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El ejercicio del periodismo, cuando informa verazmente y asume su papel fundamental de investigar y cuestionar los abusos de los poderes políticos y económicos mediante la crítica, se ha mantenido en el contexto de la violencia que llega hasta los homicidios. Y no sólo a la tradicional violencia política que nace en el poder público, porque quienes ocupan cargos en la administración pública federal, municipal y de las entidades, lo que incluye a los gobernantes de la Ciudad de México, al no tolerar informaciones y críticas resuelven eliminar a los trabajadores de la prensa, particularmente la escrita. Y también se dan casos de privación de la vida de comunicadores de la radio y reporteros de los medios audiovisuales.
 
De nada sirven las medidas preventivas para proteger el desempeño periodístico, en particular de los reporteros que están constantemente en la vía pública buscando la información en riesgo permanente, pues la violencia de los delincuentes, penalmente llamada ¡delincuencia organizada! (frente a la desorganización para combatirla en los 6 años del calderonismo), impide que los periodistas cumplan con su trabajo, ya que son víctimas de amenazas, agresiones, prohibiciones para publicar su información y hasta de homicidios.
 
En todos los estados de la Federación y las 16 delegaciones de la capital del país, a esa violencia delincuencial se agrega la violencia política: funcionarios y servidores públicos también atacan a los medios de comunicación para que no informen sobre abusos, actividades dudosas y desvío de recursos públicos que alimentan la corrupción y la impunidad, apenas se ventilan esos hechos en las páginas de periódicos, algunos noticieros de la radio y muy poco en los canales de televisión del duopolio.
 
El periodismo crítico, que informa cuanto irrumpe en la vida pública y obtiene de fuentes privadas o guardadas bajo siete llaves en la burocracia administrativa y el sector privado, es objeto de la violencia de gobiernos, empresarios y banqueros que navegan como submarinos para no ser detectados por los reporteros. Así que la prensa escrita, a veces la oral y pocas la audiovisual (porque estas dos últimas controlan y desinforman vía la censura) padece la violencia política (tratada como tal desde 1960, como se rastrea en uno de los ensayos de la Enciclopedia de las instituciones políticas, Alianza Diccionarios). En nuestro país, el periodismo tiene que trabajar en esa violencia que los delincuentes ya convirtieron en terrorismo. Y donde los reporteros son los que más están en riesgo (como narra Carlos Moncada en su investigación Oficio de muerte, periodistas asesinados en el país de la impunidad, Grijalbo, prólogo de Miguel Ángel Granados Chapa).
 
Desde hace más de 12 años (tal vez 24 años, aunque seguramente desde 1968) todas las manifestaciones de las violencias han aumentado de tal manera que no solamente el oficio periodístico tiene severas y angustiosas limitaciones para cumplir sus fines, los mexicanos sobrevivimos todos los días y hace medio siglo vemos cómo las agresiones crecen en cantidad hasta llegar a lo que ahora tenemos: una militarización que transita en el golpismo, dado que la violencia de los delincuentes disputa a las instituciones el gobierno y el territorio, sin que veamos cuándo habrá un final donde la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos prevalezca.
 
Pero es el caso que la corrupción, también en aumento, está facilitando la violencia sangrienta del narcotráfico que tiene a su servicio bancos y empresarios que lavan dinero sucio; al cooptar a los desempleados y hasta profesionales, porque los órganos del Estado –de toda la federación: municipios, entidades, Distrito Federal y gobierno federal–, atrapados en parte de esa corrupción, no han querido cerrarle el paso a esa violencia que nos tiene contra la espada de los homicidios y la pared de una fallida estrategia, desempleo masivo, pobreza en 55 millones y que la justicia institucional no funciona, de tal manera que por todas partes se toma la justicia por su propia mano.
 
La tarea del periodismo ha sido muy difícil en estos 12 años, aun para aquel que busca no comprometerse; y los reporteros, por el sólo hecho de serlo, corren riegos que llegan hasta el homicidio. Sin negar la cruz de su parroquia, los 2 sexenios panistas se caracterizaron por su animadversión a los medios de comunicación que cuestionan el poder religioso y su insistencia en derribar la frontera del laicismo de los asuntos que competen a la libertad de creencias. Pero empieza el peñismo frente a una alternancia: el regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o un replanteamiento de éste con todo lo que llevan y traen los rumores de un cambio de siglas, como fue desde Plutarco Elías Calles (Partido Nacional Revolucionario), Lázaro Cárdenas (Partido de la Revolución Mexicana) y Miguel Alemán (PRI), cuyo triunvirato duró desde 1939 hasta 2000. El periodismo, pues, enfrenta al viejo dinosaurio o al nacimiento del huevo de la serpiente, que las libertades de prensa combatirán si ese supuesto “nuevo” PRI, con o sin cambio de piel, quisiera renovar la violencia contra esas conquistas de todas las modalidades de la libertad de expresión.
 
*Periodista
 
 
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