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Venerado por sectores derechistas, José Vasconcelos Calderón (1882-1959) expresó tendencias históricas de la reacción mexicana, como el rechazo al Estado laico y la pluralidad religiosa, a la vez que un exacerbado hispanismo.
 
Durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), fue rector de la Universidad Nacional de México y secretario de Educación Pública; uno de sus logros fue impulsar ediciones populares de autores clásicos.
 
Candidato a la Presidencia de México en 1929, desde entonces Vasconcelos fue haciéndose cada vez más reaccionario, hasta convertirse en propagandista de los nazis, al frente de la revista Timón, que se editaba en México en 1940, con el patrocinio de la Embajada de Alemania, con un contenido antisemita y contrario al bando de los aliados en la Segunda Guerra Mundial (Itzhak Bar-Lewaw, “La revista Timón y la colaboración nazi de José Vasconcelos”, en http://jose-vasconcelos. blogspot.mx/); en 1955 escribió un elogioso prólogo al libro pronazi Derrota Mundial, de Salvador Borrego.
 
Desde el poder, el Partido Acción Nacional fomentó el culto a Vasconcelos, gran amigo de Gómez Morín, quien fue uno de los principales donantes a la campaña presidencial vasconcelista.
 
Al final de su sexenio, Vicente Fox inauguró con bombos y platillos la megabiblioteca Vasconcelos; a principios de 2012, en el último año del gobierno de Calderón, se repartieron entre maestros de instituciones (como el Instituto Politécnico Nacional) ejemplares de una extensa antología de Vasconcelos, editada por el Fondo de Cultura Económica y la Secretaría de Educación Pública, encabezada en ese tiempo por el ya fallecido panista Alonso Lujambio.
 

Ídolo con pies de barro

 
Aunque algunos panistas lo admiran, el mal llamado “maestro de la juventud de América” tiene críticos en internet que lo califican como “un ídolo con pies de barro”.
 
Ésa es exactamente la imagen que surge de la lectura de los cinco voluminosos libros que Vasconcelos dedicó a su propia vida y a sus opiniones políticas, tal como las sustentaba en la reaccionaria madurez de su vida: Ulises criollo (1935), La tormenta (1936), El desastre (1938), El proconsulado (1939) y La flama (publicado póstumamente, en 1959).
 
En su autobiografía queda al descubierto la miseria humana de Vasconcelos: sus hábitos de leguleyo tramposo, de político sociable y convenenciero; la vulgaridad de sus querellas y amoríos, la vanidad que lo llevó a colmarse de autoelogios.
 
Lo dominaba un odio desmedido hacia sus adversarios: Calles, Ortiz Rubio, Cárdenas, los protestantes, los “indios”, los “yanquis”, las leyes de reforma, etcétera. Y a la inversa: un gran amor por Hernán Cortés, por la Conquista y la Colonia y por todo lo hispánico y católico.
 
Tuvo, empero, la virtud de dedicar parte de su tiempo a la lectura en bibliotecas, al estudio y a visitar museos.
 

Detractor de “los indios”

 
Una de las ideas que más reitera Vasconcelos en sus memorias es la defensa de la herencia hispánica de México y de América Latina, por lo que al inicio del Ulises criollo explica que el calificativo criollo lo eligió para simbolizar “la cultura de tipo hispánico” en lucha contra un “indigenismo falsificado y un sajonismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente” (Ulises criollo, Trillas, México, 1948, página 45).
 
En regiones como Jalisco, admiraba Vasconcelos la persistencia de la raza y religión hispánicas, lo mismo que en Argentina,del que era gran admirador, como él mismo lo dijo: “Mi argentinismo era ciento por ciento, a causa de que ha sido país libre la Argentina y muy español” (El desastre, Trillas, México, página 150).
 
Escribió también: “Todo nos liga a Europa y todo nos separa del aborigen, por eso, el recurso más eficaz es el adoptado por el pueblo argentino, que se ha dedicado a hacer de la Argentina una sucursal europea. Y con supresión calculada de todo lo indígena….” (El desastre, página 434). Añade: “A nosotros no nos basta con edificar una ciudad a la europea; nos es indispensable una labor de educación que enraíce la moralidad europea en el seno de las conciencias indígenas. De otro modo ocurrirá lo que enseña nuestra historia, que más tardamos en construir la ciudad europea que la indiada en destruirla” (página 435).
 
“Pobre América, continente moroso; razas de segunda que vivieron siempre en el mismo oficio… La caza de hombres. Malditos los villistas, fanáticos de un criminal y perros los carrancistas, con sus uñas listas; peor que cafres los zapatistas, “quebrando” vidas con la ametralladora, tal como antes, sus antepasados, con el hacha de obsidiana” (La tormenta, página 183).
 
