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Desde el año 2006 Gabriel Salmerón, de origen hondureño, permaneció desaparecid o de su familia hasta que su madre, Olga Marina Hernández, decidió integrarse a la caravana de mujeres centroamericanas que buscan a sus hijos desaparecidos en México. Los meses de angustia y búsqueda dieron frutos cuando esta familia logró reencontrarse en Monterrey.

Emanuel Suárez

 

La búsqueda de una madre por localizar a su hijo desaparecido culminó el 19 de octubre en tierras regiomontanas. Tras recorrer kilómetros de carretera desde Centroamérica hasta el norte de México, el autobús que transportó a las mujeres de la “Caravana de madres centroamericanas en busca de sus hijos desaparecidos en tránsito por México” se estacionó en la calle Aramberri del municipio de Escobedo, a un costado de la casa de rescate Cristo Vive, en donde Olga Marina Hernández se reencontró con su hijo Gabriel Salmerón, de quien no había tenido noticias desde 2006.
Entre el llanto y los aplausos, madre e hijo encontraron en un emotivo abrazo el alivio a seis años de angustia, desconsuelo y desespero, originados por la migración.
Procedente de Reynosa, la caravana que en esta ocasión llevó el lema de “Liberando la Esperanza” arribó a la colonia Ampliación Lázaro Cárdenas, custodiado por Policías Federales y formada por 36 madres más que con anhelo esperan un milagro similar.
Tan pronto la puerta del transporte se abrió, el rostro de doña Olga se fundió en un abanico de sentimientos, maquillado por lágrimas de felicidad; el dolor que por años la acompañó estaba a punto de disiparse, pues a escasos metros se encontraba su hijo, a quien incluso había dado por muerto.
“Yo pensaba que lo habían matado porque un –coyote- me pidió dinero llamándome, me dijeron que lo tenían en Houston y que les mandara dos mil dólares y era mentira”, dijo la madre.
La dolorosa espera finalizó cuando doña Olga vio entrar por un pasillo a Gabriel, ahora de 31 años de edad y en un acto emotivo lo arropó con un profundo abrazo.
La última vez que esta mujer hondureña había visto a su hijo fue en mayo de 2006, cuando el joven emprendió un viaje a bordo de “la bestia”, como le llaman los migrantes al tren, desde su natal Progreso de Yoro, Honduras con destino a Estados Unidos.
Sin embargo, el joven nuca pudo alcanzar el llamado “sueño americano”, pues al llegar a Nuevo Laredo, Tamaulipas, se percató del incremento de la seguridad fronteriza estadounidense, por lo que decidió no arriesgarse y quedarse en México. Fue ahí en donde habló por última vez con su madre.
“Nunca me llamó, en Nuevo Laredo fue la última vez que me llamó, me dijo que estaba con un amigo suyo José y que él le estaba dando de comer, fue la última vez que supe de él”, comentó doña Olga.
Perdido en la ciudad fronteriza y sin tener a quien recurrir, el centroamericano nuevamente abordó un tren, pero ahora con dirección a Monterrey, en donde tampoco corrió con buena suerte.
