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Como todo ejército de ocupación, el israelí en Palestina somete a quienes lo cuestionan… aun y cuando sean infantes, que no llegan a los nueve años de edad, armados con piedras. Breaking the Silence, organización no gubernamental, documenta casos de violaciones a los derechos de los niños cometidos contra menores palestinos por efectivos de uno de los ejércitos más poderosos del mundo

 Pierre Klochendler/IPS

 
 
Jerusalén. Tropas israelíes persiguen a un niño palestino en una aldea de la Cisjordania ocupada. “Está a 2 metros de distancia, y el jefe de la compañía amartilla el arma y le apunta a la cara. El niño se arroja al piso llorando y rogando que no lo maten”, afirma un testimonio militar.
 
“Es ese tipo de incidente gris, no tan terrible”, continúa el reporte de un sargento israelí. “Porque esos niños realmente arrojan piedras y eso es peligroso; no es que vayamos a herirlos de verdad. Supongo que para ellos es una experiencia muy amedrentadora, pero la situación es complicada.”
 
El año es 2007. El relato del sargento es uno de los 47 testimonios recolectados entre más de 30 militares de Israel que prestaron servicio en los territorios palestinos ocupados entre 2005 y 2011.
 
Titulado Niños y jóvenes. Testimonios de soldados 2005-2011 (Children and youth-soldiers’ testimonies 2005-2011), el folleto de 71 páginas acaba de ser publicado por la organización no gubernamental Breaking the Silence (que en español se traduce como Rompiendo el Silencio).
 
Este grupo, fundado en 2004 por veteranos israelíes que combatieron la segunda Intifada (alzamiento palestino) que se desarrolló entre 2000 y 2005, se dedica a documentar la vida cotidiana de las zonas ocupadas y sometidas a militarización a través de las experiencias que los propios soldados tienen en sus rondas diarias.
 
Con el fin de sensibilizar a los estudiantes de secundaria que el año próximo se incorporarán al Ejército, la organización planifica distribuir copias del informe a las puertas de los colegios de Jerusalén y Tel Aviv. El año escolar comenzó el 20 de agosto.
 
“La infancia israelí goza de la protección de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, de la cual este país es signatario, pero la palestina crece sin ese paraguas”, afirma el prefacio.
 
“Ese niño específico, que realmente permanece en el suelo rogando por su vida, tiene nueve años”, subraya el mismo sargento en su testimonio. “Pienso en nuestros niños de nueve años… ¿Un niño debe rogar por su vida? ¿Se le apunta con un arma cargada y él debe suplicar piedad?”.
 
“Pero si no hubiéramos entrado a la aldea, al día siguiente habrían seguido arrojando piedras y quizás alguien resultara herido o muerto”, justifica.
 
“¿Y pararon las piedras?”, pregunta el entrevistador de Breaking the Silence. “No”, es la lacónica respuesta.
 
Los hechos descritos en este folleto ocurrieron en circunstancias de tranquilidad, luego de que cediera la Intifada. Sin embargo, los testimonios exponen que el racismo, el abuso, la violencia, los asesinatos y las heridas de niños y adolescentes palestinos, incluso “no intencionales”, continuaron en las mismas proporciones.
 
Breaking the Silence se debatió en dudas sobre si exponer o no a los estudiantes israelíes a la realidad descrita tan gráficamente en el informe, reconoce Avner Gvaryahu, un exsoldado devenido activista, cuyo propio testimonio se incluye en el folleto en forma anónima, como todos los demás.
 
“Si tienes la edad suficiente para enrolarte y cargar un arma, tienes la edad suficiente para saber qué pasa realmente en los territorios”, argumenta en entrevista con Inter Press Service (IPS).
 
Y los niños palestinos tienen suficiente edad, o eso parece, para ser arrestados a punta de pistola, acosados y humillados, golpeados hasta hacerlos papilla y usados como escudos humanos contra otros palestinos, esto último a pesar de un fallo contrario de 2002 emitido por la Corte Suprema de Justicia de Israel.
 
