacio de Bellas Artes apenas por unas calles, la casa de Silva Sanjinés, en el centro de la Ciudad de México, es un salón blanco lleno de fotografías, diplomas, libros, discos y películas.
 
“En 25 años me ha pasado todo, toda la vida, la danza, o yo con la danza… No sé cómo definirlo. Me casé, me divorcié, tuve hijas. Nunca pensé que me fuera a dedicar a esto de por vida”.
 
Ya en el teatro, minutos antes de la función, Silva permanece en silencio detrás de una consola. La tercera llamada lo hace murmurar por una diadema. Da instrucciones a los técnicos para subir y bajar telones, echar a andar la máquina de humo o encender y apagar luces.
 
Sesenta viñetas componen Ilusión óptica, una pieza creada para 12 bailarines a partir de objetos y video. Las imágenes, aparentemente inconexas, son una galería viva de 25 años de trabajo.
 
“Ayer les decía a mis bailarines en el ensayo que esto era también un acto de fe. Tener fe no en la coreografía, no en mí, [sino] en ellos mismos, en que puedes, que eres capaz de generar, de crear, de reinventarte día a día. Que no te puedes levantar o acostar siempre por el mismo lado de la cama, o poner el microondas siempre 1 minuto 5 segundos, formarte en las filas sin preguntar para qué son, vestirte siempre de la misma forma… Que somos seres cambiantes, evolutivos, creativos. Que renuncien a hacer las cosas siempre igual. Yo me lo procuro todos los días”.
 
Para el también miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y profesor de danza contemporánea en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, de la Universidad Nacional Autónoma de México, después de 25 años de trabajo lo que sigue es el comienzo. “Aquí comienza todo. Realmente creo que todo ha sido un antecedente nada más. Un curso introductorio”.
 
Con su trabajo ha obtenido el Premio Intercontinental de Danza Contemporánea en la categoría Senior; la beca Rockefeller Bancomer, en dos ocasiones; el premio de distinción en el Primer Concurso de Coreografía Alexander S Onassis en Atenas, Grecia; el premio INBA-UAM-UNAM (Instituto Nacional de Bellas Artes-Universidad Autónoma Metropolitana-Universidad Nacional Autónoma de México) en el Palacio de Bellas Artes, México. Ha contado con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; la Coordinación Nacional de Danza; la Dirección de Danza de la UNAM; el Movement Research; el TALA Dance Center en Croacia; el Tangente en Montreal, Canadá; el Danspace Project de Nueva York, Estados Unidos, y el Consejo de Artes en Nueva Inglaterra, entre otros.
 
 
 
Descubrió la danza por accidente a los 17 años. Jugaba baloncesto y Yeudiel, un compañero de entrenamiento, lo llevó a su clase de teatro. “Le llamé por teléfono para saber dónde iba a ser el entrenamiento, pero me dijo que no iría porque tenía clase de teatro. Me burlé y traté de convencerlo. Total que no lo convencí y dije: ‘Me voy contigo…’ Nunca más lo dejé”, rememora el bailarín frente a la computadora que a ratos distrae su atención.
 
—Voy a contestar este correo –se excusa.
 
Así fue como llegó a la Sociedad General de Escritores de México con Juan Antonio Yáñez y Willebaldo López, que lo enviaron a estudiar danza con Carlos Feria. “Estudiaba ballet, jazz, pero no me gustaba, no era lo mío”. Eduardo González lo invitó a hacer danza contemporánea. Hacían música juntos. Vicente tocaba la guitarra, Eduardo el piano. Fue así como entró a la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán. Vio las clases y lo dramático de la danza contemporánea. “Dije: ‘esto es lo que voy a hacer’. Fue un hallazgo en mi vida”.
 
En el recuento ve el inicio con romanticismo. En su opinión, la década de 1980 trajo abundantes grupos emergentes de danza y con ello la transformación de la danza contemporánea en México. Bailaban en las calles, en las azoteas, en las vecindades.
 
Reconoce que fue difícil, puesto que había pocos apoyos institucionales. “Pero no te cuestionas ni cómo vas a vivir; si lo haces bien, encuentras la forma de mantenerte, de vivir, y de tener hijos y perro”. Con el dedo índice, señala al dálmata que reposa a mitad de la sala.
 
“Pude sobrevivir porque trabajaba como mecánico de aviación en [la aerolínea] Mexicana y eso me daba el sustento. Tenía todas las tardes para trabajar la danza, entrenarme y estudiar. Cuando ya no quise trabajar en la aerolínea por los tiempos, renuncié. Me compré unas máquinas de coser. Blanca Garza y yo, que vivíamos juntos, hacíamos vestuarios para compañías, bailarines, para todo el mundo. Así sobrevivíamos”.
 
Luego, el vestuario fue también muy demandante. Cosían todos los días sin salir del taller porque tenían alguna producción que entregar. Ya no entrenaban, no bailaban. Un día Vicente Silva se sentó frente a la máquina de coser y dijo: “Nunca más vuelvo a coser un trapo. Voy a vivir de la danza”.
 
El primer contrato que tuvieron fue con la UNAM. De tanto insistirle, Rosario Manzanos, que estaba al frente de lo que ahora es la Dirección de Danza de la Universidad, le dio una temporada en la Ciudad Universitaria. Bailaron en la Facultad de Economía, en la de Química, en Ciencias Políticas y Sociales, en las islas.
 
Aquella compañía se llamaba Tiempo de Bailar y la conformaban tres personas: Jairo Astorga, Blanca Garza y él. Cuando les entregaron el cheque, Silva les propuso gastarlo rápidamente para obligarse a generar otro. “Los convencí. Así lo hicimos. Seguimos trabajando”. Después vino Caleras, pieza coreográfica gestada en la cárcel y que en el marco del XXV aniversario volverá a estrenarse en el Teatro Barros Sierra de la FES Acatlán.
 