Originario de un barrio humilde llamado Palermo, Gabriel fue presa de “las maras” en su natal Honduras, por lo que una vez en México, sin empleo, ni dinero, no tardó mucho en replicar lo aprendido en las bandas y comenzó a delinquir y caer en las garras de las drogas.
Completamente intoxicado y vagando por las calles fue como el joven permaneció cerca de tres años en la ciudad de Monterrey, sin tener ningún contacto con su madre.
No fue hasta en 2010 cuando Gabriel se topó con la casa de rescate Cristo Vive, un recinto cristiano que apoya a ciudadanos desprotegidos, principalmente migrantes, por medio de alimento, techo y mensajes de Fe.
Fue ahí en donde comenzó la transformación del joven hondureño, quien ni siquiera tenía un número de teléfono para comunicarse a casa.
Mientras tanto en Honduras, el desconsuelo por desconocer el paradero de su hijo llevó a doña Olga Marina a unirse a la caravana de madres centroamericanas en 2011 y con ello intensificar la búsqueda de Gabriel.
“El año pasado me uní a la caravana porque no sabía nada de él. Yo me dije: voy a buscarlo”, mencionó la madre.
Fue gracias a los medios de comunicación y a la intensa labor que realizan las madres de migrantes que a inicios de año el joven hondureño se enteró de que su progenitora lo buscaba con desespero.
“No sabía que mi mamá me estaba buscando. Me enteré por una amiga que mi mamá estaba en la caravana, que me estaba buscando”, expresó Gabriel.
“Una compañera le dijo: mira Gabriel en la prensa sale una mujer que trae tu foto en el pecho y él se dio cuenta que era yo y se puso a llorar”, dijo doña Olga.
De inmediato, una compañera de la iglesia se contactó con la caravana para dar la buena noticia y organizar el entrañable encuentro entre madre e hijo, que además sirvió como una inyección de esperanza para el resto de las madres que conforman el grupo.
“A mi mamá le digo que la amo mucho, que me da alegría que haya venido hasta aquí y más alegría me da que no haya perdido las esperanzas de encontrar a su hijo. Se siente algo bonito porque ahora yo creo en el amor de Dios y es el único que puede transformar el corazón de las personas”, comentó Gabriel.
Hoy, el joven hondureño está entregado a la Fe y busca pregonar su mensaje al resto de la población, en especial a sus compañeros centroamericanos, a quienes les pide reconsideren emigrar.
“No importa la situación, que aunque tengan un plato de comida en la mesa con eso se conformen, que vivan felices allá en la patria, que lo único que van a buscar acá es la perdición, que lo único que van a hacer acá es arriesgar su vida”
Tras una intensa búsqueda Gabriel y Olga se reencontraron, sin embargo, a las pocas horas nuevamente se dijeron adiós, pues el joven permanecerá por tiempo indefinido en México, mientras que la madre continuó con el trayecto de la caravana por 14 estados del país, apoyando al resto de madres centroamericanas.
“Me siento bien, me siento feliz por él. Lo que le voy a decir a mi hijo que se cuide, que siga adelante, que no vaya a recaer”, indicó doña Olga.
 
