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⇒ Parte III: Triquis: autonomía indígena, vigente

 

Hartos del abandono y corrupción oficiales, en complicidad con líderes de la zona, indígenas triquis decidieron declarar su autonomía para impulsar procesos de desarrollo desde 2007. La violencia, inseguridad e injusticia han puesto en jaque el proyecto autonómico en los años transcurridos; sin embargo, sus líderes aseguran que sigue vigente 

 
Érika Ramírez/José Luis Santillán, fotografías/enviados
 
Yosoyuxi, Copala, Oaxaca. El proyecto autonómico, impulsado por representantes de varias agencias de esta región "pertenecientes al municipio de Juxtlahuaca", y del centro ceremonial de San Juan Copala, sigue en pie, asegura Rafael González López, líder de esta comunidad.
 
El hombre que se expresa en su lengua materna está convencido de que no es necesario que el gobierno tenga total presencia en la zona "pese a que sus  habitantes viven en un grado de marginación “muy alto” ", más que para garantizar la protección y seguridad de la población. Del crecimiento económico y la administración de recursos que les corresponde, ellos se encargan, comenta.
 
—¿Cuáles son los beneficios en la comunidad después del cambio de gobierno?
 
—Es la misma cosa, el PRI y el cambio de gobierno es igual [PRD]. Ni siquiera el tema de justicia ha avanzado. Ni siquiera eso ha hecho, mucho menos los proyectos para las comunidades; aunque sí te los ofrecen en mesas pero no se cumplen. El gobierno, sea quien sea, no tiene palabra.
 
“Con el asesinato de Alejandro Timoteo intentaron matar la autonomía. Muchos de los compañeros creen que con su muerte se pone en duda el proyecto autonómico que impulsamos.
 
“Como pueblo no queremos que nos pidan nada a cambio; ésa es la autonomía; queremos decidir en cómo trabajar nuestros proyectos, pero la gente no puede trabajar por la violencia.”
 
—¿Hay esperanza de que las cosas cambien?
 
—Hay desesperanza. Por ahora, con los conflictos, la gente no puede salir a trabajar, aunque tengamos cafetales, platanares, milpa, calabaza. Si el gobierno atiende el tema de justicia, el pueblo sólo sabrá autoemplearse y autoprotegerse. Ésta podría ser una región próspera.
 
Rafael, el indígena triqui que tiene que ser traducido al español por uno de sus compañeros, asegura que “la autonomía sigue funcionando pese a todos los obstáculos que nos ha puesto el estado. Seguimos preparándonos, hemos tenido capacitaciones con varias universidades y eso nos da aliento. Es algo que por lo menos nos da un poco de libertad, porque no tenemos un patrón que nos diga qué hacer”.
 

Paraje Pérez, en el abandono

 
Un letrero de madera anuncia en letras rojas la entrada al Paraje Pérez. Un camino empedrado lleva a las primeras casas de cemento, lámina y piso de tierra. Esta comunidad triqui es pequeña, arrinconada, desolada. Aquí han llegado varias familias de los desplazados de San Juan Copala, en busca de refugio. Al igual que en Yosoyuxi, aquí los indígenas viven en la incertidumbre generada por la violencia.
 
No están alejados de las acciones paramilitares que imperan en la zona. A las 7 de la mañana, en la radio se escuchan las noticias de tres emboscadas. La gente que aquí vive tiene dos cabeceras municipales cercanas, a 1 hora de distancia cada una, Juxtlahuaca y Etla. Es en este camino donde han ocurrido varios de los ataques.
 
Además de la inseguridad, los indígenas que habitan en esta región padecen del suministro de agua. Esto como consecuencia de la falta de mantenimiento del canal de riego, por el que pasa el llamado Río Carretera y que podría distribuir agua a 12 hectáreas de tierra cultivable.
 
Se trata de 3.5 kilómetros de construcción que podría dotar del recurso líquido los terrenos de los indígenas triquis, explica Agustín Martínez Velázquez, representante de esta comunidad.
 
Y es que este canal fue construido desde 1973 por la entonces Comisión del Río Balsas, programa a través del cual el gobierno federal edificó en esta comunidad la escuela y las canchas de basquetbol. A ninguna de éstas se les ha dado mantenimiento desde aquel año. Ahora lucen desvencijadas e inservibles.
 
Es el caso de la escuela primaria Resurgimiento, donde imparte clases José Antonio Hipólito a más de una veintena de niños. El precario salón donde estudian los menores de edad tiene los vidrios rotos, las paredes descarapeladas y enmohecidas.
 
 
Infografía:
 
 

 

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Fuente: Contralínea 320 / febrero 2013
 
 
 
 

 

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