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Peña-Partido Revolucionario Institucional (PRI) echado hacia adelante (del “arriba y adelante” de Echeverría), guardando más las formas un tanto cuanto republicanas, se atrevió a ir al Congreso de la Unión para “guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos” y ser investido de presidente constitucional. Luego, en lugar de los auditorios panistas para el show de Fox o Calderón, optó por el Palacio Nacional y ante la elite, escogidos e invitados extranjeros y nativos (la democracia sin el pueblo no obstante sus cuestionados 19 millones de votos) el mexiquense se lució. Echó la casa por la ventana, prometió el oro y el moro, incluso las estrellas se comprometió a bajar…
 
Con cinco “ejes” y 13 decisiones (tal vez sin saberlo, un decisionismo al modo del ideólogo nazi Carl Schmitt) pintó el presente con colaboradores del priísmo antiguo y la mano metida de Salinas, incluso de Zedillo, mientras al estilo Televisa, con apuntador y todo, nos recetó un discurso que pasó la prueba de la retórica. Gracias a la presencia de Calderón en la sede del Congreso de la Unión, y escoltado por enlutadas diputadas federales, Peña Nieto libró su entrada al recinto donde Calderón se llevó las leyendas de las pancartas y las porras: “¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!”; y al fin Peña se puso la banda presidencial (que Calderón ensució al besarla como hicieron los cristeros y hacen los de El Yunque con su bandera fundamentalista religiosa).
 
Calderón ya se fue, después de haber reformado a su favor mayor seguridad porque el miedo no anda en burro. Huyó a un cubículo de la Universidad de Harvard, donde, según el contrato, permanecerá escondido por 1 año; y tenemos al mexiquense, siempre sí, en el Poder Ejecutivo federal. Éste llega con promesas de papel. Ha pronunciado miles de palabras para comprometerse a más reformas constitucionales (como fines políticos y económicos para resolver problemas y atender cuestiones sociales, según). Llega sobrado de voluntad política y busca adquirir legitimidad ante quienes, desde la oposición (30 millones que votaron por el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Acción Nacional, y el resto de una nación que suma 114 millones de mexicanos), están atrapados en la inseguridad, la pobreza, el desempleo y la desconfianza.
 
Desde los últimos 4 sexenios (Salinas, Zedillo, Fox y Calderón) la población no le tiene la menor credibilidad al gobierno presidencial. Con Peña, el nuevo gobierno llega ofreciendo que no robará, que se impondrá la justicia, que acabará la impunidad. No pasarán 2 años para saber que miente. El programa peñista de políticas públicas, en mayor o menor cantidad –y su respectiva calidad– ya se ha presentado cosechando dudas y pesimismo, por lo tanto, falta de interés de los mexicanos con o sin partido, y más si votaron por el PRI, que ahora es el caso…
 
La agenda peñista, objetivamente, es atractiva. Pero, puede ser un canto de sirena. Y aunque al ya presidente constitucional se le conceda el beneficio de la duda, no es suficiente frente al desencanto general que dejan las promesas gubernamentales. Si bien fue suscrito el Pacto por México por el PRI, el PAN y Zambrano (sin el PRD, que sigue desmoronándose), no garantiza el cumplimiento de éste ni de los cinco “ejes” y las 13 decisiones con las que se llenó la boca el mexiquense, pues no basta con la buena voluntad, se requieren hechos. Ya veremos si como roncan, duermen y ejecutan ese haz de compromisos sobre la marcha, no de los 2 mil y pico de días del sexenio, sino a marchas forzadas, en 1 año, que empiezan por los 100 días de gracia.
 
Echar la casa por la ventana con un discurso es fácil. Y es que de promesas está empedrado el camino al infierno, y prometer no empobrece. Además, Peña necesita que todas las mujeres y hombres que nombró en las secretarías de Estado para el despacho de los compromisos estén en su misma sintonía. Y Osorio Chong, Videgaray, Murillo Káram, Robles, Meade, Claudia Ruiz-Massieu (sobrina de Salinas), etcétera, ninguno es una cabeza política ni administrativa como para hacer la tarea corriendo riesgos e ir en la dirección peñista hasta las últimas consecuencias de los fines contraídos en la retórica del nuevo inquilino de Los Pinos.
 
Cuando fue gobernador, el mismo Peña no dejó muestras de que, con todo y el cumplimiento de sus compromisos ante notario, haya sido un eficiente y eficaz gobernante. La víspera de ser nombrado sucesor por Ruiz Cortines, cuentan que le preguntaron a López Mateos si sería buen presidente, a lo que rápidamente contestó: “Primero hágame presidente”. Y resultó un adelanto de Díaz Ordaz. Ya veremos si Peña no resulta otro Calderón, inspirado en su ídolo histórico Álvaro Obregón y seguidor de su tío Montiel, con Salinas hablándole en una oreja y Televisa en la otra.
 
*Periodista
 
 
Fuente: Contralínea 316 / Enero de 2013
 
 
 
 

 

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