“Al principio, no te sientes bien cuando apuntas tu arma a un niño de cinco años, y te dices que no es correcto”, expone otro soldado. “Pero eso cambia cuando entras a un poblado y te arrojan piedras”.
 
En otro incidente mencionado en el informe, el comandante de una compañía registra a un muchacho de 12 años, lo obliga a ponerse de rodillas, le grita amenazas “como un loco”, con el fin de intimidar a otros adolescentes que arrojan piedras a las tropas.
 
“Ese chico lloró y se hizo pis en los pantalones […], parecía una escena salida de una película sobre Vietnam”, describe el soldado. “Yo sabía que era una amenaza falsa; el hombre es un oficial, después de todo, y no creo que un oficial hiciera algo así”.
 
Finalmente, un anciano de la aldea persuadió al comandante de liberar al muchacho. Al día siguiente, dos cocteles molotov fueron arrojados a vehículos que pasaban por la cercanía. “Por lo tanto, no habíamos hecho nuestro trabajo”, concluye el soldado. “Y uno se pregunta en definitiva cuál es ese trabajo”.
 
La mayor parte de la juventud israelí es educada en un sistema, tanto familiar como escolar, que elogia los valores morales intrínsecos del Ejército y rara vez cuestiona sus operaciones de rutina o el deterioro ético que ésta causa en los soldados.
 
 
La seguridad nacional es casi siempre prioritaria. Las escuelas exaltan el patriotismo, el coraje y el sacrificio. Los activistas insisten en que una actitud de cuestionamiento moral podría preparar a los futuros conscriptos para que combatan la indiferencia y la crueldad desplegadas por sus camaradas de armas.
 
El Ejército sostiene que el informe es tendencioso, y argumenta que Breaking the Silence no consultó su contenido con la institución, y por lo tanto es imposible una investigación militar de potenciales abusos de derechos humanos o incluso de crímenes.
 
“La negativa de la organización de entregar el contenido a las autoridades indica sus verdaderos motivos: generar publicidad negativa contra el ejército y sus efectivos”, sostiene un portavoz militar.
 
Los activistas rechazan la acusación, y aseveran que ellos apoyan al ejército pero, al mismo tiempo, comparten la convicción de que los estudiantes deben ser informados antes de sumarse al servicio militar.
 
Desde su fundación, Breaking the Silence ha reunido testimonios de más de 800 militares: “Somos una sociedad que se nutre de valores familiares y educativos, pero el Ejército trata a los niños palestinos de otra manera”, dice su directora ejecutiva, Dana Golan. “Cada reporte presenta historias de maltrato infantil; cada historia es un golpe en el vientre”.
 
 
Golan es consciente de que algunos adolescentes van a ignorar el folleto. Pero con que lean apenas una historia, el objetivo de la organización se habrá logrado, dice a IPS.
 
“El propósito fundamental es crear un debate público sobre el costo moral que la sociedad israelí está pagando por una realidad en la que soldados jóvenes enfrentan día a día a una población civil y la dominan”, sostiene el prefacio del folleto.
 
Las discusiones morales abundan entre los israelíes. El mes pasado, en el centro de Jerusalén, tres adolescentes palestinos fueron casi linchados por un grupo de pares israelíes de entre 13 y 19 años. El incidente despertó abundantes condenas y actos de contrición.
 
Sin embargo, nadie abriga la ilusión de que este mea culpa colectivo ponga fin a los abusos de la ocupación. Después de todo, la mayoría de los israelíes están aún convencidos de que los asiste la razón moral frente a sus vecinos palestinos, aun cuando, parafraseando el refrán, sus buenas intenciones acaben empedrando el camino al infierno y no a un futuro de paz.
 
 
Fuente: Contralínea 306 / Octubre de 2012
 

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