Sin embargo, en su momento, no tuvo empacho en colaborar con gobiernos nacidos de la lucha revolucionaria, como el de Obregón, y cuando fue secretario de Educación, recibió la encomienda de entregar en Suramérica una réplica de la estatua de Cuauhtémoc, encargo que le pareció “inoportuno” por lo que en su relato cita con aprobación las críticas que entonces recibió por parte de un político argentino, quien le dijo: “Oiga, che; yo creo que esto es una gaffe (una impertinencia, una “metedura de pata”) porque nadie sabe por aquí quién es el indio ese…” (El desastre, página 151).
 
No disimuló Vasconcelos en sus memorias la aversión que sentía por todo lo prehispánico, desde la arqueología hasta la comida autóctona: “El día en que en México se torne a beber vino de uva a la española y se supriman el tequila, el mezcal, bajará hasta de mínimo inevitable la curva hoy escandalosa de los asesinatos” (La tormenta, Trillas, México, 2000, página 267).
 
Afirma: “En general, le he tenido siempre horror a la arqueología, acaso porque en México la asociamos con las figuras grotescas, los cacharros del arte indígena….” (El desastre, página 401).
 
Opinaba: “No se conoce entre los pueblos históricos otros más limitados en el poder de renovación y de progreso que las razas aborígenes de las dos Américas. La acción humana se extinguía cuando llegaron los españoles y cuatro siglos después imagínese lo que tornarían a ser nuestros pueblos si de pronto se les desprendiese de la matriz cultural europea” (La tormenta, página 280).
 
Se refería a México como “estos territorios que aún no se libran de la maldición de haber sido aztecas” (página 406).
 
Según él, sin la inmigración española y europea, México sería una “pesadilla azteca” donde “la gran catedral de México, todas las hermosas catedrales barrocas serían arrasadas y en su lugar volverían a levantarse teocallis” (página 147).
 
Pontificaba: “El bautismo dio a nuestros ancestros categoría de gentes [sic] de razón y basta” (página 62).
 
Admiraba a Hernán Cortés al grado de que, en la campaña presidencial que encabezó en 1929, se consideraba él mismo como la reencarnación del conquistador, “abanderado del Dios cristiano” que venía a enfrentarse con Huitzilopochtli, el dios azteca de la guerra (El proconsulado, página 137). También rendía culto a Lucas Alamán, el historiador conservador, ministro de Santa Anna.
 
Criticó a Diego Rivera por haberse atrevido a pintar unos magníficos murales en el Palacio de Cortés, en Cuernavaca, donde plasmó las atrocidades de la conquista, pues según Vasconcelos en esa obra “se denigra soezmente la epopeya de la Conquista española” (La flama, Trillas, México, 2009, página 189). Afirma que “el famoso pintor recorrió los Estados Unidos, recogiendo atenciones y contratos jugosos en pago de la traición moral a su casta”.
 
Al lado de su fobia contra las raíces prehispánicas, Vasconcelos expresaba una radical aversión contra todo lo proveniente de Estados Unidos, a pesar de que, paradójicamente, mucho apoyo recibió en algunas épocas de su vida, de personas e instituciones de ese país.
 

Enemigo del Estado laico

 
Era enemigo acérrimo del Estado laico, al que consideraba resultado de una maniobra de “los yanquis” contra la herencia española.
 
Rechazaba “las leyes salvajes de la Reforma, que prohíben la continuación de la obra misionera que creó nuestra nacionalidad” (El desastre, página 389).
 
Según él: “Existe por desgracia en nuestro país, estimulada por las Leyes de Reforma y el odio a la religión que ellas mantienen, una enorme muchedumbre semiculta que tiene a gala estúpida la indiferencia en materia religiosa” (página 183).
 
Detestaba a Juárez, pues el Benemérito representa la grandeza de la raza indígena y la defensa del Estado laico. Según Vasconcelos, Juárez quiso “atarnos a los intereses masónicos del poderío anglosajón” (La flama, página 203).
 
En la misma medida en que criticaba el laicismo mexicano, elogiaba la situación vigente en países de América del Sur, donde tradicionalmente la Iglesia Católica ha tenido un inmenso poder y una tiránica injerencia en las instituciones.
 
