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TEATRO. Alas y cenizas es el relato de  una incómoda verdad que duele. Espacio para replantear el cómo se conduce una sociedad ensimismada y egoísta.

 
Una mujer que exige respuestas. Una adolescente en aras de enamorarse. Un muchacho impetuoso, inexorable.
 
Una mujer que se llamó Marisela Escobedo. Madre y esposa en una familia disfuncional que perdió a su hija en manos de un bandolero; que tuvo que investigar –para poder dar con él– lo que las autoridades no quisieron o no pudieron hacer. Con sus propios recursos, lo encontró y lo presentó a juicio. Después de haber confesado el homicidio y señalar el sitio donde había dejado el cuerpo de Rubí, él salió libre…
 
Una adolescente que se llamó Rubí Marisol, que quería enamorarse, que era tímida, que sólo dijo que no porque no se sentía convencida de su relación con Sergio…
 
Un muchacho que se llamó Sergio Barraza. Novio iracundo, acosador, lleno de promesas huecas que se romperían en cuanto ella accediera. Un muchacho que no toleró la duda, el desafío, el rechazo. Violento, homicida…
 
Alas y cenizas los junta nuevamente: tres fantasmas que relatan las horas y los días de espera, los acontecimientos, qué hicieron y sus motivaciones; fantasmas que preguntan otra vez lo que en vida no pudo ser respondido.
 
Bajo la dirección y dramaturgia de Verónica Olmedo se presenta esta historia de desesperanza e impotencia de una madre, que desafortunadamente en esta puesta en escena refleja a miles más. Ubicada en la ciudad de Chihuahua, el desencuentro  se incorpora en el escenario para darle voz al tesón, a la inocencia, al cinismo. El telón se abre para la aparición del bien y del mal en danzas rituales, y la exposición de las personas encargadas de ejercer la justicia. Están también ahí la razón y las pasiones rodeadas por un escenario repleto de símbolos y misticismos. Participan en vivo los músicos que, con tambores y otros instrumentos, tocan igualmente las fibras más sensibles. Están las ropas femeninas que reclaman la presencia de sus antiguas portadoras.
 
Sin embargo, Alas y cenizas no es un montaje triste o pesado. Si bien es el recuento de una tragedia, es igualmente una reflexión que sitúa al espectador frente a lo absurdo que puede ser lo cotidiano. Es una denuncia que, quizá de tan repetida y obtusa –y sin alguna motivación aparente– puede arrancar algunas risas: “…Y claro, lo que nos parecía de lo que estaban contestando los jueces o todo lo que sucedía, era como que rebasaba la ficción, de un absurdo, de una cosa tan terrible que estaba sucediendo y que era realidad…”, dice Verónica Olmedo, en entrevista con Contralínea. Alas y cenizas es un gran escenario que se mueve entre lo real y la ficción, llegando a lugares en donde lo uno pareciera usurpar el terreno de lo otro y viceversa.
 
Es una aproximación a la lucha de Marisela Escobedo –pero no es teatro documental–, basada fundamentalmente en audios y entrevistas que forman los hitos de donde se parte para otorgar un espacio a un ritual mapuche y
las reflexiones y conclusiones propias de actores y personajes de cómo fue el camino de Marisela; y en la que lo más interesante, quizás, sea lo que la propia Verónica Olmedo y el reparto de actores desconocen, con lo que a través de este montaje pudieron descubrir: “¿De qué estamos hablando? Como que es un mundo de locos, que ya no sabemos qué está sucediendo… Y bueno, de alguna manera como que nos pasa que no le vemos fin a la situación [de impunidad, corrupción, violencia contra las mujeres, injusticia]…”
 
A decir de Verónica Olmedo, “con estos aspectos rituales, que vienen de la música, de la danza, de la imagen, podemos llegar a los espectadores desde otro lugar. También hay ideas, también hay palabras, pero también [se puede] sentir la vibración de los tambores, ver los cuerpos de los actores. Entonces se puede compartir también lo que nos duele, que eso es lo básico para haber montado esta obra”.
 
Para la artista, la premisa de Alas y cenizas es contar la historia de Marisela Escobedo a partir de una danza ritual.
 
“Representar la historia de Marisela Escobedo era imposible, era un asunto titánico, iba a ser terrible, porque no podemos, en la representación, llegar hasta donde llegó ella: a ese sentimiento, a esa sensación… Si vas a contar la historia real, pues mejor te haces un documental. La idea siempre fue no contar la historia [de manera histórica o noticiosa], sino contarla a partir de lo que sabemos o no. Se trata de universalizar y no de representar la vida de Marisela Escobedo, sino de universalizar las situaciones que estamos viviendo, a través de los actores y compartiendo con el público”.
 
—¿Qué esperarías que el público se llevara después de ver la obra de teatro?
 
—Pues una afectación comunitaria. Si logra impactar en el grado que nosotros quisiéramos, sería necesario abrir un diálogo también. No para dolernos más, sino para acompañarnos en el dolor.
 
—¿Qué es lo más importante de esta obra de teatro Alas y cenizas?
 
—Lo más importante es haber podido terminarla; que hubo un proceso complicado, pero ya está ahí, y es momento de empezarlo a compartir.
 
Con actuaciones de Carmen Zavaleta, Yanet Miranda, Luis Ernesto Verdín, Isaac Velasco, Yadira Pérez, María Huenuñir, Luciano Cerda y el grupo musical El Grito, Alas y cenizas se presentará en el Teatro Julio Jiménez Rueda hasta el 2 de diciembre (Avenida de la República 154, colonia Tabacalera; jueves y viernes, 20:00 horas; sábado, 17:00 horas, y domingos, 18:00 horas) y el 6, 7, 8 y 9 de diciembre, en el mismo horario, en el auditorio Salvador Novo de la Escuela Nacional de Arte Teatral del Centro Nacional de las Artes (Río Churubusco 79, Country Club)

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