CARAVANA DE ESEPRANZA
 
Para el centroamericano, subir a “la bestia” con el objetivo de llegar a Estados Unidos es un juego de azar en el que las opciones van desde alcanzar el “sueño americano” hasta morir en el intento, pero existe un punto intermedio en el que algunos han quedado y ese es el más devastador para sus familiares: el de desaparecer en el camino.
A raíz de esta situación desde 1999 decenas de madres de centroamericanos iniciaron una cruzada internacional para localizar a sus seres queridos, perdidos en su trayecto por México.
“Inició en el 99 cuando las madres por su propio pie empezaron a llegar a la frontera (sur de México) con sus propios recursos a buscar a sus hijos y luego se fueron metiendo poquito a poquito y viajaban en camión comercial, nadie se daba cuenta, simplemente llegaban a las plazas en donde se reúnen migrantes a preguntar si alguien había visto a sus hijos”, pronunció Martha Sánchez Soler, coordinadora del Movimiento Migrante Mesoamericano.
Se trata de la hoy conocida “caravana de madres centroamericanas en busca de sus hijos desaparecidos en tránsito por México”, en donde las mujeres realizan recorridos por la república mexicana en busca de pistas que las conduzcan hacia sus desaparecidos.
Cada ciudad que visitan, cada calle que caminan es una oportunidad para reencontrase incidentalmente con su familiar, no importa la condición, el objetivo es localizarlo.
“Se les deja información a todos los que se dejan, se le deja información a la CNDH, a las estatales, se revisan los Semefos, se revisan reclusorios, se hace todo lo que se puede para apoyar la búsqueda”, mencionó Sánchez Soler.
Armadas únicamente con la imagen de sus hijos sobre sus cuellos, las decenas de madres suplican la atención de los medios de comunicación para que difundan la fotografía de su ser querido y así dar con su paradero.
Afortunadamente, en esta búsqueda no están solas. Desde 2006, el Movimiento Migrante Mesoamericano se unió al grupo y desde entonces ha logrado la localización de 67 personas directamente, aunque organismos centroamericanos registran más de cien si se suman los de manera indirecta.
De igual manera este Movimiento ha logrado que la Secretaría de Gobernación y el Instituto Nacional de Migración otorguen –visas humanitarias- a las madres centroamericanas para transitar libremente por el país durante las caravanas, así como también negociaron el cuerpo de seguridad que los acompaña.
“La caravana ya ha tomado tanta fuerza moral, tanta presencia que ya se hacen las cosas ya son más fáciles. Ahorita, ya se percataron de la importancia moral que tienen estas caravanas y ahora nos dan todas las facilidades. Siempre negociamos la seguridad a nivel nacional”, dijo Martha Sánchez.
Por si fuera poco, la fundación alemana -Medico International- ha logrado financiar las dos más grandes y recientes caravanas, mientras que los organismos civiles en México también aportan su granito de arena.
“El costo de la caravana es gigantesco. La verdad es que nosotros trabajamos en cada parada estratégica con la gente de la localidad, con las organizaciones, que son los que nos proporcionan la comida, el alojamiento, hasta las medicinas. Entonces, gran parte del costo lo asume las organizaciones y la sociedad mexicana, nosotros pagamos los gastos duros que son los camiones, la gasolina y el resto se va haciendo con la solidaridad mexicana”, comentó Sánchez Soler.
Este año la caravana de madres centroamericana abarcará 14 estados de la república mexicana, concentrando actividades en el Bajío, zona que “se ha calentado mucho y nadie le está dando la difusión de los problemas que amerita”, acorde a la coordinadora del Movimiento Migrante Mesoamericano.
Al igual que la historia de Olga Marina Hernández y Gabriel Salmerón, este año la caravana contempla cinco emotivos encuentros más, que son los resultados del anterior recorrido.
Será hasta el 3 de noviembre cuando luego de recorrer cerca de cuatro mil 600 kilómetros durante 19 días a bordo de una autobús, las 37 madres centroamericanas regresen a sus países a la espera de que su viaje rinda frutos a la brevedad posible.
 
GRITO DESESPERADO
 
La pesadilla para doña Dorca Espinoza Vásquez inició hace diez años cuando su hijo Alberto Sadaí partió del departamento hondureño del Progreso Yoro hacia a Estados Unidos en busca de una mejor vida.
Era un joven de apenas 20 años de edad cuando decidió buscar suerte al norte del Río Bravo; sin embargo, la fortuna le dejó de sonreír tan pronto pisó suelo mexicano.
Fue en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas cuando Alberto se comunicó por última vez con doña Dorca y posteriormente fue “como si se lo hubiera tragado la tierra”.
“Ya no siguió llamado y después de unos días me preocupé. Yo fui a buscarlo por mis propios medios a Ciudad Hidalgo, Chiapas y no tuve ninguna respuesta, desde ese día di su información a la caravana”, comentó Espinosa Vásquez.
Ha sido una década llena de incertidumbre, en la que no ha tenido noticias concretas de su hijo, sólo rumores.
Por tal razón, desde hace un año esta mujer se unió a la caravana de madres centroamericanas, con el fin de que en un acto premeditado o en una casualidad pueda ser ella la que protagonice un reencuentro con su hijo.
Acorde a doña Dorca el dolor que padece una madre por su hijo desaparecido es terrible que ninguna mujer, más que la que atraviesa por una situación similar, puede entenderlo. Por esta razón, los reencuentros ajenos se viven como propios, pues de ellos alimentan su esperanza.
Y aunque ya han pasado diez años desde su desaparición, doña Dorca no pierda la confianza en que algún día se reencontrará con su hijo Alberto.
“Para mí es algo bueno porque los medios de comunicación se agrupan a nosotros, entonces, es la esperanza de que yo salir y que mi hijo me vea en algún lugar, que alguien mire mi fotografía y mi hijo me reconozca”, puntualizó.
 
 Fuente: Contralínea Tamaulipas 83 / Noviembre de 2012
 
 

 

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