Con una perspectiva muy similar a la de otros ideólogos de la derecha, como Salvador Abascal y Anacleto González Flores, Vasconcelos odió el protestantismo, pues lo veía como parte del “complot” contra lo hispánico.
Decía que Juárez “dejó libre el paso al protestantismo” (Ulises criollo, página 184); y que los protestantes no deberían tener siquiera el derecho de difundir sus doctrinas: “Lo que yo he solido censurar a los protestantes es la pretensión de hacer proselitismo en países de cultura latina en los que ya salen sobrando sus ingenuidades…” (La tormenta, página 222).
 
Para explicar su odio al protestantismo, decía: “El proselitismo enconado de San Ignacio me contagia cuando hiere odiosas figuras como Lutero, como Calvino” (El desastre, página 383).
 
Abusando de su cargo de secretario de Educación, expulsó a los protestantes que tenían cargos en el sector educativo con la advertencia: “Si yo he de seguir en Educación, saldrán de allí los protestantes porque han hecho política extranjera” (La tormenta, página 407), mientras que, según él, los católicos representaban “la religión nacional”.
 
Como relata el propio Vasconcelos, a su infancia se remontaba su catolicismo fanático que su madre le inculcó, al grado de que en una ocasión le hizo prender fuego a una pira de libros herejes: “Mi madre me mandó hacer una fogata en el corral. Junté la leña, prendí un gran fuego y ayudé a echar sobre él un gran número de libros empastados y sin cubierta. Toda una pira de letra impresa se consumió entre las llamas. Son libros –explicó mi madre– libros herejes…” (Ulises criollo, página 68).
 
Con el tiempo, la involución ideológica de Vasconcelos lo convirtió en entusiasta partidario de los nazis, pues al igual que ellos era racista y derechista, además de que se fue haciendo cada vez más antisemita. Al igual que los hitlerianos, pensaba que los movimientos progresistas, como el de la República Española, eran producto de un complot judeo-masónico. Además, compartía con el nazismo el hecho de tener como uno de sus principales enemigos a Estados Unidos, que en la Segunda Guerra Mundial se opuso al hitlerismo.
 
Su radicalismo y sus inconsistencias personales lo llevaron a ser admirador de asesinos y terroristas.
 

Apologista de asesinos

 
Tanto lo desequilibraron sus odios, que Vasconcelos clamaba por el asesinato de sus enemigos, como Calles: “No merece Plutarco Elías Calles entregar el poder pacíficamente; el honor nacional exige que termine como empezó, manchado en sangre, pero esta vez con la suya, no con sangre de mártires. Lo que hace falta en México es que corra sangre de verdugos; el mal está en el gobierno, no en el pueblo” (El desastre, página 509).
 
Desde sus cómodos retiros en Europa o en Suramérica, donde disfrutaba de buena comida y vinos caros, con una retórica sanguinaria recomendaba el uso de la violencia para resolver los conflictos políticos.
 
Hizo la apología de José de León Toral, el católico que asesinó a Obregón. “Su talla moral es rara en América… Católico fervoroso… Místico de una sola pieza, mató movido por el amor que las dolencias del pueblo despertaron en él…” (El proconsulado, página 39).
 
No obstante, Obregón le brindó a Vasconcelos, como él mismo reconoce, un gran apoyo dentro del gobierno, donde obtuvo cargos y beneficios, pero no a la medida de sus ambiciones, caprichos y fobias.
 
Igual o mayor admiración le despertó Daniel Flores, su joven partidario, que el 5 de febrero de 1930 le disparó en la cara a Pascual Ortiz Rubio. Así describe Vasconcelos al frustrado asesino, a quien llama “el héroe”: “Representa 25 años, viste traje de casimir bien cortado, blanco el cuello de la camisa y corbata de seda a rayas, anudada con elegancia. Sus hombros son anchos, el pecho se adelanta con arrojo, la cara es de perfil atrevido; los labios se aprietan en gesto de decisión, la nariz bien hecha, los ojos grandes los ensancha una ceja negra bien dibujada, en tanto que la frente sube: alta, despejada, resuelta; una melena bien peinada, apenas deshecha por los relámpagos del acto que acaba de consumar, confirma el temple de un carácter poco común…” (La flama, páginas 206-207).
 
En una de sus minuciosas crónicas, Alfonso Taracena anota que Flores era, además, ferviente católico, egresado del Colegio Católico del Sagrado Corazón de Jesús, de Matehuala, y que antes de cometer el atentado rezó en la Basílica, donde compró un rosario y un botoncito con la imagen de la virgen (La verdadera Revolución Mexicana. 1930-1931, Porrúa, 1992, página 22).
 
*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México
 
 
 
 
Fuente: Contralínea 309 / Noviembre 2012
 
 

 

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