 

La cárcel

 
Vicente Silva Sanjinés ingresó el 2 de junio de 1992 a la isla María Madre. Situado en el océano Pacífico, el sitio alberga la Colonia Penal Federal Islas Marías, establecida en 1905 por decreto de Porfirio Díaz, entonces presidente de la República.
 
Pasó 9 meses ahí. Seleccionado por la Secretaría de Gobernación y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes entrenó a los presos: narcotraficantes, secuestradores, asesinos, violadores. Con ellos montó Caleras que, en palabras del crítico Carlos Ocampo, se convirtió en un “clásico de la danza contemporánea del siglo XX”.
 
Sobre la arcilla, los presos bailaban hasta desfallecer. Entrenaban de las 8 de la mañana a las 8 de la noche. Vicente Silva no está convencido de que la danza los reivindicara. De lo que está convencido es de su determinación ante la vida.
 
Tal como lo redactó en el programa de mano hace ya 21 años, los presos lo entregaban todo, ya fuera para matar, para vivir o para bailar. “Yo les preguntaba: ‘¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí?’. Me decían: ‘Me compro un cuerno de chivo y me pongo a trabajar’. Un día, Manuel Calero, el director del penal, me preguntó lo mismo y yo le decía: ‘¿Quieres que te diga la verdad? No, no sirve para reivindicarlos, pero ahora tienen criminales muy sensibles…’”. Ríe.
 
Al coreógrafo lo hace dudar un correo que recibió en los últimos días. Lo recita de memoria, al tiempo que sonríe. En el escrito le dicen que las clases en el Archipiélago (como algunos presos se refieren a las Islas Marías) les habían cambiado la vida. “Tal vez ya no son los mismos, no sé. No tengo contacto con ellos”.
 
Silva Sanjinés confiesa, con seguridad, que la experiencia a él sí le cambió la vida. “Fue un parteaguas, un despegue”. Fuerte, en todo sentido: emocional, espiritual, físico. Tenía 30 años de edad.
 
Laura Montiel, esposa del director del penal y quien también tomaba las clases, le decía que no sabía si asistía porque le gustaba la clase o para cuidarlo de los presos, porque los enfrentaba: “¿Qué no te da la cabeza para hacer más?”. “No hagas esto”. “Llega temprano”. “Ya no puedes entrar”. “Vete de la clase…”. Son algunas de las frases que constantemente les decía. “Pero yo les hablaba igual que a mis alumnos. Ellos entendieron muy bien, hicimos una comunión muy fuerte”.
 
Considera que inicialmente fue un reto físico para ellos. Después se convirtió en un lenguaje, en una manera de decir. “Improvisábamos mucho, les gustaba mucho improvisar. Les gustaba mucho la música, tan extraña para ellos en ese tiempo”.
 
Con ellos fue que Vicente Silva cambió su vocabulario corporal. Se cuestionaba para qué enseñarles ballet, para qué hacerlos usar mayas y zapatillas. “Tuve que encontrar un movimiento singular. Recuperar el movimiento que tenían cuando llegaron. Me basé en la improvisación para trabajar con ellos y me di cuenta de que cada coreografía requería de un lenguaje propio, de una investigación”.
 
Después de Caleras, en 1996, ganó el Premio Nacional de Danza con la coreografía Mexico City, un retablo de imágenes de la vida en la capital de la República.
 
“Así fue creciendo la compañía. Había mucha gente que quería bailar conmigo y los presupuestos siempre eran un problema, entonces en la Universidad me ofrecían plazas para dar clases y yo se las daba a mis bailarines con tal de que bailaran conmigo.”
 
 

Las políticas públicas

 
De la década de 1980 a la fecha ha crecido la infraestructura y los apoyos institucionales para impulsar la danza en México, y aunque a decir del coreógrafo no se ha terminado el quehacer, ahora la gente puede vivir de la danza.
 
“Los pasos, en términos de políticas culturales, siempre se gestan debido a las dos partes. La institución a veces se puede pasmar o nosotros, y hay que empujar. Es una dualidad que debe malamente existir para permitir que haya movimiento.”
 
El artista está convencido de que en el México violento la danza contemporánea es un vehículo para la gente, pero se necesita inversión, buenos maestros, instalaciones. Darles condiciones y oportunidades a los jóvenes.
 
“Cuánta gente he tenido que la vida les cambia a partir de su encuentro con el movimiento, con encontrar la manera de expresarse corporalmente. Creo que es vital.”
 
En las filas de la compañía baila Marcelo Cero, un joven de 21 años que se entrena con él desde hace por lo menos 4. También Carlos Martínez, que comenzó tomando clase en la FES Acatlán y ahora es Premio Nacional de Danza en la categoría de Mejor Bailarín.
 
Vicente Silva piensa que todos pueden bailar. Para él, el entrenamiento es lo más fácil: “Todo el mundo puede hacerlo, no es necesario tener las patas embarradas en las orejas o dar 20 mil giros para expresarte corporalmente, es mucho mejor si tienes un entrenamiento, pero nunca es tarde y siempre es bueno”.
 
El coreógrafo y bailarín finaliza diciendo que para él la vida es la danza y la danza es la vida. Es todo. “Una vez que haces danza la vida te cambia, el carrito del supermercado lo empujas de diferente manera, un huevo estrellado lo cocinas de diferente manera, la vida te cambia cuando te mueves. Si todos nos moviéramos, hasta los políticos, seríamos mejores”.
 
 
 
Fuente: Contralínea 329 / abril de 2013
 
 
 
 

 

Comments

comments